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Relatos Ardientes

Lo que hice en ese coche antes de mi cita

La verdad es que tenía esto bastante abandonado. Solo me siento a escribir las noches que estoy en casa sola y me apetece darle algo de alegría al cuerpo, y últimamente no he tenido tiempo ni para respirar. El verano me dejó seca. Agotada de verdad.

Algunas cosas las dejé anotadas por aquí. Otras quizás las cuente más adelante, y unos cuantos detalles me los guardo para mí. Esta es una de las que sí quiero contar, aunque al teclearla todavía me da un poco de vergüenza.

Hace nada volví a las clases, a reencontrarme con las amigas y a tener otra vez el teléfono lleno de mensajes de tíos del curso pasado preguntándome qué tal había ido el verano. Como si de verdad les importara.

Esa noche había quedado con las chicas para salir a bailar, y a la vez había quedado con un tío en vernos directamente en la discoteca. Era uno con el que estuve tonteando antes de las vacaciones y con el que al final no pasó nada. Conseguí escaparme de la ciudad a tiempo. No pasó nada, pero él seguía a pico y pala, insistiendo.

Me puse una minifalda negra mate y un top rojo que me apretaba el escote, me miré al espejo más rato del que reconocería, y decidí salir.

El plan era simple, casi perfecto. Beber algo en un bar, cenar, seguir bebiendo y acabar bailando. No tenía fisuras, al menos sobre el papel. Ya en la pista me encontraría con mi viejo amigo y, quién sabe, igual le dejaba manosearme un poco para recordar viejos tiempos.

Todo iba como debía hasta que nos cruzamos con otro grupo. Eran los relaciones de otra discoteca, esos que se dedican a llenarte la copa y a llenarte la cabeza. Con alguno de ellos, y me incluyo, más de una habíamos intercambiado saliva en alguna noche tonta.

Al principio fue inofensivo. Se sentaron con nosotras, tonteamos, brindamos. No iba a pasar de ahí, o eso me dije, hasta que nos levantamos en grupo y acabamos todas metidas en su pub.

***

No eran ni las doce cuando ya teníamos un cubata en la mano cada una, perreando flojito al son de la música. Yo, a cada golpe de bombo, tenía que estirarme la falda hacia abajo para que no se me subiera del todo.

Al final, uno de ellos, con el que ya me había liado hacía casi un año, volvió a la carga. Lo recordaba perfectamente. Recordaba sus manos, sobre todo.

Hablamos, volvimos a tontear y aun así me mantuve distante. Intenté hacerme la difícil, la chica imposible, al menos hasta que terminé el cubata y él me propuso salir un rato a tomar el aire.

—Solo a dar una vuelta —dijo, con esa sonrisa que ya conocía.

Dimos la vuelta a la manzana y, como quien no quiere la cosa, me comentó que tenía el coche aparcado justo al lado.

Sí, todas mis alarmas se encendieron a la vez. Estaban atenuadas por el alcohol, pero en ese instante se me pusieron a flor de piel. Sabía exactamente cómo terminaban estas vueltas a la manzana.

—No, no, no. Sé lo que pretendes y no va a pasar —le solté, muy segura de mí misma.

Él hizo caso omiso y me abrió la puerta del copiloto. Y aunque mi boca decía que no, mis piernas me metieron dentro del coche igual.

Me quedé en mi asiento, ligeramente ladeada, mirando al frente y de reojo a él. Estábamos en una calle secundaria, en la parte de atrás del pub, aunque la avenida principal quedaba a apenas cien metros. Se oía la música a lo lejos, amortiguada.

No tardó nada en lanzarme la caña, esta vez con más descaro que dentro.

—Que no, que no va a pasar nada —repetí, ya con menos convicción.

Aunque le dije que no, se lanzó a mi boca igual y me metió la lengua. Yo me quedé quieta, apoyada contra el asiento, con las piernas cerradas, el escote a la vista y su lengua pegada a la mía.

Empezamos a liarnos, y aunque yo no hacía gran cosa, le dejaba comerme la boca. Sus manos se pusieron en marcha. Al principio quise apartarlas, casi por inercia, pero luego dejé que se colaran por debajo del top y llegaran a mis pechos.

Ahí estaba yo, en una calle oscura, dejándome besar y manosear por un tío al que apenas conocía de un par de noches sueltas.

Noté cómo me apretaba, con toda la mano metida dentro del sujetador, abarcándome entero, escapándoseme la carne entre sus dedos cada vez que cerraba la mano. Sin darme cuenta empecé a soltar pequeños gemidos contra su boca.

Y las piernas, sin que yo se lo ordenara, empezaron a separarse solas. Sentí cómo arqueaba la espalda mientras sus dedos me dejaban marcas, y lo mucho que deseaba restregarme contra el asiento como una gata.

Mientras seguía comiéndome la boca, su mano bajó hasta mis piernas. Me rozó la rodilla y empezó a subir despacio por el muslo. Quise apartarme, quise decirle que no otra vez, moví la cabeza de un lado a otro, pero fue tarde. Sus dedos ya se habían colado por debajo del tanga.

