Lo que pasó en el patio a medianoche con Mateo
Voy a contar esto tal como pasó, sin adornarlo de más, porque todavía me cuesta creer lo descarados que fuimos esa noche. Hacía semanas que el frío no nos dejaba en paz, y por fin había llegado una de esas madrugadas tibias en las que el aire huele a tierra mojada y a jazmín. Salí al patio con un vestido de tirantes, sin nada debajo más que una tanga, y me dejé caer en la silla de mimbre con una copa de espumante en la mano.
La casa estaba en silencio. El vecindario también. Solo se oía el zumbido lejano de un grillo y el tintineo de mi copa cuando la apoyaba en la mesa de hierro. Tenía el móvil en la mano, perdida en una conversación que ya ni recuerdo, tan absorta en la pantalla que no escuché los pasos a mi espalda.
Hasta que dos manos me apretaron las costillas de golpe.
Solté un grito corto, mitad susto, mitad cosquillas, y casi tiro la copa sobre el regazo. Me giré a medias y ahí estaba Mateo, riéndose con esa cara de niño travieso que se le pone cuando consigue asustarme.
—¿Cómo lo haces para pillarme siempre desprevenida? —protesté, aunque sonaba más a queja de mentira que a otra cosa.
Y siempre lo conseguía. Yo sé que le encantan todos los ruidos que le saco, desde el chillido tonto de cuando me sorprende hasta los gemidos rotos de cuando ya no puedo más. Me reí con él, porque la verdad es que a mí también me gusta. Me gusta cualquier excusa que se inventa para ponerme las manos encima.
Sus manos volvieron a mi cintura y no pude evitar tensarme, anticipando otro apretón que me haría saltar. Pero este fue distinto. Más lento, más hondo. Me relajé y dejé caer la cabeza hacia un lado. Una de sus manos me apartó el pelo del cuello y sentí sus labios ahí, en ese punto exacto que me desarma, mientras la otra subía por mi costado hasta cerrarse sobre uno de mis pechos.
—Mmm... —se me escapó, casi sin querer.
Las dos manos terminaron sobre mis tetas, amasándolas por encima de la tela. Cuando me pellizcó los pezones a través del vestido, resoplé. Menos mal que ya me había quitado el sujetador al volver de la cena, aunque a él hasta esa tela le sobraba. Me bajó el escote de un tirón y arqueé la espalda, ofreciéndome al aire fresco de la madrugada y a sus dedos, que ya no tenían piedad.
Sentía su erección apretada contra mis hombros, dura, insistente. Qué manera de ponerme. Esa presión en la espalda me daba un hambre que no se calma con vino.
Me giré en la silla y lo atraje hacia mí tirando de las trabillas del pantalón. Le acaricié el bulto por encima de la tela y noté cómo se movía bajo mi mano, buscándome. Levanté la vista y me encontré con sus ojos, que eran el reflejo del hambre que yo misma tenía. No hubo que decir nada.
Le desabroché el botón, le bajé la cremallera, y con los dedos aparté la ropa hasta dejarlo expuesto. Su miembro, duro, libre por fin, apuntaba directo a mi cara. Lo rodeé con la mano y froté la punta contra mis labios como si fuera un pintalabios, untándome el líquido que ya asomaba, solo para lamerme después y saborear el principio de su deseo.
Le pasé la lengua por debajo, despacio, antes de envolverlo con la boca y empezar a chuparlo. Sus manos buscaron otra vez mis pechos mientras yo me lo metía cada vez más hondo. Me excita demasiado hacerle esto, sentir cómo me llena la boca, notar mi propio cuerpo respondiendo al suyo. Cada vez que él empujaba un poco más, algo me palpitaba abajo, entre las piernas, sin que nadie lo tocara todavía.
El ritmo se fue volviendo más intenso, más sucio. Me encantó sentir su mano enredarse en mi pelo y tomarlo con fuerza, hundirse hasta el fondo de mi garganta. Me faltaba el aire, pero así, con la boca llena de él, respirar me importaba bien poco. Cuando se retiró, un hilo de saliva se quedó colgando entre mi lengua y su glande, y otro me resbaló por la comisura de los labios.
Abrí más la boca. No me dejes así, con estas ganas.
Volvió a entrar, y yo gemía ya sin disimulo mientras me la metía y la sacaba una y otra vez, sujetándome del pelo. La saliva me caía hasta los pechos desnudos, se me llenaban los ojos de lágrimas, y aun así no quería que parara. Quería vaciarlo entero. Quería que me llenara la boca. Se lo mamé con ganas, voraz, y justo cuando lo sentí cerca, la sacó.
—¡No! Dámelo —gimoteé.
—Todavía no —dijo él, con la voz ronca—. Antes quiero saber lo mojada que estás.
