Mi novia le ofreció un trabajo a cambio de una mamada
Durante el curso para sacarme el título de entrenador personal tuve la suerte, y también la desgracia, de cruzarme con gente muy particular. Hice buenos amigos y conocí a gente decente, pero también compartí aula con personas a las que, con el tiempo, habría preferido no haber visto nunca.
Beatriz no era mediocre, pero era falsa y pesada hasta decir basta. En cuanto te descuidabas, ya te estaba contando su vida entera y reconduciendo cualquier conversación hacia ella: «yo, yo, yo». No era interesante ni resultaba especialmente atractiva, y encima tenía esa costumbre de hacerle la pelota a todo el mundo que me ponía de los nervios.
Yo sabía que le gustaba. De esas cosas siempre te enteras. Intentó acercarse a mí más de una vez, pero jamás le seguí el juego. Ni siquiera le daba conversación, y aun así la chica no captaba la indirecta y volvía siempre con cualquier excusa.
Cuando se marchó a vivir a Logroño respiré aliviado. Dejar de encontrármela los fines de semana fue un alivio, sobre todo porque borracha era todavía más insoportable. Debería haberla mandado a paseo directamente, pero pensé que ignorarla de forma descarada bastaría. Error.
En parte ahora me alegro de no haberlo hecho, porque la muy ilusa me escribió hace unos días. Pasaba por la ciudad y quería que quedáramos; decía que necesitaba comentarme algo sobre cómo encontrar trabajo. Ahí mi cabeza hizo clic. Sonreí y acepté. Tenía una idea, y quería hacer cómplice a Carla.
—Carla, viene una pesada de la formación profesional y dice que quiere quedar conmigo —le solté esa misma noche.
Mi novia arqueó una ceja.
—¿Otra que se te quiere meter en la cama?
—No creo. Ahora lo hace por interés. Me huelo que es para ver si le consigo un puesto en algún gimnasio.
—Vaya pereza —dijo torciendo el gesto.
—He aceptado, pero le voy a pedir algo a cambio. Una mamada. ¿Te apetece estar delante?
Carla me miró sorprendida, aunque la cara de asombro le duró poco. Enseguida le vino esa sonrisa traviesa que yo conocía tan bien.
—¿Quieres que esté delante mientras te la chupa? Eres un sinvergüenza.
—Así miras, que sé que te pone.
No dijo nada. Asintió despacio y me apretó la entrepierna por encima del pantalón.
—Seguro que esa empieza a salivar en cuanto te la vea —murmuró.
—¿Como haces tú?
—Es que esto es un manjar —dijo apretando más fuerte—. Largo, duro, perfecto. Me lo como todos los días que puedo.
Ya notaba cómo se me hinchaba bajo su mano.
—¿Te gustaría ver cómo esa pesada lucha por chupármela? —le pregunté.
—Sí… La idea me excita y me cabrea a partes iguales. Pero déjame decírselo yo.
—¿En serio?
—Sí. Quiero que esa me obedezca a mí.
La idea mejoraba por momentos. Mientras Carla me la chupaba en mitad del salón, con las cortinas corridas, le contesté a Beatriz que el viernes la recogería en la estación de tren. Después solté el móvil, agarré a mi novia del pelo y la dejé seguir hasta que terminé.
***
Llegó el viernes y Carla se sentó en la parte de atrás del coche. Recogimos a Beatriz en la estación y conduje hasta un polígono industrial a las afueras, El Sequero. Eran casi las siete de la tarde y apenas quedaba actividad. Me pareció el sitio perfecto.
Durante el camino, Beatriz me preguntó adónde íbamos. Le dije que al polígono, a recoger una cosa pendiente. Entonces empezó a contarme que necesitaba volver a la zona porque había acabado fatal con el dueño de su antiguo gimnasio en Logroño y lo había denunciado.
Por lo visto, aquel tipo le había estado pagando bastante por debajo del convenio. Estaba harta de Logroño y quería regresar. Le dije que sí, que quizá podía ayudarla, y fue ahí cuando Carla, que había permanecido callada todo el trayecto, decidió tomar la palabra.
