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Relatos Ardientes

El albañil que reformó mi baño y mi vida entera

Llevaba meses obsesionada con reformar los dos baños de casa. Habían quedado anclados en una época que ya no era la mía: azulejos verdosos, grifería que goteaba, una bañera con manchas que no salían por más que frotara. Pedí presupuestos a media docena de empresas y todas me daban cifras que parecían inventadas para asustarme. Estaba a punto de rendirme cuando mi marido, casi por casualidad, dio con un albañil que trabajaba por su cuenta y cobraba la mitad.

Se llamaba Bakary. Había llegado desde Senegal hacía unos años y se había especializado en alicatar y en instalaciones de fontanería. Andrés lo contrató por teléfono sin pensarlo demasiado, contento de haber resuelto el problema sin tener que pisar él mismo una sola tienda de materiales.

—Empieza el lunes —me dijo esa noche, ya metido en la cama—. Te dejo a ti lo de coordinarlo. Yo no voy a estar.

Esa frase, dicha sin ninguna intención, terminó cambiándolo todo.

Yo no voy a estar.

Andrés trabajaba de seis de la mañana a seis de la tarde, doce horas largas en una empresa de logística al otro lado de la ciudad. Bakary empezaba a las siete y se iba a las tres. Había una hora exacta, entre las seis y las siete, en la que la casa quedaba vacía y silenciosa, y luego ocho horas más en las que estábamos él y yo solos entre el polvo y el ruido de la radial.

Lo noté el primer día. No me lo confesé a mí misma, pero lo noté.

Bakary era alto, más de lo que parecía cuando lo veías encorvado trabajando. Tenía las manos grandes y firmes, y una manera de mirar las cosas, los azulejos, las juntas, el nivel sobre la pared, como si nada en el mundo mereciera prisa. Hablaba poco. Cuando lo hacía, lo hacía despacio, midiendo cada palabra, y se reía con una risa baja que tardaba en llegar pero que valía la espera.

—Va a quedar muy bien, señora —me dijo el segundo día, señalando el baño de la entrada con la barbilla—. Tenga paciencia con el polvo.

—No me llames señora —respondí, y me sorprendió mi propio tono—. Me llamo Lorena.

Él asintió sin sonreír todavía, pero algo en sus ojos se movió.

***

La primera semana me dediqué a fingir que tenía cosas que hacer. Acomodaba papeles que no necesitaban acomodarse, regaba plantas que ya había regado, pasaba por el pasillo con cualquier excusa para verlo de espaldas, agachado, con la camiseta pegada a la espalda por el calor y el sudor marcándole cada músculo. Le llevaba café a media mañana. Después le llevé también algo de comer. Después dejé de inventar excusas y simplemente me quedaba apoyada en el marco de la puerta, mirándolo trabajar, mirando cómo se le tensaban los brazos al levantar los azulejos, cómo el pantalón se le pegaba al culo cuando se agachaba.

Él lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Un hombre así sabe perfectamente cuándo una mujer lo mira, cuándo una mujer se está mojando las bragas solo de verlo trabajar.

El viernes de la segunda semana, mientras me alcanzaba la taza vacía, sus dedos rozaron los míos y ninguno de los dos retiró la mano. Fue apenas un segundo, pero un segundo es suficiente cuando llevas demasiado tiempo sintiéndote invisible en tu propia casa, cuando llevas demasiado tiempo sin que nadie te toque como si te deseara de verdad.

—Lorena —dijo, y mi nombre en su boca sonó distinto a como sonaba en la de Andrés.

No contesté. Le sostuve la mirada hasta que el calor me subió por el cuello y me bajó entre las piernas, y entonces me di la vuelta y volví a la cocina con el corazón golpeándome y el coño palpitando como si tuviera quince años otra vez.

Esa noche, acostada junto a mi marido dormido, supe que ya estaba decidido. Solo faltaba que ocurriera.

***

Ocurrió el lunes siguiente.

