Mi último día en la oficina terminó de otra forma
Marcela ya lo tenía decidido. Iba a dejar el trabajo. Estaba harta. Harta de las tareas absurdas que le encargaban, harta del sueldo miserable que cobraba, harta de sus compañeras envidiosas y, sobre todo, harta de su asqueroso jefe directo, un viejo verde que la miraba sin pudor y que en más de una ocasión había intentado propasarse con ella.
Lo puso en su sitio el día que se pasó de la raya. Le agarró los testículos con rabia, se los retorció con fuerza y no lo soltó hasta que el hombre se hincó de rodillas en el suelo pidiéndole perdón.
—¡Asqueroso! —le gritó—. Viejo verde. No vuelvas a acercarte a mí.
Desde entonces, hacía ya casi un año, no volvió a tocarla. Pero a Marcela se le seguía revolviendo el estómago cada vez que veía su cara, y más todavía cuando lo descubría intentando lo mismo con alguna de sus compañeras más tímidas, las que no se atrevían a plantarle cara.
Ya no estaba a gusto en la empresa. Nada la animaba a levantarse con ganas por las mañanas. Ni el sueldo, ni el ambiente, ni mucho menos el viejo. Tampoco el atasco de casi dos horas que sufría a diario para llegar, ni el horario inhumano que le imponían. Todo era un desastre, y necesitaba un cambio pronto.
Lo único que a veces lograba arrancarle una sonrisa y perderla en sus ensoñaciones era el gerente y dueño de la empresa. Con apenas treinta y cuatro años, había heredado el negocio y la responsabilidad de gestionarlo tras la muerte repentina de su padre. Con poca experiencia en el mundo de los negocios, aún carecía de los vicios de los empresarios más curtidos. Era justo, era decente, y trataba a la gente con respeto y cortesía.
Pero lo que de verdad cautivaba a Marcela era lo bueno que estaba. El cuerpo de aquel hombre recién hecho parecía moldeado para pecar. Alto, fuerte, de hombros anchos, con un culo que daban ganas de morderlo cada vez que coincidían en el ascensor. Guapo hasta resultar injusto, era la comidilla de todas las mujeres del edificio. Más de una vez, en el baño, se había metido dos dedos pensando en él, imaginándose de rodillas mamándosela hasta el fondo, o boca abajo sobre su escritorio con esa verga que intuía enorme partiéndola en dos.
Llevaba el pelo un poco largo, lo justo, siempre impecable. Tenía unos ojos que derretían a cualquiera que osara sostenerle la mirada más de cinco segundos. Se notaba que hacía deporte, porque la tela fina de sus trajes carísimos dejaba adivinar piernas torneadas, brazos macizos y un vientre completamente plano. Justo lo contrario que su jefe directo. Y ese bulto que a veces se le marcaba en el pantalón cuando cruzaba las piernas en las reuniones era otra de sus obsesiones secretas: parecía prometer una polla larga y gruesa, de las que dejan huella.
Habían coincidido decenas de veces en el aparcamiento, en el ascensor, en las zonas comunes. Pero la relación nunca pasó de la más estricta cordialidad: un saludo educado, alguna conversación banal sobre el tiempo o cualquier otra nadería. Marcela sabía que era completamente inalcanzable para ella. Estaba fuera de su órbita y por eso no se hacía ilusiones, a diferencia de sus compañeras, que más de una soñaba con cazarlo y resolverse la vida.
Ella tenía los pies en el suelo. Se conformaba con alegrarse la vista cada vez que lo veía, y punto. A nadie le amarga un dulce. Sus aspiraciones estaban en otra parte, bien lejos de todo lo que tuviera que ver con aquella empresa de la que quería salir cuanto antes.
