Lo que mi amiga y yo hicimos en aquel hotel de la costa
Hay cosas que una solo se atreve a contar cuando han pasado los años suficientes para que dejen de doler y empiecen a dar una sonrisa. Esta es una de ellas. La cuento como fue, sin adornarla, porque todavía me cuesta creer que aquella mujer en la habitación del hotel fuera yo, con una polla en la boca y la mano de mi mejor amiga clavándome las uñas en la palma mientras nos corríamos las dos a la vez.
Noa y yo nos conocíamos desde la universidad. Éramos de esas amigas que se lo cuentan todo, incluso lo que no se debería contar: con quién habíamos follado, cómo, cuántas veces nos habíamos corrido, si él nos había comido bien el coño o si había sido de esos que se creen que basta con meterla. Aquel verano decidimos escaparnos solas, sin parejas, sin obligaciones, a un pueblo de la costa que alguien nos había recomendado por sus playas tranquilas y su gente que no hacía preguntas.
La primera mañana salimos del agua riéndonos de cualquier tontería, con el pelo pegado a la cara por el viento. Mientras nos secábamos en la arena, Noa me abrazó por detrás y me dio un beso en la mejilla.
—Qué bien hicimos en venir aquí —dijo.
—Lo mismo estaba pensando —respondí—. Hacía siglos que no me sentía tan libre.
Caminábamos hacia el hotel cuando los vimos por primera vez. Dos hombres salían de la recepción, altos, de espaldas anchas, con esa seguridad serena de quien no tiene prisa por gustar. Uno llevaba una camisa de lino abierta en el pecho; el otro, gafas de sol y una sonrisa que parecía dirigida a nadie en particular.
—Madre mía —murmuró Noa sin mover los labios—. Mira esos dos.
—Los estoy mirando —dije—. Discretamente. O eso intento.
—Discretamente una mierda —soltó Noa entre dientes—. A mí ya se me está mojando el bañador solo de verlos.
Me reí, pero por dentro pensé exactamente lo mismo. Nos quedamos un segundo más de la cuenta observándolos cruzar el jardín, y supe, por la forma en que ella se mordió el labio, que no era la única que había empezado a fantasear con abrirse de piernas para cualquiera de los dos.
***
Los volvimos a encontrar esa tarde en el vestíbulo. Estaban sentados en un rincón, cada uno con un libro, y por algún motivo eso me pareció más atractivo que cualquier alarde. Fue Noa la que me empujó del brazo.
—Vamos a saludar.
—¿Estás loca? —susurré, pero ya me arrastraba hacia ellos.
Levantaron la vista a la vez. El de la camisa de lino se llamaba Dorian; el de las gafas, que ahora descansaban sobre la mesa, dijo llamarse Théo. Nos presentamos entre risas torpes, y lo que iba a ser un saludo de cortesía se convirtió en media hora de conversación. Eran agradables, atentos, con ese humor tranquilo de quien sabe escuchar.
—¿Y si cenamos juntos esta noche? —propuso Dorian, mirándome directamente a mí—. Sin compromiso. Solo cuatro personas que están de vacaciones y no tienen ganas de cenar solas.
Noa contestó por las dos antes de que yo pudiera fingir que lo pensaba.
—Nos parece una idea estupenda. A las nueve, en el bar de la terraza.
Subimos a la habitación entre carcajadas y nervios de adolescentes. Yo elegí un vestido negro de tirantes, sin sujetador; Noa, uno rojo que se ajustaba justo donde tenía que ajustarse, con unas bragas mínimas que se veían por transparencia según cómo le diera la luz. Nos maquillamos frente al mismo espejo, peleándonos por el sitio, y en algún momento las dos nos quedamos calladas, como reconociendo en silencio que aquella noche podía terminar con las dos abiertas de piernas.
—¿Tú adónde quieres que llegue esto? —le pregunté.
—No lo sé —dijo ella, pintándose los labios—. Pero por una vez no quiero pensarlo demasiado. Si esta noche uno de esos dos me quiere follar, yo no pienso decir que no.
—Zorra —le solté, riéndome.
—La primera —contestó, guiñándome un ojo—. Y tú detrás, no te hagas la santa.
***
La cena fue larga, con vino frío y conversaciones que iban subiendo de temperatura sin que ninguno lo dijera en voz alta. Dorian tenía la costumbre de apoyar la mano cerca de la mía sobre la mesa, sin tocarme, dejando apenas un centímetro de distancia que se convirtió en lo único en lo que yo era capaz de pensar. Cada vez que movía los dedos, yo sentía un tirón en el bajo vientre, y tuve que cruzar las piernas más de una vez porque notaba las bragas empapadas.
En algún momento, entre el segundo plato y el postre, Théo le preguntó a Noa si alguna vez había hecho algo que sabía que no debía.
—Constantemente —contestó ella, y los cuatro nos reímos, aunque la risa tenía ya otro filo.
Cuando la terraza empezó a vaciarse, Dorian se inclinó hacia mí y me habló en voz baja, solo para que yo lo oyera.
