Me subasté ante seis hacendados en una estancia
¡Hola otra vez, queridos lectores!
Cuenta de encuentros al inicio del relato: treinta y ocho.
Sé que estoy alterando el orden de las historias que les debo. Lo que voy a contarles ahora pasó hace apenas dos sábados y todavía me cuesta creer todo lo que se desencadenó esa tarde. Antes de tomarme unas vacaciones quería compartírselo. Prometo después contarles cómo convertí a Macarena en mi secretaria personal y cómo un nuevo amigo vino desde la capital a cogerme mientras papá miraba desde el pasillo.
Cada año, en mi ciudad, se hace la Feria Ganadera Nacional. Es la gran fiesta del campo: vacas de pedigrí, maquinaria nueva, vino caro y, sobre todo, los hombres más ricos del país paseándose entre los corrales con sombrero y botas. A muchos los conoce Lucas por sus negocios, algunos también son clientes míos en lo profesional. Como saben, soy economista, casada y, desde hace un par de años, putifina cuando se me llena la boca con esa palabra.
Yo había vuelto hacía pocos días de un viaje. Una tarde, en un descanso entre revolcón y revolcón con Lucas, mi querido amigo y socio en estas aventuras, me propuso algo distinto. Mateo, mi marido, estaba sentado al lado, sonriendo como siempre que ellos dos planean algo conmigo. La idea: armar un asado en nuestra casa de campo durante la víspera de la feria, con seis invitados elegidos a dedo, entrada paga y un show final del que ni siquiera yo iba a conocer todos los detalles.
Mateo se ríe cada vez que recuerda mi cara. Pregunté el precio del ticket, la lista de candidatos y poco más. Ellos sabían armar este tipo de cosas mucho mejor que yo. Doscientos cincuenta dólares por cabeza, asado completo, vino bueno y un cierre que iba a justificar cada billete.
El viernes anterior, Lucas organizó un vermú en un stand de la feria. Hubo presentaciones, conversaciones largas, anécdotas de remates y de campos. Me presenté como economista y esposa de Mateo, repartí mi tarjeta de visita y Lucas o Mateo entregaban a cada uno un papel con un mapa hacia nuestra casa. Sentí miradas, alguna mano apoyada de más en mi cintura, algún chiste subido de tono que dejé pasar con una sonrisa. Todo según el manual.
El sábado, Lucas y Mateo se cargaron tres invitados cada uno en sus camionetas, para que pudieran beber sin manejar. Yo fui sola en la mía. Cuando llegamos, Mateo me avisó que se había sumado un séptimo: un médico amigo nuestro, provisto de tests rápidos para HIV, hepatitis y otras ETS. La idea era que los interesados pudieran ofertar por mí esa misma noche o para otra ocasión, siempre que pasaran por el control sanitario.
Me encantó. Sentí algo parecido al orgullo de que pensaran en cada detalle.
Antes de que llegaran los autos, Lucas me explicó el plan completo. Mientras don Hernán preparaba los bocaditos en la parrilla, yo iba a circular entre los invitados, conversar, ofrecer tragos sin alcohol —porque yo manejaba— y cada diez minutos retirarme a un dormitorio para reaparecer con un atuendo más atrevido. Una especie de desfile en cámara lenta. Después del almuerzo vendría el show. Y al final, la sorpresa.
Llegué a casa vestida con jeans bien ajustados, camisa blanca, chaqueta de gamuza y botas tejanas. Look de campo, prolijo, decente. Adentro, con la calefacción al máximo, me saqué la chaqueta. Llevaba sostén; quería que el busto se marcara, pero todavía sin mostrar.
Los invitados llegaron de a tandas. Whisky, vermú, chorizos, mollejas, morcillas y conversación de campo. Algunos preguntaban por mis servicios profesionales —cotización del dólar, inversiones, ese tipo de cosa— y yo respondía con la misma soltura con la que más tarde me iba a sacar la ropa.
Pasados diez minutos, me escapé al dormitorio. Mi vestido plateado, sin breteles, elastizado, corto, fue el primer cambio. Salí, sentí los ojos sobre mí y alguno preguntó, con sorpresa fingida, a qué se debía la mudanza. «Hace mucho calor», respondí. Mateo se acercó, me dio un beso corto en la sien y me llamó «amor» en voz alta para que todos lo escucharan. Esa marca era importante. Ellos sabían perfectamente con quién estaban.
Cada vez que cruzaba las piernas en un sofá, sentía cómo se cortaba alguna conversación. Disfrutaba ese pequeño poder. A los diez minutos, otra escapada y otro cambio: minifalda plisada y camisa negra abierta hasta el segundo botón, sin nada debajo. Nada se veía, pero cada movimiento dejaba claro que mis pechos iban libres. Eso fue suficiente para que dos o tres invitados se acercaran casi pegados, hablando de cosechas, de tractores, de cualquier excusa.
