La negociación de mi despido la puse yo esta vez
Llevaba meses harto de mi vida en Valencia. Tenía un piso heredado en pleno Ensanche, una de esas casas de techos altos que mis padres habían cuidado durante toda su vida y que me cayó encima cuando ellos faltaron. Ganaba un sueldo que la mayoría firmaría sin pestañear, pero el trabajo me comía doce horas al día y, demasiadas veces, parte del fin de semana. No me quejo por dinero. Me quejo por todo lo demás.
Un viernes, a última hora, la directora de personal me citó en su despacho. Se llamaba Clara, aunque ese nombre nunca le hizo justicia. Éramos amigos en el sentido en que se puede ser amigo de alguien con quien compartes pasillo y, de vez en cuando, otras cosas. Habíamos follado en muchas ocasiones a lo largo de tres años, sin ataduras ni promesas, más que nada porque ella estaba felizmente casada. Eso era lo que decía, al menos.
No me saludó. Me señaló la silla con un gesto y fue directa.
—Tengo malas noticias —dijo, sin levantar la vista de la carpeta.
La empresa había decidido prescindir de mí. Reducción de costes estructurales, lo llamó, como si las palabras frías dolieran menos. Después añadió que, a pesar de todo, debía sentirme afortunado: me indemnizaban con el máximo legal y una gratificación adicional importante. La condición era firmar un compromiso de confidencialidad para no filtrar ni usar datos de los clientes.
—De acuerdo —contesté, casi aliviado.
Estaba hasta el cuello de aquel trabajo y ella acababa de regalarme la salida.
Pero no se lo iba a poner tan fácil. Le dije que firmaba en ese mismo momento con una sola condición: que subieran la gratificación al menos un cincuenta por ciento.
Soltó una risa seca, de las que usaba en las reuniones para cerrar puertas. Me explicó que era imposible, que la situación no daba para más. Yo me crucé de brazos y mencioné la palabra mágica: Magistratura. Le dije que prefería que un juez revisara las cuentas de la empresa antes que tragarme su primera oferta.
Tardó treinta segundos en aflojar.
—Lo máximo que me han autorizado es un treinta —admitió, con un fastidio que no se molestó en disimular.
Y ahí estuvo el detalle que lo cambió todo. No me lo había dicho desde el principio. A mí, con quien se acostaba desde hacía tres años. Para ella yo había sido siempre un asiento más en su agenda, un favor que se concedía cuando le apetecía y que retiraba con la misma facilidad. Esa noche entendí que nunca había habido nada parecido a un trato entre iguales.
Me acordé de todas las veces que me había hecho esperar. De los mensajes que llegaban a las once de la noche y de los silencios de tres semanas cuando se aburría. De aquella tarde en que me citó en un hotel y se presentó dos horas tarde, sin una disculpa, solo con esa media sonrisa que daba por hecho que yo seguiría allí. Y seguí. Siempre seguí.
Pero el viernes era distinto. El viernes, por primera vez, la balanza estaba de mi lado. Ella necesitaba mi firma más de lo que yo necesitaba ese empleo, y los dos lo sabíamos sin tener que decirlo en voz alta.
***
—Accedo a firmar —dije despacio—. Con una condición adicional.
Levantó una ceja, esperando el siguiente número.
—No es dinero —aclaré—. Me la vas a chupar. Aquí, ahora, en tu despacho. Hasta el final. Y cuando me corra, te tragas la leche entera, sin escupir ni una gota.
Era algo a lo que siempre se había negado en todos esos años. Su cara pasó del desconcierto a la furia en un segundo. Me fulminó con la mirada y dijo que no, que estaba loco, que con quién creía que hablaba.
Me encogí de hombros y me puse de pie como si me marchara.
—Entonces la condición se amplía —añadí, sin alterarme—. No solo me la vas a chupar. Antes me vas a comer el culo, con la lengua bien metida, despacio, hasta el fondo del ojete. Otra cosa que nunca quisiste hacer. Y si lo prefieres, seguimos ampliando.
Lo que sabía, y ella también, era que no podía permitirse ir a la dirección general a contar que el despido se le había atascado por su culpa. Su prestigio dependía de cerrar el asunto limpio y rápido. Tenía las de ganar y las dos lo veíamos con la misma claridad.
Apretó la mandíbula. Miró la puerta cerrada, miró el reloj, miró la carpeta. Y finalmente bajó los hombros en señal de rendición.
—Que conste que te detesto —murmuró.
