El sábado que mi mujer viajó fui a casa de mi cuñada
Con Noelia, mi cuñada, todo empezó el verano que volvimos juntos de aquel viaje al norte. Después de aquel primer desliz, después de cruzar la línea que nunca debimos cruzar, dejé de verla como la hermana de mi mujer. Pasó a ser otra cosa. Una amante. Alguien que me buscaba con la misma ansiedad con la que yo la buscaba a ella.
Nuestros encuentros eran rápidos, casi siempre robados. En el gimnasio al que íbamos los dos a la misma hora, en mi propia casa cuando subía a visitarnos, en casa de mis suegros aprovechando cualquier descuido y, de vez en cuando, en su piso. Llevábamos así varios meses, sosteniendo un equilibrio imposible que ninguno de los dos quería romper.
Hacía tres semanas, quizá más, de la última vez. Esa tarde, en el gimnasio, Noelia se acercó a la máquina de al lado mientras yo recuperaba el aliento y me habló bajito, sin mirarme del todo.
—Deberíamos vernos una tarde de estas, con calma —dijo—. Sin prisas, sin mirar el reloj. Como a ti te gusta, mi rey.
Hacía más de un mes que no tocaba a su hermana. Y, sin embargo, lo que sentía por Noelia ya no tenía que ver con comparar. El morbo de lo prohibido, de saber que estaba con la mujer equivocada, pesaba más que cualquier otra cosa.
Nos sentamos en la cafetería del gimnasio, todavía con la ropa de entrenar, y empezamos a buscar el hueco. Fue ella la que encontró la fecha.
—Mi hermana me contó que en un par de semanas tiene que viajar —comentó, removiendo el café—. Algo de unas oficinas nuevas en el norte, va a estar fuera todo el fin de semana.
Quedamos para ese sábado. El sábado que mi mujer tomaba el avión.
***
Reconozco que esa semana se me hizo eterna. Cada noche, acostado junto a mi mujer, contaba los días que faltaban hasta el sábado a las doce. Pensaba en la piel de Noelia, en su forma de morderse el labio, en cómo me hablaba al oído. Una semana entera pensando en otra.
Por fin llegó. Me levanté antes que mi mujer, me duché, me afeité y me vestí en silencio. Preparé el desayuno para los dos como cualquier otro sábado, con una calma fingida que me costaba sostener. La acompañé al aeropuerto, dejé las maletas en el carrito, le di un beso en la mejilla y le deseé buen viaje.
Antes de arrancar el coche, saqué el móvil y la llamé.
—Buenos días, preciosa. En media hora estoy en tu casa.
—Acabo de levantarme, me meto en la ducha ahora mismo —respondió, y noté la sonrisa en su voz—. Te espero con ganas.
Había mucho tráfico saliendo del aeropuerto. La circunvalación estaba colapsada y tardé bastante más de lo que le había dicho. Cuando por fin llegué a su barrio, di tres vueltas a la manzana antes de encontrar un sitio donde dejar el coche. Subí al portal, pulsé el telefonillo y, al otro lado, su voz.
—¿Eres tú? Te abro.
El ascensor tardó una eternidad. Cuando se abrió la puerta del piso, Noelia me esperaba apoyada en el marco.
***
Llevaba una camisola larga, hasta las rodillas, de un algodón fino. Por la forma en que se movía y por cómo le temblaban los pechos al andar, supe enseguida que no llevaba sujetador. La luz que entraba del salón le atravesaba la tela y dejaba adivinar el contorno de un tanga claro. Esa imagen, recortada contra la ventana, me puso a cien antes siquiera de tocarla.
Me invitó a pasar y nos sentamos en el sofá largo, de un verde pálido, que ocupaba casi todo el salón. Empezamos a hablar de cualquier cosa, pero duró poco. Noelia se inclinó y me besó. No pude esperar más. Le tomé la cara entre las manos y la besé despacio, saboreando sus labios, hasta que ella metió la lengua en mi boca y todo se aceleró.
Le acaricié el pelo, largo y rizado, mientras nos fundíamos en un beso que ya no tenía nada de suave. Ella me desabrochó la camisa, botón a botón, y me la abrió sobre el pecho. Bajó la boca hasta mis pezones y jugó con la lengua, mordiendo apenas, mirándome de reojo para ver mi reacción.