—Nuestra habitación tiene una vista preciosa. Y una botella de vino que abrir. No tenéis por qué subir. Pero me gustaría que lo hicierais.
Su mano subió por debajo de la mesa y se posó en la parte interna de mi muslo, muy despacio, apretando lo justo para que yo entendiera todo lo que no había dicho. Miré a Noa. Ella ya me estaba mirando a mí, con la boca de Théo pegada a la oreja susurrándole algo que la hizo cerrar los ojos un segundo. No hizo falta decir nada: una de esas conversaciones que mantienen dos amigas con una sola ceja levantada y media sonrisa.
—Subimos —dije.
***
La habitación era amplia, con un balcón abierto al mar y la brisa colándose por las cortinas. Dorian sirvió cuatro copas. Brindamos por algo que ninguno recuerda, y cuando dejé la copa sobre la mesa, él ya me había puesto una mano en la cintura y la otra bajaba directa al culo, agarrándomelo entero por encima del vestido.
El primer beso me llegó despacio, casi pidiendo permiso, y se lo di entero. Su lengua entró en mi boca sin prisa, buscando la mía, mientras sus dedos empezaban a subirme el vestido por detrás. A unos pasos, oí a Noa reírse contra la boca de Théo y luego dejar de reírse; oí también un jadeo corto y un «joder» susurrado que no supe si lo dijo ella o él. La habitación se quedó en silencio salvo por el rumor del mar y el sonido de la ropa rozándose.
Dorian me besó el cuello, bajó hasta el hombro y me deslizó un tirante del vestido con un solo dedo. No tenía prisa, y esa calma me volvía loca. Cuando por fin el vestido cayó al suelo, me quedé un instante quieta, en bragas y descalza, dejándome mirar, sorprendida de lo poco que me importaba que mi amiga estuviera a tres metros con las tetas fuera y la mano de Théo entre las piernas.
—Eres preciosa —me dijo Dorian al oído, mientras me pellizcaba un pezón entre dos dedos—. Y todavía no hemos empezado.
Me tumbó en la cama con un cuidado que contrastaba con la dureza que ya se le marcaba en el pantalón. Le desabroché el cinturón con dedos torpes, le bajé la cremallera y saqué la polla de un tirón. La tenía gorda, dura, con la punta ya húmeda. Me relamí los labios sin pensarlo y él me sonrió.
—Métetela en la boca —murmuró.
No hizo falta que lo dijera dos veces. Me arrodillé en el borde de la cama y me la metí entera, primero con la lengua, chupando la punta despacio, luego bajando hasta la garganta. Notaba cómo me palpitaba dentro de la boca, cómo se le tensaban los muslos cada vez que aceleraba, cómo su mano se enredaba en mi pelo para marcarme el ritmo. Me la sacaba y se la volvía a meter, mamándosela con toda la saliva que me cabía, dejando que el hilo me chorreara por la barbilla.
—Joder, cómo la chupas —jadeó—. Así, no pares.
Al otro lado de la cama oí a Noa gimiendo bajito. Giré la cabeza sin sacarme la polla de la boca y la vi: estaba a cuatro patas encima del colchón, las tetas colgando, y Théo, arrodillado detrás, le tenía la cara hundida entre las nalgas, comiéndole el coño desde atrás con una avidez que me hizo apretar los muslos. Ella tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y no paraba de repetir «sí, sí, sí» como si no supiera decir otra cosa.
Dorian me tumbó de espaldas otra vez y me arrancó las bragas de un tirón. Recorrió mi piel con la boca, sin saltarse un centímetro, chupándome los pezones hasta que se me pusieron durísimos, mordiéndome el interior de los muslos, y cuando llegó entre mis piernas tuve que morderme la mano para no gritar demasiado pronto. Su lengua trabajaba con una paciencia exasperante, lamiéndome el clítoris en círculos lentos, deteniéndose cada vez que notaba que estaba cerca, dejándome al borde una y otra vez hasta que le supliqué que no parara. Me metió dos dedos a la vez que seguía chupándome, curvándolos hacia arriba, buscándome ese punto por dentro, y yo empecé a temblar sin control.
—Por favor, por favor —le oí pedir a mi propia voz—. No pares, joder, no pares.
Giré la cabeza en algún momento y vi a Noa sobre Théo, montándolo, con la cabeza echada hacia atrás y una expresión que nunca le había visto. Le rebotaban las tetas al ritmo de las embestidas, y él le agarraba las caderas para clavársela hasta el fondo cada vez que ella bajaba. Nuestras miradas se cruzaron un segundo. Las dos sonreímos, cómplices, y volvimos cada una a lo nuestro.
***
Cuando ya no aguantaba más, tiré de Dorian hacia mí. Me preguntó en un murmullo si estaba segura, y me gustó que lo preguntara. Asentí, lo busqué con la mano y le agarré la polla, poniéndomela en la entrada del coño. Entró despacio, mirándome a los ojos, atento a cada gesto de mi cara, y yo solté un gemido largo al notar cómo me abría por dentro centímetro a centímetro. La tenía gruesa, y llevaba tanto rato al borde que en cuanto empezó a moverse de verdad ya estaba a punto de correrme.
