Lo que pasó en el parque después del bar
Eran casi las doce de la noche cuando salimos del bar. Habíamos pasado el día entero entre apuntes y café malo, y un grupo de seis o siete decidimos premiarnos con unas cervezas antes de que cerraran. No era un sitio especial, pero esa noche todo me parecía perfecto, quizá porque entre la gente estaba ella.
Se llamaba Mariela. Morena, de risa fácil, con un cuerpo que no necesitaba esforzarse para llamar la atención. Tetas grandes y firmes que se marcaban debajo de cualquier camiseta, un culo redondo que me hacía perder el hilo cada vez que se levantaba de la silla. La conocía desde hacía un mes, cuando este mismo grupo nos presentó con la excusa torpe de que ninguno de los dos quedara haciendo de carabina de las dos parejas que venían con nosotros. Funcionó mejor de lo que ninguno esperaba.
Un par de semanas atrás nos habíamos liado en una fiesta. Nada más que besos contra una pared y algún roce de manos por encima de la ropa, pero suficiente para que algo quedara encendido. Suficiente para que yo llegara a casa con la polla dura y ella, según me confesó después por mensaje, para meterse en la ducha y tocarse el coño pensando en mí. Desde entonces no habíamos vuelto a quedar a solas, aunque seguíamos hablando casi todas las noches. Y esas conversaciones, a altas horas, iban subiendo de tono sin que ninguno frenara.
—¿Tú también te acuerdas de lo de la fiesta? —me había escrito una madrugada.
Como si pudiera olvidarlo.
Esa noche, en el bar, jugamos a un par de cosas con cartas, bebimos de más y acabamos todos un poco subidos. Cada cual con lo suyo: las dos parejas en su mundo, y Mariela y yo riéndonos demasiado cerca, buscándonos la mirada cada vez que alguien contaba algo. En algún momento dejamos de disimular y nos besamos delante de todos, y nadie pareció sorprenderse.
Cuando cerraron, salimos a la calle fresca. El aire de la madrugada nos despejó un poco, aunque no lo suficiente como para borrar lo que llevábamos toda la noche insinuándonos. Las parejas tiraron cada una para su lado, entre risas y promesas de repetir, y yo me ofrecí a acompañar a Mariela hasta su casa. Lo dije con toda la intención del mundo, y ella aceptó con una sonrisa que dejaba claro que la intención era compartida. El grupo nos vio marchar juntos, calle abajo, hacia el parque que cortaba camino hasta su portal.
Caminamos los primeros metros sin tocarnos, hablando de cualquier tontería para disimular lo evidente. Pero el silencio entre frase y frase pesaba demasiado, cargado de todo lo que no decíamos. Cuando entramos en el parque y las luces de la calle quedaron atrás, ese silencio se volvió insostenible.
***
No habíamos dado ni veinte pasos entre los árboles cuando empezamos a besarnos. Fue ella quien me agarró de la chaqueta y me empujó contra el tronco de un árbol, ansiosa, como si llevara toda la noche esperando ese momento. Yo también lo esperaba. Llevaba la polla medio dura desde el bar, y en cuanto su cuerpo se pegó al mío se me puso a tope contra la bragueta.
El parque estaba oscuro. Apenas un par de farolas lejanas dibujaban manchas amarillas en el suelo, y no había un alma a esa hora. Mariela pasó los brazos por mi cuello y yo le agarré la cintura, la traje hacia mí hasta que no quedó ni un centímetro de aire entre los dos. Sentí sus tetas aplastándose contra mi pecho, y ella notó perfectamente el bulto que le presionaba el vientre.
—Joder —susurró contra mi boca—, la tienes durísima.
—Llevo así toda la puta noche por tu culpa.
Nuestros labios apenas se rozaban al principio. Sentía su aliento caliente sobre mi boca, su respiración entrecortada, el latido acelerado de su pecho contra el mío. Después las lenguas se buscaron, húmedas y ávidas, y todo se aceleró. Le acaricié la espalda, las caderas, bajé despacio por la curva de su cuerpo hasta agarrarle el culo por encima de los vaqueros y apretárselo con las dos manos mientras una de sus manos se aferraba a mí para que no me separara. Le subí la otra por el costado hasta encontrar una teta, se la apreté por encima de la camiseta y noté el pezón duro clavándoseme en la palma.
—Aquí no —murmuró sin convicción, mientras me besaba el cuello.
—¿No? —le pregunté, y ella se rió contra mi piel.
—Aquí no… o sí, no sé —dijo, y me mordió el lóbulo de la oreja.
Nos apartamos del camino principal, furtivos, buscando unos arbustos frondosos que nos escondieran de la poca luz que llegaba. Detrás de ellos, la oscuridad era casi total. Solo se oían las hojas movidas por el viento y nuestra respiración.
Seguí besándola, largo y despacio, mientras una de mis manos le recorría la cintura y la otra encontraba la hebilla de su cinturón. La solté con torpeza, con esos dedos que no obedecen del todo cuando uno está demasiado nervioso. Después el botón de sus vaqueros, y luego la cremallera, que bajé de un tirón. Mariela suspiró cuando entendió hacia dónde iba aquello, y no hizo nada por detenerme. Al contrario: separó un poco las piernas y me buscó la mano para guiármela ella misma.
