El acuerdo que sellamos en la casa de la playa
Empecé a pagarle a Damián cuando todavía no sabía bien qué buscaba. Lo conocí en una esquina del barrio sur, fumando solo en la puerta de un kiosco. Veintidós años, sin trabajo ni intención de buscarlo, con la mirada baja y una camiseta dos talles más grande. Le pregunté una dirección, hablamos cinco minutos y le ofrecí veinte dólares por subirse a mi auto. Aceptó sin levantar la vista.
Esa primera vez fuimos a un motel sobre la avenida y todo terminó en menos de media hora. No me sorprendió que, al despedirnos, me pidiera mi número. A partir de ahí lo veía cada quince días. Yo lo recogía después del almuerzo, parábamos en cualquier lugar discreto, hacíamos lo nuestro y lo dejaba a unas calles de su casa. Veinte dólares y un cigarrillo. Esa era nuestra economía.
Damián medía un metro setenta y dos, era flaco, de piernas largas, casi lampiño. El pelo lo llevaba rapado a los lados y largo encima, una moda que insistía en defender. No era atractivo en ningún sentido convencional. Tenía la cara consumida por la marihuana y el sueño irregular, y la voz ronca aunque ningún día hubiera gritado. Pero las nalgas eran firmes, todavía de adolescente, y se entregaba con una naturalidad que me desarmaba.
Pagar era parte del rito. Ninguno de los dos pretendía que aquello fuera otra cosa.
Una tarde de marzo, mientras esperaba en el auto, me contó que estaba enamorado. Sacó el teléfono y empezó a mostrarme fotos. La chica se llamaba Camila, tenía dieciocho años, era de un pueblo de la costa y estudiaba enfermería en la capital. Yo le seguía la corriente con monosílabos. Qué linda, pensaba sin levantar los ojos de la pantalla. La verdad es que era bonita: pelo castaño con mechas claras, ojos grandes, sonrisa de las que no se ensayan.
—¿Ella sabe? —le pregunté.
Damián tardó en contestar.
—Sabe que tengo un arreglo. No le di detalles.
—¿Y le molesta?
—Al principio se enojó. Después le expliqué cómo era la cosa y entendió.
No insistí. Cambié de tema y seguimos hasta el motel.
***
Tres semanas después, Damián me llamó un viernes a la tarde con una voz distinta, casi tímida. El padre de Camila estaba internado en el pueblo de la costa y los dos querían pasar el fin de semana allá. No tenían cómo pagar el pasaje en micro. Me preguntó si yo, que tenía auto y conocía la ruta, podía acercarlos. Le dije que sí antes de que terminara la frase. Le propuse hacer una parada a mitad de camino, en una casa que cuido para unos clientes europeos: una propiedad sobre el mar, con piscina y jardín cerrado.
—Camila puede usar la pileta si quiere —agregué.
—Le va a encantar.
Lo decía sin malicia. Yo, en cambio, ya sabía hacia dónde estaba apuntando esa invitación.
***
Los recogí el sábado al mediodía. Camila se subió al asiento de atrás, con un bolso pequeño y la cara recién lavada. Más bonita de lo que mostraban las fotos. Me dio la mano con un apretón firme, no como una chica nerviosa sino como alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Damián habla mucho de vos —dijo, mirándome por el espejo retrovisor.
—Algo me imagino —contesté.
Damián se rió desde el asiento del acompañante, incómodo. Encendí la radio y dejé que el viaje empezara.
Hicimos las tres primeras horas en silencio, con la música baja y el aire acondicionado al máximo. Camila durmió un rato apoyada en la ventanilla. Damián se entretuvo armando un cigarrillo. Cuando entramos al camino de tierra que llevaba a la casa, ya era media tarde y el sol caía sobre las copas de los pinos.
La propiedad estaba como siempre: piscina limpia, jardín cuidado, las llaves donde las dejan los caseros. Abrí la puerta principal y los dejé pasar primero. Camila soltó un silbido bajo al ver la sala.
—¿Y vos cuidás esto?
—De vez en cuando vengo a chequear. Los dueños vienen una semana al año.
—Qué desperdicio.
Se sacó las zapatillas en el living y caminó descalza hasta el ventanal. Damián se tiró en el sillón con la naturalidad de quien ya conocía el lugar. Saqué tres cervezas de la heladera y serví. El sol todavía pegaba fuerte. Camila preguntó si podía meterse a la pileta.
—Toda tuya —le dije.
—No traje malla.
—Hay toallas en el baño grande. Andá tranquila.
Se metió al baño y salió a los cinco minutos en ropa interior y una camiseta mía que había encontrado colgada en el respaldo de una silla. La camiseta le llegaba a la mitad del muslo. Caminó hasta el borde de la pileta sin mirarnos y se zambulló.
Damián la miraba con una sonrisa estúpida. Yo también la miraba, pero sin sonreír. Tenía las piernas torneadas, la piel canela, los pechos firmes contra la tela mojada. Cada vez que salía del agua, la camiseta se le pegaba al cuerpo y dejaba ver el contorno de los pezones.
—¿Te gusta? —me preguntó Damián, bajito.
—Es linda —dije.
—Ella sabe.
Lo miré. Damián tenía esa media sonrisa otra vez, la misma que ponía cuando algo le hacía gracia.
—¿Sabe qué?
—Que te gusta. Y por qué te gusta.
Me quedé callado un momento. Camila salió de la pileta y caminó hasta nosotros, escurriéndose el pelo. Se sentó en el sillón al lado de Damián, mojando el cuero, y agarró su cerveza.
—¿Hablaron de mí? —preguntó, mirándome a los ojos.
—Algo —dije.
