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Relatos Ardientes

El novio de mi prima no me reconoció en el bar

Me llamo Camila, y esto que voy a contar no se lo confesé nunca a nadie. Lo escribo ahora porque hay noches en las que la memoria de aquel fin de semana todavía me sube por la espalda y me humedece el coño sin permiso, y necesito sacarla de algún modo. Si lo lees, prométeme que lo guardas como lo guardo yo: como algo que pasó una vez y que no debería haber pasado.

Empecé mi transición muy joven. Soy de estatura baja, llevo el pelo corto, tengo el pecho pequeño, pero unas caderas que la ropa siempre nota y un culo que me costó años de gimnasio. Hago natación y corro, así que conservo el cuerpo firme y la cara de niña que nunca terminó de irse. A los veinticuatro hace ya tiempo que terminé mi proceso, y desde el primer día me gustaron los hombres altos, morenos, de esos que ocupan toda la puerta cuando entran.

Tengo pareja, eso quiero dejarlo claro. Bruno es tranquilo, paciente, me acompañó en cada etapa, incluso en la última cirugía. Nunca me hizo sentir un capricho ni un experimento. Por eso lo que hice me pesa, aunque no me arrepienta del todo, y esa contradicción es justamente lo que me cuesta dormir.

El hombre del que hablo se llama Mateo. Era el novio de mi prima Carolina. Lo conocí de pasada durante años, en cumpleaños, en almuerzos de domingo, en esas visitas en las que él aparecía los fines de semana cargando bolsas. Yo a veces me quedaba en casa de mi tía, y los oía desde la habitación de al lado. Oía a Carolina, sus jadeos cortos contra la pared, el crujir de la cama, el chapoteo húmedo de la follada, y mientras tanto yo me quedaba mirando el techo con la mano metida entre las piernas, imaginando que era mi voz la que se escapaba debajo de ese hombre, mi coño el que él estaba destrozando a embestidas.

Una vez lo espié sin querer. Salía del baño con la toalla baja y vi lo que tenía. No exagero si digo que me quedé sin aire. Una polla gruesa, larga, todavía a medio despertar, colgando pesada entre los muslos. Mateo es alto, cerca de un metro noventa, juega al baloncesto en una liga de la ciudad y cuida cada músculo como si fuera su trabajo. Desde ese día lo guardé en un rincón de mi cabeza, un rincón que no le mostraba a nadie, y que visitaba con los dedos cada vez que Bruno se dormía a mi lado.

***

El fin de semana que todo cambió fue uno de esos que parecen alinearse para que una cometa una estupidez. Mi tía y Carolina se fueron al pueblo, a casa de mi abuela, como hacían cada vez que había feriado. Antes de irse me pidieron un favor: que pasara a encender luces por la casa para que no se notara que estaba vacía. En el barrio habían entrado a robar dos veces ese mes y querían aparentar que había alguien.

Bruno también se iba. Le tocaba viajar a su ciudad a ver a sus padres, y aunque me insistió en que lo acompañara, dije que no. Su familia nunca me quiso del todo y yo no estaba para aguantar comentarios. Así que el viernes me encontré sola, con la casa de mi tía a mi cargo y todo el fin de semana por delante.

—¿Segura que vas a estar bien? —me preguntó Bruno antes de salir.

—Voy a aburrirme, nada más —le mentí, y le di un beso.

No tenía la menor idea de cómo iba a terminar.

Esa noche unas amigas me escribieron para ir a un bar nuevo que habían inaugurado a unas cuadras de casa. Me arreglé con ganas. Me puse un vestido negro corto, sin tirantes, ceñido hasta marcarme la cintura y las piernas. Tacones del mismo color, un hilo mínimo debajo, casi nada, y unas gafas de marco fino que siempre me dieron un aire serio. Poco maquillaje. Mi cara nunca necesitó mucho.

El bar estaba lleno y la música retumbaba en el pecho. Pedí un trago y, cuando me di vuelta, lo vi. Mateo estaba en una mesa con dos amigos, riéndose, con una camisa que le quedaba estrecha en los hombros. Se me secó la boca y se me humedeció otra cosa. Caminé hacia él como quien no quiere y lo saludé.

Al principio no me reconoció. Me miró con esa cortesía de quien intenta ubicar una cara.

—Soy Camila —le dije—. La prima de Carolina.

Se levantó de golpe.

—No puede ser. Mírate. —Me recorrió de arriba abajo sin disimular—. Hacía años que no te veía.