—Más fuerte —le pedí con la voz rota—. Fóllame más fuerte.
Y me obedeció. Me clavó las manos en las caderas y empezó a embestirme hasta el fondo, secamente, arrancándome un jadeo a cada golpe. La cama chocaba contra la pared, los muelles se quejaban, y a mi lado Noa gemía cada vez más alto, sin ningún pudor. Lo que vino después se me mezcla en la memoria como una sola ola larga. El peso de su cuerpo, el calor del cuarto, el ruido húmedo de las pollas metiéndose en dos coños a la vez, la voz de Noa al otro lado de la cama subiendo y bajando con la mía sin que nos pusiéramos de acuerdo. Había algo en escucharnos a las dos a la vez, en saber que mi amiga sentía lo mismo que yo en el mismo instante, que multiplicaba cada sensación.
Dorian me cambió de postura sin previo aviso, me colocó de rodillas y me sujetó por las caderas. Se escupió en la mano, se untó la polla y me la volvió a meter de golpe por detrás, hasta el fondo, y yo grité contra la almohada. Desde ahí podía ver a Noa de frente, tumbada boca arriba con Théo entre sus piernas, follándosela con el pulgar en la boca de ella, los dos sudando, los dos al límite. Estiré la mano y ella la apretó, y así, agarradas como dos crías asustadas en mitad del placer más intenso de nuestras vidas, nos dejamos llevar.
—Voy a correrme —oí a Noa jadear—. Joder, Théo, me estoy corriendo, no pares, no pares.
—Yo también —contesté yo entre embestidas—. Yo también, Dorian, más, más.
Me corrí con una fuerza que me dejó temblando, apretándole la polla por dentro con espasmos que no podía controlar, y oí a Noa hacerlo casi a la vez, su mano clavándome las uñas en la palma, su cuerpo arqueándose sobre el colchón. Dorian aguantó un poco más, hasta que ya no pudo, y con un gruñido ronco se corrió dentro de mí, empujando hasta el fondo, y noté cómo se derramaba en oleadas mientras se derrumbaba sobre mi espalda con la respiración entrecortada y los labios pegados a mi nuca. A mi lado, Théo salió a tiempo y se corrió sobre el vientre de Noa, largos chorros blancos que le mancharon las tetas y le llegaron hasta el cuello, y ella se relamió los labios sin apartar la vista de mí.
***
Nos quedamos los cuatro tumbados, enredados, empapados en sudor y en semen, sin saber muy bien qué decir y sin necesidad de decir nada. Théo abrió la botella de vino que habíamos olvidado y la fuimos pasando de mano en mano, riéndonos por lo bajo de lo absurdo y lo perfecto de la situación.
—¿Esto lo hacéis siempre? —preguntó Noa, medio en broma, todavía con el semen secándosele en la piel.
—Jamás —dijo Théo—. Os lo juro. Esto no nos había pasado nunca.
—A nosotras tampoco —contesté, y por su forma de mirarnos supe que nos creían tan poco como nosotras a ellos, y que daba igual.
Volvimos a nuestra habitación de madrugada, descalzas por el pasillo, con los zapatos en la mano, el vestido mal abrochado y los muslos todavía pegajosos. Nos metimos en la misma cama, como cuando teníamos veinte años, y nos quedamos mirando el techo.
—No me arrepiento —dijo Noa en la oscuridad.
—Yo tampoco —respondí—. Y eso es lo que más me sorprende.
***
A la mañana siguiente nos despertamos doloridas, con esa pereza feliz del cuerpo que ha sido bien follado. Desayunamos en la terraza fingiendo una normalidad que no engañaba a ninguna, y cuando Dorian y Théo aparecieron, los cuatro nos saludamos con una sonrisa que lo decía todo y no comprometía a nada.
Pasamos el último día juntos, ya sin la urgencia de la noche anterior, paseando por la playa y dejándonos llevar por la simple compañía. No volvió a haber nada físico entre nosotros; no hizo falta. Lo que tenía que pasar ya había pasado, y ninguno quería estropearlo pidiéndole más de la cuenta.
El día de la marcha nos despedimos en la puerta del hotel. Nos abrazamos, nos dimos un beso en la mejilla y nos prometimos volver a vernos, sabiendo perfectamente que probablemente no lo haríamos. Algunas cosas son hermosas precisamente porque no se repiten.
En el coche, de vuelta a casa, Noa condujo un buen rato en silencio. Luego me miró de reojo y me preguntó si alguna vez le contaría esto a alguien.
—No lo sé —dije—. Puede que algún día. Cuando ya no me sonroje.
Han pasado los años suficientes. Ya no me sonrojo. Pero sí sonrío, cada vez que pienso en aquellas dos amigas que una vez se atrevieron a no pensar demasiado, en un hotel frente al mar, con la brisa entrando por el balcón, dos pollas duras esperándolas y toda la noche por delante.