La decisión estaba tomada. Esa misma semana se despediría. El viernes coincidía con el último día del mes: le entregarían la nómina y el sobre con las horas extras, y en cuanto lo tuviera en la mano, se marcharía. Ese mismo viernes, tras pagar también la última mensualidad del alquiler a su antipática casera, cogería su viejo coche destartalado con las maletas ya cargadas en el asiento trasero y pondría rumbo al sur, a buscar sol, otro clima y nuevas oportunidades.
La semana pasó más lenta e insufrible que nunca. El miércoles ya estaba de los nervios y no veía la hora de marcharse. Incluso estuvo a punto de renunciar al sobre con tal de no esperar al viernes, pero se lo pensó mejor: aquel dinero era suyo y, por dos días más, aguantaría lo que fuera. Hasta las malas caras de las compañeras a las que tanto odiaba.
El viernes por fin llegó. Marcela se levantó con un optimismo renovado. Después de ducharse y desayunar, se vistió mucho más informal y alegre que de costumbre, cargó el coche con sus pocas pertenencias y se dirigió contenta hacia su último día de trabajo.
Su enorme sentido de la responsabilidad no le permitió relajarse. Otros, sabiendo que el lunes no volverían, habrían dejado cosas a medias para que las resolviera otro, pero ella no era así. Mientras estuviera ahí, cumpliría. Por eso la mañana se le pasó volando, y cuando quiso darse cuenta era casi la hora del cierre.
Recogió su mesa, revisó el ordenador, guardó en la nube lo personal y borró el resto del disco duro. Ni siquiera pensaba despedirse de nadie. Sus compañeras no lo merecían, y su jefe directo aún menos. El lunes tendrían que apañárselas sin ella.
Cuando ya se encaminaba a la salida con la nómina, el sobre y sus cosas, le entró un último remordimiento. Damián, el gerente y dueño, no se merecía una despedida tan fría, aunque solo fuera por el respeto con el que siempre la había tratado. Cambió de idea y se dirigió a su despacho, sabiendo que solía quedarse hasta tarde. Le daría las gracias por los años de empleo y le comunicaría su renuncia.
Golpeó la puerta dos veces con los nudillos y esperó. Cuando obtuvo respuesta, la abrió despacio y, asomando solo la cabeza, pidió permiso.
—Buenas tardes, don Damián —saludó con timidez—. Siento molestarle si está ocupado. ¿Me concede un minuto?
—¡Pasa, Marcela! —respondió él desde detrás de su escritorio modernista—. Y, por favor, llámame Damián. Ese «don» me hace parecer un viejo, y aún somos jóvenes los dos.
Marcela se quedó perpleja. No solo por la propuesta de prescindir de los formalismos, sino porque el condenado guaperas se había dirigido a ella por su nombre. Recordaba su nombre. Eso sí que era extraño en una empresa con más de doscientas mujeres en nómina y con un jefe que casi nunca salía de su despacho.
—Gracias —respondió, adentrándose en la habitación.
—Siéntate —le indicó él, señalando una de las dos sillas de diseño frente a su mesa.
Marcela se sentó erguida, casi en el borde, con las rodillas juntas y las manos algo nerviosas sobre el regazo.
—Tú dirás —dijo Damián—. ¿En qué puedo ayudarte?
¿Un jefe ayudando a una empleada? Marcela cada vez estaba más atónita. Por un momento se replanteó su decisión de marcharse, sabiendo que el dueño era tan educado, respetuoso y, sobre todo, guapo. Pero no. La decisión estaba tomada y ya no había marcha atrás.
—Verá, don Damián… —empezó a explicar.
—¡Espera! —la interrumpió él, señalándola con el dedo—. Si vuelves a llamarme «don Damián», te despido.
—Perdón —se disculpó ella—. Bueno, verá… ¡perdón, perdón! Quise decir «verás». Es que precisamente a eso he venido, a verle… ¡a verte!
Damián se quedó algo descolocado y arqueó una de sus cejas castañas.
—¿Nos abandonas? —preguntó.