Buscaron el camino y de pronto lo sentí. Entró en mí y empezó a moverse dentro, despacio primero, con más insistencia después. Arqueé la espalda todavía más, empecé a gemir sin disimulo, a abrir las piernas hasta dejarlas completamente separadas.

Notaba cómo me iba mojando, y aun así él seguía dándome con los dedos sin tregua hasta que sentí que me corría. Me corrí ahí, en un coche aparcado, con la música del pub de fondo y la avenida a cien metros.

***

Abrí los ojos cuando se me pasó el temblor. Estaba medio tirada en el asiento, con las piernas abiertas, la falda subida hasta la cintura y la mano izquierda estirada hacia su lado. Me giré para mirarle y me di cuenta de dónde tenía la mano.

No sé en qué momento la había guiado mi propio brazo, pero la tenía agarrada, dura y firme. Tenía la punta asomando y era evidente que se la había estado tocando mientras me hacía correrme. Se la apretaba muy fuerte, casi de manera inconsciente, y vi unas gotas bajándole despacio.

—Cómo has gemido… —murmuró, sin aliento.

Me incorporé un poco en el asiento, sin soltársela, y se la empecé a menear despacio. No respondí a su comentario. Simplemente seguí subiendo y bajando, mirando cómo reaccionaba, cómo se le tensaba todo.

Notaba lo cómodo que se ponía, cómo me miraba a mí y luego se miraba a sí mismo. Cada vez estaba más mojado. Unas gotas resbalaron y me cayeron en la mano mientras yo seguía y seguía con el mismo ritmo lento.

—No, no, no va a pasar. Ni de coña —dije en cuanto noté que su brazo se colaba por mi nuca y se enredaba en mi pelo—. Te la puedo poner muy dura, hasta que no puedas más, pero ni de coña vas a meterme nada.

Sentí un primer empujón suave de su mano sobre mi cabeza, pero me resistí. Le lancé una mirada para matarlo y le apreté con fuerza para dejarle clara la postura.

—Ni de coña. Además, esto ni siquiera tendría que estar pasando. Y he quedado con otro dentro de un rato. Tengo una cita.

En cuanto se lo dije me arrepentí un poco. Vi cómo me miraba de una forma todavía más lasciva, y cómo, lejos de cortarle, la noticia le ponía aún más. Me estiró del pelo, tirando de mí hacia abajo y hacia su lado.

—No, no, no. Ni se te ocurra —protesté, aunque mi cuerpo ya se estaba dejando llevar.

Me pegó un tirón desde mi asiento hasta el suyo, tan fuerte que me dejó ladeada del todo, con las manos apoyadas en sus piernas y la cara a un palmo de él. Su polla quedó justo delante de mi boca.

Sí, soy consciente de que podía haberla cerrado, de que podía haber girado la cara. Pero decidí abrir los labios y dejé que entrara.

***

Noté cómo me agarraba fuerte del pelo. Me llevó la punta entre los dientes primero, y luego empezó a metérmela y a sacarla, marcando él el ritmo con la mano enredada en mi nuca. Me rendí del todo y empecé a chupársela en serio.

Envolví su polla con los labios, bajé la lengua para que no me molestara y empecé a mamar de verdad. Poco a poco fue soltándome la cabeza, aunque dejó las manos puestas, sin apretar, dejándome hacer a mi manera.

Sentía esas gotas resbalando por mi mano, esta vez mezcladas con mi propia saliva. Subía y bajaba, jugaba con la punta, volvía a tragármela entera.

—Joder, Marina, joder. Vaya manera de chupar. Joder, joder.

Me encanta que los tíos se vuelvan locos cuando se la chupo, así que seguí con más ganas. Me la metí hasta la base, llené la boca entera, dejé que llegara al fondo de la garganta y la saqué despacio. Apoyé las manos contra el asiento para levantarme un poco y seguí. La boca se me llenaba y escupía los fluidos que se iban generando, y a él parecía volverle loco aún más.

—Marina, Marina, no pares. No pares, por favor, no pares.

Para entonces yo también estaba cachonda otra vez. Una de sus manos abandonó mi cabeza para volver a buscarme los pechos por debajo del top, pellizcándome mientras yo no aflojaba el ritmo.

Mi boca seguía recorriéndole entero. Le lamí la punta, le lamí la base, y me la volví a meter hasta el fondo.

—No pares, no pares, no pares… —repetía, como si rezara.

No paré. Lo noté tensarse de golpe y entonces se corrió. Sentí varios chorros llenándome la boca mientras su polla no dejaba de palpitar entre mis labios. Lo aguanté un segundo y, cuando me la saqué, dejé caer todo sobre él, viéndola brillar blanca y espesa en mitad del coche.

Me limpié con el dorso de la mano, me bajé la falda y me miré en el espejo del parasol como si no acabara de pasar nada de aquello.

—Tengo una cita —le recordé, con una sonrisa de medio lado—. Y voy a llegar tarde por tu culpa.

Salí del coche, me coloqué el top, respiré el aire frío de la calle secundaria y volví caminando hacia la música. Mis amigas seguían dentro, ajenas a todo. Y yo, esa noche, todavía tenía una cita esperándome en la pista.

Lo que pasó después en esa cita, quizás lo cuente otro día.

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Comentarios(1)

KikiLect

increible!!! me enganchó desde el titulo

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