Bien. Empezábamos a entendernos.
Por un instante estuve tentado de decirle que todo era una prueba, que solo quería ver hasta qué punto era capaz de rebajarse por preservar sus méritos. Pero lo pensé mejor. Que lo hiciera. Que sintiera en el cuerpo lo que era estar al otro lado de la mesa.
***
Le pedí que se pusiera de rodillas. Me bajé los pantalones y los calzoncillos de un solo tirón, dándole la espalda, y dejé la polla colgando, todavía blanda pero engordando por segundos con la idea de lo que venía. Apoyé las manos en el borde de su mesa impecable, de cristal y carpetas alineadas, separé las piernas y arqueé un poco la espalda para ofrecerle el culo sin disimulo. No tuve que decir nada más. Oí el roce de sus medias contra la moqueta, el crujido leve de sus rodillas al doblarse, y un segundo después su aliento caliente estrellándose entre mis nalgas.
Al principio fue un gesto mínimo, casi de trámite, la lengua apenas insinuada por encima del vello, como quien besa una mejilla que no quiere besar. La reprendí.
—Más adentro. Abre bien y méteme la lengua hasta el fondo. No tengo prisa y tú tampoco, por lo visto.
Refunfuñó algo que no entendí, pero entendió que yo no iba a ceder ni un milímetro. Sentí sus manos, esas manos de uñas cortas y esmalte discreto que firmaban despidos por la mañana, subirme por los muslos y abrirme las nalgas de par en par. Y entonces sí. Sacó la lengua entera y la aplastó contra el ojete, ancha y mojada, lamiendo de abajo arriba, una vez, dos, tres, cada pasada más larga y más lenta. Cuando llevaba una docena, la punta empezó a hundirse. La sentí empujar, buscar el hueco, cederle mi cuerpo un poquito a cada intento hasta que la carne se aflojó y me la clavó dentro.
Solté un gruñido y me eché aún más hacia atrás para comérsela con el culo. Ella no protestó. Al contrario: encontró un ritmo, sacaba la lengua, escupía sobre el agujero con un ruido guarro que jamás había asociado a Clara, y volvía a metérmela como si quisiera limpiarme por dentro. Cuando la sentí concentrada, metódica, esa misma intensidad que ponía en las reuniones imposibles aplicada ahora a comerme el ojete, se me puso la polla dura como una piedra, apuntando al techo, y empezó a chorrearme un hilo de líquido preseminal que se estiraba hasta la moqueta.
—Escúpeme más y métemela hasta el fondo —le ordené, con la voz ronca—. Que se te quede el sabor una semana.
Obedeció. Escuché el escupitajo, sentí el chorro caliente estrellarse contra mi entrada, y de nuevo su lengua abriéndose paso, ahora más gruesa, empujada por unos labios que se cerraban contra mi culo y chupaban con hambre. Me tuvo así minutos enteros. Podría haberme corrido solo con eso, sin tocarme la polla, pero me aguanté. Quería lo otro. Quería más.
Me giré con la polla ya durísima, el glande hinchado y brillante, y se la puse a un dedo de la boca. La cogí del pelo, no con violencia, pero sin dejarle duda de quién marcaba el ritmo, y tiré hacia mí.
—Abre la boca. Sácame la lengua. Y esmérate, no vaya a ser que me arrepienta de la gratificación.
Sacó la lengua sin decir nada y le apoyé el glande encima. Se lo froté por los labios, por las mejillas, dejándole un rastro brillante que se los pintó como si fueran carmín barato. Cuando ya estaba bien untada, empujé. Los labios se le abrieron y la polla entró de golpe hasta la mitad. Clara no tosió. Cerró la boca alrededor del tronco, apretó, y empezó a chupármela con una técnica que en tres años me había reservado a medias.
Lo que vino después me desarmó por dentro, aunque no lo demostré. Fue, sin discusión, la mejor mamada que me había hecho en la vida. Como si toda la rabia acumulada, todas las veces que había mandado ella, se hubieran transformado en una entrega que nunca antes me había mostrado. Sacaba la polla entera, la miraba un instante, y volvía a tragársela hasta que la nariz le chocaba contra mi pubis y le saltaban las lágrimas. Me la sacaba babeando, con hilos de saliva colgando de la barbilla, y la usaba para masajearme los cojones antes de volvérsela a meter. Después bajaba, me chupaba los huevos uno por uno, me los metía enteros en la boca, y subía otra vez a comerme el glande a lengüetazos.