—Lamentablemente, sí —contestó Marcela—. He tomado algunas decisiones últimamente, y una de ellas es dejar este trabajo. Me voy de la ciudad a probar suerte en el sur, pero no quería marcharme sin comunicártelo y sin darte las gracias por todos estos años. Salgo de viaje ahora mismo. Solo quería que supieras que el lunes no vendré. La empresa no me debe nada, y creo que yo a ella tampoco.
Damián se quedó pensativo unos segundos, sin dejar de observarla.
—Está bien —dijo—. Veo que es una decisión firme y dudo que pueda hacerte cambiar de idea. Solo espero que no sea porque te sientas mal aquí, con tus compañeras o con alguno de tus superiores.
—¡No, no! —mintió ella—. Es algo completamente personal.
—De acuerdo —continuó él—. Si quieres que te firme una carta de recomendación o cualquier otra cosa, estaré encantado de ayudarte. Tengo buenas referencias tuyas, y es lo menos que puedo hacer.
—No es necesario, pero te lo agradezco enormemente —respondió Marcela—. Es todo un detalle por tu parte.
—Bueno —dijo Damián, poniéndose de pie y ofreciéndole la mano para sellar el final de su relación laboral—. Espero que encuentres trabajo pronto y que te vaya muy bien en el sur. Si hay algo que pueda hacer por ti, no dudes en decírmelo.
Marcela aceptó la mano y, levantándose también, se la estrechó como quien acaba de cerrar un trato.
—Muchas gracias —contestó—. Ha sido un placer trabajar para usted.
—¡Estás despedida! —casi gritó él, para sorpresa de Marcela—. Por tratarme de usted otra vez.
Los dos rompieron a reír. Marcela giró sobre sí misma para dirigirse a la puerta y empezar, desde ese mismo instante, su nueva vida. Se alegraba de haber decidido despedirse en persona. Había hecho lo correcto.
***
Llegó hasta la puerta con la conciencia tranquila. Pero entonces, con el pomo ya en la mano y la hoja entreabierta, algo cruzó por su cabeza y la obligó a cerrarla de nuevo. Echó el pestillo, para que nadie los interrumpiera. Se dio la vuelta, volvió hacia el escritorio y, en lugar de quedarse enfrente como antes, rodeó el mueble y se plantó frente a frente con su jefe, que seguía de pie por cortesía.
—En realidad, sí que hay algo que puedes hacer por mí —dijo Marcela, ya tuteándole, con un tono mucho más pícaro que el del resto de la conversación—. O más bien, algo que yo puedo hacer y que llevo deseando desde el primer día que te vi.
Damián arqueó ambas cejas, completamente anonadado por el giro inesperado de la situación. Antes de que él pudiera decir nada, Marcela le llevó una mano al bulto del pantalón y apretó, comprobando con una sonrisa lo que llevaba meses imaginando: ya empezaba a hincharse, y era grueso, era largo, era exactamente como se lo había pintado en la cabeza mientras se masturbaba a solas los sábados por la noche.
—Marcela… —murmuró él, con la voz espesa—. ¿Qué estás…?
—Shhh —susurró ella, poniéndole el índice sobre los labios—. Cállate y déjame.
Llevó las manos a la hebilla de su cinturón de cuero, la desabrochó con asombrosa habilidad, soltó el botón del pantalón y bajó la cremallera. La prenda fina y carísima cayó hasta los tobillos por el peso del móvil y las llaves en los bolsillos. Debajo, unos calzoncillos ajustados de color negro apenas podían contener la erección que ya crecía entera contra la tela.
