La cabina a oscuras donde reconocí esa voz
Llevaba semanas perdida en un agujero de internet que no debía existir. Empecé buscando otra cosa y terminé leyendo sobre las cabinas: cuartos pequeños, oscuros, separados por un muro con un hueco a la altura justa, donde una desconocida y un desconocido podían tocarse sin verse la cara. La sola idea de estar sentada ahí, en la penumbra, esperando a que algo apareciera por ese hueco sin saber de quién era, me dejaba sin aire.
Me había imaginado la escena tantas veces que casi la había gastado. Lo que no me atrevía era a ir. Publiqué algo al respecto en un foro y me llovieron mensajes de hombres ofreciéndose a llevarme, a cuidarme, a acompañarme. Los borré todos. Si lo hacía, tenía que ser sola. Pactarlo con alguien le quitaba lo único que de verdad me importaba: el no saber.
El jueves por la noche, en la cena, decidí tantear el terreno de la forma más absurda posible. Estaba con mis padres en la mesa de siempre, y entre el segundo plato y el café se me ocurrió soltarlo como quien no quiere la cosa.
—Les quiero preguntar algo, pero prométanme que no se van a enojar —empecé—. Es un tema que salió entre unas compañeras de la facultad y yo no creo que sea cierto.
—A ver, contanos —dijo mi papá, removiendo el azúcar—. Ya sos grande, tranquila.
—Dicen que en algunas tiendas para adultos hay un sector con cabinas, cuartitos con una pantalla, y que las paredes tienen huecos por donde los hombres pasan su cosa para que la persona del otro lado les haga sexo oral. Yo digo que es un invento.
Mis padres cruzaron una mirada que duró medio segundo de más. Mi mamá tomó aire y arrancó con la lista: los peligros, las enfermedades, la falta de respeto, lo sucios que eran esos lugares. Mi papá no decía nada. Solo nos miraba a las dos por encima de la taza, y por la manera en que apretaba apenas los labios supe que algo le hacía gracia.
—¿Vos no le vas a decir nada? —lo encaró mi mamá, ya molesta.
Él se rió bajito.
—Son curiosidades de la edad —dijo—. No es para tanto.
Mi mamá se levantó, dejó la servilleta sobre la mesa y se fue al cuarto sin despedirse. Nos quedamos los dos solos, él y yo, con la mesa a medio levantar y un silencio raro flotando entre los platos.
—Mirá —me dijo, bajando la voz, casi en confidencia—. A esos lugares la gente va a pasarla bien, nada más. Es la adrenalina de lo desconocido. Tu mamá tiene razón en lo de cuidarse, eso sí. Pero te contagiás de cosas hasta estando con tu propia pareja, así que yo no soy nadie para juzgar al que va.
—¿Y vos fuiste alguna vez? —se me escapó, de golpe.
Me miró. No contestó. Volvió a tomar el café, despacio, y cuando dejó la taza solo dijo:
—Por la plaza a la que vas con tus amigas hay un lugar de esos. Lo vi de pasada.
Lo supe en ese instante. No me había respondido, pero el no responder era una respuesta. Mi papá, el hombre que en mi adolescencia me habría matado por sacar un tema así, ahora me indicaba dónde quedaba la puerta. Seguro él entró alguna vez. Seguro fue a buscar lo mismo que yo. Y por mi cabeza pasó una idea que me dio vértigo y calor a la vez: qué locura sería que él y yo termináramos del mismo lado de ese muro, sin que ninguno supiera del otro.
***
El viernes no pude pensar en otra cosa. Salí de la facultad temprano y me metí en el baño de un café a cambiarme. Me puse unas calzas negras bien ajustadas, me saqué la ropa interior, una remera de lycra fina sin nada debajo y encima un buzo holgado para llegar tapada. Me miré en el espejo manchado y casi me arrepiento. Casi.
Caminé hasta la plaza con el corazón golpeándome en la garganta. La tienda estaba en una esquina, con una vidriera tan común que cualquiera pasaría sin notarla. Adentro, un mostrador, un hombre mayor con anteojos y un pasillo al fondo cubierto por una cortina de tiras.
—Buenas tardes —dije, y la voz me salió más firme de lo que esperaba—. ¿Cuánto cuesta entrar a las cabinas?
El hombre levantó la vista, sorprendido.
—¿Querés entrar vos sola? Mirá que acá no dejamos pasar chicas a trabajar.
—No vengo a trabajar —contesté—. Tengo curiosidad, nada más. ¿Me deja pasar aunque sea un rato, solo para conocer?
Me miró de arriba abajo, dudó, y al final hizo un gesto con la cabeza hacia la cortina.
—No lo hago nunca, pero por esta vez. Buscá una cabina libre, cerrá con traba. Cuando entre alguien al lado, te asomás por el hueco. Si te gusta lo que ves, pasás los dedos y la otra persona entiende. Lo que pase después es cosa tuya.
Crucé la cortina y el ruido del mostrador desapareció. Todo estaba pintado de negro, con unas luces violetas tan tenues que tardé en distinguir el pasillo. Era angosto, con puertas a los costados, una pegada a la otra, como un hotel apagado. Caminé despacio. Algunas puertas estaban entreabiertas y, al pasar, alcancé a ver siluetas, hombres de rodillas, sombras moviéndose. Sentí un calor bajarme por el cuerpo y un hilo de humedad entre las piernas que no pude controlar.
Encontré una cabina vacía al fondo. Entré, cerré, puse la traba. Me senté en el sillón de cuerina y respiré. El aire olía a desinfectante barato y a algo más espeso debajo. Busqué la pantalla y la desenchufé para que su luz no me delatara. La cabina quedó casi a oscuras. Me arrodillé frente al hueco y me asomé.
