Perdí el último autobús y ella me ofreció su sofá
La noche del catorce de febrero ya había caído cuando me di cuenta de que la había cagado. Eran las ocho y cuarto, las farolas led teñían la calle de un blanco frío y yo caminaba sin rumbo, viendo cómo los comercios bajaban las persianas. Acababa de ver irse mi autobús. Lo vi alejarse mientras corría detrás como un idiota, con la lengua fuera y sin la más mínima posibilidad de alcanzarlo.
Volví sobre mis pasos hasta la terraza donde, minutos antes, me había despedido de Diego, Lucía y Carla. Diego fue el primero en verme aparecer otra vez por la esquina.
—Mateo, ¿qué haces aquí? ¿No ibas a coger el bus?
—Lo he perdido, tío. Qué desastre.
—Joder, pues sí. ¿No decías que no tenías otra forma de volver a tu ciudad?
—Exacto. Lo he visto marcharse delante de mis narices. Veintitantos años y todavía me pasan estas cosas.
Las chicas se sumaron enseguida a la conversación. Lucía sacó el móvil y empezó a buscar algún coche compartido de última hora. Yo ya lo había mirado esa tarde y no había nada, pero la dejé intentarlo.
—Confirmado, no hay nada —dijo Lucía, arrugando la nariz.
—Pediré un taxi —respondí, resignado—. Me va a costar un dineral, pero la culpa ha sido mía por apurar tanto.
Carla, que hasta entonces había estado callada, levantó la vista de su copa.
—Ni de broma vas a tirar media nómina en un taxi. Mira, ibas a volver a casa para cenar y dormir, igual que yo. Pues te vienes a la mía. Mañana es domingo, ya volverás tranquilo.
—¿De verdad no te importa? —pregunté, sorprendido por lo natural que sonaba la oferta.
—Para nada. Tampoco tengo planes esta noche, así que me haces compañía.
Carla era amiga de Diego y Lucía, que a su vez eran pareja y amigos míos de toda la vida. En los últimos meses ella se había acercado mucho al grupo y la invitaban a cada plan. A mí me caía bien: espontánea, divertida, sin filtros. Esa última cualidad iba a resultar más importante de lo que yo imaginaba.
Diego y Lucía se fueron a cenar a un japonés que les encantaba. Carla y yo pagamos la cuenta y echamos a andar hacia su piso, charlando por el camino.
—¿Qué te apetece cenar? —me preguntó.
—Después del disgusto, algo contundente.
—Tengo pollo en la nevera, puedo hacer un curry con arroz.
—Eso sí, pero el vino lo pongo yo —insistí—. Es lo mínimo por dejarme tu casa.
Me guiñó un ojo y aceptó solo eso: una botella de vino. Paramos en el supermercado antes de que cerrara y al final salimos con dos botellas de un Rioja decente y unos dulces para el postre. En la cola, Carla soltó una risita.
—¿Te das cuenta, Mateo? La cajera habrá pensado que somos pareja.
—Un chico y una chica comprando vino y dulces la noche de San Valentín —dije siguiéndole el juego—. ¿Quién lo diría?
***
Su casa era pequeña, antigua, de esas que alquila quien no puede permitirse otra cosa. Muebles desgastados, paredes con manchas de humedad disimuladas y, por todas partes, plantas. Decenas de plantas cuidadas hasta el último detalle. Al entrar detrás de ella me envolvió un suave olor a vainilla.
Tardamos unos cuarenta minutos en preparar el curry, hablando de tonterías: de Diego y Lucía, del precio absurdo de los alquileres, de lo bien que iba a saber la cena. Por fin nos sentamos en el sofá, levantamos la mesita de centro para comer cómodos y brindamos con la primera copa.
—Cuéntame algo de ti, Mateo, que aún nos conocemos poco —dijo entre bocado y bocado—. ¿Qué te gusta hacer?
—Pues correr, pesas, lo típico para mantenerme. Y desde hace poco estoy haciendo cosas con barro. Ceniceros, vasos, alguna figurita cutre. Las barnizo y no me quedan tan mal.
—¿En serio? Qué arte. A mí lo que me pierde es bailar. Eso y las plantas, ya lo habrás notado.
—Son las plantas más cuidadas que he visto en mi vida —admití, y era verdad.
La conversación fluía sola. Terminamos la cena, recogí los platos mientras ella rellenaba las copas y compartimos los dulces. Entonces Carla apagó la luz del salón, encendió una lamparita de luz indirecta y sacó de un armario cinco velas perfumadas que repartió por la habitación. El ambiente se volvió cálido, íntimo. Empecé a sentirme demasiado a gusto.
—Oye, perdona, voy a ducharme rápido y a ponerme cómoda —dijo de pronto—. Después de cenar no soporto seguir con la ropa de la calle. ¿Te traigo algo para dormir?