—¿Te está gustando el desfile? —preguntó Lucas al grupo, alzando la copa.
Hubo risas, asentimientos, un par de carraspeos. Uno de ellos, un señor curtido, con manos enormes, comentó:
—Me cuesta entender cómo una economista, casada con un amigo nuestro, se anima a algo así.
—Le gusta —contestó Lucas antes de que yo abriera la boca.
La mirada de aprobación que me dirigió Mateo terminó de zanjar el tema.
Tercer cambio: short de vinilo negro, tan corto que apenas cubría algo, y un crop top turquesa. Esta vez me puse un sostén de media copa, pero ajusté los pezones para que asomaran por encima y se marcaran a través de la tela. Cuando salí, el silencio duró unos segundos largos antes del primer silbido.
Mateo me siguió al dormitorio. Me llenó de besos en el cuello, las orejas, los hombros.
—Estás divina —me susurró—. Se están portando bien.
—Falta lo mejor —le respondí.
***
El cuarto atuendo fue uno que ya había usado en otra ocasión, con un resultado memorable: pantalón y top de crochet beige, con forro color piel. Visto a un metro, parecía que yo estaba desnuda y tejida. Tacos altísimos. Cuando crucé la sala, hubo aplausos. Uno de los invitados, el más callado hasta ese momento, levantó la copa y dijo, despacio:
—Que este desfile no termine nunca.
Solté una risa coqueta y respondí que poco me quedaba en el ropero. Y, de paso, anuncié que era hora del asado, que «el fuego no espera».
Comimos. Don Hernán recibió la ovación que merecía. Hubo postre, café y, mientras los hombres se relajaban en la sala de estar, me escapé otra vez. Volví con el último conjunto: crochet negro de tejido más abierto, esta vez sin forro. Debajo, una mínima tanga de satén blanco y un bandeau angosto que apenas me sostenía los pechos. Mi espalda y mis nalgas, a través de la trama, debían ser un espectáculo en sí mismas.
Mateo tomó la palabra:
—Amigos, ante la decepción que mostraron cuando el desfile terminaba, Renata sacó del fondo del bolso el último enterito. Sin forro. Esperamos que les guste.
Aplausos antes de verme. Entré caminando como una modelo, un pie delante del otro, sin apurarme. Mateo me sirvió café y un dulce que comí con calma, mirándolos uno por uno. Los siete invitados se habían levantado y formado un semicírculo a mi alrededor. Algunas manos se acercaron más de la cuenta y las desvié con suavidad. Alguien, no llegué a ver quién, soltó un «qué culo» involuntario que me hizo reír.
Mateo recibía felicitaciones por mí, como si fuera un trofeo, y respondía con esa sonrisa que él pone cuando algo le sale exactamente como quería. En medio del barullo, Lucas alzó la voz:
—El desfile se termina, señores. Pero falta el show. Y durante el show los interesados podrán ofertar por los servicios de la señora, para hoy mismo o para otro día. Antes, claro, deberán pasar por el médico aquí presente. Quien no quiera, por cuestiones de moral, religión o privacidad, puede igualmente quedarse a ver el espectáculo. Sin ofender a nadie.
A varios se les cayó la mandíbula. Otros miraron a Mateo buscando confirmación; Mateo asintió con la naturalidad de quien ya sabe el final de la película. Cinco invitados se pusieron en fila frente al médico, en el comedor anexo. Mientras tanto, don Hernán colocó, frente a los sofás, un trozo de tronco de unos cuarenta centímetros de alto. Yo me retiré un momento al dormitorio, abrí mi caja y volví con ella en las manos.
***
Los miré uno por uno. Sonreí. Y me empecé a sacar el top, despacio, sin apurar nada. Después el pantalón. Quedé en bandeau y tanga hilo. Pude oír cómo se aceleraban algunas respiraciones.
Lucas se ubicó a mi espalda y me desató el bandeau. Cuando mis pechos quedaron al aire, el aplauso fue unánime. Sentirme observada por aquellos seis desconocidos con miradas hambrientas, sumados al médico que disimulaba leyendo un test, me prendió fuego. Mis pezones lo dejaron claro.
Mateo se acercó por detrás y me bajó la tanguita hasta el suelo. La pisé al costado, di un par de vueltas para que me vieran completa, y entonces, sin avisar, me llevé los dedos a la boca, los humedecí bien y los pasé entre mis labios. Jugué con ellos lentamente, abriéndome, volviendo a ensalivarlos. Después hice lo mismo con mi ano, mostrándoselos generosamente, sin pudor.