Bakary descansaba veinte minutos cada par de horas, se sentaba en el sofá del salón cubierto con una sábana vieja para que no se manchara, y bebía agua mirando el móvil. Esa mañana me senté a su lado. No dije nada. Él tampoco. Apoyé la mano en su muslo y noté el músculo tenso bajo la tela del pantalón de trabajo, y más arriba, contra mi palma, algo que ya empezaba a endurecerse.

—Si empezamos esto —me dijo en voz baja, sin apartar mi mano—, no vamos a poder parar.

—Lo sé —respondí, y apreté un poco, sintiendo cómo crecía bajo mis dedos.

Me besó despacio, como hacía todo, tomándose su tiempo, con la lengua explorando la mía sin prisa mientras me subía la mano por el muslo hasta meterla debajo de mi falda. Cuando sus dedos rozaron la tela empapada de mis bragas, gimió contra mi boca, y luego dejó de tomárselo con calma. Me arrancó las bragas de un tirón, me abrió las piernas sobre el sofá y hundió dos dedos directamente en mi coño, que ya chorreaba de ganas acumuladas durante dos semanas. —Estás mojadísima —murmuró, mientras me follaba con los dedos despacio, mirándome la cara—. Llevas días queriendo esto. Le desabroché el pantalón con manos temblorosas y saqué su polla, gruesa, oscura, ya dura y goteando por la punta. La agarré con las dos manos y me la llevé a la boca sin dudar, chupándosela con avidez mientras él echaba la cabeza hacia atrás y soltaba un gemido gutural. Se la mamé despacio primero, después con hambre, tragándomela hasta que me hizo arquear la garganta, sintiendo cómo latía entre mis labios. —Ven aquí —me dijo, tirando de mí hacia arriba—, quiero metértela ya. Me colocó a horcajadas sobre él, me bajó las bragas del todo y me guio con la mano hasta que la punta de su polla empezó a abrirse paso dentro de mí. Bajé despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro, más grande de lo que nunca había tenido dentro, y cuando lo tuve completamente enterrado solté un gemido que no pude contener. Empecé a moverme sobre él, subiendo y bajando, sintiendo cómo su polla me rozaba por dentro en cada embestida, mientras él me agarraba las caderas y me clavaba las uñas en la piel, guiando el ritmo, cada vez más fuerte, más rápido. Hicimos el amor así, con el polvo de la obra todavía flotando en la luz de la mañana y la radio del vecino sonando lejos, follando sin freno, con el sofá crujiendo bajo nuestro peso y mis gemidos mezclándose con sus gruñidos graves. Cuando sentí que me venía, clavé los dedos en sus hombros y me corrí con todo el cuerpo temblando, apretándolo dentro de mí, y él aguantó un par de embestidas más antes de sacarla y correrse sobre mi vientre con un gemido ronco, marcándome la piel con su semen caliente.

Cuando terminamos, él se rió con esa risa baja suya y me dijo que tenía que volver al baño o no acabaría la obra a tiempo. Me reí yo también, todavía con las piernas temblando. Y así empezó todo.

***

La obra estaba presupuestada para cuatro meses. Me las ingenié para que durara casi un año.

Inventé cambios. Pedí que tirara un tabique que no hacía falta tirar. Decidí, de pronto, que quería los azulejos de otro color y que había que arrancar los que ya había puesto. Andrés se quejaba del dinero, pero firmaba cada nuevo presupuesto sin sospechar nada, agotado por sus propias doce horas diarias, contento de llegar a una casa que poco a poco iba quedando hermosa.

No sabía que la casa no era lo único que se estaba transformando.