***
Del otro lado vi el sillón vacío y la puerta abierta. Cada tanto un hombre pasaba, miraba hacia adentro y, al ver que no había nadie, seguía de largo. Dos veces intentaron abrir mi puerta y dije en voz alta «ocupado». Bastó eso. Apenas escucharon voz de mujer, los pasos del pasillo se aceleraron hacia la cabina vecina como atraídos por un imán.
El primero fue un hombre bajo, de unos cincuenta, ropa de trabajo. Cerró, se bajó el cierre y empezó a tocarse para ponerse duro sin dejar de mirarme a través del hueco. No tardó. Se acercó y pasó su miembro por la abertura, tan de golpe que tuve que echar la cabeza atrás. Lo sostuve con la mano, lo apreté, lo sentí latir. Me lo llevé a la boca entero, despacio, dejando que la lengua hiciera el trabajo. No había alcanzado siquiera a tocarme yo cuando lo escuché bufar y terminó con un tirón corto. Se separó, se subió el pantalón y salió casi chocando con otro que esperaba afuera.
Me quedé encendida, temblando. Me subí la remera y dejé el pecho al aire, apretándome los pezones mientras escuchaba entrar a alguien más. Y entonces lo reconocí. Era Ramiro, el mecánico que vivía a dos casas de la nuestra, el que le arreglaba el auto a mi papá. Don Ramiro, con su cara de domingo. Se agachó para asomarse y el miedo a que me reconociera me puso de pie de un salto. Me pegué a la pared, con el pubis a la altura del hueco. Sentí sus dedos rozando la tela mojada de las calzas. Bajé un poco la cintura, dejé la piel desnuda, y él intentó meter el dedo. Retrocedí. Cuando vi por el hueco que ya se había puesto de pie y se sacaba el miembro, volví a arrodillarme. Era largo, fino, oscuro. Abrí la boca todo lo que pude y lo recibí hasta el fondo, masturbándolo con las dos manos. Cuando estaba por terminar me aparté para verlo: quería el pecho mojado, no la garganta. Lo terminé con la mano y el chorro me rebotó en los pechos. Me embarré con eso la piel, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Antes de irse, lo escuché doblar algo y un billete cayó por el hueco al suelo de mi cabina.
—Gracias, hermosa. Hacía rato que no me la pasaba tan bien.
No lo podía creer. Encima me pagaban por el placer más grande que había conocido en mi vida.
***
El pasillo se vació por unos minutos. El movimiento de afuera cesó y solo quedó el zumbido de las pantallas en las otras cabinas. Después escuché dos voces de hombre acercándose, y se me heló la sangre.
—Qué hacés, hermano, ¿cómo andás? —dijo uno.
—Bien, viejo, acá laburando. Tanto tiempo, no te veía por acá.
—Había estado ocupado. Pero anoche, en la cena, mi hija me preguntó por estos lugares y se me reavivó la curiosidad, je. Así que acá me tenés. ¿Cómo viene la cosa?
Dejé de respirar. Esa voz la conocía mejor que ninguna en el mundo.
—Entró una piba hace un rato y todavía no salió. Ya van varios que se fueron contentos, así que algo se mueve —rió el otro.
—¿En cuál está?
Escuché pasos. Yo seguía asomada por el hueco, temblando, con un sudor frío bajándome por la espalda. La puerta de la cabina vecina se abrió. Entró un hombre de espaldas y la cerró con cuidado. Cuando se giró, tocándose ya por encima del pantalón, mis sospechas dejaron de ser sospechas. Mi miedo y mi fantasía bailaban juntos, frenéticos, sin saber cuál de los dos mandaba.
Me puse de pie, me bajé las calzas para que no las reconociera y me saqué la remera. Estaba casi desnuda cuando él se asomó. En la penumbra solo pudo ver mi cuerpo, nunca la cara. Acercó la boca al hueco.
—Estás bien rica, princesa. Justo como me gustan.
De forma casi coordinada, él se levantó y yo me arrodillé. Lo vi acercar su miembro a la pared y retrocedí apenas, para alargar ese segundo imposible. Lo sostuve. Me sudaban las manos. Lo apreté y lo sentí endurecerse todavía más. Acerqué la lengua y empecé a recorrerlo despacio, mientras con la otra mano me frotaba entre las piernas al mismo ritmo. Esto está enfermo, pensé, el hombre que más me cuidó en la vida, justo ahora, así. Y aun pensándolo no me detuve. Lo metí hasta donde me cabía, una y otra vez, hasta que sin darme cuenta me vine con un temblor que me dobló las piernas y agradecí tener las calzas bajas.
Algo de cordura me quedaba. Si terminaba, lo más probable era que él quisiera venir a mi cabina, y entonces todo se arruinaría. Tenía que salir antes. Empecé a masturbarlo rápido, apretando, hasta que lo sentí hincharse. Terminó con un tirón largo y caliente y cayó rendido contra el sillón del otro lado, sin aire.
No esperé. Me puse la remera, me subí las calzas como pude, junté el buzo y mis cosas y salí. Pasé de largo frente al mostrador sin mirar a nadie y no me detuve hasta la parada del colectivo, dos cuadras más allá, donde nadie me conocía. Me senté. Pasaron dos colectivos y no me subí a ninguno. Un hombre me miraba desde el otro extremo del asiento, insistente, con una media sonrisa.
Recién entonces caí en la cuenta de que todavía tenía rastros en la cara. Me pasé la lengua por los labios, lentamente, sin dejar de mirarlo, y me llevé los dedos a la boca mientras esperaba el próximo colectivo que tampoco pensaba tomar.





