Lo que me hizo el taxista cuando me quedé sola
Nunca pensé que terminaría escribiendo esto, pero ya pasaron dos años y todavía me acuerdo del detalle exacto del calor de su mano en mi muslo. Me llamo Camila, tengo veintinueve, y aquella noche subí a un taxi convencida de que solo quería llegar a mi casa. Mentira: subí cachonda, llevaba todo el día así, y la decisión ya estaba tomada aunque yo no lo supiera todavía.
Aquel verano en Guadalajara fue uno de los peores que recuerdo. El aire pegaba como una manta húmeda y a una le daba pereza hasta respirar. Yo aprovechaba para sacar la ropa más mínima del armario: faldas que apenas tapaban, blusas sin manga, encaje debajo. Soy bajita, de piel clara, y tengo unas caderas que mis amigas dicen que parecen pintadas. Esa mañana me había despertado caliente, con esa picazón que no se va con la ducha fría. Llevaba meses sin tocar a nadie y se me notaba en la manera de caminar.
Me vestí buscando provocar. Una falda corta de tela fina, una blusa blanca ajustada con escote, tacones con tiras. Debajo, un conjunto rojo con bra de media copa y una tanga que no era mucho más que una decoración. Salí a la calle sabiendo exactamente qué reacción quería de los hombres que se cruzaran conmigo, y la conseguí: miradas pesadas en el camión, miradas en el café de la esquina, miradas en la oficina.
Pero salir caliente y pasar nueve horas sentada en un escritorio es una tortura. Me tocaron horas extras. Cuando por fin pudimos irnos eran casi las dos de la mañana. Tres compañeras vivíamos por la misma zona, así que pedimos Uber. Nada. Ninguno aceptaba el viaje a esa hora. Después de veinte minutos paramos un taxi de los antiguos, de los que ya casi no se ven, y subimos cuatro mujeres apretadas. Yo me senté adelante porque era la última en bajar.
El conductor era un hombre mayor. Calculo cincuenta y cinco, moreno, con una panza considerable que se asomaba por encima del cinturón. Tenía las manos grandes y manchadas por el sol, y un aro de plata en el meñique. Las primeras dos compañeras bajaron rápido. La tercera bajó a la altura del mercado. Quedé sola con él.
—¿Me da plática, señorita? Si no, me duermo —dijo, mirándome de reojo.
Yo no suelo hablar con choferes, pero en una ciudad como esa, a esa hora, lo más prudente es sondearlos. Y mentiría si dijera que la conversación no me distraía del calor que tenía debajo de la falda.
Se llamaba Ramiro. Viudo desde hacía cuatro años, dos hijos chicos, vivía para mantenerlos. Manejaba taxi porque a su edad ya no lo querían contratar en ningún otro lado. Dijo todo esto sin lástima, como quien lee una factura. Yo lo escuchaba y pensaba que se notaba que era un hombre que ya no esperaba nada bueno de la vida. Y por alguna razón eso me lo hizo simpático.
—Yo tampoco tengo a nadie hace tiempo —dije, por decir algo.
—No es posible. Una mujer así no puede estar sola.
Era el cumplido clásico de viejo, pero me hizo sonreír. Lo miré con más atención. Tenía los ojos cansados pero atentos, y desde que dije aquello, su mirada bajaba al retrovisor cada dos por tres. Al rato ya no era el retrovisor, era directamente mi pierna. Mi falda se había subido sola, como hacen las faldas finas cuando una se sienta, y yo no hice nada por bajarla.
—Tiene unos ojos preciosos, Camila.
—¿Nada más los ojos? —contesté, y supe en ese momento que ya no había vuelta atrás.
—Tiene una figura que da gusto ver.
—¿Y cómo sabe usted, si está manejando?
—Una se da cuenta sin mirar mucho —dijo, sonriendo por primera vez.
***
Faltaban unas cuadras para mi casa. Le pedí que diera la vuelta y siguiera por una calle más oscura, una que iba bordeando un parque y donde a esa hora no pasaba ni un alma. Lo dije sin dar explicación, y él tampoco la pidió. Solo levantó las cejas y giró el volante.
—¿Está segura, señorita?
Por toda respuesta le tomé la mano que tenía sobre la palanca y la puse sobre mi muslo, debajo de la tela. Don Ramiro paró el taxi a media calle, debajo de un foco que no andaba, apagó el motor y se inclinó sobre mí. Nos besamos como si nos conociéramos de toda la vida. Tenía la barba áspera, el labio inferior grueso, y un sabor a tabaco viejo que en otras circunstancias me habría dado asco y esa noche me prendió como un cerillo.
Su mano subió por mi muslo despacio. Despacio de verdad, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando llegó al borde de la tanga, pasó los dedos sobre la tela, de arriba abajo, dos veces. Yo aguanté un gemido mordiéndome la lengua.
—Está usted muy mojada, ¿eh? —dijo contra mi oreja.
—No empieces si no vas a terminar —le respondí.
Hizo a un lado el encaje y metió dos dedos sin pedir permiso. No fue brusco, pero tampoco fue dulce. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y eso —que un hombre sepa— a esa edad mía ya no es algo que se encuentre fácil. Me apoyé en su hombro y dejé que entrara y saliera al ritmo que él quisiera. El asiento del copiloto crujía con cada movimiento. Afuera, el parque estaba muerto. Adentro del taxi, yo estaba a punto de venirme con un desconocido y la idea, lejos de espantarme, me hervía la sangre.