—Te lo agradezco. Estos vaqueros ya me están matando.
Me trajo un chándal azul viejo y dado de sí. Me lo puse y apreté bien el cordón del pantalón para que no se me cayera. Sospeché que esa ropa no era suya, pero no tenía la confianza para preguntar.
En quince minutos salió de la ducha sin haberse lavado el pelo. Llevaba un pijama imposible: la camisa, roja con rayas negras, de un conjunto; el pantalón, azul claro, de otro. Descabalado, como ella. Esa mezcla suya de desorden y naturalidad me daba a la vez reparo y una rara sensación de novedad en mi vida tan cuadriculada.
Nos sentamos cada uno en una esquina del sofá, un sofá largo de cuatro plazas que, probablemente, era lo mejor del piso. Los pies descalzos sobre los cojines, mirándonos mientras seguíamos charlando.
—No soporto irme a la cama sin ducharme —dijo—. Ni estar con ropa de calle en casa. Así, limpita, hasta me quito la ropa interior y estoy del todo a gusto.
Lo soltó como quien comenta el tiempo. Yo, y casi cualquiera, habría sido incapaz de confesar algo así con tan poca confianza. Pero ella no media esas cosas; ni siquiera creo que pensara que pudiera incomodarme. Esa tarde, sin ir más lejos, nos había contado lo cómoda que se sentía sin sujetador —algo que pudimos comprobar a simple vista— y lo mucho que disfrutaba tumbándose desnuda a echarse la siesta. En ese mismo sofá, supuse.
Carla era guapa de un modo que no encajaba del todo con mi tipo, pero que tampoco me dejaba indiferente. Morena, menuda, delgada, melena castaña, facciones muy femeninas y una piel naturalmente tostada que la hacía atractiva sin esfuerzo. Yo no era de piedra. Y aunque mi cabeza se guía más por la personalidad que por el físico, ahí estaba, incapaz de no imaginarla tumbada a lo largo del sofá.
***
Intentaba seguir el hilo de la charla sin que se notara lo incómodo que me sentía. Con mis amigos no me importaba desvestirme, pero con ella no tenía la suficiente confianza. Decidí que había llegado el momento de construirla.
—La verdad es que dormir sin ropa interior es lo mejor —dije—. Yo también lo hago en casa.
—Pues no te cortes, hombre, quítate los calzoncillos. Estamos en confianza —respondió como si nada.
¿Confianza? Yo debía de tener la cara roja como un tomate. Pero no supe reaccionar de otra forma que seguirle el juego.
—Lo haría, pero es que llevo tu ropa. Quedaría feo.
—¿Feo por qué? Te doy permiso. El chándal lo voy a lavar igual.
Sin saber dónde meterme, fui al baño y volví dos minutos después sin nada debajo del pantalón, preguntándome qué demonios estaba haciendo. Carla me miró la entrepierna y soltó una carcajada.
—¿De qué te ríes? —pregunté, sentándome de golpe.
—Es que mientras venías hacia el sofá se te balanceaba todo. Se te marca un montón.
Mierda. Encima se me ha puesto medio dura y no sé ni por qué. Pensaba que con lo holgado del pantalón no se notaría nada.
—No te agobies, es de lo más normal —dijo ella, quitándole hierro—. Tienes polla y se te marca, ya está. Estamos en confianza.
—Tienes razón —atiné a decir, y me senté en su misma postura, de medio lado, para charlar de frente.
Fue entonces cuando algo hizo «click» en mi cabeza y entendí que ella de verdad se sentía cómoda. Estaba despatarrada, con el pelo revuelto y la mayoría de los botones de la camisa sin abrochar, lo que me dejaba ver buena parte de su pecho derecho. Diría que incluso asomaba el pezón. Y diría también que ella lo sabía y le daba exactamente igual.
Hablando de eso, mi mirada se desvió un instante hacia su entrepierna. Espera. ¿Eso de ahí es un agujero? En la costura de la ingle, su pantalón tenía un roto por el que cabían dos dedos. Carla seguía con las piernas separadas, despreocupada, sirviéndose más vino, y cada movimiento cambiaba la perspectiva.
Joder, son sus labios. Mateo, deja de mirar por lo que más quieras.
Apuré la copa y me serví más. No me veía capaz de decirle que ya le había visto medio pecho y ahora también el sexo. Decidí que mi estrategia para sobrevivir a la noche sería emborracharme un poco.
—¿Y cuánto sueles correr? —preguntó ella, ajena al caos de mi cabeza.
—¿Eh? —Tardé en reconectar—. Ah, depende. Entre siete y diez kilómetros, según el día.
—A mí me gustaría probar. De adolescente salí alguna vez, pero lo dejé. Aunque, claro, salí sin sujetador y, aunque no tengo mucho pecho, el rebote me hacía daño y tuve que parar.
