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Relatos Ardientes

Una botella y seis vírgenes en la escuela vacía

Me llamo Mateo. Era bastante joven la primera vez que un hombre me cogió: dieciocho recién cumplidos. Hasta hoy, el recuerdo de aquella tarde me provoca una excitación inexplicable, mayor que cualquiera que haya sentido después, ya fuera con hombres o con mujeres.

En aquella época andaba casi siempre con amigos mayores. Me sentía más seguro al lado de ellos y aprendía rápido por la experiencia que cargaban. Las vacaciones de verano eran nuestro territorio: días largos sin nadie que nos vigilara, tardes de hacer lo que se nos ocurriera. Aquella mañana, la idea fue reunirnos en el edificio de la escuela, al que teníamos acceso gracias a Tomás, hijo del conserje y dueño informal de las llaves cuando sus padres salían.

Además de Tomás, estaban Sebastián, el novio de mi hermana Camila; Bruno, que a pesar de tener mi misma edad era mucho más alto y corpulento; Lautaro, un amigo mayor que ya no estudiaba con nosotros; y Esteban, el que me estrenó, el que me desvirgó, el primer macho que tuve.

La escuela tenía dos patios. El primero, cerca de la dirección y de la conserjería donde vivía la familia de Tomás, tenía un jardín y una cancha de basquetbol. El segundo, al fondo, era enorme: del tamaño de una cancha de fútbol, y frente a él se alineaban la mayoría de los salones. Vacaciones, eco, silencio. Los padres de Tomás habían salido y no volverían hasta muy tarde. El lugar perfecto para nuestros juegos.

En algún momento de la tarde nos metimos en el salón más alejado de la vivienda. Fue idea de Lautaro, el más avispado del grupo y, seguramente, el que ya traía pensado enseñarnos algunos juegos que ninguno conocíamos, al menos no yo.

Había llevado una revista con cuerpos desnudos de hombres y mujeres. La hojeamos en círculo, tirados sobre el piso de madera, comentando entre risas nerviosas. Aquella revista despertó la curiosidad de todos y abrió la puerta a una conversación que no habríamos tenido nunca por iniciativa propia.

Era una época sin educación sexual de verdad. Lo único que circulaba entre nosotros era la retroalimentación: cada uno aportando lo que sabía o creía saber, mezclando verdades con mitos. En medio de ese intercambio fue saliendo la confesión: aunque todos habíamos tenido acercamientos, erecciones y masturbaciones a escondidas, ninguno de los seis había cogido nunca. Seis hombres vírgenes en un salón vacío. Por increíble que pareciera, era la verdad.

Entonces Lautaro propuso lo que, según él, era apenas un juego: sortear parejas entre nosotros, una pareja se cogería mientras los demás miraban, luego la segunda, luego la tercera. Tres parejas, todos estrenándose en la misma tarde.

No me pareció mala idea. Por entonces yo no asociaba aquello con un acto homosexual. Para mí, un «mariquita» era el que se ponía ropa de niña, el que caminaba moviendo las manos, el que hablaba afeminado. Ninguno de los que estábamos ahí encajaba en esa imagen. Era curiosidad, era aprendizaje, era un juego más.

Para elegir la primera pareja recurrimos a la botella. Un movimiento, un giro, la suerte decide. Me tocó a mí. Y enfrente, cuando la botella se detuvo, quedó Esteban.

Disimulé como pude la emoción que me aceleró el pulso.

De todo el grupo, Esteban era a quien yo más admiraba. Me gustaba simplemente mirarlo. Tenía una sonrisa y una mirada que me encantaban, aunque entonces yo creía que esa admiración era de hombre a hombre, sin más. Yo estaba seguro de que quería ser como él, no estar con él. De manera consciente, no sentía hacia su cuerpo ninguna atracción. Me gustaban entonces y me siguen gustando las mujeres.

Quise dejar mi hombría en claro y, antes de que alguien dijera algo, me apresuré.

—Primero lo cojo yo —dije.

Nadie objetó. Tomás fue a su «casa» a buscar una colchoneta, y cuando volvió, Esteban y yo nos quitamos los zapatos y subimos sobre ella. Los otros cuatro nos rodearon en silencio, sentados con las piernas cruzadas, mirándonos como si estuvieran a punto de ver una película.

Esteban y yo nos bajamos los pantalones y los calzoncillos. Desnudos de la cintura para abajo, frente a todos, salió a la luz una diferencia que yo no había calculado.

Esteban era apenas un poco más alto que yo, pero tenía un cuerpo musculoso y piernas gruesas. Lo más impresionante, y lo que me dejó sin aire por un instante, fue su pene. Grande, lleno de venas, con unos huevos pesados que apenas cabrían en la palma de una mano. No era gigantesco, pero al lado de mi micropene de apenas cinco centímetros parecía descomunal. Mis huevos, además, eran tan pequeños como canicas y, en lugar de colgar, se hundían dentro de mi piel.

