Engañé a mi marido con un desconocido en el hotel
Me llamo Carla y tengo veinticuatro años. Lo cuento ahora porque necesito sacármelo de adentro, aunque sé que nadie de mi entorno debería leerlo nunca. Soy de piel clara, pelo castaño hasta los hombros y ojos que cambian de color según la luz. Mido poco más de un metro sesenta y siempre fui consciente de que mi cuerpo llama la atención, sobre todo cuando camino sin proponérmelo.
Me casé a los veintidós, mientras todavía estudiaba administración. Mis padres aceptaron el matrimonio porque Esteban me había pretendido durante años y, a sus treinta y tres, ya era un arquitecto con la vida resuelta. No era feo, ni mucho menos. Si acepté fue por dos razones: salir de la vigilancia de mi casa y la comodidad que él me ofrecía. Para ser honesta, lo veía menos como un hombre y más como una certeza.
El sexo con Esteban era correcto. Ni malo ni memorable. Me follaba como cumplía todo en su vida: con orden, con educación, sin sorpresas. Siempre la misma rutina: dos besos, un rato de manoseo tibio, la penetración en misionero, y a los diez minutos su corrida dentro del preservativo y un beso en la frente. Nunca me hizo acabar de verdad, y yo había dejado de fingir hacía meses. Me quedaba mirando el techo con las bragas todavía puestas de un lado, con el coño palpitando de ganas insatisfechas, y me tenía que meter dos dedos a escondidas en el baño para dormir tranquila. La certeza, después de un tiempo, también aburre.
Lo que les vengo a contar pasó durante una semana de verano en la playa.
Los primeros días transcurrieron como toda nuestra rutina: desayuno, sombrilla, lectura, siesta. Pero al tercer día yo estaba inquieta y caliente. Si algo me prendía era ver cuerpos masculinos pasar frente a mí, y más todavía notar cómo me miraban, esa hambre apenas disimulada en los ojos de un hombre que me imaginaba sin la ropa puesta. Se me iban los ojos a los bultos marcados bajo las bermudas mojadas, a los muslos de los tipos que salían del agua chorreando, a las manos grandes de un desconocido que me pidió la hora. Esteban dormía la siesta de costado, ajeno a todo, mientras yo apretaba los muslos bajo la toalla y sentía la tanga pegada al coño empapado.
Esa noche le propuse salir a un bar. Aceptó de buena gana, como siempre. Nunca me había costado convencerlo de tomar de más. Bebió whisky tras whisky hasta que, ya pasada la medianoche, volvimos al cuarto con él hablando despacio y riéndose de cualquier cosa.
—Voy a darme una ducha —le dije, y le alcancé un vaso de agua con lo que él creyó que era una aspirina.
Era una pastilla para dormir.
Me encerré en el baño y no perdí tiempo. Me puse medias negras, una tanga del mismo color y una minifalda roja que apenas cubría lo necesario. Arriba, una blusa blanca tan fina que se me marcaban los pezones duros y la aureola oscura debajo de la tela. De día no me habría animado a usarla, pero la oscuridad disimulaba lo suficiente. Me eché encima una bata, y cuando salí lo encontré ya hundido en un sueño pesado, la respiración lenta y profunda. Dejé la bata sobre la cama, agarré la tarjeta del cuarto y cerré la puerta sin hacer ruido.
***
Bajé al bar del hotel. Pedí un vodka con bebida energética y me senté a esperar a quien fuera que apareciera. Había hombres solos y parejas, pero ninguno me interesó. Pasó la primera copa, y la segunda. Empecé a pensar que la noche sería un fracaso.
A la tercera, con el alcohol calentándome por dentro, mi mirada se cruzó con la de un hombre rubio y delgado que llevaba un rato observándome. No era mi tipo, pero la calentura no entiende de detalles. Junté las piernas y las moví apenas, buscando una fricción que me empujara a decidirme. Justo cuando iba a sostenerle la mirada, otro hombre se interpuso.
No era guapo. Tampoco era mi tipo, y no por el color de su piel, que era oscura, sino porque era enorme, ancho de hombros, con algo de panza y unos brazos duros como troncos. Medía cerca de uno noventa, era calvo y le calculé unos cuarenta años. El rubio había perdido su oportunidad sin saberlo.
—Buenas noches, señorita. ¿Me permite invitarle una copa? —dijo, con una sonrisa que tenía algo de descaro y algo de pregunta.