Bailamos. Empezó con distancia, de a poco, pero la música isleña y el reguetón fueron acortando el espacio entre los dos hasta que ya no había espacio. Bailé pegada a él, más coqueta de lo que jamás fui con Bruno, y como soy bajita lo sentía crecer contra mi vientre cada vez que me apretaba. Sentí su polla despertarse gruesa contra mi ombligo, marcándose en la tela del pantalón, buscándome. Él lo notaba. Yo notaba que él lo notaba. Y ninguno dijo nada.

Una de mis amigas se acercó al oído.

—Está buenísimo, pero cuidado, que vos tenés novio y yo lo conozco a ese.

Era la chismosa del grupo. Sonreí y le dije que era el novio de mi prima, nada más, que estábamos poniéndonos al día.

En una salsa lenta, Mateo me habló al oído. Me contó que Carolina le había pedido que pasara a dormir a la casa, por si yo no me quedaba allá, para cuidarla igual que me lo habían pedido a mí. Me reí por dentro: las dos teníamos la misma misión y ninguno lo sabía.

—Yo iba a hacer lo mismo —le dije—. Pero no puedo irme contigo así, de la mano. Tengo una amiga que cuenta todo.

—Entonces salgo yo primero —respondió—. Tú llegas después.

***

Lo dejé irse y esperé un rato largo, conversando con mis amigas como si nada me pasara por dentro. Cuando me despedí, pasé por un quiosco y compré una botella de aguardiente. No soy de tomar, casi nunca, pero esa noche quería algo que me soltara las manos.

Llegué a la casa de mi tía y Mateo ya estaba ahí, sentado en el sofá. Serví dos tragos y nos pusimos a hablar. Me preguntó por mi transición, por cómo me sentía ahora, con esa curiosidad sin morbo que me desarmó. En un momento me preguntó si provocaba más suspiros en los hombres.

—¿Te los provoco a ti? —le devolví.

No contestó. Se levantó, buscó música suave en su teléfono y me tendió la mano.

—Bailemos.

Esta vez no había gente alrededor, ni amigas, ni excusas. Bailamos despacio, su mano firme en mi cintura, y cuando me levantó la cara me besó. Fue un beso largo, hambriento, de los que te borran la cabeza. Su lengua entró en mi boca con dueño, buscando la mía, y yo se la chupé como si ya le estuviera mamando otra cosa. Lo empujé hacia el sofá y me senté a horcajadas sobre él, restregando mi entrepierna contra el bulto durísimo que le empujaba el pantalón. Sentía cada centímetro de esa polla marcada bajo la tela, rozándome donde yo me estaba muriendo, mientras sus manos subían el borde de mi vestido y me manoseaban las nalgas por debajo del hilo.

—Estás mojada, Camila —me susurró, metiendo dos dedos por el costado de la tanga y encontrando la humedad—. Estás empapada.

—Llevo años mojándome pensando en vos —le confesé al oído, y le mordí el lóbulo.

Me puse de pie y me saqué el vestido de un tirón. Quedé en tacones y con el hilo mínimo, el pecho al aire, los pezones ya duros y erizados apuntándole. Él se quedó mirándome como si nunca hubiera visto a nadie. Se abalanzó sobre mí, me tomó una teta con la boca y me la chupó entera, la lamió, me apretó el pezón entre los dientes hasta hacerme gemir. Bajó al vientre, se arrodilló, me besó por encima del hilo mojado y sopló contra la tela.

Entonces sonó mi teléfono. Era Bruno.

Lo pensé un segundo. Bruno es insistente, si no contestaba iba a llamar diez veces. Bajé un poco la música pero seguí moviendo las caderas despacio contra la cara de Mateo, que no dejaba de besarme el pubis por encima de la tela, para no enfriar nada. Atendí.

—Sí, mi amor, todo bien —dije con la voz más serena que pude fingir, mientras Mateo apartaba el hilo con los dientes y me pasaba la lengua entera por la raja del coño de abajo hacia arriba—. Me divertí en la fiesta, pero estoy cansada y tomé un poco. Me voy a dormir.

Corté mordiéndome el labio para no gritar. Eran cerca de las dos de la mañana. Dejé el teléfono boca abajo y me di vuelta hacia Mateo con una calma que no sabía que tenía.

Que se perdone después. Ahora soy de él.

Lo empujé de nuevo al sofá y le desabroché el cinturón con dedos torpes. Le bajé el pantalón, después el bóxer, y cuando salió lo que tantas veces había imaginado casi me río de nervios. Era enorme. Gruesa, dura, la punta hinchada y brillando, latiéndole contra el vientre. Me arrodillé entre sus piernas, la tomé con las dos manos —ni siquiera me la cubrían— y lo miré desde abajo con las gafas todavía puestas.