—Beatriz, yo no te conozco de nada. Eras compañera de Marcos y, claro, en este mundillo siempre es más fácil ir recomendada.
—Sí, la verdad que sí —contestó ella—. Sin conocer a nadie es complicado meter cabeza. Y eso que soy muy buena profesional, ¿eh? La gente se lo decía siempre a mi antiguo jefe: «dónde está Beatriz, que nos cae genial»…
—Ya, ya. Eres muy capaz, bla, bla, bla —la cortó Carla.
Beatriz enarcó las cejas, sorprendida por el tono. Carla no le dio tiempo a replicar.
—La cosa es que mi padre tiene contactos en el Ayuntamiento, gente con mano en los polideportivos y las salas concertadas. A Marcos le conseguí su primer trabajo y unos cuantos contactos, pero primero le tocó pasar por caja.
—No entiendo… ¿Pasar por caja? ¿Quieres que te pague? —preguntó Beatriz.
—No. Quiero que se la chupes.
Beatriz se quedó boquiabierta.
—¿¡Perdona!?
—Perdonada. Quiero que le hagas una mamada y te lo tragues todo. Si haces lo que te digo, mañana mismo muevo el asunto.
—¿Pero de qué vas? Marcos, ¿a ti esto te parece normal?
Me encogí de hombros y no dije nada.
—No sé quién te crees que eres, guapa, pero no pienso chuparle la polla a tu novio, y mucho menos por un trabajo.
Abrió la puerta del coche.
—Pues si no se la chupas, no vas a conseguir trabajo en esta ciudad en tu vida —respondió Carla con calma—. Yo también conozco gente, y nadie va a creer que fui yo quien te lo pidió. Eres libre de volverte a Logroño y seguir probando suerte.
Beatriz dio un portazo y salió fuera.
—Joder, Carla —me reí por lo bajo—. ¿Desde cuándo te sale ser tan mandona?
—No lo sé. Con las mujeres el cuerpo me pide mandar; con los hombres, lo contrario. Es raro.
Beatriz se quedó de pie, mirando a la nada, mascullando para sí misma. Sacó el móvil, lo consultó, nos miró y empezó a alejarse a paso lento.
—Bueno, pues esta se va a tener que volver por donde vino —dijo Carla.
—Uf, eres mala. Voy a tener que castigarte.
—Mmm… Sí…
***
Me sacó de mis pensamientos el ruido de Beatriz volviendo con paso firme, abriendo la puerta y sentándose de nuevo.
—Cuándo —dijo, sin mirarnos.
—Ahora —contestó Carla.
—¿¡Qué!? ¿Aquí, en un polígono y contigo delante? Estás de broma.
—Aquí y ahora, o no hay trato.
Beatriz me miró de nuevo, alucinando. Yo volví a encogerme de hombros sin decir palabra. Miró a Carla, después bajó la vista a mi entrepierna. Mi novia llevaba la voz cantante.
—Acaríciasela. Vas a tener la oportunidad de comerte algo que pocas veces vas a encontrar.
Beatriz no daba crédito, pero tenía que seguir las instrucciones de mi novia. Me miró y yo le señalé con la mano. Me había puesto unos pantalones de chándal sin nada debajo, a propósito. Llena de dudas, su mano llegó hasta mi entrepierna y empezó a frotar por encima de la tela.
Su tacto era inseguro, pero curioso. Me palpó todo por fuera y noté cómo empezaba a reaccionar despacio.
—No, no, por dentro —insistió Carla—. Esto hay que disfrutarlo.
Beatriz puso cara de reparo, pero obedeció. Coló la mano bajo el pantalón y me palpó directamente. Lo tenía todo afeitado. Me apretó con suavidad y sentí cómo la sangre empezaba a fluir más rápido. Me bajé el chándal hasta las rodillas, dejándome al aire.
—Agárrala y siente cómo crece en tu mano. Se ha depilado para ti —dijo Carla.
