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Relatos Ardientes

Lo que hice para que mi mujer volviera a mirarme

Voy a contar esto tal como pasó, sin adornarlo, porque llevo meses dándole vueltas y necesito sacarlo de adentro. Cuando me casé con Carmen, pensé que el deseo se construía con paciencia y cariño. Tardé años en entender que ella jugaba otro juego, uno en el que yo siempre llegaba tarde.

Teníamos un hijo pequeño, una hipoteca y una rutina que parecía sólida. Carmen empujaba el cochecito por el parque cada tarde con esa sonrisa de madre tranquila que engañaba a todo el barrio. A mí también me engañó durante mucho tiempo.

Por las noches, cuando creía que yo dormía, la sentía moverse despacio bajo las sábanas, conteniendo la respiración, buscando algo que yo no le daba. La oía separar los muslos con cuidado, la mano hundida entre las piernas, dos dedos entrando y saliendo de su coño mojado con un ruido húmedo que fingía no escuchar. A veces se le escapaba un gemido ahogado contra la almohada, y yo apretaba los dientes sabiendo que se corría a un palmo de mí sin necesitarme para nada. Nunca le pregunté. Tenía miedo de la respuesta.

—¿Estás bien? —le dije una de esas noches.

—Cansada —contestó, dándome la espalda.

Cansada de mí, pensé, y me quedé mirando el techo hasta el amanecer.

***

El día que todo cambió, salí del trabajo antes de tiempo. Una reunión se canceló y decidí volver a casa para almorzar con ella, como una sorpresa tonta de marido enamorado. Compré flores baratas en la esquina. Todavía recuerdo el celofán crujiendo entre mis dedos mientras subía las escaleras.

La puerta estaba sin cerrar con llave. Eso fue lo primero que me extrañó. Lo segundo fue la voz: una voz grave, masculina, que reía bajito en mi cocina. Me quedé congelado en el pasillo, con las flores en la mano y el corazón golpeándome las costillas.

Carmen estaba apoyada contra la encimera, despeinada, con la blusa abierta hasta el ombligo y las tetas fuera del sujetador, los pezones duros y brillantes de saliva. Frente a ella, un hombre al que reconocí del gimnasio del barrio, Damián, le sostenía la cintura con una mano mientras con la otra le apretaba una teta hasta hacerla gemir. Ella tenía la falda subida hasta la cadera y las bragas colgando de un tobillo. Le vi la polla afuera del pantalón, gruesa, roja, empapada de lo que fuera que acababan de hacer, y a Carmen relamerse los labios como si acabara de sacársela de la boca. No me vieron. Estaban demasiado ocupados en su propio mundo. Ella le agarró la verga con las dos manos y se la volvió a meter entre los labios delante de mí, sin saber que yo miraba, y le oí decir con la voz pastosa: «Córrete en mi cara, cabrón, dame todo».

No grité. No tiré la puerta abajo. Hice algo peor para mí mismo: di media vuelta, dejé las flores en el descansillo y me fui sin hacer ruido. Caminé durante horas por la ciudad, repitiéndome que tenía que tomar una decisión.

Esa noche, Carmen llegó tarde, me besó en la mejilla y me preguntó qué quería cenar. Le dije que ya había comido. La miré actuar su papel de esposa perfecta y entendí que llevaba años perdiendo una guerra que ni siquiera sabía que estaba peleando.

***

Podría haberla dejado. Lo lógico habría sido eso. Pero yo no quería irme: quería ganar. Quería que ella me deseara a mí con la misma desesperación con la que abría las piernas para otros. Sé que suena enfermizo. Lo era. Pero el orgullo herido tiene su propia lógica.

Empecé por mí. Me apunté al mismo gimnasio donde entrenaba Damián, no para vigilarlo, sino para mirarme de frente en el espejo y reconocer lo que se me había olvidado. Cambié la dieta. Dejé de pedir disculpas por existir. Dormía poco, leía mucho y aprendí cosas sobre el cuerpo y el deseo que nunca me había molestado en aprender cuando creía que el amor bastaba. Aprendí dónde tocar a una mujer para que se moje sin darse cuenta, cuánto aguantar antes de correrme, cómo follar despacio hasta que suplican, cómo follar duro hasta que gritan.

Durante meses fui otro hombre construyéndose en silencio. Carmen lo notó antes de entenderlo. Me sorprendía mirándome cuando salía de la ducha, la vista clavada en mi polla como si la viera por primera vez. Me preguntaba a dónde iba con esa ropa nueva. Por primera vez en años, sentí que algo en ella se inclinaba hacia mí en lugar de alejarse.

—Estás raro —me dijo una tarde, observándome con los ojos entrecerrados.

—Estoy despierto —respondí, y le sostuve la mirada hasta que fue ella quien la apartó.

***

La noche en que decidí reclamar lo que era mío, acosté a nuestro hijo y volví al dormitorio sin prisa. Carmen leía en la cama, fingiendo desinterés, pero la sábana se le había deslizado y la curva de su muslo desnudo me esperaba como una invitación.