La agarré más fuerte del pelo y empecé a follarle la boca a mi ritmo, empujando yo, marcando el fondo de la garganta con la punta. Cada arcada suya me apretaba la polla como un puño de terciopelo. Cerró los ojos. Yo no cerré los míos: no quería perderme nada. Quería verla a ella, la directora de personal, la mujer que firmaba mi despido, con los ojos llorosos y la boca llena de mi verga, engullendo hasta la última pulgada porque no tenía otra opción y porque, a esas alturas, tampoco quería tenerla.
Cuando noté el hormigueo subir desde los huevos, se la clavé hasta el fondo y la mantuve ahí, con la nariz aplastada contra mi vientre. Le sujeté la cabeza con las dos manos y no la dejé apartarse.
—Me voy a correr en tu boca. Hasta la última gota. Y te lo tragas todo, sin escupir, mirándome.
Se le escapó un quejido ahogado, un intento de retirarse por puro reflejo, pero la sujeté firme. La primera descarga le saltó directa contra el paladar, gruesa, caliente, con esa fuerza de meses sin correrme como debía. Sentí cómo su lengua, atrapada bajo mi glande, se agitaba tragando. La segunda le llenó la boca de golpe y le rebotó por las mejillas. La tercera y la cuarta se las escupí ya con la polla afuera, sobre los labios y la lengua, marcándola como un mapa.
—Abre —le exigí.
Abrió. Tenía la boca inundada, un charco espeso de semen blanco pegado a los dientes y a la lengua. Me miró desde abajo mientras lo hacía, con los ojos brillantes de un orgullo herido que, por primera vez, no tenía dónde esconderse. Cerró los labios. Tragó. Volvió a abrir la boca vacía para que lo comprobara. Solo quedaba el brillo, y un hilo minúsculo colgando de la comisura que recogió con el dedo y también se chupó.
—Buena chica —le dije, con la polla todavía a un dedo de sus labios.
Me la volvió a meter en la boca, ella sola, sin que se lo pidiera, y me la limpió a lametazos hasta dejarla seca.
***
Como las cosas hay que hacerlas en regla, se levantó, se recompuso el peinado frente al reflejo del ventanal, se pasó un pañuelo por la comisura y rehízo la carta con las nuevas cifras. Me la tendió para firmar con un pulso que no le tembló. Profesional hasta el final, eso se lo reconozco.
Antes de salir, ya con todo formalizado, le solté la última.
—El día que nos veamos en el juzgado para legalizar el despido, podríamos comer juntos. Y después, un hotel, como en los viejos tiempos. Todo a cargo de la empresa, claro.
Por respeto a las formas no reproduzco su respuesta. La resumo: fue un no rotundo, adornado con tres o cuatro insultos que jamás habría imaginado en boca de alguien tan medido.
Dos semanas más tarde nos vimos de nuevo, esta vez ante el juez, para dar curso legal al asunto. Nos sentamos uno al lado del otro, expusimos el acuerdo firmado por ambas partes y, diez minutos después, ya estábamos fuera. En el pasillo me tendió la mano, distante, como se despide a un proveedor.
—Esta no es la forma en que yo había imaginado vernos por última vez —le dije, sin soltarle la mano—. Prefería despedirme follándote.
Me dijo de todo menos guapo. Le respondí, muy tranquilo, que puestos a airear cosas, yo podía contarles a los que hasta hacía nada eran compañeros suyos cómo habíamos negociado mi salida. Que eso inauguraría un método nuevo para los próximos despidos. Que incluso podía recomendarla, decir que era muy buena «negociando».
Se quedó callada. Por primera vez en tres años, fui yo quien tuvo la última palabra.
***
Atravesamos la plaza en silencio y nos metimos en el primer hotel que encontramos. Subimos a la habitación sin decir palabra. En cuanto la puerta se cerró, la empujé contra la pared y le arranqué la blusa de un tirón, saltando dos botones que rodaron por el parqué. Debajo llevaba un sujetador negro que le apretaba unas tetas más grandes de lo que dejaban intuir sus trajes. Se lo bajé sin desabrochar, dejándoselo colgado bajo el pecho, y le aplasté las tetas con las manos hasta que los pezones se le pusieron duros entre mis dedos. Se los mordí. Uno, luego el otro, chupándolos fuerte, tirando de ellos con los dientes hasta que soltó un gemido que no supo tragarse.
