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Relatos Ardientes

Lo que mi novio me hizo durante mi primer directo

—Y listo. Con esto, y con todo lo que te enseñé estos días, vas a triunfar. Estoy seguro.

—No sé, Mateo… No estoy convencida de querer que me vean. Soy demasiado vergonzosa para esto.

Mateo se acercó por detrás y le besó la coronilla mientras le apretaba los hombros con suavidad. Carla sintió el calor de sus manos y se relajó un poco, aunque el nudo en el estómago seguía ahí, terco, recordándole que en menos de una hora cientos de desconocidos podrían estar mirándola.

—Lo vas a hacer de lujo —dijo él contra su pelo—. ¿Qué te parece si cenamos algo antes? Repasamos un par de cosas y se te pasa el miedo.

Caminaron hasta el comedor. Carla se detuvo en el umbral y se llevó una mano a la boca. Sobre la mesa, Mateo había dispuesto dos platos con una cena que olía increíble, una botella de vino a medio abrir y dos velas que temblaban en la penumbra. Llevaban apenas dos meses juntos y todavía no se acostumbraba a esos gestos.

—Es precioso —murmuró—. Tiene una pinta exquisita.

Él sonrió, satisfecho. Le encantaba verla así, desarmada por algo tan pequeño.

—Es poco para lo que te merecés.

Cenaron despacio, repasando los detalles del estreno. Cómo sentarse frente a la cámara, cada cuánto mirar al objetivo, de qué manera saludar a la gente que fuera entrando al canal. Mateo hablaba con la calma de quien lleva años en esto, aunque en realidad solo había mirado un montón de tutoriales esa misma semana.

—Esto es importante —dijo, señalándola con el tenedor—. Tenés que inventarte un saludo inicial. Algo tuyo, que repitas en cada transmisión. Es lo que la gente recuerda.

Carla apoyó el dedo en la barbilla, pensativa.

—Podría decir… «Hola, gatitos».

—No está mal —concedió él, conteniendo la risa—. Ya lo vamos a ir puliendo.

Ella apenas probó bocado. Los nervios le cerraban el estómago, le subían en pequeños retortijones cada vez que pensaba en el botón rojo de «Empezar directo». Mateo se dio cuenta de que movía la comida de un lado a otro del plato sin comerla, pero no le dijo nada. Sabía que insistir solo la pondría peor.

—No le des tantas vueltas —dijo simplemente.

Por toda respuesta, Carla sonrió. La hora de la verdad se acercaba, y no había forma de pararla.

***

Eran las once y media de la noche cuando Mateo encendió la computadora y entró en la plataforma. Había preparado el rincón del estudio con una luz cálida detrás del monitor y un aro de luz para que ella se viera bien. Mientras tanto, Carla se lavaba los dientes y elegía qué ponerse.

—¿Qué te parece este? —preguntó desde la puerta.

A Mateo casi se le cae la mandíbula. Carla se había puesto un vestido corto de lentejuelas que le marcaba la cintura y dejaba a la vista un escote discreto pero suficiente. La tela le pegaba a las tetas de una forma que dejaba clarísimo que no llevaba sujetador, y los pezones se le marcaban como dos botones duros contra las lentejuelas. Estaba para comérsela.

—Está… muy bien —logró decir, y sin darse cuenta se llevó la mano al pantalón, apretándose el bulto que ya empezaba a crecerle.

Por un instante imaginó a todos los cabrones que la verían esa noche haciendo exactamente lo mismo en sus casas, la polla dura en la mano, meneándosela mirándole las tetas y las piernas a su novia. Para su sorpresa, la idea no lo molestó. Al contrario. Algo en el estómago se le encendió, un cosquilleo turbio que le bajó directo a la verga y se la puso más dura todavía.

—Entonces decidido —dijo ella.

En realidad lo que dijo fue algo parecido a «entonzes desidido», porque todavía tenía el cepillo en la boca. No es fácil entender a alguien que se está lavando los dientes.