Lo pensé un instante.
—Sí, gracias —respondí.
—Me llamo Damián.
Estuvimos hablando casi una hora de cosas sin importancia. Era más simpático de lo que su tamaño dejaba suponer, y de tanto en tanto lo descubría mirándome fijo los pezones marcados a través de la blusa, lo que me daba risa. Cuando dije que se estaba haciendo tarde y que lo mejor sería volver a mi habitación, su cara se ensombreció. Pero asintió como un caballero y se ofreció a acompañarme.
Salimos del bar. Había que cruzar el patio interior del hotel, amplio y silencioso a esa hora, con las palmeras quietas bajo las luces bajas.
—Hace una noche calurosa —comentó. Y después, sin pausa—: Aunque lo más caluroso de la noche es estar junto a vos.
Me reí, nerviosa, sin saber qué contestar. No hizo falta. Me tomó de la cintura con una mano que casi me abarcaba la espalda entera y me giró hacia él. Con la otra me sostuvo la cara y me besó. No fue un beso suave: fue un beso que reclamaba, con la lengua adentro de mi boca desde el primer segundo, buscando la mía, chupándomela como si quisiera arrancármela. No me resistí. Le devolví el beso con la misma hambre y le mordí el labio inferior. Confieso que su tamaño me intimidaba y me excitaba a partes iguales. Contra mi vientre sentí la primera protuberancia de su polla creciendo dentro del pantalón, y supe en ese momento que iba a subir con él costase lo que costase.
Entre besos y caricias que subían de temperatura llegamos al ascensor. En cuanto se cerraron las puertas, una de sus manos bajó hasta mi coño por encima de la falda y la otra se coló bajo la blusa, agarrándome una teta entera con la palma abierta, apretando y pellizcándome el pezón entre el pulgar y el índice. Yo le sostenía la nuca mientras él me besaba el cuello desde atrás, y sentía contra el culo el bulto duro de su verga marcada bajo la tela del pantalón, una presión que me hizo tragar saliva. Por reflejo intenté apartarle el brazo, más por costumbre que por deseo. No me dejó. Me metió la mano por debajo de la falda, apartó la tanga de un tirón y me hundió dos dedos en el coño de una sola vez, sin aviso. Solté un gemido ronco contra el espejo del ascensor y sentí cómo mi jugo le corría por los nudillos.
—Estás empapada —me murmuró al oído, con la voz espesa—. Zorrita.
Se abrieron las puertas. Sacó los dedos de golpe, se los llevó a la boca y los chupó mirándome. Me tomó de la mano y caminamos hasta su puerta, deteniéndonos una vez más para besarnos contra la pared del pasillo. Pasó la tarjeta y entramos.
***
Apenas adentro empecé a desabrocharme la blusa yo misma, porque lo último que quería era que ese hombre me la rompiera. Al ver mis tetas desnudas las miró como quien mira algo que llevaba tiempo esperando, y se inclinó sobre ellas sin pedir permiso. Me atrapó un pezón con la boca y lo chupó fuerte, tirando con los labios, mientras con la otra mano me apretaba la otra teta hasta hacerme gemir de la mezcla de dolor y placer. Todavía no habíamos llegado siquiera a la cama.
Caímos en un sillón. Me sentó sobre sus piernas, me besaba la boca y de pronto atrapaba uno de mis pezones entre los labios mientras con una mano me tiraba del pelo y me obligaba a echar la cabeza atrás. Sentía la presión exacta de su boca, la lengua insistente que dibujaba círculos alrededor de la aureola antes de morder apenas. Con la otra mano me manoseaba el culo por debajo de la falda, apretando las nalgas con dedos que me marcaban la piel.
—Despacio —le pedí en un susurro.
No me hizo caso. Sus dedos ya se habían colado dentro de mí, gruesos, torpes, irresistibles. Tres dedos ahora, entrando y saliendo con un ritmo brutal, y el sonido húmedo del coño chorreando llenaba la habitación. Me sentó en el sillón, se desabrochó el pantalón y dejó libre algo que me hizo abrir los ojos. En el ascensor apenas había empezado a despertar. Ahora estaba completamente erecto, y era más grande que cualquier cosa con la que yo hubiera estado antes: una polla oscura, gruesa, venosa, con el glande hinchado y brillante, apuntando al techo. Le calculé más de veinte centímetros y un grosor que no me iba a caber en la mano de una vuelta. Lo miré con una mezcla de deseo y de miedo verdadero.
