El precio de tres pasajes a América
En la primavera de 1889, cientos de campesinos de los valles cárpatos cargaron lo poco que tenían y partieron hacia el oeste, hartos del hambre, los impuestos y los señores que jamás los recibían. Pocos volvieron a ver sus aldeas. Una mañana de mayo, la familia Albu cerró por última vez la puerta de su casa de Crăciunel y enfiló hacia la estación, para nunca regresar.
***
—Mira, Stela —le dijo Irina a su muñeca de trapo.
Habían dejado atrás las montañas y cruzaban ahora una llanura interminable, con el sol naciendo a sus espaldas. La niña se acomodó contra el costado de su madre y le acarició a la muñeca la melena negra y deshilachada mientras ambas miraban por la ventanilla el paisaje desconocido que pasaba a toda velocidad.
Adela, su madre, llevaba una blusa de lino blanco con flores bordadas en el cuello y los puños, una falda larga azul oscuro y un pequeño delantal anudado a la cintura. Acercó la cara de la muñeca al cristal para que Irina jugara y, así, pudo observar con calma el vagón de tercera clase.
No era gran cosa. Una masa de gente sentada o de pie, murmurando, tosiendo, suspirando. Su padre, un hombre curtido por años de trabajo a la intemperie, dormitaba en el banco de al lado y roncaba a través de un bigote espeso. Otros viajeros se apretaban en el pasillo, balanceándose todos a una en las curvas, con ropas que apestaban a establo y a cebolla frita. Por encima de todo, el traqueteo incesante de las ruedas sobre los raíles. El aire del vagón era sofocante, pero Adela no dejó que la niña abriera la ventanilla: tan cerca de la locomotora, el viento solo habría metido humo y ceniza.
Cambiaron de tren en la gran estación de Budapest. Cuando entraron en el atrio, Irina se quedó boquiabierta mirando el techo altísimo y el enorme ventanal arqueado de la pared. Nunca había visto un edificio tan grande, tan exacto, con más rectángulos y semicírculos de los que habría sabido contar.
Tuvieron suerte y consiguieron asiento para la siguiente etapa. Irina viajó en el regazo de su madre mientras su abuelo, Tudor, permaneció seis horas de pie. Su tía Marta intentó cederle el sitio a mitad de camino, pero el viejo ni quiso oír hablar del asunto.
—Mientras pueda tenerse en pie, un hombre carga lo que le toca —gruñó, sacudiendo la cabeza—. Para eso no necesito a las mujeres.
Cuando el tren entró por fin en el puerto, la familia Albu se abrió paso hasta el final del vagón y bajó al andén en fila: Tudor de la mano de Marta, la menor de sus hijas; Marta de la de su sobrina Irina; y la niña, a su vez, de la de Adela. Cargando la única maleta, el viejo las guió hasta la salida, fuera de la estación atestada y a una calle no menos ruidosa.
—Buscaremos una habitación lejos del muelle —decidió—. Será más barata.
Caminaron hacia el sur con esfuerzo, mientras el sol se hundía en el mar a su derecha y teñía el cielo de rojo. Llevaban casi dos días de viaje: primero en carreta hasta la primera ciudad con estación, luego en tren toda la noche y casi una jornada entera más para alcanzar por fin el puerto sobre el Adriático. Estaban exhaustos.
En una bocacalle, Adela vio un cartel con forma de cama colgado de una barra de hierro. Habitaciones. Suspiró aliviada. Tudor les sonrió a ella y a la niña y las condujo hacia allí.
***
A la mañana siguiente bajaron temprano a los muelles. Irina, que nunca había salido de los montes, estaba fascinada con el puerto: barcos pesqueros desvencijados que volvían de faenar, inmensos vapores cargados de mercancías entre golpes y gritos, los estibadores maldiciendo, las gaviotas zambulléndose a la caza de despojos. El olor vivo del mar se enredaba con el hedor a podredumbre que subía de debajo de los pantalanes.