—¿Decías algo, amor? —preguntó Mateo.

—¡Nada! Bueno… que me parece que tuvimos una buena idea.

—Eso espero. —Se levantó y le acomodó una silla cómoda frente al escritorio—. Mirá, yo me quedo acá cerca. Si tenés alguna duda, te la voy diciendo en voz baja. Pero tratá de no mirar mucho para este lado, que se va a notar.

Carla asintió. Respiró hondo, contó hasta tres en silencio y presionó el botón.

—Todavía no se conectó nadie —dijo, casi aliviada.

—Paciencia. Van entrando de a poco. En cuanto veas a una sola persona, arrancá con el saludo.

Mateo miró la pantalla, después la miró a ella, y luego, casi sin pensarlo, bajó la vista hacia sus piernas cruzadas bajo el escritorio. El vestido se le había subido apenas, dejándole ver la piel blanca del muslo y una franja de la ropa interior roja. Se le hizo la boca agua. Le recordó lo afortunado que era.

—¡Ya hay uno! —exclamó Carla, y enderezó la espalda—. «¡Hola, gatitos! Bienvenidos a mi primer directo…».

***

Mientras ella charlaba con sus primeros espectadores, Mateo se deslizó muy despacio hasta quedar agachado bajo la mesa, fuera del encuadre de la cámara. Lo había pensado como una broma, una manera de quitarle tensión a Carla haciéndola reír. Pero ahora que estaba ahí abajo, en la penumbra, con las piernas de ella a centímetros de su cara y el olor tibio de su coño colándose por debajo del vestido, la broma se le fue transformando en otra cosa. Se le puso la verga durísima contra la bragueta.

No podía moverse demasiado. Si la cámara llegaba a captar un solo mechón de su pelo asomando por el borde del escritorio, la escena sería evidente para todos. Así que se quedó muy quieto, conteniendo la respiración, escuchando cómo la voz de Carla temblaba apenas al saludar a cada persona nueva que entraba al canal.

En un momento, ella descruzó las piernas y volvió a cruzarlas del otro lado, dejando ver un instante la ropa interior roja debajo del vestido, ajustada, la tela hundida en la raja del coño. Mateo apoyó las manos en sus muslos, con delicadeza, pidiéndole en silencio que se quedara así. Los dedos le subieron un poco, hasta rozarle el borde de la braga con el nudillo. Sintió cómo ella se ponía rígida arriba, apretando las rodillas por un segundo antes de volver a aflojarlas.

—Vamos a jugar a todo tipo de jue… gos… —La voz de Carla se quebró a la mitad de la palabra—. Eh… como el de fútbol… o alguno de aventuras…

No podía creer lo que su novio estaba haciendo. Y lo peor, lo que jamás admitiría en voz alta, era que no le disgustaba en absoluto. Sintió las manos de él subir lentamente por la cara interna de sus muslos y, por pura intuición, separó un poco las rodillas. La tela del vestido se le arrastró hacia arriba, dejándole el coño casi al aire, tapado apenas por el triangulito rojo de la braga que ya se le estaba humedeciendo por el centro.

—Sí, claro, también vamos a tener noches de juegos de… terror… ay… —Carraspeó y forzó una sonrisa hacia la cámara—. Perdón, se me trabó la lengua.

Debajo del escritorio, Mateo le pasó los labios por la cara interna del muslo, muy despacio, dejándole un reguero de besos húmedos que le subían derechitos hacia la ingle. Cuando llegó al borde de la braga se detuvo. Con la nariz apretó apenas contra la tela, olfateándola, aspirándole el olor a coño excitado. Carla sintió el aliento caliente de él pegado contra los labios de su vulva y por poco se le escapa un gemido en voz alta.

Se reclinó hacia adelante, acercándose al borde de la silla. Bajó la vista un segundo, con disimulo, y se dio cuenta de un detalle que la hizo palidecer: con las prisas, no se había puesto sujetador, y la tela fina del vestido empezaba a delatarla. Los pezones tiesos se marcaban contra las lentejuelas como si le hubieran pegado dos monedas duras al pecho. Aquello iba a terminar en desastre.