Abrí la caja. Saqué un consolador negro, anatómico, con glande pronunciado y un cuerpo largo y firme. No tan grueso como para incomodar, sí lo suficiente como para llenar. Lo chupé un par de minutos de rodillas, mirando a los hombres por encima del juguete. Vi pijas dibujarse contra los pantalones de campo.
Apoyé el consolador sobre el tronco. Llamé a Mateo. Él se acuclilló y le sostuvo la base. Me abrí de piernas por encima del juguete, lo chupé una vez más mientras les mostraba el culo y me senté de a poco. Lo metí hasta tocar la mano de Mateo. Subí y bajé sobre ese caño negro de silicona, dos o tres minutos largos, mientras yo misma me amasaba los pechos.
Me levanté, me pasé la mano abierta entre las piernas y me lamí los dedos sin sacarles los ojos de encima. Un guiño pícaro. Aplausos.
—Amigos —les dije—. Saben que soy economista. Saben que estoy casada. Y ahora saben que me encanta ser putifina. Si alguno quiere estar conmigo hoy, o en otro momento, en mi oficina o donde prefieran, mi arancel base son dos mil quinientos dólares. Sin límite de tiempo, salvo hoy, que será por dos horas, porque todos tenemos que volver a la capital.
El médico me hizo una seña. Los cinco analizados estaban libres.
Llegaron las preguntas que esperaba.
—¿Entonces también sos puta? ¿Sin condón? ¿Cualquier cosa que pidamos?
—Sí, sí y sí —respondí, mirándolos uno por uno—. No suelo poner límites mientras el cliente aguante.
—¿Y podrías ir a un campo, lejos? —preguntó otro.
—Por supuesto, pero con otro arancel. Lucas les va a alcanzar papel y lápiz. Quien quiera ofrecer, puede hacerlo ahora, en privado, y elegir si lo cobra hoy o concertamos para otro día.
Lucas pasó con los papeles. Aclaró, con la misma naturalidad de siempre, que si alguien no tenía el efectivo encima podía firmarle a él como garante; ya arreglarían entre amigos. Quedaron sentados, escribiendo cifras con la concentración de un remate.
Recogí los papeles uno por uno. Al pasar frente al médico, me dijo bajito que él no había puesto nada, pero que iba a llamarme a la capital. Me reí. Le aseguré que lo estaba esperando.
***
Abrí los papeles delante de Mateo y de Lucas. Uno muy bajo, casi una broma. Tres cerca de mi arancel base. Y uno mucho más alto que el resto, con una condición escrita debajo del precio:
«Cinco mil dólares. Me quedo con ella mientras yo resista. Después la quiero al lado mío de regreso hasta la feria.»
Mateo leyó, sonrió y dijo:
—Aceptado.
Lucas miró el papel y soltó:
—Era él. Siempre así. No me sorprende.
—Esperen —dije—. Vuelvo a buscar al ganador.
Me retiré al dormitorio, me higienicé y me preparé. Tiara de cristales austríacos, un velo largo de tul, un mini vestido blanco que entre risas llamábamos «conchero» con Mateo, y un ramo de flores blancas que había traído por las dudas. Cuando salí, vestida como una novia perversa, todos comprendieron que la ceremonia era otra.
Caminé hasta el ganador. Estaba entre Mateo y Lucas. Era el más callado de la tarde, el de las manos enormes, el que había pedido que el desfile no terminara nunca. Le dije, mirándolo a los ojos:
—Tengo que irme contigo.
Él tomó mi ramo y se lo pasó a Mateo. En su lugar, me puso en la mano un fajo de billetes para que lo llevara conmigo como ramo. Un homenaje, dijo, a mi nuevo oficio. Me tomó del brazo y me paseó frente a todos antes de subir conmigo al dormitorio.
Cerramos la puerta. Imaginé, sin equivocarme, que los demás se irían retirando solos.
***
—Te quiero en pelotas —dijo, sin dejar de besarme el cuello.
Cayó el velo, cayó el vestido. Él se desnudó después, sin apuro. Pelo cano en el pecho, mucho vello en el pubis, verga semierecta. «Hace un rato la tenía dura, esperame un poco», dijo con una risa franca.
Edad avanzada, sí, pero cuerpo trabajado. Se notaba a las claras que ese hombre no pasaba sus días sentado en un escritorio.
—Quiero tus tetas —murmuró.
Y se dedicó a ellas con paciencia, sin avanzar a otra cosa hasta que estuvo seguro de haberlas estudiado. Me las besó, me las acarició, me las chupó, me mordisqueó los pezones hasta dejármelos como piedras. A mí, que muchas veces los clientes apurados me las pasan por alto, ese tiempo me derritió.