La oficina de billetes estaba repleta: madres con bebés llorosos, padres empujándose en la fila, empleados agobiados detrás de un largo mostrador consultando libros de cuentas y, sin duda, algún carterista ejerciendo su oficio. Una cacofonía de lenguas llenaba la sala y el ambiente ya era irrespirable. Mientras Tudor se ponía a la cola, Adela buscó un rincón donde sentarse, con una gota de sudor bajándole por la espalda.
El viejo volvió un rato después, con las axilas húmedas y la cara torcida de rabia. El barco que querían tomar zarpaba ese mismo día, pero ya no quedaban plazas. Tampoco para el de dos días después. Con suerte, para la semana siguiente. Quién sabe.
Al oírlo, Adela se puso en pie y tendió la mano para que su padre le pasara el dinero.
—Un hombre hace lo que puede —dijo, repitiendo y torciendo su frase de siempre—. Pero a veces hace falta otra cosa.
Tudor reflexionó unos segundos y, resignado, le entregó el fajo a su hija mayor.
La joven se revisó en un espejito antes de cruzar la sala hasta el extremo del mostrador, donde un empleado actualizaba una pizarra con los nombres de los barcos, los destinos y las horas de salida. El hombre negó con la cabeza a modo de disculpa y empezó a señalarle el final de la cola, pero, al insistir ella, levantó la vista.
Los ojos de Adela, de un azul desconcertante en mitad de un rostro muy moreno, surtieron el efecto de siempre. La mirada del joven, eso sí, no tardó en bajar. Adela vestía a la manera tradicional, con la blusa color hueso remetida bajo la falda oscura, cerrada arriba con una hilera de botones que ella, como por casualidad, había empezado a desabrochar al acercarse, fingiendo buscar algo de aire en aquel calor.
Se inclinó sobre el mostrador y apretó los brazos contra los costados, de modo que la sombra entre sus pechos se hizo más honda. Desplegó el fajo de billetes para que el empleado viera que tenía con qué pagar y, despacio, se abanicó el escote brillante de sudor mientras arqueaba una ceja. El joven, moreno y de unos veinticinco años, abrió mucho los ojos antes de recomponerse a toda prisa.
—Un momento, per favore —dijo en italiano, y se apresuró hacia una puerta a la que llamó antes de asomar la cabeza un instante.
Cuando volvía hacia ella, Adela puso los ojos en blanco y fingió desmayarse, dejándose caer al suelo. Sin soltar el dinero, eso sí, que siguió apretado en el puño.
El empleado abrió de un tirón la portezuela del mostrador y se agachó a su lado, alarmado. Los párpados de Adela se entreabrieron y ella parpadeó con falsa confusión. El muchacho, con la espalda hacia la sala para que nadie le viera la cara, le dedicó una sonrisa furtiva y cómplice. Le dio unas palmaditas en la mejilla, le ofreció la mano y la ayudó a incorporarse.
—Ufficio —dijo con suavidad, señalando la puerta del fondo.
***
La acompañó hasta el despacho, atestado de libros de cuentas y papeles sobre cada superficie libre. Un hombre mayor de gran bigote, un supervisor de algún tipo, se levantó de detrás de un escritorio enorme y la miró de arriba abajo mientras su subordinado cerraba la puerta. Al oír el chasquido del cerrojo, Adela sonrió para sus adentros: su treta había funcionado.
Hombres, pensó con cierto desprecio. Mostró entonces el dinero, noventa florines en total.
—Tres —declaró con firmeza, levantando tres dedos—. Nueva York.
—¿Tre? ¿Sicura? —el supervisor entornó los ojos, escéptico—. Vedremo, vedremo… Ya veremos.
Asintió, midiendo con la mirada las formas de aquella mujer de belleza áspera, y se guardó el dinero en el bolsillo sin contarlo, seguro de que el trato le saldría a cuenta fuera cual fuera la cifra. Y, dispuesto a empezar a cobrárselo, comenzó a desabotonarse la bragueta.
Adela se aclaró la garganta y le clavó una mirada de reproche, para dejar claro que ella no era ninguna cualquiera y que aquella prisa le parecía una grosería. El tipo, lejos de inmutarse, se metió la mano en los calzones y se sacó la polla, ya medio dura, dejándola caer pesadamente sobre el faldón de la camisa. Le devolvió una mueca maliciosa mientras se la sacudía a lo largo con el puño, hasta ponerla completamente tiesa, e hizo una seña al joven para que preparara los billetes.