Él soltó una risa breve, casi tierna, y me acercó la mano a su cuerpo. La tomé y empecé a masturbarlo, con las dos manos porque una sola no alcanzaba, y mientras tanto volvió a tirarme del pelo y a devorarme las tetas con frenesí, chupando, mordiendo, dejándome marcas rojas alrededor de los pezones. Me guio la cabeza hacia abajo. Intenté metérmela en la boca y apenas me cabía el glande. Mi lengua jugaba con la punta, recogiendo la gota de líquido preseminal que se le escapaba, y él gemía de placer con la cabeza echada atrás. Para hacerlo más fácil se la lamí entera, desde los huevos hasta la punta, despacio, sin dejar de mirarlo. Le chupaba los cojones uno por uno, me los metía en la boca enteros, mientras con la mano se la masturbaba de arriba abajo. Volví al glande y me lo tragué todo lo que pude, atragantándome, con las lágrimas escapándose de los ojos por el esfuerzo. Él me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca a su ritmo, hundiéndome la polla hasta la garganta.
—Así, puta, tomátela toda —jadeaba.
Mientras lo hacía, una de sus manos me subió la falda y empezó a trabajar entre mis piernas con dos dedos, entrando y saliendo del coño mientras el pulgar me frotaba el clítoris con círculos precisos. Yo ya sentía que me estaban follando por dos lados a la vez. Pero antes de que él perdiera el control, me apartó de un tirón del pelo.
—Todavía no —dijo—. Todavía no me vas a hacer acabar.
Me tomó de la cintura, me cargó como si yo no pesara nada y me dejó caer en la cama. Se arrodilló, me quitó la tanga de un tirón —oí la tela rasgarse— y hundió la boca entre mis piernas. Yo ya estaba al límite. Me retorcía mientras su lengua se movía con una paciencia que no esperaba de un hombre tan grande. Me lamía el coño de abajo hacia arriba, con la lengua plana, para terminar dando latigazos rápidos sobre el clítoris. Después me metió la lengua entera adentro, follándome con ella, mientras el pulgar me apretaba el capullo. Cuando intenté apartarlo, convencida de que iba a desmayarme, me sujetó los muslos con los brazos y no me dejó escapar. Me chupó el clítoris entero, se lo metió en la boca y lo succionó como si quisiera arrancármelo.
Me corrí así, presa, sin poder hacer nada para evitarlo, empujándole la cara contra el coño con las dos manos y gritando contra la almohada que me había puesto en la boca para no despertar al hotel entero. A él no le importó. Siguió hasta arrancarme un segundo orgasmo encima del primero, todavía temblando, con el clítoris tan sensible que cada roce de su lengua me provocaba una descarga eléctrica que me sacudía las caderas.
***
Cuando me soltó, tenía la cara empapada de mis jugos y una sonrisa de satisfacción. Se pasó el dorso de la mano por la boca, me agarró de los tobillos, me abrió las piernas hasta que las rodillas casi me tocaron las orejas y empezó a entrar poco a poco. Se ayudó con la mano, apoyando el glande contra los labios de mi coño y frotándolo de arriba abajo antes de empezar a empujar. Después del orgasmo cada centímetro me provocaba espasmos, y sentí cómo el coño se abría a la fuerza para dejarlo pasar.
—Despacio, por favor —alcancé a decir—. Es muy grande, me vas a romper.
—Eso quiero —murmuró—. Romperte.
Tardó un minuto entero en entrar del todo. Cada vez que empujaba unos centímetros más se paraba, dejándome adaptarme, y yo sentía cómo la polla me llenaba de una manera que Esteban jamás había conseguido. Cuando por fin me la enterró hasta los huevos, me pareció que la punta me tocaba el estómago. Después empezó a moverse, lento, con su peso entero encima de mí, besándome para callar mis quejas. Sentía cada vena de su verga rozándome las paredes del coño, cada movimiento marcaba una fricción nueva. No duró mucho la calma. Pronto aceleró, y el sonido de sus huevos golpeándome el culo llenó la habitación junto con el chapoteo del coño empapado.
—Más despacio, me estás matando —protesté, y mis palabras se perdieron contra su boca.
—¿Lo estás disfrutando, putita? —me preguntó al oído, sin dejar de embestir—. Decí que sí. Decí que te gusta que te folle así.