—Tenemos que hablar —le dije.

—¿De qué? —preguntó, dejando el libro.

Me senté en el borde de la cama y le conté lo que había visto aquel mediodía. No grité ni la insulté. Le describí las flores, el celofán, su blusa abierta, la polla de Damián entrando y saliendo de su boca, sus tetas fuera, la risa de él. Vi cómo la sangre le abandonaba la cara.

—Rubén, yo... —empezó.

—No quiero excusas —la interrumpí—. Quiero que entiendas una cosa. No me voy a ir. Y tú no vas a volver a buscar afuera lo que vas a tener aquí.

La besé entonces, y fue un beso distinto a todos los anteriores. No pedía permiso. Le metí la lengua hasta el fondo y le mordí el labio hasta que soltó un quejido. Carmen se tensó un segundo, sorprendida, y después se derritió contra mí con un gemido bajo que reconocí porque era el mismo que le robaba la noche cuando creía que yo dormía. Ahora era para mí.

Le arranqué el camisón por encima de la cabeza y la tiré de espaldas sobre el colchón. Estaba desnuda debajo, con el coño ya brillante, los muslos abriéndose solos. Le apreté las tetas con las dos manos, le lamí los pezones uno por uno, se los mordí hasta que arqueó la espalda y me clavó las uñas en la nuca. Bajé despacio, besándole el vientre, la cadera, la cara interna de los muslos, mientras ella respiraba a golpes.

—Ábrete —le ordené.

Obedeció. Se abrió de piernas para mí como no se había abierto en años, y yo hundí la boca en su coño mojado. Le chupé los labios, le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, le clavé la punta en el clítoris hinchado y se lo lamí en círculos hasta que empezó a temblar. Le metí dos dedos y curvé las yemas contra ese punto que ella misma se tocaba a escondidas, y se lo froté despacio mientras seguía chupándole el clítoris. Carmen se retorcía, me apretaba la cabeza contra su sexo, jadeaba mi nombre como una plegaria.

—Rubén, por favor, por favor, no pares, cabrón, así, así...

Se corrió en mi boca con un grito ronco, las caderas subiéndose del colchón, el coño apretándome los dedos con espasmos que la dejaron sin aire. Y yo no había hecho más que empezar.

Me subí encima con la polla dura goteando, se la pasé por los labios del coño mojándomela en su corrida, y se la metí de un empujón hasta el fondo. Ella gimió tan fuerte que tuve que taparle la boca con la mano. Empecé a follármela despacio, largo, sacándola casi entera y volviendo a hundirla, mirándola a los ojos para que no pudiera esconderse. Le agarré una pierna, se la subí al hombro y la penetré más profundo, sintiendo cómo el coño le apretaba mi verga cada vez que se la clavaba.

—¿Quién más te ha follado así? —le susurré al oído, sin dejar de embestir.

—Nadie —jadeó—. Nadie, te lo juro, nadie, nadie...

—Dilo otra vez.

—Nadie me folla como tú, mi amor, nadie, sigue, no pares...

La puse a cuatro patas, le agarré las caderas y la embestí desde atrás. Le miré el culo redondo golpeando contra mis muslos, el coño tragándose mi polla entera, brillante de sus jugos. Le clavé una nalgada y ella gimió pidiendo otra. Le tiré del pelo, echándole la cabeza hacia atrás, y le folle así, duro, hasta que la sentí venirse otra vez alrededor de mi verga, gritando contra la almohada.

Aguanté hasta que no pude más. La volví boca arriba, le agarré las dos piernas contra su pecho y la penetré con las últimas embestidas, hondas, brutales, hasta descargarme entero dentro de ella. Sentí mi corrida llenándola, escurriéndose entre nuestros cuerpos, y me quedé dentro hasta que la polla se me ablandó, marcándola como mía por primera vez en años.

Aquella noche la dejé temblando, vacía y satisfecha, con el semen resbalándole por los muslos y la boca abierta buscando aire, y por primera vez en años se durmió abrazada a mí en lugar de darme la espalda. Pensé que había ganado. Fui un ingenuo.

***

El deseo de Carmen era un pozo sin fondo, y yo había despertado algo que ya no sabía contener. Las semanas siguientes fueron las mejores de nuestro matrimonio y también el principio del caos. Ella me buscaba a todas horas, se me subía encima en el sofá, me la chupaba de rodillas en el baño mientras yo me afeitaba, me despertaba de madrugada montándome a horcajadas con el coño ya empapado. Pero también empezó a probar los límites, a contarme fantasías que antes se callaba, a observar cómo reaccionaba yo cuando mencionaba a otros.

—¿Te molestaría que alguien nos mirara mientras me follas? —preguntó una noche, con la voz ronca, cabalgándome despacio—. ¿Que me viera correrme encima de tu polla?

Debí decir que no. Pero el hombre nuevo que había construido sentía una curiosidad peligrosa por saber hasta dónde llegaba ella, hasta dónde llegaba yo. Le respondí clavándosela más adentro y ella se corrió al instante, gritando en mi cuello.