Turbada, Adela apartó la vista y fingió interesarse por un cuadro descolorido de la pared. Era apenas la segunda polla que veía en su vida. En su ignorancia, siempre había supuesto que todos los hombres llevaban algo parecido entre las piernas, y de pronto comprendió hasta qué punto se había equivocado. Aquello era enorme. Era la situación más humillante que había vivido desde el parto, y aun así no pudo evitar una ojeada rápida y furtiva a la verga amenazadora. Rígida. Gruesa. Vertical. Con la punta hinchada, morada, brillante de una gota que empezaba a asomar en el agujerito. Le colgaban debajo dos huevos pesados, oscuros, cubiertos de vello negro y rizado, y Adela sintió un vahído distinto del anterior al imaginarse aquello dentro del cuerpo.
Cuando el muchacho le tendió los pasajes, Adela cayó en la cuenta de que no tenía forma de comprobar si eran auténticos. Aun así, hizo como que los revisaba, los guardó con satisfacción en el corpiño y asintió en señal de conformidad. Después se recostó contra el borde del escritorio y, despacio, empezó a levantarse la falda y la enagua hasta la cintura, mientras el supervisor, apoyado cómodamente en la mesa, no perdía detalle.
El hombre se mantuvo quieto, como si esperara algo de ella. Adela no entendía aquella pasividad, por qué no se le echaba encima sin más, como solía hacer el padre de su hija. Hasta que, cansado de aguardar, el supervisor se escupió en la palma y se frotó la saliva por toda la verga, arriba y abajo, sin prisa, mirándola a los ojos mientras el glande brillaba cada vez más lustroso.
Pero Adela era de armas tomar, una madre que no pensaba acobardarse ante una bravata. Alzó una ceja como si nada de aquello la impresionara, se subió la falda del todo y permitió que el hombre contemplara el triángulo de rizos negros de su coño, ya bien empapado a pesar de su desdén. Él se relamió al ver la humedad que le brillaba entre los muslos y se inclinó sobre ella para besarla en la boca, sorprendiéndola para mal por su brusquedad y para bien por un inesperado sabor a café amargo. La lengua del supervisor entró sin permiso, gorda y ávida, y le recorrió el paladar mientras una manaza áspera le atrapaba una teta por encima del corpiño y la apretaba hasta hacerle escapar un pequeño quejido dentro del beso.
No se entretuvo mucho más en preámbulos. Le desabrochó de un tirón dos botones más del escote, le sacó un pecho fuera y le mordisqueó el pezón hasta ponérselo duro como un guijarro, tirando de él con los dientes hasta que Adela se arqueó contra el escritorio. Después se agachó y le hundió la cara entre los muslos, abriéndoselos sin ceremonia con las palmas. La aspereza de aquella lengua, contra todo pronóstico, le gustó. La encendió, la dejó todavía más mojada, despertó en su vientre una urgencia que no sabía nombrar. El supervisor le lamía la raja de arriba abajo, con lengüetazos largos y planos, se detenía en el capuchón para chupárselo entre los labios y volvía a hundirse hasta metérsele la lengua entera dentro, penetrándola con ella como si fuera una polla pequeña. Adela cerró los ojos y separó más las rodillas por sí sola, avergonzada de su propia obscenidad.
Lo malo fue que se detuvo justo cuando ella presentía que iba a ocurrir algo, algo intenso y por completo desconocido. Cumplida su parte, el supervisor se incorporó, la volteó de bruces sobre la mesa y le arremangó las faldas por encima del culo. Le dio dos palmadas en las nalgas para verlas temblar y, sin previo aviso, le encajó la punta de la verga en la entrada del coño, empujando de un solo golpe hasta el fondo. Adela soltó un grito ahogado y se le nublaron los ojos, con las mejillas apretadas contra la madera del escritorio y la boca abierta en un jadeo mudo.