—Dios, qué polla tenés —murmuré.

Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, saboreándolo. Le lamí los huevos, uno y otro, y volví a subir. Le cerré los labios sobre el glande y bajé, hundiéndomela entera hasta que la punta me golpeó la garganta y me obligué a quedarme ahí, con los ojos llorosos, respirando por la nariz. La saqué con un hilo de saliva y volví a metérmela. La chupé con hambre, con las dos manos ayudando, apretándole la base, haciendo ruido, dejando que la baba le corriera por los huevos. Me tomé mi tiempo. Quería que perdiera la cabeza igual que la había perdido yo escuchando a mi prima detrás de la pared.

—Puta madre, Camila —jadeó, con la mano enredada en mi pelo corto—. Me la chupás mejor que nadie.

—Esta noche soy tuya —le dije cuando me detuve, con los labios hinchados y la barbilla brillando—. Quiero que me hagas gritar. Quiero que me rompas.

Me levantó como si no pesara nada, me tendió boca arriba en el sofá y me apartó el hilo a un costado. Me abrió las piernas de par en par y se hundió con la cara entre mis muslos. Lo que hizo con la lengua a continuación todavía no encuentro cómo describirlo. Me lamió el coño entero, largo y despacio, con la lengua plana. Después la punta, buscándome el clítoris, dándole vueltas, chupándolo como si fuera un caramelo. Metió dos dedos y los curvó adentro mientras seguía chupando, y yo cerré los ojos y me agarré del tapizado del sofá con las dos manos hasta que me crujieron los nudillos. Nunca un hombre me había buscado así, con tanta paciencia, como si tuviera toda la noche y la noche fuera mía.

—No pares, no pares —le rogué, con las piernas temblándome sobre sus hombros—. Me voy a correr, Mateo, me voy a correr en tu boca.

Y me corrí. Me arqueé entera contra su cara y le apreté la cabeza con los muslos, gimiendo tan fuerte que agradecí que la casa fuera de mi tía y no la mía. Él no aflojó. Me siguió chupando hasta que el segundo orgasmo me pegó encima del primero y yo tuve que empujarle la frente porque no aguantaba más.

Cuando me terminó de sacar la última prenda y se acomodó sobre mí, yo todavía temblaba. Se agarró la polla con la mano y la pasó por mi raja de arriba abajo, mojándola en mis flujos, jugando con la punta en la entrada.

—Metémela —le supliqué—. Metémela ya.

Entró despacio, atento a mi cara, leyéndome. Era grande, mucho, y por un segundo dudé, sentí que no iba a entrar. Pero respiré, me solté, y el cuerpo se acomodó al suyo centímetro a centímetro. Cuando por fin quedó adentro entera, sentí la punta pegándome muy adentro, en un lugar que Bruno nunca había alcanzado. Se quedó quieto, dejándome acostumbrarme, besándome el cuello.

—Movete —le pedí.

Y se movió. Empujó despacio, todo hacia afuera, todo hacia adentro, con un ritmo que me hizo poner los ojos en blanco. Después más rápido. Me sostenía las piernas abiertas contra el respaldo mientras yo me tocaba el clítoris con dos dedos, y el sofá crujía con cada empuje. La polla le entraba y le salía brillando de mí, y yo la veía y me volvía loca.

—Más fuerte —le dije—. Cogeme más fuerte, no me tratés como si fuera de vidrio.

Me obedeció. Me clavó las manos en las caderas y empezó a embestirme con ganas, con ese ruido de piel contra piel, húmedo y sucio, que llenó toda la sala. Me miraba las tetas rebotar con cada golpe y se mordía el labio.

Me subió encima de él y me dejó marcar el ritmo. Me empalé en su polla, lo sentí subir hasta el fondo, y empecé a moverme adelante y atrás, apoyada en su pecho. Tenía tantas ganas de gemir, tantos años de imaginarlo, que no me reconocí en los sonidos que me salían. Reboté con las manos en sus hombros, dejándome caer entera sobre él, sintiendo cómo esa verga me abría por dentro cada vez. Me apretó las nalgas con las dos manos y me ayudó a moverme más rápido.

—Mírame —le dije, agarrándole la cara—. Mírame mientras me follás. Soy la prima de Carolina y me estás cogiendo mejor que a ella.

—Puta —gruñó, y me pegó una nalgada que me hizo saltar—. Puta rica.

Me corrí otra vez montada arriba, con las gafas empañadas, temblándole encima. En un momento me incliné sobre su oído, todavía sin dejar de moverme.

—Quiero que me des por el culo —le susurré—. Sé que lo vas a disfrutar. Sé que ella no te deja.