Él se quedó bloqueado ante la actuación de su ya exempleada, pero se dejó hacer. Marcela se agachó, enganchó los pulgares en el elástico y tiró de los calzoncillos hacia abajo hasta reunirlos con el pantalón. La polla de Damián saltó liberada, casi golpeándole en la cara, y ella soltó un suspiro corto al verla de cerca. Era todavía mejor de lo que había imaginado: larga, gruesa, con las venas gordas marcadas a lo largo del tronco, el glande hinchado y brillante, ya con una gotita de líquido preseminal asomando en la punta. Los cojones colgaban pesados, tersos, bien afeitados. Todo él olía a jabón caro y a hombre limpio.
Le plantó un beso rápido en los labios, le clavó la lengua un segundo en la boca y lo empujó con suavidad por el pecho para que se sentara en su sillón de cuero. Ya sentado, ella se arrodilló frente a él en el suelo y, con precisión, accionó la palanca del sillón para que, por el peso de su dueño, la altura bajara al mínimo. Lo tenía justo como lo quería: desnudo de cintura para abajo, sentado, con las rodillas abiertas de par en par y una polla enorme apuntando al techo esperándola.
—Joder, Damián —susurró, mirándosela con los ojos brillantes—. La tienes preciosa. Llevo un año imaginándomela.
Él se estremeció al oírla hablar así. Aquella empleada tímida y correcta que veía en el ascensor había desaparecido: ahora tenía delante a una hembra arrodillada, con la boca entreabierta y las mejillas encendidas, dispuesta a comérselo entero.
No lo dudó. Le agarró la verga con la mano derecha, se la apretó desde la base para que se hinchara aún más, y sacó la lengua para lamerle el glande de abajo arriba, muy despacio, como quien saborea un helado. Recogió la gotita de precum con la punta de la lengua y la paladeó, mirándolo fijamente a los ojos. Después le dio un beso en la cabeza mojada, abrió bien la boca y se lo metió de una vez, hasta el fondo, hasta que la nariz se le hundió en el vientre plano y notó la punta del glande rozándole la garganta.
Damián soltó un gemido ronco y le clavó los dedos en el cuero del sillón. Marcela se quedó unos segundos así, ahogándose voluntariamente, dejando que la saliva se le escurriera de las comisuras y le empapara los cojones. Cuando se apartó para respirar, un hilo de baba le colgaba del labio a la polla, y ella sonrió, orgullosa de su propia guarrería.
—Qué rica la tienes, jefe —le dijo, con una voz gutural que no era la suya—. La quería probar desde el primer día.
Estaba más dura que ninguna otra polla que hubiera tenido cerca, e impecablemente limpia. Con las manos apoyadas en sus muslos firmes —ahora ya no le quedaba duda de que hacía deporte—, empezó a mamársela con fuerza, moviendo la cabeza arriba y abajo. Chupaba con las mejillas hundidas, apretando los labios contra el tronco, dejando que la verga entera le entrara y le saliera de la boca haciendo un ruido húmedo, obsceno, que resonaba en el despacho silencioso.
No buscaba una felación lenta ni sensual. No iba a gastar minutos en preliminares ni en provocarlo poco a poco. Buscaba solo su propia satisfacción, cumplir el deseo que tantas veces había imaginado mirándolo de lejos en la oficina. Quería mamársela como una guarra, quería tragarse esa polla entera y notarla palpitar contra su lengua. Quería quedarse a gusto.
Se la sacó de la boca un momento y la restregó por su cara, por sus mejillas, por sus labios, dejándose marcar por la humedad. Le lamió los cojones uno a uno, se los metió en la boca por turnos, tirando suavemente con los labios mientras masturbaba el tronco con la mano. Después subió otra vez, plantó un beso en la punta y volvió a tragársela hasta el fondo, esta vez con más ansia todavía.
—Mierda, Marcela… —jadeó él, echando la cabeza hacia atrás—. Qué bien la chupas, joder…
Ella no le contestó. Tenía la boca demasiado ocupada. Le respondió con la garganta, dejando que le entrara todavía más profundo, dejando que él le viera cómo se le formaban las lágrimas en los ojos por el esfuerzo. Con la mano libre se llevó los dedos entre las piernas y se los metió por debajo de la falda: estaba empapada, las bragas totalmente pegadas al coño, el clítoris duro. Se apretó ahí mientras seguía mamando, arrancándose gemidos ahogados que hacían vibrar la polla dentro de su boca.
