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Relatos Ardientes

La mamada que le hice en el baño de la oficina

Este es el segundo relato que me animo a confesar, y quizás sea el que más vergüenza me da recordar y, al mismo tiempo, el que más me excita. Es la historia de la tarde en que, unas semanas después de que Bruno me hubiera convertido en su sumisa, me arrodillé para él en el baño de la oficina donde los dos trabajábamos.

Para entender lo que pasó hace falta saber cómo llegamos hasta ahí. Bruno y yo nos conocimos en una de esas capacitaciones eternas de la empresa, las que se hacen en una sala con poca luz y a las que nadie presta atención. Él sí me prestaba atención a mí. Desde el primer día tuve la sensación de que sabía exactamente lo que yo quería antes de que yo misma me atreviera a admitirlo.

No fue algo brusco. Fue una manera de mirarme por encima de la pantalla, una manera de acercarse a leer un documento por encima de mi hombro y dejar la mano apoyada en el respaldo de mi silla un segundo de más. Yo tengo treinta y un años y creía conocerme. Bruno, con sus casi cuarenta y esa calma de hombre que nunca tiene prisa, me demostró que no.

La primera vez que cedí del todo fue en su departamento, una noche en que el resto del equipo se había ido temprano. Me follaba con las manos en mi cuello, mirándome a los ojos mientras me hundía la polla hasta el fondo, y me hizo repetir en voz alta que era suya, que mi coño era suyo, que se lo iba a llenar de leche cuantas veces le diera la gana. Esa noche aprendí lo que significaba que alguien decidiera por mí, y descubrí que me gustaba más de lo que jamás habría reconocido en voz alta. Desde entonces, entre nosotros existía un acuerdo silencioso: cuando él lo pedía, yo estaba lista.

Lo que voy a contar ocurrió un martes cualquiera, a media tarde, en esa hora muerta en la que la oficina se vacía un poco porque la gente baja a tomar un café o sale a hacer trámites.

***

Estábamos los dos solos en el sector de las salas pequeñas, repasando una presentación que había que entregar al día siguiente. Yo intentaba concentrarme en las diapositivas, pero lo veía mover el cursor con esa seguridad suya y se me iba la cabeza a otra parte.

En un momento giró el monitor hacia mí, como si quisiera mostrarme un detalle del archivo. No era un detalle del archivo. Era un video que había dejado abierto en una pestaña, una mujer arrodillada frente a un hombre, con la boca abierta y la lengua afuera mientras él le hundía la polla hasta la garganta y ella tragaba sin apartarse.

—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó en voz baja, sin apartar los ojos de mi cara.

Me quedé embobada mirando la pantalla más tiempo del que debería. La cámara enfocaba el hilo de saliva que le colgaba de la barbilla a la chica, la manera en que él la agarraba del pelo, el gesto de satisfacción con el que se corría sobre su lengua. Sentí que se me subía el calor a las mejillas y también entre las piernas: la bombacha se me humedecía sola, apretada contra la silla. Cuando por fin levanté la vista, él ya se había dado cuenta de todo.

—Eres una provocadora —dijo, y se acercó hasta que su boca quedó a un centímetro de mi oreja—. Te quedaste mirando como si quisieras ser tú la que le mama la polla a ese tipo. Como si quisieras que se te corriera en la boca ahí mismo.

No podía negarlo. No quería negarlo.

Le contesté, casi sin voz, que yo era su sumisa y que estaba para cuando él quisiera. Mientras lo decía, mi mano ya había encontrado el bulto que se marcaba bajo la tela de su pantalón. Estaba duro, muy duro, y palpitaba bajo mis dedos cuando lo apreté por encima de la ropa. Notarlo así, en plena oficina, con la puerta de la sala apenas entornada, me puso el corazón a mil y me hizo apretar los muslos por debajo del escritorio.

—Entonces vamos —murmuró, y se levantó.

Lo seguí por el pasillo hasta los baños del fondo, los que casi nadie usa porque están lejos de los escritorios. Caminaba un paso detrás de él, con las piernas un poco temblorosas y el coño mojado marcándome la costura del pantalón, rezando para no cruzarme con nadie y deseando al mismo tiempo que el riesgo no terminara.

***

Entramos al baño de hombres, que estaba vacío. Bruno empujó la puerta de uno de los cubículos y me hizo pasar primero. Entré, eché el pestillo y el sonido metálico del cierre me retumbó en el pecho como si fuera lo más definitivo del mundo.

Él se apoyó contra la pared, tranquilo, mirándome desde arriba con esa media sonrisa que ya me conocía de memoria. No hizo falta que dijera nada. Me arrodillé sobre las baldosas frías, sintiendo el azulejo duro contra las rodillas, y levanté la cara para mirarlo.

—Despacio —me ordenó—. Quiero verte hacerlo despacio. Quiero ver cómo se te llena la boca de mi polla.