***
Me levantó de la silla casi en volandas y me sentó en el borde de la mesa de hierro, fría contra mi piel caliente. Me sacó el vestido por la cabeza y la tanga con la misma facilidad, y se plantó entre mis piernas. Yo las abrí todavía más, incapaz de resistirme, sin pensar en que estábamos al aire libre, en que cualquier ventana podía estar abierta. En ese momento no me importaba nada.
Me besó hondo, con la lengua, mientras su mano subía por la cara interna de mi muslo hasta el centro de todo. Su dedo medio encontró mis labios, se deslizó de arriba abajo, los separó, y entonces notó el desastre que él mismo había provocado.
—Mira cómo te pones solo con chupármela —murmuró contra mi boca, hundiendo el dedo—. No eres la única a la que le gusta comer.
Me metió el dedo entero, sin esfuerzo, en lo apretada y mojada que estaba. Lo sacó casi del todo y volvió a enterrarlo, despacio, mirándome a la cara para ver cómo se me iba descomponiendo el gesto. Yo me mordía el labio para no hacer demasiado ruido, pero él se encargó de que eso durara poco.
Su cara pasó de estar frente a la mía a hundirse entre mis piernas. En cuanto su lengua tocó mi clítoris, me recorrió un latigazo de placer tan brusco que tuve que aferrarme al borde de la mesa. Cambió el dedo por la boca y empezó a chuparme, a lamerme como un hombre muerto de sed que por fin encuentra agua.
Me eché hacia atrás, apoyada en las manos, su cara metida entre mis muslos, arrancándome gemidos cada vez más necesitados. Las caderas se me movían solas, buscaban su boca, querían más. Devórame entera, así, justo así. No me hacía falta decirlo: él lo entendía con cada temblor mío.
Terminé tumbada del todo sobre la mesa del patio, con sus manos sujetándome por detrás de las rodillas, abriéndome para él. Era suya y se lo dije sin palabras, con el cuerpo arqueado y la respiración entrecortada. Que hiciera conmigo lo que quisiera.
Me chupó los labios, me penetró con la lengua, y cuando volvió al clítoris mientras me metía dos dedos a la vez, supe que ya no había vuelta atrás. Me agarré las tetas, me pellizqué los pezones, y dejé que su boca me empujara hasta el borde y me tirara de cabeza. El orgasmo me atravesó de centro a piel, mi cuerpo se contrajo, y él me sujetó más fuerte para que no me escapara de su lengua.
No paró. Siguió, implacable, mientras yo temblaba y me retorcía sobre el hierro, hasta que el placer se volvió casi insoportable. Me torturaba a propósito, lo sé, porque le encanta verme deshacer.
***
Por fin se apiadó de mí. Se incorporó, rodeó la mesa, y con los pies yo me empujé un poco más hasta que lo que quedó colgando por el borde fue mi cabeza, boca arriba. Sus dedos, todavía brillantes, recorrieron mi piel desnuda hasta mi boca, y los chupé limpios, despacio, hasta que me los cambió por algo mucho mejor.
Estaba más duro que nunca. Me pasó el miembro por la cara hasta que pude alcanzarle los testículos y lamerlos, chuparlos uno a uno. Me encanta hacerlo gemir con eso, sentir cómo se le corta la respiración. Y entonces llegó el plato principal: la boca abierta, hambrienta, la cabeza colgando del borde de la mesa, y él que se hundió entre mis labios de una sola estocada.
Sus manos atraparon mis pechos y los apretaron con fuerza mientras se movía. Me embestía una y otra vez, cada respiración mía una lucha deliciosa por el aire. Quería ahogarme en él, devorarlo entero. Hazme tuya las veces que quieras, de todas las maneras. En ese momento no existía nada más que él, entrando y saliendo, llenándome la boca.
Se enterró hondo, estirándome los labios con su grosor, y noté cómo se endurecía aún más, cómo se hinchaba justo antes del final. Dejó de hundirse hasta el fondo y yo chupé la punta con todas mis fuerzas, embestidas cortas y rápidas, hasta que se vino. Sentí chorro tras chorro caliente llenándome la boca, ese sabor espeso y salado que es solo de él.
Cuando terminó de vaciarse, dejé que la lengua le rodeara la punta sensible, despacio, para que sintiera que todavía lo tenía dentro de mi boca antes de tragármelo todo, hasta la última gota, con una sonrisa perversa.
Nos quedamos un rato así, en silencio, yo todavía tumbada sobre la mesa fría y él acariciándome el pelo. El grillo seguía cantando como si nada. Volví a coger la copa de espumante, que se había quedado tibia, y brindé conmigo misma en voz baja. Por las madrugadas tibias. Por los sustos en la espalda. Por todo lo que nadie más sabrá que pasó esa noche en el patio.