—Por favor, sacámela.
—Vas a decir lo que quieras —murmuró—, pero tu coño me pide que siga. Mirá cómo me chupa la polla, no me quiere soltar.
Y tenía razón, eso era lo peor. Mi cuerpo respondía traicionándome, apretándole la verga con las paredes, empujándome contra sus caderas para tenerlo más adentro. Cuando un nuevo espasmo me sacudió, él se apartó de golpe, sacándome la polla de un tirón que me dejó vacía y necesitada, y se dejó caer a un lado, jadeando, con la verga chorreando de mis jugos brillando contra su vientre. No le di tregua. Un impulso me hizo treparme encima de él, besarlo, morderle el cuello y guiarme la polla de nuevo dentro del coño para cabalgarlo a mi ritmo, con las piernas muy abiertas a causa de su tamaño. Sentí cómo entraba desde otro ángulo, más profundo todavía, y solté un gemido largo cuando toqué fondo con el clítoris pegado a su pubis.
Mi cara debía ser un poema de sufrimiento mientras todo lo demás era puro gozo. Empecé a moverme en círculos lentos, restregándole el clítoris contra la base de la polla, y él colaboraba con embestidas suaves desde abajo, cada una en un momento distinto, lo que lo hacía todavía más placentero. Le tomé la cara con las dos manos y lo besé hondo, metiéndole la lengua hasta el fondo, mientras subía y bajaba sobre su verga.
—Así —gemía él—. Así, cabalgámela toda.
—¿Te gusta mi coño? —le pregunté, sin dejar de moverme—. ¿Te gusta cómo te la chupo con el coño?
—Me encanta, puta. Sos una zorra.
Me subió las manos hasta las tetas y me las apretó fuerte, retorciéndome los pezones entre los dedos. Me di vuelta y volví a montarlo dándome vuelta, dándole la espalda. Ahora él me veía el culo entero rebotando sobre sus caderas, la polla entrando y saliendo del coño abierto. Me sostuvo de la cintura y empezó a guiar el ritmo con más fuerza, levantándome y dejándome caer sobre la verga, y yo abría las piernas todo lo que podía. Con una mano se llevó su dedo a la boca, lo escupió y lo apoyó en la puerta cerrada del culo, presionando apenas hasta que se metió hasta la primera falange. La doble sensación me arrancó un grito. Otro espasmo, otro orgasmo. Se me contrajo el coño con tanta fuerza que casi lo hago acabar. Estuvimos así un buen rato.
—Ponete en cuatro —dijo al fin, acompañando la orden con una palmada seca en la nalga que, lejos de molestarme, me encendió más.
Le obedecí. Me acomodé de rodillas en la cama, con el culo bien alto y las piernas separadas, y sentí la vista de sus ojos clavada en mi coño chorreando y en el ojal del culo, todavía apretado. Me mordió las nalgas con pequeños mordiscos mientras su lengua entraba y salía del coño, y después subió más, lamiéndome el culo entero de abajo hacia arriba, ensalivándome el agujero. Yo estaba gozando como pocas veces en mi vida cuando posó las dos manos en mi cintura y volvió a entrar. Esta vez se sentía aún más profundo. Veía luces. A cada centímetro creía que me desmayaría. Y entonces dejó de ser lento. Embestía con todo el peso del cuerpo, la polla entrando entera hasta los huevos y saliendo casi del todo antes de volver a hundirse, parando solo para azotarme el culo con la palma abierta, y aunque dolía, el placer era inmenso. Con el pulgar de la mano derecha me apretaba el ojal del culo mientras me la clavaba, y esa presión doble me tenía al borde del desmayo.
—Qué coño más rico tenés, puta —jadeaba mientras me embestía—. Este coño necesitaba una buena verga.
—Sí —gemí sin poder callarme—. Sí, follame, dame más.
—¿Tu marido no te folla así? —me agarró del pelo y me tiró hacia atrás—. ¿Le decís a tu marido que sos una puta que se abre de piernas con desconocidos?
Sentí venir otro orgasmo y, casi por instinto, intenté escaparme hacia adelante. Él me rodeó la cintura con un brazo, me apretó contra su pecho hasta ponerme casi de rodillas contra él y me besó el cuello, sin sacarme la polla del coño.
—¿A dónde creés que vas? —susurró—. Querías esto, ahora lo vas a tener. Vas a acabar con mi polla adentro las veces que yo quiera.