Le desabroché el cinturón con dedos torpes por los nervios. Bajé el pantalón y la ropa interior de un solo tirón, y la verga le saltó afuera, dura, pesada, con la punta ya brillante de la gota que se le había escapado. Lo tomé con la mano y empecé a acariciarlo de arriba abajo, sin prisa, apretándolo en el puño como a él le gustaba, sintiendo la vena gruesa palpitar bajo el pulgar. Me acerqué y le pasé la lengua por toda la longitud, de la base hasta la punta, muy despacio, saboreándolo, mientras lo miraba a los ojos.

Lo miré una última vez antes de empezar en serio. Tenía la mandíbula apretada y la respiración ya un poco agitada. Saber que era yo quien le provocaba eso me dio una sensación de poder rarísima, justo en el momento en que me estaba entregando por completo.

Primero me lo metí solo un poco, jugando con la punta, chupándole el glande como un caramelo mientras lo escuchaba contener el aire. Le mojé la punta con saliva y lo apreté entre los labios, dejando que se hundiera un par de centímetros y sacándolo con un ruido húmedo. Volví a metérmelo, esta vez más, apretando la lengua contra el frenillo, y le arranqué un gemido bajo que me erizó la piel. Estaba concentrada en eso cuando él decidió que ya había sido suficiente de despacio. Me sujetó la nuca con una mano y empujó, hundiéndose de golpe hasta la garganta, y yo tuve que apoyar las palmas en sus muslos y respirar por la nariz para no atragantarme con la verga entera adentro.

—Así —dijo entre dientes—. Sin parar. Trágamela toda, que para eso te tengo.

Me marcaba la cadencia tirándome del pelo, sin soltarme, follándome la boca a su ritmo. Sentía la polla golpearme contra el fondo de la garganta una y otra vez, saliva escurriéndoseme por la comisura hasta el mentón, cayéndome en gotas gruesas sobre las tetas por encima de la blusa. A los pocos minutos tenía los ojos llorosos y la respiración entrecortada, el rímel corriéndoseme, arcadas pequeñas que él aprovechaba porque decía que le apretaba más rico. Pero no quería que se detuviera por nada del mundo. Cada vez que aflojaba un segundo para tomar aire, él esperaba, paciente, me limpiaba una lágrima con el pulgar y volvía a empujar cuando yo asentía con la boca todavía abierta.

Una de mis manos bajó sola. Me desabroché el pantalón sin dejar de mamársela, metí los dedos por debajo de la bombacha y me encontré el coño empapado, hinchado, con el clítoris duro como una piedra. Empecé a tocarme en círculos, apretándome, mientras él me cogía la boca. Cuando lo vio, sonrió.

—Eso es, putita. Tócate ese coño mientras me la chupas. Quiero que te corras arrodillada, con mi polla adentro.

En un momento se inclinó hacia mí y, sin dejar de mirarme, me bajó el cuello de la blusa con la mano libre. Con dos dedos me tironeó el corpiño hacia abajo y me sacó una teta afuera, ahí mismo, en el cubículo. Me pellizcó el pezón hasta que se me endureció y me arrancó un gemido ahogado alrededor de la verga.

—Quiero dejarte una marca —susurró—. Para que te acuerdes de esto el resto de la semana. Cada vez que te mires al espejo, quiero que te acuerdes de que sos mía.

No dije nada. No tenía que decir nada. Sentí su boca cerrarse sobre la piel de mi cuello, justo donde el cuello de la camisa no llega a tapar, chupando fuerte, mordiendo apenas, dejando esa marca roja que sabía que al día siguiente sería violeta. Supe que iba a tener que inventar alguna excusa frente al espejo. Lejos de molestarme, esa idea me encendió todavía más y aceleré el ritmo de los dedos sobre mi clítoris.

***

Afuera, en algún momento, escuchamos la puerta principal del baño abrirse. Pasos. Una canilla que se abría y se cerraba. Bruno no se detuvo; al contrario, me sostuvo la cabeza con más firmeza y me obligó a seguir en silencio, hundiéndomela hasta el fondo mientras a unos metros, del otro lado de esa puerta delgada, alguien se lavaba las manos sin sospechar nada.

Yo tenía el corazón en la garganta y la verga también. Cada empujón me sacaba un ruido húmedo que rezaba para que el chorro de la canilla tapara. El miedo a que descubrieran qué estábamos haciendo se mezcló con el placer de una forma que nunca había sentido antes. Cerré los ojos y me concentré en él, en el sabor salado del pre-semen sobre la lengua, en el calor de su polla llenándome la boca, en mis propios dedos frotándome el coño mojado, en obedecer. Se me escapó un temblor. Me estaba corriendo, arrodillada, con la boca ocupada, mordiéndome el labio contra su verga para no gritar. Sentí el orgasmo subirme desde los muslos hasta el vientre en oleadas mudas mientras él seguía cogiéndome la garganta como si nada. Los pasos se alejaron, la puerta volvió a cerrarse, y nos quedamos otra vez solos.