—Si… si les parece —improvisó—, voy a instalar el juego del que todo el mundo habla. Denme un minuto.

Aprovechó la pausa, silenció el micrófono y apagó la cámara un instante. Se agachó hacia la oscuridad bajo la mesa.

—Si seguís así —le susurró, con los dientes apretados—, me corro en pleno directo y se acabó mi carrera de streamer antes de empezar.

—Pues parecía que lo estabas disfrutando bastante —respondió él, sonriendo en las sombras. Le pasó la yema del dedo por encima de la braga, presionando justo sobre el clítoris a través de la tela mojada—. Tenés las bragas empapadas, gatita.

Carla se mordió el labio hasta hacerse daño para no gemir. Se sentía la verga blanda del deseo entre las piernas, el coño palpitándole, los pezones tan duros que le dolían contra las lentejuelas. No dijo nada más, pero esa sola mirada bastó para que Mateo entendiera todo: le estaba diciendo «seguí, hijo de puta, no pares». Ella volvió a enderezarse, reactivó la cámara y el sonido, y retomó la transmisión como si nada hubiera pasado.

—¡Ya estoy de vuelta! Listo, en un minuto arrancamos.

***

Empezó a charlar de nuevo con sus seguidores, aliviada porque Mateo se había detenido. Supuso que esperaría a que terminara el directo para salir de su escondite. Se equivocaba por completo.

En cuanto la partida cargó en la pantalla, él volvió a la carga. El juego de moda era de fútbol, y Carla intentó concentrarse para ganar al menos un partido en línea, pero le resultó imposible. Cada vez que creía recuperar el control, sentía el aliento cálido de Mateo entre sus piernas, la nariz de él restregándole la entrepierna, los labios besándole el interior de los muslos con una calma sádica.

—¡Dale, metelo! ¡Pero qué malo sos! —gritó hacia la pantalla, frustrada con su rival.

Mateo sabía que se refería al partido, pero igual aprovechó la frase. Con dos dedos apartó la tela roja hacia un lado, dejando el coño de Carla a la vista, brillante de flujo, los labios hinchados, el clítoris asomado como una perla rosa entre el vello recortado. Se le hizo la boca agua. Se llevó los dos dedos a la boca, los ensalivó bien, y volvió a bajarlos. Empezó a acariciarle los labios muy despacio, de arriba abajo, resbalando en la humedad de ella, sin meterlos todavía. El respingo de Carla casi arruina todo el plan, porque le vino un ataque de risa nerviosa que tuvo que tragarse de golpe. Por suerte logró contenerse.

—Aho… ahora viene la mejor parte… ahhh… del partido —improvisó, con la voz hecha un hilo.

Él deseaba poder verle la cara desde el otro lado de la cámara, la mezcla de pánico y placer que seguro estaba poniendo en ese momento. Se acercó más y le pasó la lengua entera por el coño, de abajo hacia arriba, lento, chupándole todo el flujo que se le había juntado en la raja. Carla apretó los dientes y se agarró con fuerza al borde del escritorio. Mateo repitió el lametón, esta vez frenándose en el clítoris, envolviéndolo con los labios y succionándolo suave.

—Corré… corré por la banda… —murmuró Carla, sin saber muy bien si le hablaba al jugador o a él.

Mateo le clavó los dos dedos ensalivados de golpe, hasta el fondo. Carla dio un respingo que casi la delata y forzó una tos falsa hacia la cámara para disimular. Los dedos de él empezaron a entrar y salir a un ritmo lento, curvándose adentro para tocarle el punto que la hacía volverse loca, mientras la lengua no le soltaba el clítoris. Escuchó cómo se le escapaba un chapoteo húmedo cada vez que retiraba los dedos, obscenamente fuerte, y rezó para que el micrófono no lo pescara.