—Suba acá —dijo de pronto, palmeando sus piernas.
Me pasé como pude por encima de la palanca de cambios. Me senté a horcajadas sobre él, todavía vestida, y le subí la falda hasta la cintura. Él me agarró las nalgas con las dos manos. Tenía las palmas duras, callosas, y eso —contra mi piel— era un contraste que me electrizaba. Me bajó la blusa, me sacó el bra de un solo movimiento que delataba experiencia, y se llevó un pezón a la boca. Mordió justo lo suficiente para hacerme arquear la espalda contra el volante.
***
—Bájate un momento —me dijo después de un rato—. Acuéstate ahí.
Me empujó suavemente contra la puerta del copiloto. Reclinó el asiento al máximo. Yo quedé medio acostada, con una pierna sobre el tablero y la otra contra el respaldo. Él se acomodó entre mis piernas como pudo, con la panza estorbándole, y bajó la cabeza.
Lo que vino después no lo voy a olvidar fácil. Don Ramiro me comió como quien tiene hambre de verdad. No con la prisa de los hombres jóvenes, que parecen estar cumpliendo un trámite. Tomándose el tiempo. Hubo un momento en que dejé de pensar en el lugar donde estábamos, en que cualquiera podía pasar y vernos, en que las luces del estacionamiento del parque estaban a treinta metros. Solo estaba su lengua, el ruido húmedo, y mis dedos enredados en su pelo gris.
Cuando sentí que me iba a venir le aparté la cabeza. No quería terminar todavía. Quería más.
—Ahora usted —le dije, sentándome.
Le bajé el cierre. No traía nada debajo. Lo que salió de adentro del pantalón tenía esa urgencia de los hombres que llevan rato esperando. Era gruesa, más gruesa que larga, oscura, con venas marcadas. Le pasé la mano alrededor y lo sentí latir contra mi palma. Bajé la cabeza y lo metí en la boca sin avisar.
—Híjole, Camila —fue lo único que alcanzó a decir.
Le hice cosas que no le hago a cualquiera. Lo chupé entero, le besé los testículos, le pasé la lengua por debajo hasta hacerlo apretar el volante con las dos manos. Él me agarró del pelo y empezó a marcar el ritmo. Me lo metió tan profundo que sentí que se me cerraba la garganta. Las lágrimas se me escurrieron por las mejillas pero yo no quería que parara. Cuando me soltó, tomé aire y me reí.
—Es usted bien marrana —dijo, y me besó como si quisiera probarse a sí mismo en mi boca.
***
Me subí encima otra vez. Esta vez sin ropa que estorbara. Le tomé la verga con la mano, la apoyé en mi entrada, y bajé despacio. Era tan gruesa que sentí cómo me ardía al principio, una quemazón que se mezclaba con el placer. Bajé hasta donde aguanté, me detuve a respirar, y empecé a moverme arriba y abajo. Él me agarraba las nalgas, marcando el compás, susurrándome cosas al oído. Cosas que en cualquier otro contexto me habrían parecido feas y que ahí me prendían.
Después de un rato me sacó de encima de él sin previo aviso. Me pasó al asiento de atrás. Quedé en cuatro patas sobre el cuero caliente, con las manos apoyadas en la ventanilla empañada. Me dio dos nalgadas que sonaron en todo el auto y me la metió de una sola embestida hasta el fondo.
—Aguanta, Camila, aguanta.
Yo no aguantaba nada. Mordí el respaldo del asiento de adelante para no gritar. Cada empuje suyo me hundía la cara contra el cuero. Él me agarraba de la cintura con las dos manos y embestía con un ritmo que me dejaba sin aire. Cuando empezó a ir más lento, supe que iba a terminar pronto.
—Sácala —le pedí, sin mucha convicción.
No la sacó. Me sujetó más fuerte y siguió. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo dejó escapar un gruñido que pareció salirle del estómago, y después el calor. Tres, cuatro chorros, hasta el fondo. Me quedé un rato así, con él todavía adentro, sintiendo cómo se le iba ablandando. Ninguno de los dos dijo nada por un buen rato. Solo se oía el motor del taxi enfriándose y nuestras respiraciones.
***
Cuando finalmente me bajé, todo estaba pegajoso. Él sacó unos pañuelos de la guantera y me los pasó sin mirarme, con una especie de pudor tardío que me hizo gracia. Me vestí como pude en el asiento de atrás. Él se acomodó la ropa, se pasó la mano por el pelo y arrancó el motor. Me llevó hasta la puerta de mi edificio sin que cruzáramos casi palabra, pero antes de que bajara me pidió mi número. Se lo di. No me arrepiento.
Llegué a mi casa pasadas las tres. Me metí a la ducha y me quedé un rato larguísimo bajo el agua caliente, sin pensar en nada. Después caí en la cama y dormí como hacía meses no dormía.
Esto fue hace dos años. Don Ramiro y yo nos vimos varias veces después, en hoteles de paso, una vez en su casa cuando los hijos estaban con la abuela, otra vez en un parque al amanecer. Pero ninguna fue como la primera, la del taxi. Esa noche descubrí que había una parte de mí que no conocía, y que ya no podía pretender que no existía.
Y bueno, ahora lo cuento. Si llegaron hasta acá, gracias por leerme.