Mi mano se deslizó por dentro del pantalón, sobre la tela fina de sus bragas, y la sentí ya empapada, ardiendo. Los dedos se me hundieron un poco en la tela mojada, y ella ahogó un gemido en mi boca cuando empecé a acariciarle el coño por encima. Me costaba creer que estuviéramos haciendo aquello en un sitio público, donde en cualquier momento podía aparecer alguien. Lo más increíble era ella: lo entregada que estaba, sin pudor, mordiéndose el labio para no hacer ruido.
Cuando aparté la tela y la toqué directamente, noté lo mojada que estaba. Los labios del coño estaban hinchados, calientes, resbaladizos. Mis dedos resbalaron en círculos lentos alrededor del clítoris y ella se aferró a mis hombros, clavándome las uñas a través de la chaqueta. Cada movimiento le arrancaba un suspiro que intentaba contener mordiéndome el cuello, consciente de que un ruido de más podía delatarnos.
—Métemelos —me pidió al oído, con la voz rota—, por favor.
Bajé el corazón y el índice y se los hundí despacio dentro del coño. Estaba tan mojada que se los tragó de golpe hasta el fondo. La sentí apretar alrededor de mis dedos, palpitando, y ella se mordió el hombro para no gemir en voz alta. Empecé a follarla con los dedos, entrando y saliendo, mientras el pulgar le seguía dando vueltas al clítoris.
—Joder, joder, no pares —jadeaba—, así, así.
Me gustaba esa contradicción: lo prohibido del lugar y lo entregada que estaba ella. Curvé los dedos dentro de ella buscando ese punto que la hacía temblar, y lo encontré. Cada vez que lo rozaba el cuerpo se le sacudía entero. Abría más las piernas dentro del pantalón bajado a medias, se restregaba contra mi mano buscando más fricción, se había olvidado por completo de dónde estábamos.
—Madre mía, cómo me pones —dijo entre dientes, con la voz quebrada—. Me vas a hacer correr aquí mismo, hijo de puta.
Seguí, atento a cada reacción suya, a cómo se le tensaba el cuerpo y se le entrecortaba la respiración. Una de sus manos bajó hasta el bulto de mi pantalón y empezó a frotarme la polla por encima de la tela, apretándola con la palma abierta, devolviéndome cada caricia con la misma urgencia. Yo aceleré el ritmo de los dedos dentro de ella, entrando y saliendo cada vez más rápido, escuchando ese sonido húmedo y obsceno que hacía su coño empapado, decidido a hacerla correrse antes de cualquier otra cosa, y ella tuvo que sujetarse a mí para no perder el equilibrio.
—Me corro, me corro —gimió contra mi oído, y el temblor que la recorrió me lo confirmó antes que sus palabras.
La sostuve mientras los espasmos la sacudían, sin dejar de meterle los dedos hasta el fondo mientras el coño le palpitaba, apretándome, empapándome la mano entera. Se le escapó un gemido largo que ahogó contra mi cuello mordiéndome la chaqueta, y aun así se le oyó lo suficiente como para que yo mirase por encima del hombro. Solo cuando me apartó la mano, demasiado sensible para soportarlo más, se la saqué de dentro. Se quedó apoyada en mí unos segundos, riéndose por lo bajo, incrédula de lo que acababa de pasar a oscuras, en mitad del parque.
—Me has empapado entera —susurró.
Le enseñé los dedos brillantes en la penumbra y sin decir nada me los metí en la boca para chuparlos. Mariela abrió los ojos y soltó una risita ronca.
—Estás fatal.
***
No me dio tregua. Recuperó el aliento y sus manos fueron directas a mi cinturón. Lo soltó con una habilidad que la mía no había tenido, me desabrochó el pantalón y me lo bajó junto con los calzoncillos hasta la mitad de los muslos. Mi polla saltó tiesa contra el aire frío de la madrugada, y ella la miró un segundo antes de agarrármela con la mano y empezar a acariciármela despacio. Sentía su mano tibia, segura, cerrada en un puño alrededor de mi polla, subiendo y bajando con un movimiento de muñeca tan medido que me hizo cerrar los ojos. Con el pulgar me esparcía por el glande la gota que ya asomaba en la punta, y cada pasada me arrancaba un temblor.
—¿Te gusta? —preguntó, aunque la respuesta era evidente—. ¿Te gusta que te la toque así?
—No te imaginas cuánto. Sigue.
—La tienes preciosa —murmuró, mordiéndose el labio—. Dura y gorda, joder.
Entonces se separó un momento de mi boca, me sostuvo la mirada en la penumbra y se fue arrodillando despacio, sin dejar de acariciarme. Verla bajar así, con la luz lejana de la farola recortándole apenas el perfil y la boca a la altura de mi polla, fue una de esas imágenes que se quedan grabadas para siempre. Me miró una última vez, sacó la lengua y me lamió desde la base hasta la punta, muy despacio, antes de inclinarse hacia delante y metérsela entera en la boca.