—Ay, disculpen, es que… —Carla se abanicaba con la mano—, el juego está muy trabado hoy, me estoy poniendo nerviosa.

Los espectadores le escribían en el chat que se veía preciosa, que se le notaba encendida. Ella les sonreía forzando la calma mientras debajo de la mesa su novio le comía el coño como si fuera lo único que le importara en el mundo. Un tercer dedo se le sumó a los dos anteriores, ensanchándola, y Carla sintió que el coño se le empezaba a apretar solo alrededor de los dedos de Mateo, palpitando, avisando de lo que se venía.

Poco a poco, Mateo aceleró el ritmo. Ya no le importaba lo que pasara después, ni el directo, ni los espectadores que seguían escribiendo en el chat. Le clavaba los dedos hasta los nudillos, sacándoselos brillantes de flujo, y le chupaba el clítoris con la lengua plana, rápida, castigándola. Los muslos de Carla se tensaron a ambos lados de su cara, apretándole las orejas, las rodillas le temblaron, y notó cómo todo el cuerpo de ella se preparaba para algo que no iba a poder disimular.

—¡Gol! ¡Gol! —exclamó Carla, agarrándose al borde del escritorio con las dos manos, los nudillos blancos.

Y vaya si fue gol. Aunque no exactamente el del partido. El coño se le cerró de golpe alrededor de los dedos de Mateo, apretándolo con espasmos, y le corrió en la boca un chorro caliente que él tragó a lengüetazos, sin dejar de mamarle el clítoris. Carla se corrió temblando entera, la cabeza tirada hacia atrás por un segundo, la boca abierta en una O muda que casi la delata en cámara.

—Mierda, mierda, mierda… —susurró, y cortó la transmisión de un manotazo torpe, dejando a sus flamantes seguidores con la palabra en la boca.

Se quedó unos segundos respirando agitada, con la frente apoyada en el monitor apagado, el coño palpitándole todavía, la braga hecha un desastre pegada a los labios. Desde abajo, Mateo asomó la cabeza, despeinado, la boca y el mentón brillantes de flujo, con una sonrisa imposible de borrar.

—¿Qué tal tu primer directo como streamer, amor?

Carla no le contestó en ese momento. Le tiró un cojín a la cabeza, se rio hasta que le dolió la panza, y después lo agarró de los pelos y lo besó como no lo había besado nunca, chupándose de su boca el sabor de su propia corrida. Le metió la mano en el pantalón sin cortarse un pelo, le sacó la polla dura afuera y se la empezó a menear sin dejar de besarlo.

—Ahora te toca a vos —le susurró contra los labios—. Me tenés durísima toda, hijo de puta.

Se arrodilló entre sus piernas ahí mismo, en el suelo del estudio, y se la metió entera en la boca. Le mamó la verga con hambre atrasada, hundiéndosela hasta la garganta, mirándolo hacia arriba con los ojos brillantes mientras él le agarraba la cabeza y la guiaba a su ritmo. Mateo aguantó lo que pudo —muy poco, con lo caliente que se había puesto comiéndosela— y se le corrió en la boca a los pocos minutos, en chorros gruesos que ella se tragó enteros sin sacársela.

Se quedaron los dos ahí tirados en la alfombra, jadeando, riéndose bajito, la corrida todavía escurriéndosele por la comisura a ella.

No se lo voy a decir esta noche, pensó mientras le acariciaba el pelo, pero de ahora en adelante no voy a poder transmitir de otra manera.

Y así fue. Cada jueves, a las once y media de la noche, Carla saludaba a sus gatitos con una sonrisa demasiado serena para ser real, sabiendo que, justo debajo del escritorio, alguien la esperaba con la lengua lista y los dedos preparados para convertir cada partida en un secreto empapado que solo ellos dos compartían.

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Comentarios(2)

RominaGV

jajaja tremendo lo de Mateo, no lo puedo creer!! que atrevido

GabiCba_lec

Por favor la segunda parte! me quede con muchas ganas de saber como termino el directo

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