Lo que hicimos al volver de la fiesta de fin de año
Esta es la primera confesión que escribo, así que tened paciencia conmigo. Pasó la última Nochevieja y todavía me río solo cuando lo recuerdo. Si alguien me hubiera dicho cómo iba a empezar el año, no lo habría creído. Pero empecemos por el principio, que es como se cuentan las cosas que importan.
Cenamos con la familia, como cada 31 de diciembre. Mi pareja, Marina, apareció esa noche con un vestido granate ajustado, cubierto de lentejuelas que atrapaban cada luz de la sala. Tenía un escote justo en el límite de lo decente y un largo igual de calculado: lo bastante corto para volverme loco, lo bastante largo para que su madre no dijera nada. Debajo, luego lo confirmaría con las manos, no llevaba nada. Ni bragas ni sujetador. Solo su piel y ese trapo brillante que se le pegaba al culo cada vez que se agachaba.
Me tuvo mal toda la noche. Y ella lo sabía.
Cada vez que se inclinaba para servir, cada vez que cruzaba las piernas en la silla de enfrente, me buscaba con la mirada para comprobar si yo seguía pendiente. Por supuesto que seguía pendiente. Brindamos con champán barato, comimos de más, reímos los chistes repetidos de su tío, y entre plato y plato ella me rozaba el muslo por debajo del mantel como quien no quiere la cosa. En un momento dado su pie descalzo trepó hasta mi entrepierna y se quedó ahí, apretándome la polla por encima del pantalón mientras hablaba tan tranquila con su prima.
—Compórtate —le susurré en una de esas.
—Yo no estoy haciendo nada —respondió, mordiéndose el labio.
Mentirosa.
Después de la cena llegaron las copas y la fiesta de verdad. Pusimos música, alguien sacó una botella de ron, y el salón se convirtió en una pista improvisada. Marina bailaba con sus primas, pero cada dos por tres se acercaba a mí, me pegaba el cuerpo y me decía al oído cosas que no pienso repetir aquí delante de su familia imaginaria. Bueno, una sí la repito: —Estoy empapada, mírame cómo me tienes—. Y me cogió la mano y me la llevó un segundo bajo el vestido, en el pasillo, para que le rozara el coño mojado antes de apartarse riéndose. El tonteo fue subiendo de temperatura hora tras hora hasta que, sobre las seis de la mañana, la gente empezó a despedirse.
Hubo un momento, ya de madrugada, en que coincidimos solos en el pasillo, junto al perchero abarrotado de abrigos. Ella me empujó contra la pared con una mano en el pecho, se puso de puntillas y me besó en el cuello, justo debajo de la oreja, despacio, sabiendo perfectamente el efecto que tenía. Me dijo al oído una sola frase que no voy a olvidar: —En cuanto lleguemos al coche te voy a comer la polla entera, me da igual dónde—. Y luego volvió al salón como si nada, dejándome ahí plantado con un empalme que no había forma de disimular, intentando recomponer la cara antes de salir detrás de ella.
Para entonces los dos estábamos cachondos perdidos. No había otra forma de decirlo. Nos miramos desde extremos opuestos de la sala, asentimos sin hablar y supimos que era hora de irnos.
Nos despedimos con prisa, demasiada prisa para ser educados, y salimos al frío de la madrugada. Marina caminaba delante de mí hacia el coche y yo iba detrás, con la vista clavada en cómo el vestido se le ajustaba a cada paso. No pude evitarlo: le di un par de palmadas y le manoseé el culo varias veces antes de llegar al coche. Le levanté un poco la falda en plena calle, aprovechando que no había nadie, y le metí la mano entre los muslos. Estaba mojada, chorreando, con los labios del coño hinchados y calientes. Cuando le pasé el dedo por el clítoris se agarró a mi brazo y soltó un gemido ronco que le tuve que tapar con la otra mano.
—Te has portado fatal toda la noche —le dije.
—Mira quién habla —contestó, y me besó contra la puerta del coche antes de subir.
Fue arrancar y empezar. Nos besábamos en los semáforos, nos tocábamos en las rectas, nos decíamos lo calientes que estábamos y todo lo que íbamos a hacer en cuanto cruzáramos la puerta de casa. Yo conducía como podía, con una mano en el volante y la otra metida bajo el vestido, con dos dedos hundidos en su coño y el pulgar dándole vueltas al clítoris. Ella se retorcía en el asiento, abría las piernas todo lo que el cinturón le dejaba y me mordía el hombro para no gritar.
