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Relatos Ardientes

Lo que dejé que un desconocido me hiciera entre los espejos

Esa noche fui a la feria sola, sin saber muy bien por qué. Mi novio se había quedado dormido en el sofá viendo un partido y yo me puse un vestido negro corto, sin medias, sin ropa interior, y le dejé una nota mentirosa diciendo que iba a casa de Lucía. La verdad era que necesitaba aire, ruido, luces baratas, cualquier cosa que me sacara de la cabeza la sensación de estar a punto de saltar de un balcón.

La feria estaba casi vacía. Era la hora muerta entre los últimos adolescentes con globos y los empleados desmontando carpas. Pasé delante de la noria, del puesto de tiro al blanco, del olor a azúcar quemada y aceite recalentado, y me detuve frente al laberinto de espejos. Hacía años que no entraba en uno.

El cartel decía: «Casa de los Mil Reflejos. Si te atreves, descúbrete». El chico de la caja, aburrido, me cobró sin levantar la vista.

Dentro hacía frío. El laberinto olía a humedad y a desinfectante barato. Las luces eran rojas y bajas, y cada espejo me devolvía una versión distinta de mí misma: yo más alta, yo más ancha, yo deformada, yo de espaldas viéndome la nuca. Avancé despacio, palmeando las paredes para no chocarme. El vestido se me pegaba a los muslos. Estaba mojada antes de cruzar el primer pasillo.

Y entonces, en el cuarto giro, lo vi.

Estaba de pie en el centro de una cámara hexagonal, con vaqueros oscuros y una camiseta blanca. Alto, con los hombros anchos, el pelo corto y una barba de tres días. No me sonrió. Me miró desde cinco espejos a la vez y se quedó muy quieto, como si llevara horas esperando exactamente a esa mujer, a esa hora, con ese vestido.

Yo debí haber dado media vuelta. Lo pensé. Y, sin embargo, di un paso adelante.

—¿Estás perdida? —preguntó.

—No.

—Yo tampoco.

Se acercó dos pasos más. Olía a tabaco frío y a colonia limpia, una mezcla rara, como un hombre que acaba de llegar de un velorio. Cuando levantó la mano y me apartó el pelo de la cara, no me defendí. Solo le miré la boca.

—Si no te vas ahora —dijo en voz muy baja—, voy a hacerte cosas que no le has dejado hacer a nadie.

—Pues hazlas —contesté, y todavía no sé de dónde me salió la voz.

Me empujó contra el espejo más cercano. El cristal me congeló la espalda a través de la tela fina del vestido. Una de sus manos me sujetó las muñecas por encima de la cabeza; la otra me bajó el escote de un tirón y me dejó los pechos al aire. No tuve tiempo de respirar antes de que su boca estuviera sobre uno de mis pezones, mordiendo lo justo para hacerme cerrar los ojos.

—Mírame —ordenó, separándose un segundo—. No los cierres. Mira lo que estás dejando que te haga.

Los abrí. En cada espejo había una mujer con los brazos en alto y los pechos asomados por encima del vestido, y un desconocido con la cabeza inclinada chupándole el pezón. Mil veces lo mismo. Mil veces yo. Sentí que la cara me ardía de vergüenza y de algo más fuerte que la vergüenza.

Su otra mano me subió el vestido por encima de las caderas. Cuando descubrió que no llevaba bragas, soltó un ruido bajo, casi una risa, y dejó de morderme el pezón solo para mirarme a los ojos.

—Has venido buscando esto.

—No sé qué he venido a buscar.

—Sí lo sabes.

Dos dedos suyos resbalaron entre mis muslos. Yo estaba tan empapada que entraron de golpe, sin esfuerzo, hasta el fondo. Se me escapó un gemido que rebotó en los espejos y volvió duplicado, multiplicado, como si todas las mujeres del laberinto gimieran al mismo tiempo. Él curvó los dedos dentro de mí y empezó a moverlos despacio, mirándome la cara, leyéndome.

—Aquí —dijo cuando encontró un punto que me hizo levantar la cadera contra su mano—. Justo aquí.

—Por favor…

—Por favor, ¿qué?

No supe qué contestar. Empecé a temblar contra su cuerpo. Él aceleró los dedos hasta que ya no pude sostenerme y las rodillas se me doblaron solas. Me tuvo en el aire un instante, sujetándome solo por las muñecas y por dentro, antes de dejarme caer despacio contra él.

—Todavía no —susurró—. No te vas a correr de pie en el primer pasillo.

***

Me llevó tirando de la mano por dos giros más, hasta una sala más amplia, donde los espejos formaban una especie de pozo octogonal. En el centro había un banco bajo de madera para que los niños se subieran a hacer muecas. Me dio la vuelta, me empujó hacia el banco y me dobló contra él. Mi cara quedó a la altura del cristal. Mis pechos, libres del vestido, colgaban a un palmo del suelo.

—Mírate —dijo, poniéndose detrás de mí—. Memorízate la cara. Esto lo vas a recordar.

Le oí abrir el cinturón. El sonido del cuero deslizándose por las trabillas me puso peor. Sentí cómo se bajaba el pantalón, cómo se inclinaba sobre mí, cómo el peso de su erección caliente me rozaba el muslo. Luego sus manos en mis caderas. Luego nada. Me tuvo así, abierta y expuesta, demasiados segundos.

—Pídelo.

—Métemela.

—Otra vez.

—Métemela, por favor.

Entró despacio, centímetro a centímetro, y me llenó hasta un sitio en el que yo no sabía que se podía llegar. Solté un ruido sordo contra el espejo y se me empañó el cristal con el aliento. Se quedó quieto un momento, enterrado dentro, dándome tiempo a acostumbrarme, dándome tiempo a pensarlo.

