Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cala nudista no debió pasar

Después de mi historia con Mariano, decidí pasar unos días sola junto al mar. Necesitaba poner distancia con todo: con Andrés, mi novio de entonces, y conmigo misma. Andrés sabía lo que había pasado, lo había intuido antes incluso de que yo se lo confesara, y desde aquel verano nuestra relación nunca volvió a ser la misma. Aquella mañana de agosto no quería su compañía. Tampoco la de mis amigas. Quería estar sola, sin que nadie me mirase a los ojos buscando explicaciones que yo no tenía.

Había alquilado una casita pequeña en la costa, encalada y con las contraventanas azules, y conducía sin rumbo por una carretera estrecha que bordeaba los acantilados. De repente recordé una cala de la que me habían hablado en el pueblo, una ensenada nudista de difícil acceso que casi nadie pisaba. Para llegar había que dejar el coche unos metros antes y bajar por un sendero de piedras sueltas. Me pareció el sitio perfecto para desaparecer un rato.

Aparqué a la sombra de unos pinos y bajé con mi bolsa colgada del hombro. La cala era exactamente como me la habían descrito: una media luna de arena clara encajada entre rocas, el agua tan transparente que se veía el fondo, y ni un alma a la vista.

Me quité la blusa blanca que llevaba esa mañana, después el pantalón ajustado y por último las sandalias. Al comprobar que estaba completamente sola me deshice también de la ropa interior y me quedé desnuda frente al mar, respirando hondo, sintiendo el sol en la piel por primera vez en mucho tiempo sin culpa. Me metí en el agua, me di un chapuzón corto y salí con el pelo chorreando. Extendí la toalla, me embadurné de crema, me puse las gafas oscuras y coloqué la bolsa bajo la cabeza a modo de almohada. A los cinco minutos me había quedado dormida bajo el calor.

Media hora más tarde desperté al notar que alguien se había acercado. Levanté la cabeza apenas, entreabriendo los ojos, y vi a un hombre extendiendo su toalla a pocos metros de la mía. No lo había oído llegar.

Lo observé sin disimulo, escondida tras los cristales de las gafas. Era alto, atlético, con los hombros anchos y el pelo oscuro pegado a las sienes por el agua. Treinta y tantos, calculé. Se movía con la naturalidad de quien está cómodo en su propia piel, sin pudor y sin alarde, y eso fue lo que primero me desarmó. Sentí un calor distinto al del sol subiéndome por el vientre y me mordí el labio sin darme cuenta.

Otra vez no. No has venido aquí para esto.

Pero no apartaba la mirada. Él se levantó de pronto y corrió hacia el agua, y yo lo seguí con los ojos mientras nadaba cerca de la orilla. Me imaginé entre sus brazos. Me imaginé muchas cosas en muy pocos minutos. Cuando salió del agua, decidí que iba a hablar con él con cualquier excusa.

Me incorporé apoyándome en los codos y, con un silbido bajo, llamé su atención. Le hice un gesto con la mano para que se acercara. Él sonrió, una sonrisa franca y blanca, recogió sus cosas y se sentó junto a mí sin que se lo pidiera dos veces.

—¿Vienes solo? —le pregunté.

—Solo —asintió—. Necesitaba desconectar. ¿Y tú?

—Lo mismo. Huyendo de mí misma, más o menos.

Se rió. Estuvimos diez minutos hablando de cosas sin importancia, del pueblo, del calor, de lo difícil que era llegar hasta allí. Diez minutos en los que ninguno de los dos dijo lo que de verdad pensaba, aunque mis ojos se desviaban una y otra vez y los suyos recorrían mi cuerpo con una insistencia que no se molestaba en ocultar.

Le pedí agua. Se inclinó hacia mí para pasarme la botella y, en lugar de cogerla, le sujeté la nuca y lo besé. Fue un beso largo, profundo, con las lenguas buscándose, y sentí que el resto del mundo se apagaba. Me sentía en otra parte con aquel desconocido, dispuesta a entregarme sin reservas, sin pensar en Andrés ni en Mariano ni en nada.

—¿Cómo te llamas? —murmuré contra sus labios.

—No importa —dijo él—. Hoy no.

Me gustó esa respuesta. Me gustó la idea de no saber su nombre.

Tomó uno de mis pechos entre los dedos y guió el pezón hasta su boca. Aquella caricia me arrancó el primer gemido. Sus labios tiraban de mí con una suavidad firme mientras su otra mano descendía por mi vientre hasta abrirse paso entre mis piernas. Separé los muslos y me dejé hacer. Aquel hombre sabía exactamente lo que hacía. Sus dedos jugaron con mi clítoris en círculos lentos, arrancándome pequeños gritos, hasta que el placer me recorrió entera. Me corrí dos veces seguidas, agarrada a su brazo, con la arena clavándoseme en la espalda.

—Túmbate —le pedí, y empujé su hombro hacia atrás.

Pero él tenía otros planes. Se arrodilló entre mis piernas, me las abrió con las manos y se quedó mirándome unos segundos, como quien contempla algo antes de tocarlo. Empezó por los muslos, lamiéndolos despacio, subiendo sin prisa, alargando la espera hasta que creí que iba a volverme loca. Cuando por fin su boca llegó adonde yo la quería, sollocé de puro alivio.

—Sigue —jadeé—. Por favor, no pares.

No paró. Su lengua trabajaba con una paciencia desesperante, recorriéndome, atrapando mi clítoris hasta dejarlo erecto y sensible, y yo arañaba la toalla y arqueaba la espalda contra el suelo. Tuve varios orgasmos, uno tras otro, y mis jadeos debieron oírse por toda la cala vacía. Quedé tendida, temblando, con el corazón desbocado y la respiración rota.