—Métemela ya, por favor —jadeaba—. Me la vas a meter entera cuando lleguemos, ¿verdad? Toda, hasta el fondo.
Ella, mientras tanto, no me daba tregua. Me sobaba por encima del pantalón, apretando, dibujando con los dedos la forma de la polla dura que ya asomaba por la cinturilla, y me hablaba al oído con una voz grave que no le conocía de la cena familiar. Me decía que no aguantaba más, que llevaba toda la noche imaginándose ese momento, que el vestido se lo había puesto pensando en cómo terminaría la noche, sin bragas, para que se lo hiciera donde quisiera y como quisiera.
—Aguanta un poco —le dije, más para mí que para ella—. Cinco minutos y estamos en casa.
—No quiero aguantar —respondió, y me bajó la cremallera de un tirón.
***
Vivimos en un edificio con parking subterráneo. Abrí con el mando, bajé la rampa y la puerta automática se cerró despacio a nuestra espalda. El garaje estaba en silencio, iluminado apenas por los fluorescentes amarillentos del techo, vacío a esa hora muerta entre la noche y el amanecer. Metí el coche en nuestra plaza y, antes de que me diera tiempo a apagar el motor, ella ya me había desabrochado el pantalón y me tenía la polla fuera, dura, apretada en su puño.
—Espera a subir —le dije, casi sin convicción.
—Lo siento, no puedo —contestó, y se pasó la lengua por el labio de arriba abajo mirándome fijamente.
Y no esperó.
Se inclinó sobre el asiento, se apartó el pelo de la cara con una mano y se metió la polla en la boca de golpe, hasta la garganta, como si llevara horas pensando en hacerlo. Que probablemente era el caso. Yo no daba crédito. Estábamos aparcados en el garaje del edificio, con las luces de emergencia apagadas y el motor todavía caliente, y ella con la boca abierta sobre mi regazo, tragándose la verga entera como si el mundo se fuera a acabar a las siete de la mañana.
Me bajé un poco más el pantalón para estar cómodo y dejé caer la cabeza contra el reposacabezas. La sensación de sus labios apretándome la base, del calor húmedo de su lengua enredándose alrededor del glande, del frío del garaje contra el calor del coche, del peligro absurdo de que alguien bajara a buscar su coche justo entonces, lo volvía todo más intenso. Ella subía y bajaba sin prisa al principio, marcando un ritmo lento, chupando de arriba abajo, deteniéndose en la punta para lamerla en círculos, escupiendo un poco para que la polla resbalara mejor entre su mano y su boca.
—Joder, Marina —fue lo único que conseguí articular.
Eso le gustó. Aceleró. Se la metía hasta el fondo y la dejaba ahí unos segundos, con la nariz clavada en mi vientre, hasta que su propia respiración la obligaba a salir con un hilo de saliva colgándole del labio, y entonces volvía a empezar. Con la mano libre me acariciaba los huevos, apretándolos con cuidado, midiendo el efecto. No había nada elegante en aquello, nada de la chica del vestido de lentejuelas que sonreía educada a su tío durante la cena. Era pura urgencia, ganas acumuladas durante toda una noche de roces y promesas susurradas. Era una guarra desatada en el asiento del copiloto tragándose la polla de su novio en un garaje.
—Mírame la cara mientras me follas la boca —me pidió con la voz ronca, saliendo un segundo para respirar—. Cógeme del pelo. Fuerte.
Le hice caso. Le agarré el pelo con las dos manos, lo enrollé en mi puño y empecé yo a marcar el ritmo, empujando desde abajo. Ella abría la boca y se dejaba, se dejaba entera, con los ojos abiertos, buscando los míos cada vez que la polla le llegaba al fondo de la garganta y le hacía tragar. Sonaba a saliva, a golpes, a jadeos ahogados. El coche se estaba empañando por dentro.
Le solté el pelo un momento y le metí la mano por el escote. Le saqué una teta del vestido, le pellizqué el pezón duro y la vi cerrar los ojos y gemir con la boca llena. Con la otra mano bajé y le colé dos dedos otra vez entre las piernas. Estaba más mojada que antes. Empapada. Se estaba corriendo casi solo con chupármela.