Le levanté la falda, le arranqué las medias sin miramientos y le pasé la mano por el coño por encima de las bragas. Estaba empapada. Le aparté la tela y le hundí dos dedos de golpe. Entraron sin resistencia, hasta el nudillo, y los saqué chorreando.
—Estás hecha una guarra —le dije, mientras se los acercaba a la boca—. Chúpalos.
Me los chupó sin apartar los ojos de los míos, lamiéndose sus propios jugos como si fuera lo más natural del mundo. La empujé hacia la cama, la tumbé boca arriba y le abrí las piernas a lo bruto. Me arrodillé entre sus muslos y le clavé la cara en el coño. Empecé a comérselo despacio, con la lengua plana, de abajo arriba, del culo al clítoris, chupándole los labios uno a uno, mordisqueándole el capuchón, hundiéndole la lengua en el agujero. Ella se agarró a mi pelo y empezó a moverse contra mi cara, follándome la boca con las caderas. Cuando se corrió, apretó los muslos contra mis orejas y gritó algo que sonó a mi nombre y a un insulto a la vez.
La puse a cuatro patas antes de que se le pasara el temblor. Le agarré el culo con las dos manos, se lo abrí y le escupí en el ojete, devolviéndole el favor del despacho. Me monté detrás y le pasé el glande arriba y abajo por la raja, empapándolo en su flujo, mojándole también el otro agujero. Luego apunté al coño y se la metí de una sola embestida, hasta el fondo, arrancándole un grito.
La follé así un buen rato, agarrándole las caderas, chocando mi pubis contra sus nalgas con un ruido de carne mojada que llenaba la habitación. Le crucé la mano por el culo, un azote, dos, tres, y se le puso la piel roja. Cada vez que la nalgueaba, ella apretaba el coño alrededor de mi polla y me lo ordeñaba. Le pegué el pulgar en la saliva del ojete y empecé a jugar con él, primero rodeándolo, después metiéndole la yema, después el dedo entero. Ella gruñó, pero echó el culo hacia atrás, empalándose más profundo y ofreciéndome también aquello.
Saqué la polla del coño, la sostuve un segundo apuntando al otro agujero y empujé despacio. La cabeza se abrió paso. Ella gimió largo, ahogado, con la cara en la almohada. Fui entrando por milímetros, dándole tiempo, hasta que estuve dentro entero. Empecé a follarle el culo con embestidas cortas al principio, después más largas, hasta que se acopló y comenzó a devolvérmelas. Le metí la mano bajo el vientre y le froté el clítoris con dos dedos mientras la reventaba por detrás. Se corrió otra vez, esta más fuerte, apretándome tanto que casi me arranca la corrida a mí.
Aguanté. La saqué, la puse boca arriba, le levanté las piernas hasta los hombros y volví a metérsela en el coño para acabar mirándola a la cara. La embestí duro, rápido, con las tetas rebotándole en cada empellón, hasta que sentí que ya no podía más. Me la saqué justo a tiempo, me arrodillé encima de ella y le vacié la segunda corrida del día sobre las tetas y el cuello. Un chorro le llegó a la barbilla. Otro le cayó dentro de la boca abierta. Ella lo aceptó todo, se untó el semen por los pezones con la mano, se llevó los dedos a la lengua y se los limpió mirándome.
Follamos otra vez antes de bajar a comer, y una tercera después. Comimos algo a media tarde, a gastos de la empresa, como en otras épocas. Unas seis horas después nos despedimos en la puerta, con las piernas flojas y una sonrisa que ninguno de los dos quiso reconocer, y antes de separarnos quedamos en vernos allí mismo la semana siguiente.
De aquello hace ya casi un año. No hemos faltado a una sola de nuestras citas quincenales. Lo curioso es que ya no necesito exigir nada. Es ella la que, por iniciativa propia, me pide que me ponga a cuatro patas de cara a la cama mientras me recorre el culo con la lengua, escupiéndome en el ojete, metiéndomela hasta donde puede, y se toca el coño pensando en quién sabe qué. Dice que son sus preliminares favoritos. Que le encanta el sabor. Que se corre solo con hacérmelo.
A veces, cuando la veo entregada de esa manera, con la cara pegada a mi culo y los dedos brillándole entre las piernas, me pregunto quién despidió a quién. Y luego pienso que da igual. Hay derrotas que se disfrutan más que cualquier victoria, y por su sonrisa al despedirnos juraría que ella piensa exactamente lo mismo.