Damián seguía rondando. Me lo crucé en el gimnasio y, en lugar de evitarlo, sostuve su mirada con una sonrisa que lo desconcertó. Él sabía que yo sabía. La tensión entre nosotros era eléctrica, una rivalidad muda de dos hombres que se disputaban a la misma mujer sin nombrarla nunca.

—Tu esposa es una mujer interesante —me soltó un día, midiéndome.

—Sé cómo sabe su coño mejor que tú —respondí bajito, y me fui antes de hacer una estupidez.

***

Entonces apareció Lorena, la vecina del tercero, una mujer madura y filosa que llevaba años compitiendo con Carmen por todo: por el coche, por la ropa, por las miradas en las reuniones del edificio. Lorena olió la grieta antes que nadie. Empezó a saludarme en el ascensor con una insistencia nueva, a inventarse excusas para tocar mi brazo, a preguntarme con falsa inocencia si Carmen me trataba bien. Una tarde, sola conmigo entre dos plantas, me agarró la mano y se la puso sobre una teta por encima del vestido.

—¿Sientes eso? —susurró—. Se me ponen duros los pezones cada vez que te veo. Si fueras mío, me tendrías de rodillas mamándotela cada mañana antes de que salieras a trabajar. No te dejaría salir de casa.

No le seguí el juego, pero tampoco la frené del todo, y eso bastó para encender algo. Carmen, que tiene un radar para estas cosas, captó la tensión en una cena de vecinos y se puso una máscara de hielo. Esa noche, en casa, apenas entramos por la puerta se arrodilló en el recibidor, me abrió el pantalón y se me metió la polla en la boca hasta la garganta. Me la chupó con rabia, mirándome desde abajo, dejando que la saliva le chorreara por la barbilla hasta el escote. Me la sacaba entera, se la restregaba por los labios, se la tragaba otra vez arcadeando.

—¿Te la chupa mejor esa puta? —jadeó entre lametones—. ¿Eh? Dime que soy yo la que te la mama mejor.

La levanté del pelo, la arrastré al dormitorio y la tiré sobre la cama boca abajo. Le arranqué las bragas, le abrí las nalgas y le clavé la polla en el coño mojado de un solo golpe. Me la follé con furia, marcándola como territorio, susurrándole al oído que era mía y de nadie más mientras ella gritaba contra las sábanas que sí, que era mía, que la partiera en dos, que se la dejara dentro para siempre.

—¿Lo ves? —me dijo después, con la cabeza sobre mi pecho y el semen todavía escurriéndole entre los muslos—. Ahora entiendes lo que se siente.

Y ahí estaba la verdad que yo me había negado a ver: ella había necesitado verme deseado por otra para volver a desearme del todo. Los celos eran el combustible que faltaba en nuestra cama.

***

Lo que vino después aún no sé cómo nombrarlo. Una tarde, Carmen me sentó en el sofá con una calma extraña y me tomó las manos.

—Tengo que decirte algo —empezó—. Estoy embarazada.

El mundo se me detuvo un instante. Conté los días, las semanas, las noches recuperadas. La miré buscando una certeza que sus ojos no me daban del todo.

—¿Es...? —no pude terminar la pregunta.

—Es tuyo —dijo, demasiado rápido—. Quiero que sea tuyo.

«Quiero que sea tuyo» no es lo mismo que «es tuyo». Esa frase se me clavó y todavía la llevo dentro. Damián desapareció del gimnasio poco después. Lorena dejó de buscarme en el ascensor, como si hubiera perdido el interés de golpe. Carmen se volvió cariñosa, atenta, una esposa de manual otra vez, y yo aprendí a no hacer ciertas preguntas.

***

Hoy duermo abrazado a mi mujer casi todas las noches. La deseo más que nunca y ella me desea a mí, o eso me digo cuando apago la luz y le meto la mano entre los muslos y la encuentro ya mojada. Construí un hombre nuevo para reconquistarla y lo conseguí, pero gané a una mujer que solo arde cuando siente que puede perderme.

A veces, en mitad de la noche, la oigo respirar despacio a mi lado y me pregunto si la guerra terminó o si solo estamos en una tregua. No sé quién ganó realmente. Solo sé que ninguno de los dos está dispuesto a soltar, y que el deseo, cuando nace del miedo a perder, no se apaga jamás. Por eso lo confieso aquí, donde nadie nos conoce: para entender, por fin, qué fue lo que hicimos el uno con el otro.

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Comentarios(6)

Maxi_Cba

tremendo!!! me dejo con el corazon en la mano

Dario_Rosario

Por favor una segunda parte, quede colgado justo en lo mejor

RosaLectora_22

Se siente tan real que da escalofrio leerlo. Muy bien narrado, en serio

CarlosRioB

increible como lo contaste, sin rodeos y sin exagerar. Sigue escribiendo

Sole_pampa

Me recordo a algo que vivi hace unos años... esa sensacion de llegar y ya saber antes de que alguien diga nada. Bien escrito, bien contado

PatricioM73

y entonces que hiciste??? me estas matando con el suspenso jaja. Mas por favor

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