Subió a besarme. Boca cerrada al principio, una pregunta. Le respondí abriendo apenas los labios y su lengua entró buscando la mía con una decisión que no esperaba. Enroscadas, ya empecé a masturbarlo. La verga le respondía. Sus manos viajaron a mis nalgas y un dedo curioso se metió donde no debía meterse todavía. Sonreí.
Nos tiramos en la cama. Él bajó entre mis piernas. Me chupó el sexo con la misma calma con la que me había chupado los pechos. Lamía el clítoris en círculos, se apartaba, volvía. Me agarré de su pelo y le acaricié la cara mientras me venía la primera ola. Subió por mi cuerpo y dejó que la cabeza de su verga me recorriera la entrada, una y otra vez, mojándome con su preseminal. No pude más.
—Cogeme ya —le pedí.
Una sola estocada y la tuve completa. «¡Ay, qué divino!», me brotó sin pensar. Su ritmo no me dejaba ni respirar. Un dedo suyo se metió entre mis nalgas y se asomó a mi ano, anticipando la segunda parte. Me corrí otra vez. Él se vino dentro de mí, sin preguntar, como se hace cuando se sabe que el contrato lo permite.
Cuando salió, lo bajé hacia mí.
—Te la chupo —le dije.
Y le limpié la verga sintiendo el sabor mezclado de los dos.
Se acostó a mi lado y me acarició las caderas, la espalda, el pelo.
—Decime cómo sos así de puta —me pidió con cariño, casi con admiración.
Le conté. Le conté de mi noviazgo con Mateo, de los años de matrimonio fiel, de aquella conversación de marzo de 2023 que lo cambió todo. Le conté del viaje a París con Rodrigo, de la visita de Pablo y de su voyerismo, y al final le confesé también lo de papá y lo de mi suegro. Su cara osciló entre la sorpresa y la incredulidad, pero su verga, que volvía a llenarse despacio sobre mi muslo, no me dejaba engañar.
—¿Tu padre te vio coger?
—Accedió a ver, sin participar. Es otra historia. Después te la cuento si querés.
Me bajé otra vez. Le chupé la pija ya casi dura y le hice beso negro despacio. Él se sobresaltó, se quedó quieto y enseguida lo aceptó con un gemido sordo.
—Quiero tu culo —dijo.
—¿Cómo lo querés?
No respondió con palabras. Me tomó de las caderas y me puso en cuatro. Yo le pasé el gel y él se tomó su tiempo, mucho más del que tienen los clientes apurados. Masajeó, untó, metió un dedo, agregó más gel, masajeó otra vez. «Qué linda cuevita», dijo, como un piropo aprendido a fuerza de años. Después de prepararme bien, se untó la verga y, despacio, sin lastimarme, entró.
El ritmo fue largo, gozoso. Él tenía esa virtud de demorarse en acabar. Le pedí mete y saca prolongado y gocé cada salida y entrada. A veces me sujetaba de los hombros, a veces del pelo. Yo no estaba acostumbrada a eso último; me sorprendió cuánto me gustó. Duele un poco, sí, pero gusta el doble.
—Acabame afuera —le susurré, cuando lo noté cerca.
Me la sacó. Me empujó contra el colchón y se masturbó refregando su verga entre mis nalgas. Sentí los chorros tibios sobre mi espalda baja y vi cómo el semen se deslizaba por mi ano cerrado hasta mi sexo. Lo recogí con dos dedos y lo probé, mirándolo.
Le limpié la verga con la boca, sin que él me lo pidiera. Me eché sobre él y lo besé entero, agradeciéndole en silencio.
***
Hablamos mucho después. Quiso saber si aprovechaba bien lo que ganaba, si de verdad era economista, si Mateo de verdad me apoyaba. Le contesté con honestidad: sí, sí y sí. Dijo que quería conocer a mi padre. Me preguntó si podría venir a pasar algún fin de semana a nuestra casa de campo —«claro»—, y si yo podría ir a su estancia, a más de doscientos kilómetros —«claro, con otro arancel»—. Nos reímos. Me dijo:
—Con la manera que tenés de coger, podés pedirme lo que quieras.
Me chupó un rato más los pechos, le chupé los huevos y la verga otro tanto. Me entregó lo pactado en efectivo —había sido previsor, como buen estanciero—. Yo estaba en el cielo.
Salimos. La casa estaba vacía. Lo llevé de regreso a la feria, despacio, conversando como si nos conociéramos desde siempre. Quedamos en vernos esa misma semana. Lo pidió él.
Esa noche, antes de dormir, anoté mi número treinta y nueve en la libreta donde llevo la cuenta. Treinta y siete hombres, dos mujeres. Y un calendario que ya empezaba a llenarse.
¡Hasta la próxima, queridos lectores!
Renata.