Beatriz me miró sorprendida, pero no se detuvo. Me agarró, apretó ligeramente, soltó, volvió a apretar, como si quisiera reanimarme. Mi cuerpo respondió enseguida y alcancé un buen tamaño. Ella lo observaba con los ojos muy abiertos. Carla seguía con su letanía.
—Sé lo que estás pensando: «cómo me lo metería en la boca, ¿me cabrá?». Solo hay una forma de averiguarlo.
Carla le empujó la cabeza con suavidad, guiándola. Beatriz se resistió un poco. Dejó de tocarme, pero no retiró la mano del todo.
—Tengo dinero. Si queréis os pago y nos olvidamos de esto —ofreció.
—No, gracias. Tienes que hacerlo. Y no me digas que no quieres, porque he visto la cara que ponías hace un momento.
—Vete a la mierda. No soy una cualquiera.
—Cariño, las que lo somos nos reconocemos entre nosotras. Deja de fingir. Esto no va a salir de este coche. Seguro que has fantaseado más de una vez, y no esperabas encontrarte algo así, ¿verdad?
Beatriz no contestó, pero su mano habló por ella. Me apretó con firmeza, ya bastante duro. Su agarre apenas podía abarcarme. Carla volvió a empujarle la cabeza y esta vez Beatriz colaboró y se inclinó. Recliné el asiento para estar más cómodo y dejarle espacio. Crucé las manos detrás de la nuca y esperé.
Se la metió en la boca sin demasiada convicción y empezó a chupar con cierta desgana. Su mano subía y bajaba sin entusiasmo.
—Por favor, ponle ganas, que nadie te obliga —le picó Carla.
Beatriz se apartó y la miró enfadada.
—¡Tú me obligas! O se la chupo, o me vetas en toda la ciudad.
—Tienes más ciudades para elegir. Pero en lugar de eso, vas a conseguir lo que muchas no pueden y encima vas a disfrutarlo. Aprovéchalo. Además de la mamada, te llevas un trabajo.
***
Beatriz volvió la cara hacia mí. Me miraba con una expresión vacía mientras me masturbaba despacio. Que se fastidie, pensé.
—Suéltate. Escúpele —ordenó Carla.
Esta vez Beatriz no dudó y me escupió encima. Me encantaba que hicieran eso. Su mano se deslizó mucho mejor. Volvió a hacerlo sin que nadie se lo pidiera. Había cerrado los ojos. ¿Se estaba dejando llevar?
Resultó que tenía un talento natural, vaya sorpresa.
—Mucho mejor —celebró Carla—. Así.
La actitud de Beatriz cambió por completo. Empezó a succionar con ganas. Las babas y la presión se combinaban con el movimiento de una mano ensalivada que me trabajaba con destreza. Carla, en el asiento de atrás, se había empezado a tocar.
—Ahí, ahí. Intenta llegar hasta el fondo —la animaba.
Beatriz lo intentó y lo consiguió. Me hizo una garganta profunda y volvió al ritmo anterior sin una sola arcada.
—Qué barbaridad… No le entran arcadas —jadeó Carla—. Voy a tener que practicar…
Mi novia seguía a lo suyo, sujetándole el pelo. Beatriz se apartó un instante y se frotó la punta por los labios cerrados, arriba y abajo. Me lamió despacio mientras seguía masturbándome. Lo estaba disfrutando demasiado; tocaba empezar a controlar la respiración.
Su agarre era firme. Cuando me dejó bien ensalivado, volvió a la carga, esta vez a más velocidad, acompasando la boca y la mano. La chupaba mejor que Carla, y mi novia se dio cuenta de aquel despliegue de hambre.
—Si ya sabía yo que te tenía ganas… —murmuró Carla—. Madre mía, cómo te la chupa.
—Le pone ganas, sí —respondí entre dientes.
Beatriz bajó el ritmo y empezó a recorrerla entera, de arriba abajo, llegando con los labios hasta la base. Cada vez que se retiraba sonaba la succión de las babas. No paraba, no había arcada. Sentí su lengua trazar un camino por la zona más sensible y se me escapó un gemido.
Carla jadeó cuando le llegó el primer orgasmo.