Lo que vino después me costó creerlo. Me la chupaba con una entrega que no había sentido nunca, tragándomela hasta el fondo de la garganta y sacándomela despacio, dejándome un rastro de saliva que se le caía por la barbilla. Alternaba la lengua y la mano: cerraba el puño alrededor de la base y con la boca me trabajaba la mitad de arriba, subiendo y bajando la cabeza al mismo ritmo. Se detenía a sacármela de la boca solo para lamerme los huevos, uno primero y otro después, mirándome desde abajo con los ojos brillantes, y volvía a engullirme entera.
—Joder, Mariela, así —jadeé.
Cada vez que sacaba la polla de la boca hacía un sonido húmedo que retumbaba en el silencio del parque. Me apretaba con los labios en la corona del glande, me la chupaba como si le fuera la vida, con las mejillas hundidas por la succión. Después volvía a bajar y a subir el ritmo, jugaba, se detenía justo cuando notaba que yo estaba a punto, me apretaba fuerte con el puño en la base para cortarme el orgasmo, y volvía a empezar. Cada vez que levantaba la vista para mirarme, con mi polla metida hasta el fondo de esa boca, yo sentía que las piernas me fallaban.
Tuve que apoyarme en el tronco del árbol que tenía detrás. Con una mano me sujetaba, con la otra le aparté el pelo de la cara para verla mejor. El parque seguía en silencio, y sin embargo cualquier ruido lejano —un coche, unos pasos imaginarios— me ponía más al límite. La idea de que apareciera alguien y nos pillara así, ella de rodillas comiéndome la polla en mitad del parque, lejos de frenarme, me empujaba al borde.
—No pares —le pedí, con la voz ronca—. Sigue así, sigue.
Ella no paró. Le hundí los dedos con suavidad en el pelo, sin forzar, solo acompañando, y la dejé llevarme a su ritmo. Empezó a mamármela más rápido, sin dejar de bombear con la mano lo que no le entraba en la boca, y de vez en cuando se la sacaba entera para escupirle un poco de saliva encima y volver a metérsela, más resbaladiza, más profunda. El calor empezó a concentrarse en algún punto del fondo de mi vientre, un hormigueo que se extendía por las piernas y la espalda, y supe que ya no había marcha atrás.
—Mariela, voy a correrme… —alcancé a decir.
Ella solo respondió con un sonido afirmativo que vibró alrededor de mi polla y me terminó de deshacer. Se la metió hasta el fondo, apretó los labios y bombeó con la mano lo poco que no le entraba, y un temblor me recorrió entero. Los músculos se me tensaron de golpe y me dejé ir en su boca entre varios espasmos que me sacudieron de arriba abajo. Ella no se apartó: se la tragó entera, chorro a chorro, con la polla clavada en la garganta, aguantando hasta la última sacudida. Me sostuve como pude del árbol, con la respiración agitada y la cabeza dándome vueltas.
Cuando volví a abrir los ojos, ella seguía arrodillada frente a mí, chupándome la punta despacio para limpiarme las últimas gotas, mirándome con una sonrisa traviesa, satisfecha de lo que acababa de provocar. Me sacó la polla de la boca con un último beso en el glande, se limpió con el dorso de la mano una gota que se le había escapado por la comisura y se la lamió del dorso mirándome fijamente. Después se incorporó despacio y se acomodó la ropa como si nada de aquello hubiera pasado.
—Te lo has tragado todo —murmuré, todavía sin aliento.
—Todo —contestó, y me guiñó un ojo.
—Estás temblando —dijo, divertida.
—Tú tienes la culpa.
Me abrochó ella misma el pantalón, con una calma que contrastaba con todo lo anterior, y me dio un beso largo y tranquilo, muy distinto de los de antes. Todavía le notaba en los labios el sabor de mi propia corrida. Después se apartó un mechón de la cara y me miró con esos ojos que llevaban toda la noche prometiendo cosas.
***
Salimos de entre los arbustos como dos sombras, intentando recomponernos. El parque seguía igual de desierto, ajeno a todo. Caminamos los últimos metros hasta la salida sin decir gran cosa, solo rozándonos las manos, todavía con la respiración a medio recuperar.
Su portal estaba justo enfrente. Mariela buscó las llaves en el bolso, abrió y se quedó un momento en el umbral, mordiéndose el labio como si dudara entre decir adiós o no.
—No me has dejado terminar lo que empecé —dije, medio en broma, mirándole el bulto todavía húmedo de sus vaqueros a medio abrochar.
—¿Ah, no? —contestó, y se pasó la lengua por los labios—. ¿Y qué querías hacerme?
—Comerte el coño hasta que gritaras. Y follarte hasta mañana.
Ella se giró desde el primer escalón, con media sonrisa, y dejó la puerta entreabierta tras de sí.
—¿Quieres subir? —preguntó, jugando con las llaves—. La tengo sola. Y todavía te la tengo que devolver.
No hizo falta que lo repitiera.
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