Por si fuera poco, mi tímida verguita no quería ponerse dura. Le di unos cuantos jalones intentando despertarla, pero no respondía. Esteban, en cambio, apuntaba al techo: rígido, con la punta pasándole el ombligo.

Los otros empezaron a reírse. Yo así no iba a poder cogerlo, eso lo veía cualquiera. Antes de que la burla creciera, me acerqué a Esteban y le dije en voz baja, casi al oído.

—Mejor cógeme tú a mí primero.

—Ponte en cuatro —contestó.

Obedecí de inmediato. Él se inclinó, acarició mis nalgas, las estrujó, las abrió con las manos para que todos vieran mi ano. Sonrió.

—Ahorita vamos a ver si naciste para esto —dijo.

Todos se rieron, yo incluido, porque en ese momento aquello parecía un chiste. Esteban siguió jugando con mis nalgas, exploró con los dedos mi agujerito, hizo un poco de presión.

—¿Estás preparada, «Mateíta»? —me preguntó.

Hablarme en femenino era parte del juego, así que asentí. Sentí entonces el capullo de su verga haciendo fuerza en la entrada. No tenía miedo. Estaba expectante, deseoso de conocer esa sensación nueva.

Me levantó por los hombros un instante para sacarme la playera. Pasó la mano por mi espalda con una suavidad que no esperaba y, después, con firmeza, volvió a colocarme en posición. Sentí su pene apoyado contra mi cuerpo. Con las manos volvió a separar mis nalgas, acomodó la verga entre ellas y empezó a frotarla de arriba abajo, deslizándola entre mis muslos, restregándomela.

—Relájate, nena, relájate. En cuanto entre, la vas a sentir rico —decía con una voz fuerte, varonil, que se metía en mí antes que su cuerpo.

—Sí, Esteban, sí. Cuando quieras. Estoy lista —respondí en automático, con una vocecita apenas audible que ni yo sabía de dónde había salido.

Me agarró con suavidad y firmeza de las caderas. La punta logró meterse apenas, una presión, una resistencia que cedía despacio.

—Chiquita, te voy a meter la verga. Ponte flojita. Quizás te duela un poco al principio, pero te va a gustar. ¿Alguien te la metió antes, nena?

—No, nadie. Eres el primero.

—Tranquila, bebé. Tranquila.

—Sí, Esteban, sí. Estoy tranquila. Mete, yo aguanto.

Me sorprendí a mí mismo hablándole en femenino sin haberlo decidido. La voz me salía sola, como si llevara mucho tiempo guardada.

Una vez que entró la punta, siguió empujando despacio. La penetración fue lenta, suave, pero cuando la cabeza pasó, el resto entró como cuchillo en mantequilla, primero hasta la mitad, después hasta el fondo.

Y entonces sentí, por primera vez, lo que era tener un hombre dentro. No dolió. Al contrario: era maravilloso. Toda la advertencia, todo lo que se decía sobre la primera vez, todo lo que yo había escuchado entre risas en la cancha, no era cierto para mí. Estaba completamente abierto y no me dolía nada.

—¿Ves qué fácil? La tienes toda adentro. Tienes un culito muy tragón —comentó.

Me sujetaba de las caderas y me hacía sentir su poder sobre mí. Su verga entraba y salía, despertándome sensaciones que no sabía que existían. Si eso era coger, yo quería coger siempre.

Jalaba mi cadera hacia él, y yo, agradecido, empujaba hacia atrás para pegarme más, para tragarme entera esa carne y hacerla desaparecer dentro de mí. Esteban casi no hablaba. Bufaba, respiraba fuerte, se entendía conmigo con la presión de las manos. Yo quería gritar de placer, decirle lo hermoso que me sentía, llamarlo macho, papito, dueño. Pero tenía vergüenza de los otros cuatro. Tenía miedo de que pensaran que yo era gay. Y yo no lo era, me decía a mí mismo, en algún rincón apurado de la cabeza. A mí siempre me gustaron las mujeres.

Esteban iba alternando entre tomarme de las caderas y agarrarme de los hombros. Siempre con firmeza, siempre dejando claro quién mandaba. No quería que yo olvidara, ni siquiera en medio del placer, que estaba ahí para servirle. Y yo lo agradecía tanto que no pensaba defraudarlo.

Se movía constante: adentro, afuera, en círculos. Yo jadeaba en voz baja, hacía sonidos que tampoco eran míos. Era algo increíble. Tenía esa verga hermosa dentro de mí. Era mía, al menos en ese instante. Lo que jamás había soñado, lo que quizás de manera subconsciente había anhelado sin saberlo.

Disfrutaba el modo en que entraba y abría espacio dentro de mí. La sacaba dejándome solo el glande y volvía a meterla entera, hasta el fondo, en un solo movimiento. Empecé a soltar gemiditos cortos, contenidos.