—Nunca había pensado en eso —reconocí.
—Imagínate corriendo y que constantemente las tetas te hagan así.
Y se puso a dar saltitos en el sofá para ilustrarlo. ¿Recuerdas los botones sin abrochar? La «confianza» me estaba volviendo loco. No sabía dónde mirar, aunque intuía perfectamente dónde quería hacerlo.
—A ti te pasará lo mismo —siguió ella, divertida—. Con el bamboleo que llevabas al andar, no quiero ni imaginarte corriendo.
—Bueno, eso lo arreglan unos buenos calzoncillos —dije, y decidí poner a prueba la dichosa confianza—. Aunque te confieso que se me ha vuelto a poner un poco dura. Será que no estoy acostumbrado a esto.
—¿Cómo que no? Si eres medio nudista, te ha visto la polla casi todo el grupo y te da igual.
—Con vosotros sí. Pero tú y yo nos conocemos poco y aquí estamos, los dos sin ropa interior, cenando y bebiendo vino. Se me hace raro. No me malinterpretes, estoy a gusto, pero es nuevo para mí.
—Eres tremendo —rio—. Si estás incómodo, dímelo y te cambias.
—Para nada, así estoy bien. Aunque tengo que decirte otra cosa, y es un poco delicada. Tienes un agujero en el pantalón.
—¿Cómo? ¿Dónde?
—Pues… justo ahí —dije, señalando con la mano hacia su entrepierna.
Carla, sin pensarlo y con mis indicaciones de pena, agarró la tela y tiró de ella buscando el roto, que se desplazó muy cerca de su sexo de abajo arriba. Si me quedaba algo por ver, lo vi en ese momento.
—¡Joder! Perdona, Mateo, no tenía ni idea. Siempre uso este pijama estando sola. —Levantó la mirada hacia mí, seria—. ¿Me has visto algo?
—No te voy a mentir. He visto algo, por eso te avisaba.
—Me has visto el coño entero, ¿verdad? —Su tono seguía serio. Ya tenía las piernas cerradas, apoyada contra el respaldo.
—Con el movimiento que has hecho, no he podido evitarlo. Lo siento muchísimo, de verdad que no quería incomodarte.
—No te disculpes —dijo, y de pronto su cara se relajó—. Estabas enfrente, no podías hacer otra cosa. La que tiene que disculparse soy yo, por hacerte pasar el mal rato.
Respiré aliviado. Ya daba la noche por arruinada.
—Tampoco te disculpes tú, mujer. Ha sido un accidente. Y si a ti no te importa que te haya visto, yo me quedo más tranquilo. Lo único que me preocupaba era que te sintieras mal.
—Ningún problema. Si me lo has visto, eso que te llevas —dijo, y esbozó media sonrisa—. ¿Te ha gustado?
—Es bonito, no puedo decir otra cosa —reconocí.
—¡Vaya! Así que te ha gustado mi coño, eh —y se incorporó para darme un golpe fingido en la pierna—. Pues esta conversación pide abrir la segunda botella, ¿no crees?
***
Mientras Carla iba a la cocina a por el vino, intenté ordenar la cabeza. Nos habíamos bebido media botella cada uno, más un par de cervezas antes de cenar. No íbamos borrachos, pero sí lo bastante sueltos como para desinhibirnos del todo. Yo ya había decidido dejarme llevar.
Volvió con la botella abierta y nos llenó los vasos hasta arriba —no, no teníamos copas— sin miedo al ridículo. Brindamos sin dejar de mirarnos, y entonces algo en el ambiente terminó de cambiar. Sus ojos me gustaban más que un rato antes.
—¿No te cambias de pantalón? —pregunté.
—Me da pereza. Total, ya hemos roto el hielo. ¿Podré apuntarme al club de nudistas contigo? —dijo, coqueta.
—Encantado —respondí, mirándola a los ojos.
Bebimos. Ella se recostó, fingiendo olvidarse del roto del pantalón, y la charla derivó hacia el vello púbico, sobre quién lo lleva y quién no, hasta que volvió a quedar al descubierto a través de la tela.
—Ya me lo estás mirando otra vez, ¿verdad?
—Es posible que un poco.
—Pues míralo bien y dime qué te parece —dijo con picardía, abriendo más el agujero.
—Me parece para enmarcar —contesté, y posé una mano en el interior de su muslo—. ¿Soy yo o esto te está poniendo un poco?
Carla no contestó. Se incorporó, apuró su vaso de un trago y, poniéndose de rodillas, se lanzó a besarme con furia. Le noté el vino en la saliva. Unos segundos después yo estaba tumbado y ella encima, metiéndome la lengua, mordiéndome el labio y el cuello. Al apoyar la pelvis sobre la mía sintió mi erección, y como ninguno de los dos llevaba ropa interior, el roce entre los dos sexos a través de la fina tela fue una tortura deliciosa.