No comprendía qué le pasaba al cuerpo, cómo era posible tanto placer, esa sensación de plenitud mientras el hombre entraba y salía con un ritmo seco, dándole justo lo que, sin saberlo, había estado buscando. Le sentía la polla golpearle contra algo profundo con cada embestida, y los huevos chocaban contra sus muslos húmedos con un chapoteo que a ella le puso las orejas coloradas. Entonces oyó ruido a su lado: el joven empleado despejaba el escritorio y apilaba los libros de cuentas en el suelo, con la polla ya fuera de la bragueta, más fina que la de su jefe pero larga y erguida, dando pequeños tirones cada vez que Adela gemía.
Cuando hubo hecho sitio, el muchacho se colocó frente a su cara y, siguiendo una seña de su jefe, empezó a amasarle los pechos por encima de la blusa. Lo hizo con tacto, rozándole los pezones hasta endurecerlos, hasta desabrocharle también el otro lado del corpiño para tener las dos tetas fuera, redondas y blancas, sacudiéndose al ritmo con que el supervisor la follaba por detrás. El chico le pellizcaba los pezones entre los nudillos, se los pellizcaba y se los estiraba, una caricia que contrastaba con la fuerza con que el otro la sacudía por detrás, clavándole las caderas contra el borde de la mesa.
Adela se avergonzaba de sus propios gemidos. Hasta esa mañana, su experiencia se había reducido a algo torpe y rápido, no muy distinto de lo que había visto hacer a los animales del corral. Resultaba que los hombres de ciudad sabían follar de otra manera, y decidió que no le importaba lo que el joven hiciera con sus tetas, siempre que no intentara robarle los billetes. El supervisor le sujetaba las caderas con las dos manos y tiraba de ella hacia atrás con cada embestida, empalándola en su verga con golpes cada vez más hondos, hasta que ella misma empezó a mover el culo a su encuentro, buscando la profundidad, la fricción, el punto exacto que le hacía perder la cabeza.
—Así, puttana, así se mueve una hembra —jadeó el supervisor a su espalda, dándole otra palmada seca en una nalga—. Menéalo bien, que quiero verlo bailar.
Adela ni entendió del todo las palabras ni le importó. Volvió enseguida aquella necesidad imperiosa. Cerró los ojos para entregarse al vaivén, y lamentó casi de inmediato que el muchacho retirara las manos de sus pechos. Al abrirlos, se encontró a un palmo de la cara con otra verga firme y orgullosa, con la punta descapullada, un poco torcida hacia la izquierda y brillante de un hilillo transparente que le colgaba y le rozó la mejilla. Fue el supervisor quien, sin dejar de embestir, deslizó una mano entre sus muslos y empezó a frotarle directamente el capuchón con la yema del pulgar, en círculos apretados, con una habilidad que ella no habría creído posible en dedos tan gruesos.
El placer llegó como una ola que rompía por dentro. Un espasmo la tomó por completo desprevenida, le arrancó un gemido largo que se le quebró en la garganta y le hizo cerrar el coño en torno a la polla del supervisor con tanta fuerza que él soltó una carcajada ronca. Se corrió a chorros por dentro, no como fluido sino como sacudidas eléctricas que le atravesaban la cintura y le bajaban por los muslos, empapándolos aún más. Jamás había sentido algo así, un placer tan grande que parecía a punto de partirla en dos. Debía de ser eso de lo que algunas mujeres se reían a media voz en el lavadero del pueblo. El hombre la observó resoplar y convulsionar, sin dejar de moverle el pulgar sobre el capuchón, ignorando sus torpes intentos de apartarlo. Incapaz de dejar de temblar, Adela se oyó a sí misma jadear y gemir palabras sin sentido durante lo que le pareció una eternidad, con el coño chorreando alrededor de la verga que seguía dentro de ella, hasta que él le concedió por fin unos segundos de tregua, dejándola quieta pero sin salírsele del todo. Un respiro que el joven aprovechó para apoyarle la punta de la polla contra la barbilla, dejándole allí una marca húmeda de líquido preseminal.
