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Relatos Ardientes

Lo que pasó con el novio de mi amiga antes de irse

El fin de semana había sido demasiado largo y demasiado intenso. El sábado terminé en casa de un chico de músculos imposibles que conocí en la discoteca, y todavía no había salido el sol del domingo cuando volví a la residencia con la sensación de que el verano me estaba volviendo otra persona. La mayoría se había ido a sus pueblos, a sus ciudades, a sus vidas normales. Yo me quedaba, estirando mi estancia con la excusa de los exámenes que ya no tenía y las ganas de seguir haciendo cosas que después no le contaría a nadie.

Me desperté pasado el mediodía. Me duché despacio, dejé que el agua se llevara todo lo de la noche anterior y, cuando me miré al espejo, parecía una chica que había dormido bien y sin sobresaltos. Eso era lo que más me gustaba de mí: la capacidad de salir limpia de cualquier desastre.

Bajé a comer algo y entonces lo vi. Andrés, el novio de Marina, estaba junto a la recepción con una maleta a los pies y cara de no saber qué hacer con las manos.

—No esperaba encontrarte —dijo, y se le iluminó la cara de una forma que no debería.

No lo veía desde aquella vez. Los dos guardábamos el mismo secreto, cada uno con su pareja del otro lado, y supongo que eso nos hacía cómplices a la fuerza. Yo lo guardaba mejor que él, de eso estaba segura.

Hay que ser sincera: dentro del tipo de hombre que me gusta, Andrés no entraba para nada. Y aun así le había dejado hacer, y otro día se la había chupado como si me fuera la vida en ello. No era él lo que me ponía. Era mandar. Ponerlo nervioso, verlo perder el control, ser un poco perra con alguien que claramente no estaba acostumbrado a las mujeres que no piden permiso. Por eso me sorprendió lo que vino después.

—Tienes la misma cara que la última vez que estuvimos juntos —soltó, mirándome de reojo—. ¿Noche entretenida?

—Qué va. Para nada.

—No me mientas.

—¿Se lo has contado a Marina? —corté yo.

—Sabes que no. Igual que sabes que he estado pensando en ti.

—Por favor —me reí—. En mi boca has estado pensando, que no es lo mismo.

Lo dejé ahí, con la maleta y la frase a medio terminar, y me fui hacia el comedor. Pero a los pocos pasos escuché sus zapatos detrás de mí.

—Igual también he pensado en tu boca —dijo, esta vez más bajo, más cerca—. En ti. En todo lo que pasó las dos veces. Sé que tienes novio, sé que te encanta meterte en líos y callártelos. Y sé que esta noche no has dormido sola. Si no fuera porque me voy ahora mismo, te lo demostraría.

Admito que eso me calentó un poco. Las otras veces la mandona había sido yo; esta vez parecía que se había armado de valor en algún momento del trayecto.

—¿Qué pasa, que no te la chupan bien en casa? —pregunté.

—Joder, qué agresiva estás hoy.

Tal vez lo estaba. Pero por dentro ya había empezado otra conversación, una que tenía conmigo misma. Una mamada antes de que se fuera. Solo eso. ¿De verdad estaba cachonda otra vez? Si acababa de follar hacía nada. Cuántos viernes había terminado de cualquier manera y al sábado siguiente había vuelto a empezar. Y ahora, en pleno verano, parecía que la cuenta no paraba de subir.

—Podemos subir a mi habitación —dijo—. Cinco minutos.

—Anda que no eres listo tú.

Y aun así me lo estaba pensando. Estábamos casi en el hall principal, un poco apartados pero a la vista de cualquiera que cruzara la puerta, y mi cabeza ya estaba dos pisos más arriba, imaginándolo.

—Tengo que intentarlo antes de irme —insistió.

No sé si fue la curiosidad, las ganas o simplemente las ganas de ganar yo otra vez. Pero subí.

***

Su cuarto estaba medio recogido, con la cama deshecha y una bolsa de viaje a medio cerrar. Yo llevaba unos vaqueros cortos y una camiseta fina, y decidí que, ya que estaba ahí, iba a marcar el ritmo desde el principio.

—¿Con qué has fantaseado? —le pregunté mientras me desabrochaba el botón del pantalón, lo justo para que se viera el borde del tanga.

—Dime si acierto. ¿Qué has hecho esta noche?

—¿Tanto te importa?

—Quiero saberlo.

Se acercaba despacio, y yo no le quitaba la vista de encima. Quería derretirlo, y la mejor forma de hacerlo era con la verdad en la cara.

—Me han follado —dije, sin pestañear.