Dejé de acostarme con mi marido. Le ponía excusas, cansancio, dolores de cabeza, y la verdad es que ni siquiera tenía que esforzarme mucho porque hacía tiempo que entre nosotros no quedaba más que costumbre. Bakary llenaba cada hueco que Andrés había dejado vacío sin darse cuenta, y llenaba también cada rincón de mi cuerpo que llevaba años ignorado. Follábamos en el dormitorio de matrimonio, sobre las sábanas que después yo cambiaba con cuidado, con él penetrándome por detrás mientras me sujetaba del pelo y me susurraba al oído lo apretado que estaba mi coño, lo bien que me sentaba su polla. En la cocina, contra la encimera nueva, con una pierna levantada sobre su hombro mientras me follaba de pie, embistiendo tan fuerte que los platos del escurridor temblaban. En el baño a medio terminar, entre el olor a cemento fresco y a sudor, arrodillada mientras él me la metía por la boca y luego me la clavaba doblada sobre la bañera nueva, con mis gritos rebotando en los azulejos recién puestos. Aprendí a chuparle la polla como nunca le había chupado la de Andrés, dedicándole tiempo, jugando con los huevos mientras lo mamaba, mirándolo a los ojos cuando notaba que estaba cerca de correrse para que aguantara un poco más. Él aprendió cada rincón de mi cuerpo, dónde tocarme para que me corriera en segundos, cómo lamerme el coño hasta hacerme gritar contra la almohada, cómo follarme despacio hasta desesperarme y después meterla toda de golpe hasta el fondo.

Cada hora de descanso era nuestra. Veinte minutos robados que valían más que años enteros de mi matrimonio, veinte minutos de sudor, de gemidos ahogados, de correrme una y otra vez sobre esas manos que sabían exactamente qué hacer.

Por las tardes, antes de irse, Bakary se duchaba en mi casa. Más de una vez me metí con él bajo el agua, enjabonándole la espalda ancha, arrodillándome bajo el chorro caliente para chupársela mientras el agua nos caía encima a los dos, tragándome hasta la última gota cuando se corría contra mi lengua. Yo le preparaba algo de comer y nos sentábamos a hablar en la cocina como si fuéramos una pareja de verdad, como si esa fuera nuestra vida y no un paréntesis que se cerraría con la última junta de silicona. Hablábamos de su pueblo, de su madre que seguía allá, de los planes que tenía. Yo lo escuchaba y pensaba que nunca, en doce años con Andrés, había escuchado a nadie con tanta atención, ni me habían follado con tanta hambre.

A las cinco y media se marchaba. Yo cambiaba las sábanas, abría las ventanas, perfumaba la habitación para que el aire borrara cualquier rastro de él antes de que mi marido cruzara la puerta. Era casi un ritual, y reconozco que hasta el ritual me gustaba.

***

Mi cuerpo empezó a cambiar. De tanto esfuerzo, de tantas mañanas, me había puesto más firme, más despierta. Me miraba al espejo y me gustaba lo que veía por primera vez en años. Andrés lo notó.

—Estás guapísima últimamente —me dijo una noche, con una sonrisa boba—. Será la reforma, que te tiene contenta.

—Será eso —contesté, y tuve que morderme por dentro para no soltar una carcajada.

Una tarde nos quedamos sin preservativos. Fue un descuido tonto, y yo debería haber parado ahí. No paré. Bakary me preguntó si estaba segura y yo le dije que sí con una claridad que me asustó a mí misma. Esa vez me la metió a pelo por primera vez, sintiendo cada centímetro de su polla desnuda deslizarse dentro de mí sin ninguna barrera, y cuando se corrió dentro, llenándome por completo, solté un gemido que nunca había soltado con nadie. A partir de ese día no quise que volviera a usar nada. Me había acostumbrado a sentirlo sin barreras, a sentir su semen caliente inundándome cada vez, y la idea de las consecuencias, en lugar de frenarme, empezó a rondarme la cabeza como una tentación más.

¿Y si pasara? ¿Y si de verdad pasara?

Pasó.

***

Lo supe antes de hacerme la prueba. Una mujer sabe esas cosas. Cuando vi las dos rayas en el test, sentada en el borde de la bañera nueva que él había instalado con sus propias manos, no sentí miedo. Sentí algo parecido a la felicidad, terca y silenciosa.