***

Cuando recuperé algo de fuerza, me incorporé y lo hice ponerse de pie. Quise devolverle lo que me había dado. Me arrodillé delante de él sobre la arena tibia y lo tomé en mi boca, despacio al principio, descubriendo su forma, y después con más hambre. Subí las manos por su vientre hasta el pecho sin soltarlo, y empecé a moverme, acercándome y alejándome, marcando un ritmo que lo hacía respirar cada vez más fuerte.

Él me hundió los dedos en el pelo, no para forzarme sino para acompañarme, y yo seguí hasta notar que ya no aguantaba. Lo solté un instante antes y terminé de llevarlo al límite con la mano, mirándolo a los ojos. Se corrió con un gemido grave, y yo cerré los ojos y lo recibí en la cara y en los labios, saboreando aquel momento que sabía que no se repetiría.

Me sorprendió comprobar que, lejos de quedarse saciado, seguía mirándome con el mismo deseo de antes.

—¿No te cansas? —le pregunté, con una media sonrisa.

—Contigo, no.

Me tendió la mano para ayudarme a levantarme y, sin decir nada más, me guió hasta unas rocas grandes y planas al fondo de la cala, donde nadie podría vernos. Extendió la toalla sobre la piedra todavía fresca de la mañana. Nos abrazamos nada más llegar, y él volvió a buscar mis pechos, mi cuello, la nuca, los lóbulos de las orejas, encontrando cada punto que me hacía estremecer como si me conociera desde siempre.

Me colocó de espaldas a él. Me incliné hacia delante apoyando las manos en la roca, ofreciéndome, y sentí su erección rozándome el muslo. Estaba empapada. No recordaba haber deseado tanto a nadie.

—Tranquila —murmuró contra mi oído—. Vamos despacio.

Sus manos recorrieron mi espalda, mis caderas, mis nalgas. Me dio una palmada suave que me hizo reír y gemir a la vez, y después otra, hasta dejarme la piel ardiendo. Noté sus dedos, húmedos, dibujando círculos lentos alrededor de mi ano, con una delicadeza que me dejó sin aliento. Incliné las caderas hacia delante y el contacto de mi vientre con la roca fresca me arrancó un escalofrío.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Sí —dije, y era verdad—. Pero con cuidado.

Un dedo me penetró despacio, después dos, entrando y saliendo hasta que me relajé del todo y empecé a empujar yo misma contra su mano. Cuando lo sentí entrar de verdad, lento y firme, contuve el aire y me agarré a la roca con las dos manos. Hubo un instante de dolor, una punzada que me hizo apretar los dientes, y enseguida una oleada de placer distinto a todo lo que había conocido. Arqueé la espalda y solté un gemido largo.

Él se movía sin prisa, atento a cada reacción de mi cuerpo, apoyando una mano en mi cadera y la otra en mi hombro. Notaba su pecho cubierto de sudor contra mi espalda, su respiración acelerada en mi nuca, los latidos de su corazón. Llevé una mano entre mis piernas y me acaricié mientras él me embestía, y el placer se duplicó hasta volverse insoportable.

—No voy a aguantar —jadeé.

—Yo tampoco —dijo—. Córrete conmigo.

Y me corrí, por enésima vez aquella mañana, con un grito que se perdió entre las rocas y el rumor del mar. Lo sentí estremecerse detrás de mí casi al mismo tiempo, agarrándome las caderas con fuerza, y después los dos nos derrumbamos sobre la piedra, sin fuerzas, empapados de sudor y de sal.

***

Nos quedamos un rato tumbados, en silencio, escuchando las olas. No nos preguntamos los nombres. No nos pedimos los teléfonos. Cuando el sol empezó a pegar de verdad, él se incorporó, me besó en el hombro y me dijo que tenía que irse. Lo vi recoger sus cosas y subir por el sendero de piedras hasta desaparecer entre los pinos.

Me quedé sola otra vez en la cala, exactamente como había llegado, pero ya no era la misma. Recogí mi toalla despacio, todavía temblando un poco, y entendí algo que llevaba meses negándome a admitir: no estaba huyendo de Mariano ni de Andrés. Estaba huyendo de esto, de la mujer que era capaz de entregarse así a un extraño una mañana cualquiera de agosto, sin culpa y sin remordimiento.

Nunca volví a aquella cala. Pero cada verano, cuando huele a sal y a piel quemada por el sol, vuelvo allí con la memoria y me sorprendo sonriendo. Hay confesiones que una guarda para siempre, no por vergüenza, sino porque son lo único realmente suyo. Esta es la mía.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(6)

MarcelaOro

que relato!! me quede pegada hasta el ultimo parrafo, no pude soltar el celular jaja

Lautaro_BA

la narracion te mete de lleno desde el primer momento. Se hizo cortisimo, espero continuacion!

LaBahiaLectora

Me encanta como esta escrito, se siente el calor del sol y esa mezcla de libertad y nervios. Un relato que se siente real. Felicitaciones!

Silvi_Cba

ay dios jajajaja tremendo lo que les puede pasar a una en la playa

RobertoV_arg

Me recordo a unas vacaciones en el sur, aunque en mi caso no me paso nada tan emocionante jaja. Muy buen relato, sigue escribiendo

AlbaLectora22

Me gusto mucho la honestidad del relato, eso de confesarse algo que no debio pasar pero que de alguna forma queremos que haya pasado le da una tension muy rica. La escritura es fluida y no cae en lo burdo. Mas de esto por favor!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.