Se quedó de piedra. Helado. No supe si no esperaba esa respuesta o si era exactamente la que llevaba toda la mañana queriendo escuchar. Tuve que ser yo la que diera el último paso. Le cogí la mano derecha y la apoyé sobre mi ombligo, dejando que él decidiera el resto del recorrido.

Bajó poco a poco, hasta que sus dedos se colaron por dentro de la tela y me tocaron. Me separó con cuidado y empezó a acariciarme en círculos lentos. El placer me fue subiendo por las piernas, despacio, hasta convertirse en impaciencia.

—¿Ya te lo han hecho esta noche? —murmuró, metiéndome dos dedos.

—Mmm —fue todo lo que le di.

—¿Te han follado?

—Sí —admití al fin, con la voz rota.

Sus dedos se volvieron más firmes. Me llevó hacia la mesa que tenía junto a la ventana y me apoyó en el borde. Intenté bajarme los pantalones cortos y no pude; tuvo que sacar la mano y tirar de ellos hasta que cayeron por mis rodillas. Después apartó el tanga otra vez y volvió a entrar.

—Mira —dijo—. Mira cómo se te mueven dentro.

Bajé la mirada y el morbo me golpeó de lleno. Verme así, abierta hacia él, viendo parte de su mano moverse mientras lo sentía golpear por dentro, me llevó al límite mucho más rápido de lo que esperaba.

Gemí sin disimulo, una y otra vez, hasta que noté que su mano empezaba a brillar y que entre mis piernas se despertaba algo más grande que todo lo anterior.

—Me corro —avisé, agarrándome al borde de la mesa—. Me corro.

—Mira cómo te has puesto.

Sacó la mano y me la enseñó, los dedos húmedos hasta la muñeca. Me sostuvo la mirada un segundo de más, como si quisiera que entendiera lo que había provocado.

—¿Y ahora qué? —dije, recuperando el aire y, con él, las ganas de seguir mandando—. ¿No me has hecho subir para algo más?

—Para esto. Y para hacerte lo que acabo de hacerte.

—Sácatela.

No tuvo que pensarlo. En un instante ya la tenía fuera, en mi mano. Le pasé el pulgar por la punta, recogiendo lo que él también había empezado a soltar, y empecé a moverla despacio, apretando lo justo para verlo cerrar los ojos.

—¿No me vas a pedir que te la chupe? —pregunté.

—Valeria, no me hagas esto.

—Me has hecho subir para eso, ¿o no? —Apreté un poco más. Me gustaba verlo sufrir, aunque las dos supiéramos cómo iba a terminar.

—¿Quieres? —tragó saliva.

—Yo ya he hecho una esta noche —dije, con la cara más descarada que tenía guardada.

Se quedó sin respuesta, y esa fue mi señal. Me arrodillé yo, sin que me lo pidiera, y me la puse a la altura de la boca. La punta me miraba de frente. Cerré los ojos y me la metí.

Se deslizó entre mis labios, recorrió mi lengua y llegó casi hasta el fondo. No la tenía descomunal, así que podía moverme con calma, marcar mi propio ritmo. Empecé a chupar despacio, subiendo y bajando, y de vez en cuando levantaba la vista para verle la cara. Él no me tocaba, no me empujaba, solo seguía cada movimiento con los ojos clavados en mí, como si tuviera miedo de romper el momento.

Noté las primeras gotas en la lengua y supe que no le quedaba mucho.

—¿Vas a poder aguantar? —le pregunté, dejando la boca entreabierta a propósito.

—No me preguntes eso.

—¿Por qué no?

—Porque me muero por no aguantar.

Le sonreí y me la volví a meter, esta vez hasta el fondo, y la dejé ahí unos segundos para que sintiera toda mi boca cerrada a su alrededor. Aguanté la falta de aire hasta que la saqué, dura y mojada, y la apreté con la mano mientras me la volvía a meter y aceleraba el ritmo. La lengua, los labios y la mano, todo a la vez, hasta que dejó de pronunciar cualquier otra cosa que no fuera mi nombre.

—Valeria, Valeria, Valeria…

Cerré los ojos y lo sentí terminar, sin sacármela, mientras seguía moviéndome despacio para no perderme nada. Cuando levanté la vista, él respiraba como si hubiera corrido una maratón y yo me limpiaba la comisura del labio con el dorso de la mano, tranquila, casi triunfal.

—Que tengas buen viaje —dije, recogiendo mis pantalones del suelo.

No contestó. Se quedó sentado en el borde de la cama, mirándome vestirme, y los dos supimos que esa era la única despedida que íbamos a tener. Bajé las escaleras sola, salí al sol del mediodía y, otra vez, parecía una chica que no había hecho absolutamente nada esa mañana.

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