Se lo dije esa misma mañana. Bakary se quedó callado un largo rato, mirándome, y después me tomó la cara entre esas manos enormes y me besó la frente.

—¿Qué vas a hacer? —me preguntó.

—Lo que yo quiera —respondí—. Por una vez en mi vida, lo que yo quiera.

Lo planeamos juntos, en voz baja, en la cocina, como dos conspiradores. Le hice creer a Andrés que el bebé era suyo. No fue difícil; bastó con acostarme con él un par de noches, dejarlo que me follara torpe y rápido, sin ganas de mi parte, con la mente puesta en otro hombre mientras Andrés jadeaba encima de mí, y dejar que las cuentas cuadraran a su manera. Se puso eufórico. Llamó a su madre, compró un sonajero ridículo, empezó a hablar de nombres. Yo lo dejé hacer. Necesitaba que pagara el seguro médico, las ecografías, los análisis, todo lo que un hombre ilusionado paga sin pestañear.

Aguanté la farsa hasta el séptimo mes, follándome a Bakary cada vez que podía incluso con la barriga ya creciendo, encontrando posiciones nuevas para seguir sintiéndolo dentro, de costado, por detrás, con él arrodillado detrás de mí mientras me susurraba que ese hijo era suyo aunque el mundo entero creyera lo contrario. Para entonces los baños estaban terminados, impecables, relucientes, y Bakary había cobrado hasta el último euro de un trabajo que se había merecido con creces. Ya no había obra. Ya no había excusas. Ya no había razón para seguir fingiendo.

***

Pedí el divorcio una tarde de otoño, con una calma que ni yo me esperaba.

Andrés no entendía nada. Me preguntó si había otro, y le dije que no con una cara de mártir que todavía me da un poco de vergüenza. Negoció, suplicó, se enfadó, volvió a suplicar. Al final cedió en casi todo, agotado, derrotado, convencido de que la culpa era suya por no haber estado nunca en casa. Me quedé con el piso recién reformado y con el seguro del bebé pagado por adelantado durante un año entero.

El niño nació en primavera. Es igual a su padre: la misma piel oscura y luminosa, la misma calma en la mirada incluso cuando llora. Bakary se mudó conmigo unos meses después, sin prisa, como hace todo. La casa que reformó para una mujer infiel terminó siendo la suya, y esa primera noche que durmió bajo mi techo como algo más que un amante clandestino me folló en cada habitación, empezando en la cocina y terminando en la ducha, como si quisiera dejar su marca en cada rincón que antes había sido territorio de otro hombre.

Tuvo que venir alguien desde la otra punta del mundo para enseñarme a vivir de verdad, para recordarme que yo también tenía derecho a desear y a elegir, y a que me follaran como se merece follar a una mujer. Volví a trabajar. Bakary siguió alicatando baños por toda la ciudad, de arriba abajo, con esas manos pacientes que un día se posaron sobre las mías y no se retiraron.

Ahora tenemos dos niños en casa y otro en camino. A veces, cuando los miro dormir, pienso en aquella hora muerta entre las seis y las siete de la mañana, en el silencio de la casa vacía, y me río sola.

No me arrepiento de nada. Es lo único que sé con certeza.

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Comentarios(6)

MatiasBsAs

Excelente!!! uno de los mejores que lei ultimamente en esta categoría.

lectornocturna22

Necesito una segunda parte urgente jajaja, quede enganchada y me lo lei todo de un tiron

RosaMarR

Algo parecido me pasó a mi hace tiempo y puedo decir que lo describe perfecto. Muy real todo.

Marko

Esa hora de diferencia... tremendo detalle. Buen relato.

xime_cba

Y el marido nunca sospecho nada?? jaja me quedé con esa intriga hasta el final

Dani_Cba

Me gustó que no sea burdo, tiene algo de verdad en como lo cuenta. Se agradece.

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