El tío de la novia me encontró en el baño del hotel
Mi hermano se casaba en un resort frente al mar. Dos días gratis en un hotel cinco estrellas, todo incluido, así que no había forma de decir que no. Hice el check-in lo más rápido que pude, dejé la maleta en la habitación y bajé al bar del lobby a matar tiempo hasta la ceremonia. Faltaban tres horas y yo no soportaba quedarme sola encerrada con mis pensamientos.
Llevaba un vestido rosa muy corto, con un escote que cualquier madre habría mandado a tapar antes de salir de casa. Pegado al cuerpo, sin mangas, con el dobladillo a media nalga. Debajo, un bikini negro mínimo, por si me daban ganas de pasar por la piscina antes de cambiarme. Me gustaba sentir las miradas pesadas sobre mi cuerpo, y con mis tetas talla DD no era nada que costara conseguir. Nunca conocí a un hombre que no les diera al menos un vistazo, por más caballero que se quisiera mostrar.
Iba por la segunda copa cuando se sentó a mi lado un señor de unos sesenta años. Traje gris bien cortado, alto, calvo, barba canosa cuidada y una panza tranquila que se asomaba bajo el saco. Olía a colonia cara y a algo más oscuro que no supe nombrar. Crucé las piernas despacio para que el vestido subiera unos centímetros y dejara la cara interna del muslo expuesta. Quería darle una buena vista y, sobre todo, quería ver qué hacía con ella.
—Muchacho, un whisky en las rocas —le pidió al barman sin mirarlo siquiera.
Tenía una voz grave, de las que se sienten antes de oírse. Algo se me apretó por dentro, lento, firme, creciendo.
Al recibir el vaso fingió un pulso flojo y todo el whisky terminó sobre mi muslo. El frío me hizo soltar un quejido. Sentí cómo el líquido bajaba por la pierna y se metía bajo el vestido. Mierda, pensé, ahora me tocaría volver a la habitación a cambiarme antes de la boda.
—Lo siento muchísimo, señorita —murmuró, agarrando una servilleta de la barra. Empezó a pasarla por mi pierna con una calma que no era de quien quiere ayudar. Era de quien sabe exactamente lo que está haciendo.
Debería haberme molestado. En cambio, sentí que el aire del bar había subido diez grados de golpe.
—No se preocupe, un accidente lo tiene cualquiera —respondí, inclinándome hacia adelante apenas lo justo para que las copas del vestido dejaran de cumplir su función. Él tragó. Tardó tres segundos en volver a mirarme a la cara.
—Permítame disculparme. Es imperdonable arruinar un vestido tan… —me recorrió de arriba abajo con los ojos— preciso.
Me terminé la copa de un trago. Si me quedaba un segundo más, no respondía por mí. Lo mejor era irse antes de que pasara algo de lo que arrepentirme después.
—Tendrá que disculparme. Voy a cambiarme antes de la ceremonia.
Me bajé del taburete y el tacón se me trabó en una rendija del piso. Iba a caer cuando una mano firme me sostuvo de la cintura. La sentí caliente a través de la tela del vestido. Sus dedos bajaron unos centímetros, simulando torpeza, hasta rozar el nacimiento de mis nalgas.
—¿Está bien? —sonrió con una calma que era casi insultante.
—Sí. Gracias, caballero.
Salí del bar lo más rápido que pude, sintiendo un latido en partes que no debería tener latido a las cuatro de la tarde.
***
Una hora más tarde, sentada en la tercera fila de sillas blancas frente al mar, escuché a mi hermano decir el sí. Y entonces lo vi. El hombre del bar estaba de pie del lado de la novia, sosteniendo del brazo a una señora mayor. Una prima de la novia me lo confirmó al oído entre risitas: era el tío de mi flamante cuñada. Damián, dijo. «Tío Damián, el soltero eterno».
El soltero eterno no me quitó los ojos de encima en toda la ceremonia. Y yo, lejos de bajar la mirada, aprovechaba cada giro de cabeza, cada vez que cruzaba o descruzaba las piernas, para que entendiera que sí, que el bar había sido un anticipo y no un accidente.
Pasamos al salón. Empezó la música. Mateo, uno de los amigos del colegio de mi hermano, me tendió la mano sin preguntar.
—Vamos a bailar.