Él se abandonó a lo que ella le estaba regalando. Se recostó aún más en su carísimo sillón y se agarró con ansiedad a los brazos de madera. Marcela siguió tan profundo como su garganta le permitía, acelerando el ritmo poco a poco. Cada embestida era más rápida, más sonora, más obscena. La saliva le chorreaba por la barbilla, le caía sobre las tetas por el escote, le mojaba los cojones al hombre. El despacho olía a sexo, a semen inminente, a coño empapado.
Cuando notó que el final no estaba lejos, llevó la mano izquierda a sus testículos mientras con la derecha sujetaba la parte que no le cabía en la boca, sincronizando los movimientos de la mano con los de la cabeza. Los tenía tirantes, recogidos contra el cuerpo: la señal inequívoca de que iba a correrse. Se los masajeó con suavidad, le apretó justo debajo, en el perineo, buscando ese punto que a los hombres los volvía locos.
—Marcela, para… voy a… —musitó Damián con la voz quebrada, intentando avisarle de que no aguantaría mucho más. Quiso sujetarle la cabeza con las manos para que parase; le parecía descortés terminar así.
Pero a ella no le importaba. Le apartó las manos de un suave manotazo y volvió a su sitio, decidida. Se lo sacó un instante y le clavó los ojos, con los labios rojos e hinchados y el rímel corrido.
—Córrete —le ordenó, casi susurrando—. Córrete en mi boca, jefe. Quiero tragarme hasta la última gota.
Y volvió a tragársela entera. Esta vez con desesperación, chupando fuerte, moviendo la lengua alrededor del glande cada vez que subía, masturbándole a la vez con la mano lo que no le cabía. Él no resistió más. Soltó un gemido gutural, un jadeo casi de dolor, y le explotó en la boca.
El primer chorro le golpeó la garganta, espeso y caliente. Marcela apretó los labios y siguió succionando hasta el final, como queriendo ayudarle a vaciarse. Notó cómo la polla se le contraía dentro de la boca, cómo latía cada vez que soltaba otra descarga. Se tragó todo, sin perder una gota, sintiendo el sabor salado bajarle por la garganta. Cuando ya no salía nada, siguió chupando despacio, exprimiéndole hasta la última gota, lamiéndole la punta con la lengua para limpiarla.
Solo cuando todo terminó y la rigidez se vino abajo, la soltó despacio y abrió la boca para enseñarle que estaba vacía. Le sacó la lengua limpia, le sonrió, y supo que su trabajo en la empresa había acabado de verdad, en sentido literal y figurado.
Y estaba contenta. Había cerrado su etapa allí y, de paso, se había dado el gusto que llevaba meses imaginando. Una guinda sabrosa para tantos años de sinsabores. Se puso de pie, se lamió los labios, se pasó el dorso de la mano por la barbilla húmeda, se recompuso el pelo y se ajustó la falda arrugada. Apoyó las manos sobre las de su jefe, que aún descansaban sobre los brazos del sillón, y se inclinó hacia él. Le dio un besito en los labios, dejándole probar su propio sabor.
—Gracias por todo —le dijo, mirándolo a los ojos todavía desencajados—. Has sido el mejor jefe que he tenido en la vida.
Damián tardó en encontrar la voz. Todavía tenía la respiración entrecortada, la polla goteando sobre el vientre, la camisa desabrochada de arriba y los ojos vidriosos. Cuando lo hizo, sonrió de medio lado.
—¡Estás despedida! —dijo.
Y Marcela salió por aquella puerta riendo, con las maletas en el coche, el sabor de su jefe todavía en la boca y la vida entera por delante.