Adela estaba segura de que ninguna mujer de su aldea se habría acostado nunca con dos hombres a la vez, y la idea la hizo sentirse, a su pesar, afortunada y curiosa por lo que vendría después. Miró al muchacho por encima de aquella verga que descansaba sobre su nariz. Percibió el olor a hombre, denso, mezcla de sudor y de algo más salado, y notó cómo se le contraía el coño de nuevo, como si el cuerpo pidiera más sin consultárselo. Él ladeó la cabeza y, como quien va a dar un beso, frotó la punta contra sus labios; ella frunció la boca y depositó un beso tímido. La polla dio un respingo y a Adela se le escapó una risa floja. Sacó apenas la punta de la lengua y probó el sabor: salado, un poco amargo, no tan desagradable como había temido. Para no temer a lo grande, hay que mirarlo de frente, se dijo con una determinación que no se conocía.
Una sonora palmada en las nalgas la colmó de un frenesí que la hizo sentirse mujer y chiquilla a la vez. Se sorprendió deseando otro azote: lo estaba disfrutando sin disimulo. El supervisor le complació con dos más, uno en cada nalga, hasta dejárselas encendidas y calientes, y volvió a empujar la verga hasta el fondo del coño para recordarle quién marcaba el paso. Pero entonces el joven la sujetó de la nuca e intentó meterle la polla entre los labios y, ante su reticencia instintiva, recurrió al mismo truco con que su madre la obligaba de niña a comerse la verdura: le pellizcó la nariz.
Adela apretó los labios, gruñó, trató de zafarse. Aquello era demasiado; nunca se lo había hecho ni siquiera al padre de su hija. Pero unos segundos después la falta de aire la traicionó, abrió la boca para respirar y el muchacho aprovechó para meterle la verga hasta la mitad de una embestida. La joven madre conoció así la novedad de tener a un hombre dentro de la boca: el peso caliente en la lengua, el sabor salobre en el paladar, el vello áspero de la base rozándole la nariz cuando él empujó un poco más. No le gustaron las maneras, aunque, en el fondo, siempre había sentido curiosidad. En el pueblo había oído a las casadas decir que aquella era la forma más rápida de conseguir que sus maridos las dejaran dormir, y ella había guardado bien sus consejos. Con la lengua fue tanteando la polla dentro de la boca, subiendo por la parte de abajo, dando vueltas alrededor del reborde de la punta, imitando lo que aquel mismo hombre le había hecho antes a los pezones.
El supervisor observaba al margen, muy ufano, sin dejar de embestirla por detrás con un ritmo lento y profundo que le hacía tragar con dificultad. Pronto sacó él también la polla del coño empapado y rodeó la mesa para ofrecérsela por delante, chorreando de los jugos de ella. Agradecida por el placer que aquel le había dado, Adela venció el reparo y la aceptó con entusiasmo, notando el sabor almizclado de su propio coño mezclado con el del hombre. Lo premió mirándolo a los ojos tal como había oído recomendar a sus paisanas, y se sorprendió a sí misma sacando la lengua para lamerle los huevos cuando él le apoyó la punta de la polla en la frente. Atravesada sobre la mesa, alternaba de uno a otro, la boca ahora en el supervisor, ahora en el muchacho, dejándose empujar cabeza abajo hasta atragantarse un poco, hasta que un hilillo de saliva le colgaba de la barbilla y le manchaba la blusa. No podía evitar volcarse más en el hombre que la había hecho gozar, chupándole a él la polla más honda, más despacio, con las mejillas hundidas.