Acepté sin pensarlo. Apenas llegamos a la pista, Mateo me rodeó la cintura y me pegó a su cuerpo. Por encima de su hombro busqué a Damián. Lo encontré sentado en una mesa lateral, copa en mano, la mandíbula apretada. No bailaba con nadie. Me miraba a mí.
Eso fue todo lo que necesité. Dejé que mi cuerpo hablara solo. Me apoyé en Mateo de espaldas y le restregué el culo contra la entrepierna. Él tardó dos segundos en endurecerse y tres en empezar a dudar de qué hacer con las manos. Yo no le bailaba a él. Le bailaba a Damián.
Cuando volví a girar la cabeza, los ojos del tío de la novia estaban hechos brasas. Sostuvimos la mirada el tiempo justo para que él entendiera que aquel baile era para él. Por dentro me temblaba algo que no sabía si era miedo o ganas.
Tres canciones después, el alcohol me cobró factura. Necesitaba un baño y el del salón tenía una fila larguísima. Salí sin avisarle a nadie, crucé el lobby y avancé por un pasillo lateral hasta encontrar el cartel que indicaba los servicios. Crucé otro pasillo más oscuro y, por fin, entré. Me tomé mi tiempo. Cuando salí del cubículo y me acerqué al lavabo, miré hacia la puerta.
Damián estaba recostado contra ella.
—¿Qué hace aquí? —solté, sorprendida, aunque mi cuerpo ya hubiera entendido todo.
—Creo que ya jugamos suficiente —respondió, despegándose de la puerta y caminando hacia mí. La distancia entre nosotros se cerró demasiado rápido.
El espacio dejó de ser espacio.
Era temperatura.
Era electricidad.
—¿De qué juego me habla? —me hice la desentendida, retrocediendo hasta que la loza fría del lavabo me topó la espalda.
Me agarró de la cintura y me apretó contra él. Sentí el bulto duro a través de la tela del pantalón.
—De este. Tus ojos pidiendo verga desde que te miré en el bar. ¿O me lo vas a negar?
—Mejor que… —empezó a salir de mi boca, pero su mano subió por la cara interna de mi muslo y me cortó la frase a la mitad.
—Todavía ni te toqué y ya estás temblando.
Sus dedos encontraron el bikini negro debajo del vestido. Lo apartó a un costado sin pedir permiso. Me recorrió con el índice y el corazón, despacio, como quien comprueba algo que ya sabe.
—Mira nada más cómo estás.
Empezó a entrarme con dos dedos al ritmo justo, ni rápido ni lento, encontrando un ángulo que no me había encontrado yo en años. Me tuve que llevar la mano a la boca para no gritar. Estaba a un suspiro del orgasmo cuando se detuvo. Sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó con calma.
—Si quieres seguir, vas a tener que pedirlo.
Frustrada, acalorada, con el juicio ya en otro continente, lo agarré de la corbata y lo acerqué a mi cara. La idea de que alguien entrara en ese momento ya no me asustaba; la verdad es que empezaba a gustarme.
—¿Cómo tengo que pedirlo?
—Ya sabes cómo, putita.
Me apretó la garganta con una mano. No tan fuerte como para asustarme. Lo justo para que se me escapara un gemido entre los labios.
—Pídelo.
—Cógeme, tío Damián.
Me dio vuelta contra el lavabo y me abrió las piernas con la rodilla. Me subió el vestido hasta la cintura. El hilo negro del bikini se perdía entre mis nalgas, casi inexistente. Bajó la cabeza hasta tener la boca pegada a mi oreja.
—Pide que te rompa.
—Métemela, tío —gemí, sin reconocer mi propia voz.
Escuché el cinturón. Escuché el pantalón caer al piso. Sentí la cabeza de su verga rozar mis labios mojados sin entrar. Sacudí el trasero buscando la fricción, desesperada, sin orgullo. Él se rio bajito.
Y entonces me la entró entera, de una sola estocada, sin avisar. Apreté los dedos contra el mármol buscando algo que me mantuviera de pie. No paró hasta sentir sus testículos golpear contra mí.
—Qué rico coño tienes —gruñó, y me dio una nalgada que me dejó un escozor caliente—. Tómatela toda.