Se le tensó el cuerpo entero de solo oírlo. Fue hasta la habitación de Carolina y volvió con un aceite que ella guardaba para sus cosas. La ironía no se me escapó, y creo que a él tampoco. Me puso en cuatro sobre el sofá, con el culo levantado y la cara hundida en el almohadón, y me abrió las nalgas con las dos manos. Se echó aceite en los dedos y me lo puso ahí, masajeando la entrada despacio, metiéndome primero uno, después dos, moviéndolos en círculos hasta que me sintió aflojar. Me chorreaba aceite por los muslos.

—Relájate —me dijo—. Voy a ir despacio.

Se untó la polla, la apoyó contra mi culo y empujó. Al principio lo sentí enorme, imposible, casi demasiado, y solté un quejido contra la tela. Él se detuvo con la punta adentro, me acarició la espalda, y empujó otro poco. Después mi cuerpo cedió y todo fue otra cosa. Se hundió centímetro a centímetro hasta que sentí sus caderas pegadas a mis nalgas.

—Carolina nunca quiso —murmuró contra mi nuca, sacándola despacio y volviéndola a meter—. Voy a desquitarme contigo.

—Desquitate —le dije, apretando el almohadón entre los dientes—. Rompeme el culo, es tuyo.

Empezó a moverse en serio. Me agarró de la cintura y me embistió, primero despacio, después con un ritmo que me subió los gemidos hasta la garganta. Me metí una mano entre las piernas y me toqué el coño mientras él me destrozaba por atrás, y sentí cómo mi propio culo se apretaba alrededor de esa polla gruesa cada vez que la subida del placer me traspasaba. Me daba nalgadas, me tiraba del pelo corto para levantarme la cabeza, me obligaba a mirar hacia atrás mientras me follaba.

—Decime que sos mía —jadeó.

—Soy tuya, soy tuya, soy tu puta —gemí, y me corrí por tercera vez, esta vez con la polla enterrada en el culo y los dedos empapados en mi coño.

Me dio así hasta que avisó que ya no podía más, que se iba a venir. Le pedí que terminara donde yo quería. Se la sacó, me di vuelta, me arrodillé frente a él en el suelo con la boca abierta y la lengua afuera. Se la agarró y se masturbó rápido, apuntándome a la cara. Cuando se corrió, salió un chorro grueso que me cruzó la mejilla y la frente, después otro que me cayó en la lengua, en los labios, en la barbilla, en las tetas. Se vació entero encima mío, gruñendo. Yo lo miraba desde abajo, con las gafas manchadas de semen, y me lo tragué todo lo que me había caído en la boca, sin pudor, con una entrega que jamás había tenido con nadie. Después le limpié la punta con la lengua, chupándole las últimas gotas.

—Dios mío —murmuró él, mirándome como si no pudiera creerlo—. Dios mío, Camila.

***

Ese fin de semana fue largo y fue nuestro. Lo hicimos en el sofá, en la cama de mi tía, en la de Carolina, contra el lavabo del baño con él detrás mío embistiéndome mientras yo me miraba en el espejo con la cara descompuesta de placer, en la cocina al amanecer con el vestido subido hasta la cintura y las tetas apoyadas contra el mármol frío. Me probaba vestidos de mi prima y cada vez que me veía con uno me empujaba contra el primer mueble que encontrara, me arrancaba el hilo y me la metía sin preámbulo, susurrándome al oído lo mucho mejor que le quedaba a mí. Me llenó de leche tantas veces que perdí la cuenta: en la boca, en las tetas, en el culo, en el coño. Nunca me sentí tan deseada, ni tan al límite de algo que sabía que no podía durar.

El domingo por la tarde, antes de que volvieran, ordenamos cada rincón, ventilamos, lavamos las sábanas como dos cómplices borrando una escena. Cuando Mateo se fue, me dio un beso distinto, más quieto, casi una despedida de verdad.

Bruno volvió esa noche. Me abrazó, me preguntó por la fiesta, y yo le conté la mitad de una verdad. Hay un secreto que se queda con una para siempre, que nadie más tiene que cargar, y este es el mío.

A veces me cruzo con Mateo en algún almuerzo familiar, con Carolina del brazo, y los dos nos saludamos con la cortesía exacta de quienes apenas se conocen. Pero hay una mirada de un segundo, justo antes de bajar la vista, que lo dice todo.

Algún día contaré lo que pasó después con uno de sus amigos. Pero esa es otra confesión, y todavía no estoy lista para escribirla.

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Comentarios(1)

Maxi_cordob

tremendo!!! me enganche desde la primera linea, que bueno

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