La sensación nacía en el bajo vientre y me recorría todo el cuerpo, hasta la nuca. Esteban estaba detrás, respirando fuerte, tenso. Parecía que yo llevaba toda la vida así, como si esa verga hubiera nacido para enfundarse en mí. Empecé a moverme buscando que se viniera adentro. Subía y bajaba la cadera al ritmo de sus embestidas, para que los golpes fueran más profundos. Apretaba el culo en cada estocada, como queriendo exprimirlo.

No tardé en gemir.

—Ah… así… qué rico —decía en voz muy baja.

—¿Te gusta así, bebé? ¿Soy tu macho? —me preguntaba a cada embestida.

—Sí. Mi papi. Mi macho —le contestaba con una vocecita aguda que no sabía de dónde sacaba.

Entonces Esteban me apretó los hombros y empezó un mete-saca frenético. Bufaba como un toro. Sus pelotas chocaban contra mis nalgas, su cuerpo se aplastaba contra el mío, hundiendo la verga hasta el final.

Siguió cogiéndome cada vez más rápido. Mi respiración se volvió agitada, irregular. Hasta que de repente se quedó quieto. La verga se infló dentro de mí y Esteban explotó. Algo cálido, viscoso, abundante, se descargó en mi interior. Su pene bombeaba y depositaba esa leche muy adentro. Yo apretaba, intentando retenerla. Sentí su espalda arquearse hacia atrás.

Me la sacó de golpe antes de que se le ablandara, contra mi deseo. Me dejó un vacío inmenso. Posó una mano en mi espalda para sostener su dominio sobre mí.

Ese gesto me hizo acordar de cuando bañaba a mi perro y debía apoyarle la mano en el lomo para que no se sacudiera entre las jabonadas. Comprendí, casi sin pensarlo, que tenía que quedarme quieto. Esteban se incorporó, todavía con la mano en mi espalda, y se ubicó frente a mí. Por inercia, me arrodillé.

Su garrote me quedó a la altura de la cara. Y yo, como si toda la vida hubiera hecho aquello, empecé a lamer, a chupar, a limpiarla con la boca como si mi vida dependiera de ese gesto.

El primer sabor fue intenso. Su olor mezclado con el de mi propio culo. Pero apenas la limpié con la lengua y tragué, me supo deliciosa. Me traía recuerdos placenteros: lo poco que llevaba de placer ya era todo lo que conocía.

Me dediqué a besar, lamer y lengüetear desde los huevos hasta la punta. Con dedicación, con entrega, con un orgullo de novato que, sin embargo, se sentía experto. Estaba casi seguro de que ninguno de los presentes sabía hacer eso como yo lo estaba haciendo en ese momento.

Mi lengua recorría la barra que invadía mi boca. La cabeza subía y bajaba, hundiéndomela hasta la garganta. Apenas me cabía, pero la llevaba lo más adentro que podía, la sacaba sin soltarla, sin dejar de chupar, llenándola de saliva, besando los huevos, paladeando el glande tibio y suave.

Estuve así varios minutos, hasta que sentí cómo volvía a crecer dentro de mi boca. Entonces la devoré entera. Mamaba ese fierro caliente con la misma entrega con la que lo había recibido entre las nalgas.

De mi garganta seguían escapando gemidos ahogados por la verga. Cuando la sacaba para respirar, las palabras me salían solas.

—Papi, qué rico. Eres maravilloso.

—Esta verga es toda mía.

—Eres mi macho. Yo soy tu nenita —decía en un volumen bajito, con esa voz aguda que aparecía sola.

De pronto sentí su verga hincharse de nuevo. Empecé a succionar con más intensidad, llamándolo, pidiéndole todo, hasta que se vació en mi boca por segunda vez. Retuve la leche un momento para saborearla antes de tragar. Esteban me sostenía la nuca con las dos manos mientras se descargaba.

Yo lo miraba a los ojos, extasiado, orgulloso, amoroso, agradecido. Entonces vi a Tomás, parado al lado de él.

—¿Qué se siente? ¿Es mejor coger o que te la mamen? —le preguntó.

—Es algo que no te puedo explicar. Tienes que probarlo —contestó Esteban, acariciándome la cabeza con la suavidad con la que yo le acariciaba a mi perro cuando le decía cosas bonitas.

Después me tomó del mentón, todavía arrodillado, y con una seña le indicó a Tomás que se acercara. Apoyó mi cara contra la entrepierna de Tomás. Él tenía una erección enorme que sentí al instante a través de la tela.

Solo entonces salí del trance y recordé que teníamos público. Había sido tan absorbente que me había olvidado del resto. Lo curioso es que ellos seguían observándonos fijamente, en silencio, y por el rabillo del ojo pude notar que todos tenían las vergas paradas dentro del pantalón.

Quedaba tarde por delante. Quedaba mucho por aprender. Y yo, esa tarde, no tenía la menor idea de hacia dónde iba a llevarnos lo que acababa de empezar.

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