—Damián me contó cómo es lo que ustedes hacen.
Hubo un silencio largo. Camila bebió un trago, dejó la botella sobre la mesa baja y se inclinó hacia mí. La camiseta húmeda le marcaba todo el torso.
—No me molesta —siguió—. Al principio me cayó mal. Después pensé que no era distinto de cualquier otra cosa. Y después pensé que tenía ganas de ver.
—¿De ver?
—O de estar.
Damián no dijo nada. Estaba quieto, expectante, como si la conversación lo incluyera y no lo incluyera al mismo tiempo.
—¿Y él qué piensa? —le pregunté a Camila, señalándolo con la barbilla.
—Que si yo quiero, él quiere.
***
La conversación siguió otros veinte minutos. Camila quiso dejar las reglas claras antes de que pasara cualquier cosa. Nada sin preservativo. Nada que ella no aceptara primero. Y que en cualquier momento de la tarde, si decía basta, se terminaba. Le dije que me parecía razonable. Damián asintió desde el sillón sin abrir la boca.
Cuando todo quedó hablado, Camila se levantó, me agarró de la mano y caminó hasta el cuarto principal. Damián se quedó atrás unos segundos y después nos siguió.
En el cuarto, ella se sacó la camiseta mojada y la dejó caer al piso. Tenía un corpiño deportivo, la bombacha negra. Se sentó en el borde de la cama y me miró. Damián se sacó la remera, se acercó por detrás y le besó el cuello. Camila cerró los ojos y dejó la cabeza inclinada hacia él.
Me arrodillé entre sus piernas. Le besé los muslos, primero por encima de la bombacha y después debajo. Olía a cloro y a algo más íntimo, a piel caliente. Le saqué la prenda con cuidado. Tenía el pubis depilado, los labios un poco hinchados, la piel rosada. La empecé a lamer despacio, sin apuro, mientras Damián le sacaba el corpiño y le agarraba los pechos por detrás.
Ella se arqueó al primer contacto de mi lengua. Damián le susurraba cosas al oído que yo no escuchaba. Camila respiraba por la boca, agarrándose de mis hombros, dejando salir pequeños quejidos que parecían más de sorpresa que de placer. Le metí dos dedos despacio y la sentí cerrarse en torno a ellos, caliente, húmeda. Le seguí lamiendo el clítoris con la punta de la lengua, en círculos, hasta que la oí jadear con más fuerza.
—Esperá —dijo, agitada.
Paré. Me incorporé. Ella me miró con la cara colorada y la respiración entrecortada.
—No así. Quiero verlos a los dos.
Damián se rió bajito. Me saqué la camisa y los pantalones. Damián ya estaba en calzoncillo, con la verga marcada en la tela. Camila se acostó boca arriba en el medio de la cama y nos hizo señas para que nos acostáramos uno a cada lado.
Estuvimos así un rato largo, con ella en el medio. Damián la besaba en la boca y le agarraba un pecho. Yo le besaba el cuello y le pasaba la mano por el vientre. Cada tanto giraba la cabeza y me besaba a mí, y después volvía a Damián. Ninguno de los dos se tocaba directamente al otro. Esa había sido una de las reglas que ella puso en el living.
Cuando Camila pidió ya, me puse un preservativo y me ubiqué entre sus piernas. Damián se quedó al costado, sosteniéndole una mano. Entré despacio, sintiéndola estrecha, calientita, mojada. Me costó controlarme las primeras embestidas. Ella cerró los ojos y empezó a gemir despacio, agarrándose más fuerte de la mano de Damián con cada movimiento.
La tomé de las caderas y la cogí con un ritmo lento, observando la cara de Damián tanto como la de ella. Damián estaba serio, sin reírse, mirando cómo yo me movía dentro de su novia. Su erección se marcaba dentro del calzoncillo y se la tocaba por encima de la tela.
—Acercate —le dijo Camila, jadeando.
Damián se acercó, le ofreció la boca y los dejé besarse mientras yo seguía cogiéndola. Era una imagen que iba a recordar mucho tiempo: los dos besándose y yo entrando y saliendo de ella sin parar.
Camila se vino primero, con un quejido largo que terminó en risa. Yo aguanté un poco más, aceleré el ritmo y terminé adentro del preservativo, apretándole las caderas con las dos manos. Me quedé quieto, todavía dentro de ella, hasta que la respiración se me normalizó.
***
Cuando salí, me saqué el preservativo y lo até. Camila tenía la cara colorada y la sonrisa floja. Damián seguía duro, mirándonos.
—Te toca —le dijo ella.
Me senté en la silla del rincón. Damián se acostó sobre ella y la besó largo. Camila le acarició el pelo. Cogieron despacio al principio y después con más urgencia, y todo el tiempo ella mantuvo los ojos abiertos, mirándome a mí desde el otro lado del cuarto.
Esa fue la única vez que nos vimos los tres. Camila se mudó al pueblo de la costa unos meses después, dejó la carrera y dejó a Damián. Él volvió al barrio, a la esquina del kiosco, a esperar mi auto. Seguimos con el rito de los veinte dólares un tiempo más, pero ya no era lo mismo. Ninguno de los dos hablaba del fin de semana en la casa de la playa, pero los dos sabíamos que esa tarde había sido el techo de algo, no su comienzo.
A veces lo veo todavía. Nos saludamos de lejos. Otras veces, manejando por la ruta de la costa, paso por el desvío que lleva a la casa y pienso en ella. En la camiseta mojada, en la conversación en el living con las cervezas sudando sobre la mesa. En la forma en que dijo «o de estar», sin desviar la mirada, y en que esa frase, mirando para atrás, fue la única invitación verdadera que me hicieron en toda mi vida.