Le agarré el culo y le acaricié la espalda por debajo de la camisa. Una piel suave, delicada, que contrastaba con su hambre. Subí las manos hasta sus pechos, pequeños y blandos, y jugué con sus pezones mientras ella me revolvía el pelo y tiraba de mi barba.
Sin dejar de frotarse contra mí, ahora más despacio, empezó a acariciarme por encima del pantalón. Aproveché para desabrochar los pocos botones que aún cerraban su camisa y liberé del todo su pecho. Le pedí que no se la quitara: así, abierta pero puesta, me daba muchísimo más morbo.
—Vamos a seguir jugando con esto —le susurré, mirando el roto.
Metí dos dedos por el agujero y busqué su sexo. Estaba empapada y empezó a gemir en cuanto la toqué. Subí al clítoris sin sacar la mano de la tela, mientras ella me llevaba mis otros dedos a la boca y los lamía despacio antes de guiarlos a su pezón. La habitación se convirtió en un coro de respiraciones entrecortadas.
—Acércate —me pidió, tirando de mí hacia arriba.
Desató el cordón de mi pantalón y, sin esfuerzo, me liberó. Empezó a masturbarme con una intensidad que me hizo gemir desde el primer momento, mientras yo seguía atendiéndola a través del roto. Después me levanté, me quité el pantalón del todo y acerqué mi sexo a su cara. No hizo falta decir nada: empezó a chupar.
Disfrutaba sin dejar de acariciarle la cara y el pelo, fascinado con lo suave que era todo en ella. El momento se cortó en seco cuando me miró, preocupada.
—¿Tienes condones? Yo no. No pensaba gastarlos esta noche.
—Llevo un par en el bolso. Siempre voy preparado.
—Menos mal. Ya me veía quedándome con las ganas.
***
Me aparté antes de tiempo, porque aún no había probado su sexo, y le bajé el pantalón del todo. Me zambullí entre sus piernas y la recorrí entera con la lengua y los dedos, dejando que la barba le rozara las zonas más sensibles, jugando con cada reacción. Ella intentó quitarse la camisa y volví a pedirle que no lo hiciera. Me miró entre sorprendida y excitada, y se la dejó puesta.
Me puse el condón. Carla me indicó que me sentara en una silla y se acomodó encima, de cara a mí, dejándome entrar poco a poco mientras me besaba con calma. Los movimientos empezaron suaves y fueron creciendo. Yo recorría todo su cuerpo —el pelo, el cuello, la espalda, las caderas—; me faltaban manos. Nos tocábamos como si lleváramos años haciéndolo.
Tuvo un primer orgasmo y, justo cuando pensé que se acababa, se levantó.
—¿Cómo me quieres ahora?
—¿No te has corrido ya?
—Sí, pero soy multiorgásmica. No te preocupes por eso —dijo, llevándome dos dedos a la boca para que los chupara—. Apóyate en la mesa.
Entré de nuevo por detrás, deleitándome con la suavidad de su espalda. Empecé a buen ritmo y enseguida subí, agarrado a sus caderas. El choque de nuestros cuerpos sonaba como aplausos en aquella sala en penumbra. Ella se tocaba el clítoris hasta que tuvo que apoyar la cabeza en la mesa, con las piernas temblando. Su segundo orgasmo.
—¿Seguimos? —pregunté.
—Por supuesto —respondió, tumbándose en el sofá e invitándome a ir.
Terminamos en un misionero lento que pronto se volvió intenso. La sujeté de los hombros para embestir con todo. Ella me pedía más entre gemidos, y yo estaba a punto de estallar. No tardó en correrse otra vez, y entonces le avisé de que ya no aguantaba.
—¿Quieres acabar en mi boca?
—Claro que sí.
Me quité el condón y me tumbé. Ella se aplicó con una furia destinada a vaciarme cuanto antes, y lo consiguió en segundos. Fue un orgasmo agotador, de los que te dejan sin fuerzas. Carla se tumbó encima de mí y me besó.
—Mateo, te prometo que nada de esto estaba planeado —dijo, apoyada en mi pecho—. Solo quería ayudar a un amigo. Se ha ido dando todo poco a poco.
—No te preocupes. Me lo he pasado de maravilla. Y, sinceramente, ¿qué más daría si lo hubieras planeado? Perder ese autobús ha sido lo mejor que me ha pasado en meses.
Sonrió y me dio otro beso largo. Nos quedamos un rato más así, desnudos, hablando de la vida sin prisa. Al día siguiente desayunamos juntos y, por fin, cogí el autobús que tocaba.
No volvimos a acostarnos más que un par de veces. Pero desde aquella noche de San Valentín se fraguó entre nosotros una conexión que iba mucho más allá del sexo, y que todavía hoy me cuesta explicar.