—Joder, cómo la chupa la muy… Traía hambre —dijo casi sin aliento.
Beatriz la ignoró y siguió a lo suyo, sin quitarme los ojos de encima. Yo me mordía los labios. Su mano golpeaba mi pelvis al mismo tiempo que su cabeza, rápido, con una intensidad casi violenta, justo como me gusta. Cada impulso me provocaba un hormigueo que se extendía por todo el cuerpo.
Noté que mi aguante se había esfumado. Carla lo percibió en mi respiración y le sujetó la cabeza.
—Sigue, sigue, sigue.
Beatriz no aflojó. Había empezado a gemir. No pude mantener los ojos abiertos y una sacudida me apartó de la realidad durante unos segundos. Me agarré con fuerza al asiento mientras ella seguía sin cambiar el ritmo, sin hacer ademán de parar.
Cuando notó que ya no quedaba nada, aflojó la presión, pero no se detuvo. Mi cuerpo no quería bajar la guardia.
—Joder, Marcos, que sigue con hambre —dijo Carla, incrédula.
Yo la miraba con el ceño fruncido y la boca entreabierta. Beatriz seguía, lamiendo de arriba abajo como quien saborea un helado, y cada vez que terminaba el recorrido se metía la punta en la boca y succionaba. Lo repitió varias veces, asegurándose de que no quedaba absolutamente nada.
***
Cuando consideró que había terminado, se apartó, pero siguió acariciándome con la mano. Con el dorso se limpió la boca sin dejar de mirarme. Algo había cambiado en ella.
—Puedes parar, ¿eh? —dijo Carla, con un tono distinto.
—No sé. Tu novio parece querer que siga. Mira cómo la tiene —respondió Beatriz.
—Lo sé. Pero para ya.
Beatriz le sonrió. La muy lista le había dado la vuelta a la situación. Se inclinó otra vez, dio un lametazo lento mirando a Carla a los ojos y me besó la punta. Vaya con Beatriz, pensé. Podría haber seguido, pero su actitud desafiante había encabronado a mi novia.
Sin decir nada, me subí el pantalón. Beatriz pareció leerme la mente.
—Si quieres que siga, avisa. Me he quedado con ganas —dijo, y me guiñó un ojo.
—No, ya has hecho suficiente —cortó Carla.
—Que decida él, ¿no crees? Por mí, se la sigo chupando todo lo que queda de noche. Me ha encantado.
La idea me maravillaba, pero vi por el espejo cómo Carla se iba cabreando. Arranqué el coche y dejé a Beatriz en la dirección que me indicó. Al salir se despidió de mi novia y a mí me agarró fugazmente la entrepierna. Antes de cerrar la puerta, le soltó a Carla una frase lapidaria.
—Marcos, si alguna vez quieres una mamada de verdad, tienes mi número. Te la chuparé hasta que te desmayes.
Miró a Carla y le guiñó el ojo.
—Lárgate —le espetó mi novia.
—Espero que mantengas tu palabra.
—Ya veremos.
Le dije a Beatriz que no se preocupara, que Carla cumpliría. Me dio las gracias y cerró la puerta.
***
—Será… —masculló Carla en cuanto arrancamos.
—¿No te ha gustado?
—Sí, pero me ha cabreado que esa mosquita muerta quisiera llevar las riendas. Será…
—Pues lo ha hecho bien —admití.
Carla me miró con rabia.
—Ahora en casa te la voy a chupar yo, para que veas lo que es una mamada de verdad.
Las dos sabíamos que no era cierto. Beatriz lo había hecho como una profesional. Al llegar al apartamento, Carla, encabronada, se empeñó en demostrármelo. Intentó copiar las gargantas profundas, pero no llegaba; le entraban arcadas. Lo que sí imitó muy bien fue el ritmo intenso de la mano.
Y gracias a aquello, mi novia quedó obsesionada con superar a Beatriz. No hubo día desde entonces en que no intentara llegar con los labios hasta la base, empeñada en ganar una competición que solo existía en su cabeza.