—Buena chica —dijo bajito—. Buena putita mía. Te corriste con mi polla en la boca, ¿verdad?

Asentí con los ojos vidriosos, todavía temblando. Esas dos palabras, buena chica, me derritieron por dentro más que cualquier otra cosa.

Poco a poco noté que sus movimientos se volvían más rápidos y menos controlados. Le conocía las señales: la respiración más corta, los dedos crispados en mi pelo, los músculos de las piernas tensándose bajo mis manos, la polla hinchándosele todavía más dentro de mi boca. Faltaba poco y los dos lo sabíamos. Empecé a chuparle más fuerte, ahuecando los cachetes, moviendo la lengua contra el frenillo cada vez que salía, ayudándolo con el puño en la base.

—Sacala —le pedí bajito, sin dejar de masturbarlo—. Corréte encima. Marcame.

Justo cuando llegó al límite, se apartó un segundo, me sujetó la cara hacia arriba y se agarró la polla con la mano. La primera oleada me pegó en la mejilla, tibia, espesa. La segunda me cayó en los labios y en la lengua, que sacó por instinto para recibirlo. La tercera me chorreó por el mentón hasta el cuello, mezclándose con la marca que me había dejado antes, resbalando por el pecho hasta la teta que todavía tenía afuera. Sentí el calor del semen en toda la cara, en las mejillas, en el cuello todavía marcado, en el pezón. Me quedé inmóvil, de rodillas, hecha un desastre, con el maquillaje corrido, la boca abierta y la lengua llena de él. Se pasó la punta de la verga por mis labios, limpiando la última gota adentro de mi boca, y me hizo tragar. Tragué todo, mirándolo. Nunca en la vida me había sentido tan deseada como en ese instante.

***

Después vino el silencio raro de siempre, ese momento en que el mundo vuelve a su lugar y una recuerda dónde está. Bruno me ayudó a levantarme, me pasó un puñado de papel y esperó, apoyado en la pared, mientras yo me arreglaba frente al pequeño espejo del cubículo.

Me limpié como pude el semen de la cara y del cuello, me guardé la teta dentro del corpiño, me acomodé la blusa para tapar la marca del cuello y me pasé los dedos por debajo de los ojos para disimular el rímel corrido. La bombacha, empapada de mi propia corrida, se me pegaba al coño todavía sensible cada vez que daba un paso. Él me observaba con una ternura que no encajaba del todo con lo que acababa de pasar, y que sin embargo era exactamente lo que necesitaba.

—Salgo yo primero —me dijo—. Cuenta hasta cien y vienes detrás. Y compórtate, que todavía tenemos la presentación a medias.

Me reí sin querer, con la voz tomada y la garganta ardiéndome de la cogida. Lo escuché salir, lo escuché saludar a alguien en el pasillo con total naturalidad, como si nada hubiera ocurrido, y me quedé un minuto más apoyada en la puerta del cubículo, intentando que el corazón volviera a su sitio.

Cuando por fin salí, me crucé en el pasillo con dos compañeras que hablaban de un informe. Las saludé con la mejor de mis sonrisas y seguí de largo, con la marca del cuello escondida bajo la tela, el sabor de su semen todavía en el paladar y un secreto que me ardía por dentro. Esa tarde terminamos la presentación como si fuéramos dos profesionales impecables. Nadie sospechó nada.

Antes de irse, mientras guardaba sus cosas, Bruno se acercó un momento a mi escritorio con la excusa de dejarme una carpeta.

—El fin de semana —me dijo en voz muy baja, sin mirarme— quiero que vengas a mi casa. Tengo una sorpresa para ti.

Asentí sin decir nada, igual que siempre. Y mientras lo veía alejarse hacia el ascensor, con las bragas todavía pegajosas y el cuello ardiéndome bajo la tela, supe que ya estaba contando las horas. Pero esa, esa es otra historia que quizás me anime a contar otro día.

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Comentarios(9)

NachitaRos

Dios mio, que situacion!!! me puse colorada solo de leerlo jajaja

AlejoCba_ok

muy buen relato, se nota que es vivido y no inventado

ClaraDeseos

Por favor contanos como siguio todo despues... quede con la intriga jajaja

GabiRosa

Me recordo a una situacion similar que vivi hace años en otro trabajo. Esa adrenalina de que te puedan descubrir no tiene comparacion. Muy bien narrado!

Tentacion82

el detalle de las baldosas frias me mato, se siente real sin necesidad de exagerar nada. Excelente

Roxana_web

increible!!! quiero mas

PatoNorte

jajaja esperemos que nadie haya entrado al baño de al lado en ese momento... tremendo relato

SilvestreBA

La tension del ambiente esta muy bien lograda. Espero que escribas mas relatos asi.

MarisolOK

¿Y como termino todo cuando volvieron a sus puestos? Esa parte me intriga mas que el momento en si jaja

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