El espejo me devolvía mi cara: la boca abierta, los ojos cerrados, el pelo pegado a la frente. Damián miraba al espejo también, sin dejar de embestir, viendo cómo mis pechos se sacudían dentro del vestido a punto de salirse. Bajé el escote con una mano y me los liberé yo misma. No usaba sostén.
Apenas los vio, se inclinó sobre mi espalda y se metió un pezón a la boca por encima de mi hombro. Me chupó como si llevara horas pensando en eso.
—Desde que te vi entrar al bar quería comerte las tetas —murmuró contra mi piel.
Sentí el primer orgasmo subir y reventar sin avisar. Le clavé las uñas al lavabo y me corrí entre gemidos contenidos, mordiéndome el labio hasta sentirlo arder. Él no paró. Me agarró de la cintura, me dio media vuelta y me sentó sobre la cerámica.
—Ahora quiero verte las tetas rebotar.
Me abrió las piernas todo lo que daban y me la metió de nuevo, esta vez con un ángulo que me hacía ver borroso. Me llevé los dedos al clítoris y empecé a darme círculos. El baño se llenaba de gemidos y del ruido húmedo de su pelvis contra mis muslos.
—Estás hecha para coger —jadeó.
—Más duro. Rómpeme.
***
Tres golpes secos en la puerta nos cortaron de golpe.
—Intendencia del hotel. Abran, por favor.
Damián no se detuvo. Me tapó la boca con una mano y siguió embistiéndome, mirándome a los ojos, retándome a callarme. Yo no me callé. Le gemí contra la palma.
—Por favor, abran —repitió la voz, más impaciente.
Pausa larga.
—Estoy solo. Si me dejan pasar, no digo nada.
Damián se quedó quieto un segundo, sopesando. Después sonrió, lento, lascivo.
—Ya escuchaste, putita. Hoy te comparto.
Me besó saboreando la mezcla de los dos en mi saliva. Después se separó, se subió el pantalón a medias y abrió la puerta lo justo. Entró un tipo de unos cuarenta, uniforme color crema, llaves al cinturón. Cerró la puerta con seguro detrás de sí. Me miró sentada en el lavabo, con el vestido en la cintura y los pechos al aire, y no dijo absolutamente nada. Sólo tragó.
—Ponte cómoda —me ordenó Damián.
Me bajé del lavabo. Me quité el vestido y el bikini despacio, mirando al de uniforme a los ojos. Damián se recostó en el piso del baño y empezó a masturbarse para mantenerla dura. Me arrodillé entre sus piernas y me metí su verga en la boca, mientras sentía detrás de mí cómo el otro se desabrochaba el cinturón y se acercaba.
El intendente me agarró de las caderas con manos callosas y se acomodó detrás. No dijo una palabra. Me la metió de un solo movimiento, igual que Damián minutos antes, y empezó a embestirme al ritmo en el que yo chupaba al otro. La verga del de adelante me llegaba al fondo de la garganta; la del de atrás me partía por dentro. Cerré los ojos. Dejé de pensar.
—Mira esto, mira cómo se la traga —le decía Damián al intendente, agarrándome del pelo—. Te dije que era buena putita.
El intendente respondió con una nalgada que me dejó la mejilla del culo ardiendo. Después, otra. Y otra. Cuando sentí que estaba por correrme, Damián me sacó la verga de la boca, me agarró de la cintura y me cambió de posición. Me puso a cuatro patas en el piso, frente al espejo. Quería que me viera.
Me tomaron así un rato largo. Turnándose. Volviéndome la cabeza para besarme uno mientras el otro me embestía. Susurrándome al oído cosas que no me atrevo a repetir ni para mí misma. En algún momento sentí los dedos del intendente abriéndome por detrás, despacio, preparándome. Cerré los ojos y dije que sí sin que nadie me preguntara.
Esa noche me tuvieron entre los dos hasta la madrugada. Terminé en la habitación de Damián, ensartada en él una vez más, con el coño en carne viva y el culo tan dolorido que no pude sentarme en tres días. Pero no me arrepiento de nada. Todavía hoy, mucho después de aquella boda, voy a las fiestas familiares de mi cuñada con la esperanza tonta de cruzarme otra vez con el tío Damián. Y todas las noches, antes de dormir, me masturbo recordando cada cosa que pasó en ese baño del hotel.