La obligué a levantarse. Le subí la camisola por encima de la cabeza y dejé al aire sus pechos, firmes, con los pezones ya endurecidos. Solo el tanga blanco le cubría el sexo. La hice girar despacio y miré sus nalgas, y ese hilo de tela que se perdía entre ellas. Volví a girarla hacia mí y nos besamos otra vez, mis manos recorriendo su culo mientras ella me desabrochaba el pantalón y me acariciaba por encima de la ropa interior. Sentí cómo me endurecía bajo sus dedos. Gemía contra mi boca con cada caricia.
Me tomó de la mano y me llevó por el pasillo hasta el dormitorio.
***
Me dejé caer en la cama, boca arriba. Ella se quedó de pie un momento, mirándome.
—Ya no la tienes tan dura como en el sofá —dijo, provocándome, mientras me bajaba la ropa interior.
Me cogió con la mano y empezó a masajearme despacio, de arriba abajo, como sabía que me gustaba. La sentí crecer otra vez entre sus dedos.
—Me muero por tenerte dentro —susurró antes de bajar la cabeza.
Jugó con la lengua en la punta, recorriéndome entero, hasta que noté que estaba demasiado cerca y tuve que apartarla con suavidad. Le tocaba a ella. Se tendió a mi lado, boca arriba, y le bajé el tanga por las piernas. La acaricié primero con la lengua, separando sus labios, subiendo hasta el clítoris, sintiendo cómo se arqueaba. Después seguí con los dedos, entrando y saliendo, mientras ella suspiraba y me clavaba las uñas en el hombro.
Le pasé la punta por la entrada, rozándola sin llegar a entrar, y Noelia gimió impaciente. Me miró con los ojos entornados.
—La primera vez solo me follaste por el culo —dijo—. Quiero empezar igual hoy.
Se giró en la cama y se colocó boca abajo, ofreciéndome la espalda. Le terminé de quitar el tanga y empecé a masajearle los glúteos. Recorrí su espalda con la boca, beso a beso, desde la nuca hasta la base de la columna. Le separé los muslos y bajé la lengua hasta su entrada, preparándola despacio, sin prisa.
Entré primero en su sexo, hasta el fondo, y empecé a moverme con fuerza, excitado por tener su trasero recortado frente a mí. Mientras la penetraba, le metí un dedo en el culo y lo saqué varias veces. Después probé con dos, y ella se movía adelante y atrás, marcando el ritmo, suspirando hondo entre gemidos.
Cogí el aceite del cajón de la mesilla y le lubriqué bien. Llevé la punta a su entrada ya dilatada y empecé a empujar con cuidado. Noelia se quejó al principio, un quejido corto y agudo.
—Sigue —jadeó—. No pares.
Entré despacio, hasta la mitad, y volví a salir. Repetí el movimiento varias veces, dándole tiempo, hasta que ella misma empezó a empujar hacia atrás buscando más. Mientras la sujetaba por las caderas, le busqué el clítoris con la mano y lo froté al mismo ritmo.
—Dámela toda —me pidió con la voz rota.
Empecé a correrme y ella apretó las nalgas en ese mismo instante. Se corrió conmigo, temblando, con la cara hundida en la almohada y un gemido largo que le salió desde el pecho.
***
Salí despacio y la giré hacia mí. Bajé otra vez entre sus piernas y la lamí hasta que dejó de temblar. Nos colocamos después en sentido contrario, cada uno con la boca en el sexo del otro, y nos tomamos el tiempo de recuperarnos sin separarnos.
Cuando volví a estar listo, fue ella quien tomó el control. Se sentó a horcajadas sobre mí, me guio con la mano y empezó a bajar muy despacio, centímetro a centímetro, hasta tenerme entero dentro. Cabalgó largo rato, marcando su propio compás, mientras mis manos le acariciaban los pechos y mi lengua buscaba sus pezones cada vez que se inclinaba sobre mí.
—Me corro —me avisó, casi sin aire.
Y se corrió de una forma distinta a otras veces, más intensa, sosteniéndose con las dos manos sobre mi pecho hasta que las piernas dejaron de responderle. Se descabalgó y se dejó caer a mi lado, agotada. Bajé una vez más entre sus piernas y jugué con su clítoris hasta que me apartó, riéndose, demasiado sensible para soportarlo.
Terminamos exhaustos, desnudos, abrazados sobre las sábanas revueltas. Mis manos seguían en sus nalgas, las suyas sobre mí, sin energía ya para nada más. Nos quedamos así, en silencio, hasta que el sueño nos venció en mitad de la mañana.
Mañana mi mujer volvería del norte y yo volvería a ser su marido. Pero esa mañana, en esa cama, fui solo de su hermana.