Volvió a embestir en esa posición, con una mano apretándome una teta y la otra bajando hasta el clítoris para frotármelo mientras me la clavaba desde atrás, hasta que el orgasmo me dejó las piernas temblando, incapaz de sostenerme. Me derrumbé contra el colchón boca abajo y él cayó encima mío sin sacarla, aplastándome con su peso, follándome contra la cama. No paró por eso. Al contrario, puso más fuerza, con las caderas martillándome el culo, la respiración cada vez más entrecortada, hasta que su cuerpo entero se tensó.
—Me corro —gruñó—. ¿Dónde, puta? ¿Adentro?
—Adentro —jadeé, sin pensarlo, con la cara aplastada contra la almohada—. Corrételo todo adentro.
Lo sentí endurecerse todavía más un segundo antes de terminar, sujetándome con las dos manos para que no me moviera, y después el chorro caliente de su corrida llenándome entera, disparando dentro de mí una, dos, tres, cuatro veces, mientras él gemía contra mi nuca. Sentí cómo la semilla me desbordaba y empezaba a chorrearme por los muslos incluso antes de que sacara la polla.
Después se quedó quieto, todavía dentro, besándome la espalda, mientras yo recuperaba el aliento de a poco. Cuando por fin salió, un río espeso de semen me chorreó del coño abierto y él lo miró con satisfacción, pasándose la palma por la polla brillante para limpiársela contra mi nalga.
***
—¿Te vas? —preguntó, acariciándome el pelo.
—Sí, lo siento.
—Quedate. Te prometo que solo dormimos.
—No puedo. Mi marido se va a preocupar si no estoy cuando despierte.
—¿Sos casada? —dijo, levantando una ceja.
—Sí. Nunca lo preguntaste.
Sonrió, sin reproche, y se dejó caer de espaldas en la cama, con la polla todavía semi-erecta reposando contra el muslo, brillante de nuestros jugos. Me vestí como pude, sintiendo cómo su corrida me seguía chorreando por dentro de los muslos y me empapaba el interior de las medias. No me di cuenta de que las medias se habían rasgado hasta que ya las tenía puestas, pero estaba demasiado cansada para que me importara. Él estiró la mano, encontró mi tanga hecha jirones y se la llevó a la nariz, oliéndola con los ojos cerrados.
—Esta me la quedo.
Eran de mis favoritas, pero no tenía energía para discutir. Lo besé en la boca a modo de despedida, y sentí cómo me metía la mano una última vez debajo de la falda para tocarme el coño empapado y sacarse los dedos manchados de su propio semen mezclado con mis jugos. Se los chupó mirándome. Salí al pasillo con las piernas todavía temblando.
Cuál sería mi sorpresa al descubrir que mi habitación estaba a solo dos puertas de la suya. Sonreí para mis adentros y caminé los pocos pasos que me separaban de Esteban, sintiendo en cada paso cómo su corrida me seguía chorreando.
Cuando entré, el reloj marcaba las cinco de la mañana. Él seguía profundamente dormido, sin sospechar nada. Escondí la ropa rota, me metí en la ducha y me lavé despacio. Bajo el chorro caliente vi cómo bajaban por el desagüe hilos blancos del semen que todavía tenía adentro. Tenía los pechos y el cuerpo irritados, marcados, con mordidas alrededor de los pezones y moretones en la cintura donde me había agarrado. El coño me ardía, hinchado, y sentía cada movimiento del culo azotado. Por un momento me dio morbo la idea de meterme bajo las sábanas tal como estaba, con la corrida de otro hombre todavía chorreándome, y contarle por la mañana, pero no lo hice.
Cuando salí del baño, Esteban se desperezó entre bostezos.
—¿No te habías bañado anoche? —preguntó.
—No —mentí.
—Creí que sí.
—Me dolía la cabeza por la resaca.
—A mí también —admitió, frotándose los ojos—. ¿Dormimos un rato más?
—Está bien.
Me acosté y él me abrazó por detrás, sin saber nada, sin saber que hacía menos de una hora otro hombre me había vaciado los huevos adentro del mismo coño que él llevaba dos años follando con desgana. Cuando despertamos del todo yo me sentía hecha polvo, con cada músculo recordándome la noche, con el coño todavía palpitando cada vez que me movía. Esteban lo atribuyó a la resaca. Y yo, por una vez en mucho tiempo, sonreí de verdad.