—Puedes irte todavía —dijo—. Estás a tiempo.

No me fui.

Empezó a moverse con un ritmo lento, profundo, como si quisiera enseñarme algo. Sus dedos buscaron mi clítoris por debajo y empezaron a dibujar círculos pequeños mientras me embestía. La combinación me cortó las piernas. Cada vez que entraba, mi cara se acercaba al cristal y yo veía a aquella mujer roja, sudada, despeinada, con la boca abierta, que no era yo y que sí era yo a la vez.

—Mira a las otras —jadeó contra mi nuca—. Mira a cuántas estás dejando que te folle un desconocido.

Las miré. Eran muchas. En cada espejo había una mujer que ya no estaba en condiciones de decir que no.

Aceleró. Sus caderas chocaban con las mías produciendo un sonido húmedo que llenaba el pasillo entero. Sus dedos seguían sobre mi clítoris, ahora más rápidos, ahora sin paciencia. Empecé a temblar de arriba abajo. Le clavé las uñas en el antebrazo y le dije, con la cara contra el cristal, que me iba a correr.

—Hazlo —respondió—. Y no apartes la vista.

No la aparté. Me corrí mirándome a los ojos, con la boca abierta, viendo cómo mi propia cara se desfiguraba en algo que no había visto nunca. El orgasmo me sacudió en oleadas largas, una detrás de otra, y él no paró de moverse hasta que dejé de temblar.

***

Pensé que ya estaba. No estaba.

Me incorporó del banco, me giró de cara a él y me sentó encima del cinturón, encima de los pantalones a medio bajar, encima de él. Empecé a moverme yo. Le hundí la cara en el cuello y le mordí justo donde palpitaba la vena. Él me sujetó por las caderas con las dos manos y me marcó el ritmo, despacio, profundo, mientras me iba lamiendo la oreja y me decía cosas que no voy a repetir.

—Repite que eres mía mientras dure esto —pidió.

—Soy tuya mientras dure esto.

—Bien.

Me besó por primera vez. Fue raro, lo del beso, porque hasta ese momento todo había sido de animales y, de repente, su boca fue suave, atenta, casi cuidadosa. Le devolví el beso con toda la rabia que me quedaba y se la pasé hacia dentro.

Luego me bajó al suelo. Me hizo arrodillarme delante de él, en aquellas baldosas frías y pegajosas, y me cogió la nuca con una mano. Lo entendí. Abrí la boca antes de que dijera nada.

Lo lamí entero, despacio, mirándolo desde abajo. Mi propio sabor estaba en él. Le pasé la lengua por todo el largo, le besé los testículos, le mordí muy suavemente la cara interna del muslo. Tenía los ojos cerrados ahora, la cabeza echada hacia atrás, una mano apoyada contra el espejo. Cuando lo metí en mi boca, gimió mi nombre. Cosa rara, porque nunca le había dicho cómo me llamaba.

—¿Cómo sabes mi nombre? —pregunté, separándome un segundo.

—Te he visto antes. Sigue.

No le pregunté dónde. Volví a metérmelo en la boca, esta vez hasta el fondo, hasta sentir la punta contra el paladar blando, y me quedé ahí. Sus dedos se me cerraron en el pelo y me dirigió con cuidado, sin obligarme nunca a más de lo que podía aguantar. Yo no podía aguantar mucho. Le miré con los ojos llenos de agua y él entendió.

—Levanta —dijo.

Me levantó. Me volvió a empujar contra el espejo, esta vez de frente, me sujetó por debajo de un muslo y me la metió otra vez con un solo golpe. Le rodeé la cintura con las dos piernas. Él me sostuvo todo el peso. Empezó a moverse cada vez más rápido, más profundo, mordiéndome el cuello, dejándome marcas que iba a tener que tapar al día siguiente.

—Voy a acabar dentro de ti —avisó.

—Hazlo.

—Dilo en voz alta.

—Acaba dentro de mí.

Lo hizo. Sentí el momento exacto en que su cuerpo se tensó, la pulsada caliente, su frente contra la mía, su respiración entrecortada justo encima de mi boca. Y luego un silencio raro. Solo se oía el zumbido de los fluorescentes y nuestras respiraciones, multiplicadas por mil en cada espejo.

***

Salimos por separado. Él se fue primero, sin preguntarme nada, sin dejarme un número, sin un beso de despedida. Se reabrochó el cinturón, me arregló el vestido con dos manos casi tiernas y me dejó allí. Antes de irse del pasillo, sin embargo, se giró.

—Si la próxima vez vuelves a venir sola —dijo—, ven sin la nota mentirosa.

Cuando salí a la noche, el aire olía a lluvia y la feria estaba apagando las luces. En el banco del laberinto, donde habíamos estado, alguien había dejado caer una pulsera de plástico con un nombre escrito a rotulador: Damián. La cogí, la apreté en la mano todo el camino de vuelta y, cuando llegué a casa, mi novio seguía dormido en el sofá con el partido ya terminado. Me di una ducha larga, me tumbé a su lado y me quedé mirando el techo hasta que amaneció.

Todavía la guardo. La pulsera. Está en el fondo del cajón de mi mesilla, debajo de unos pendientes que ya no uso. La saco a veces, cuando estoy sola en casa, y la giro entre los dedos mientras pienso en la única cosa que sé con certeza de aquella noche: que en algún punto del laberinto sigue habiendo mil mujeres con la espalda contra un espejo, pidiéndole por favor a un desconocido. Y todas se parecen demasiado a mí.

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