—Estás chorreando —le dije, sacándole los dedos brillantes y enseñándoselos.
Ella me los cogió con la boca y los chupó también, sin soltar la polla del puño.
—Si sigues así no voy a durar nada —le advertí.
Por toda respuesta, hizo lo mismo pero más rápido. Me metió la polla otra vez hasta el fondo, apretó los labios y empezó a subir y bajar frenética, con la mano moviéndose al mismo ritmo en la base, sin dejar un centímetro sin cubrir. Con la otra mano se levantó el vestido y se puso a frotarse el clítoris ella misma, corriéndose casi al mismo tiempo que yo, gimiendo con la boca todavía llena.
Empecé a notar que ya no controlaba nada. El garaje, el coche, el cansancio de la noche, todo se difuminó hasta que solo existía aquello. Le avisé, con la voz quebrada, de que estaba a punto de correrme. Ella no se apartó. Al contrario: me apretó los huevos con la mano mientras seguía con la boca, marcando ella el final, decidiendo cómo y cuándo terminaba esto. —Córrete en mi boca —murmuró un segundo, sin sacársela del todo—. Todo dentro. No quiero perder ni una gota.
Terminé entre un jadeo y una palabrota, agarrado al volante con una mano y a su nuca con la otra. Sentí cómo la primera corrida le llenaba la boca y ella no la soltó. Siguió chupando, tragando, apretando con la lengua, sacándome todo lo que quedaba dentro con movimientos lentos y firmes hasta la última gota. Cuando ya no quedaba nada me dio un último lametón desde la base hasta la punta, limpiándomela como si estuviera comprobando su trabajo.
Se incorporó despacio en su asiento con una sonrisa que no se molestó en disimular, y abrió la boca para enseñarme que estaba vacía. Se lo había tragado todo. Después me besó, y noté todavía el sabor mío en su lengua.
***
—Vaya forma de empezar el año —dije, todavía recuperando el aliento.
Marina se rió, una risa franca, cansada y feliz, y se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano.
—Te dije que no podía esperar —contestó, y se encogió de hombros como si acabara de explicar lo más natural del mundo.
Nos quedamos un momento así, en silencio, con el motor por fin apagado y el frío empezando a colarse por las rendijas del coche. Le aparté un mechón de la cara y la besé, esta vez despacio, sin prisa, ese tipo de beso que se da cuando ya no hay nada que demostrar.
—Estás loca —le dije contra los labios.
—Y te encanta —respondió.
Tenía razón, claro. Llevábamos años juntos y todavía era capaz de descolocarme así, de convertir una noche cualquiera de fin de año en algo que iba a recordar el resto del año. Esa es la verdad de las parejas que llevan tiempo: lo difícil no es el deseo del primer día, es mantener esas ganas vivas cuando ya os conocéis de memoria. Y nosotros lo conseguíamos, a nuestra manera, con un vestido sin bragas y una mamada en el garaje a las siete de la mañana.
Salimos del coche con las piernas algo flojas y caminamos hacia el ascensor abrazados, riéndonos como dos adolescentes que acaban de hacer algo que no deberían. El garaje seguía vacío, ajeno a todo, con su silencio de hormigón y sus luces amarillas. Por un segundo me pregunté si habría alguna cámara, y luego decidí que me daba igual. Que la vieran, si querían.
—¿Subimos? —preguntó ella, pulsando el botón, mientras se ajustaba el vestido y se pasaba la mano por el pelo revuelto.
—Subimos —dije—. Aunque después de esto no sé qué me queda por ofrecerte.
Me miró con una ceja levantada, esa mirada suya que ya conocía y que nunca anunciaba nada bueno. O nada bueno según se mire. Se pegó a mí en el ascensor, me cogió la mano y se la volvió a meter debajo del vestido. Seguía mojada. Seguía caliente.
—Tranquilo —dijo cuando se abrieron las puertas, apretándose contra mis dedos—. Esto solo era el aperitivo. Arriba me vas a follar hasta que no pueda caminar.
Lo que pasó arriba, en casa, ya os lo contaré en otra ocasión. Por ahora me quedo con esto: con el recuerdo de un garaje frío, un vestido granate tirado sobre el asiento del copiloto y la certeza de que ningún año me ha empezado mejor. Espero que os haya gustado leerlo tanto como a mí vivirlo.