El supervisor, irónico, le indicó que se centrara en el muchacho, que prefería marcar él el ritmo. Volvió a colocarse detrás y volvió a hundirle la verga en el coño de una sola estocada, arrancándole un gemido que quedó ahogado en la polla del chico. El joven se inclinó de nuevo, le metió una mano bajo la blusa y le pellizcó un pezón mientras ella lo atendía, moviendo despacio las caderas contra su boca. Adela se dejó follar por los dos extremos a la vez, meneada como una muñeca de trapo entre las dos vergas, y descubrió con asombro que aquello, en lugar de humillarla del todo, le encendía un nuevo latido entre las piernas. Hasta que, sin previo aviso, el muchacho empujó las caderas y se hundió del todo; los ojos de Adela se abrieron de par en par y sintió la punta de la polla golpearle contra el fondo de la garganta. La necesidad de tragar lo borró todo. A chorros descubrió cómo terminaban los hombres, chorros gruesos y calientes que le salpicaban el paladar y le bajaban por la lengua, y a chorros tuvo que aceptarlo, tragando en oleadas para no ahogarse, mientras la recorrían las últimas sacudidas de su propio placer. Cuando él por fin sacó la polla, todavía escupiendo las últimas gotas, le quedó a Adela un hilo blanco colgado de la comisura de la boca que se limpió con el dorso de la mano.
—Dos pasajes, bellissima —le susurró el supervisor al oído, todavía con ella atragantada.
Adela asintió, descompuesta y sin aliento, demasiado agotada para moverse. Y cuando un dedo del hombre, mojado en escupitajo y en los propios jugos del coño, se le deslizó hasta el último de sus orificios y presionó con firmeza, solo le quedaron fuerzas para un sollozo. El dedo entró hasta el nudillo y se movió en círculos, abriéndole el culo poco a poco, mientras ella apretaba los puños contra la mesa y trataba de aflojar por dentro. El otro le tapó la boca con la polla, todavía blanda pero volviendo enseguida a ponerse dura sobre la lengua, mientras el supervisor añadía un segundo dedo y luego un tercero, escupiendo sobre el ojete cada tanto para deslizarse mejor. Cuando le pareció que estaba a punto, sacó los dedos, se apoyó la verga contra aquel agujero fruncido y empujó despacio, con paciencia, ganando terreno milímetro a milímetro hasta que el glande cedió y entró de golpe, arrancándole a Adela un gemido largo, ahogado por la polla del muchacho que le llenaba la boca.
La poseyó sin prisa, agarrándola de las caderas, dándole tiempo a acostumbrarse hasta que empezó a moverse dentro con embestidas cortas, cada vez más hondas. Adela nunca había imaginado que un hombre pudiera meterla por ahí; el ardor del principio se fue convirtiendo en una plenitud extraña, distinta de todo lo anterior, un peso caliente que le apretaba también el coño desde el otro lado del tabique. Contra todo pronóstico, ella volvió a estremecerse cuando el joven le llevó la mano al capuchón y se lo frotó él mismo mientras la follaba por la boca. El culo apretado sobre la verga del supervisor le arrancó a este un rugido, empezó a moverse más rápido, agarrándola de la cintura con las dos manos, hasta que se hundió del todo y se corrió dentro con tres o cuatro sacudidas violentas, llenándole el culo de una tibieza pegajosa que ella sintió resbalar por dentro. Cuando se vació por fin, mostró por primera vez algo de debilidad: salió de ella tambaleándose, con la polla todavía goteando semen y flujo del culo abierto de Adela, buscó a tientas una silla, tropezó con la pila de libros de cuentas y cayó de espaldas, riendo de buena gana en el suelo con la verga colgándole por encima de la bragueta. Tres pasajes a América a cambio de tres caprichos. El trato estaba cerrado.
Temiendo que el joven quisiera también su turno por atrás, Adela se irguió y se bajó la falda a toda prisa, sintiendo cómo el semen le chorreaba por el interior del muslo por debajo de la tela. Pero el muchacho, ya vacío también, rodeó el escritorio para ayudar a su jefe. Ella aprovechó para abrocharse el escote, se metió las tetas dentro del corpiño, se aseguró de que los billetes seguían en su sitio y, de mala gana, aceptó el pañuelo que él le tendía para asearse la boca y limpiarse entre las piernas lo mejor que pudo.
—Grazie mille —dijo con desdén, alisándose las faldas, y enfiló hacia la puerta.
—Un momento, signora —graznó el supervisor.
«¿Y ahora qué?», suspiró ella, lanzándole una mirada asesina. El hombre estaba de pie ante el escritorio, contando otra vez los noventa florines.
—¿Cuatro? —preguntó, levantando el documento de solicitud de asilo.
—Tres adultos y una niña —puntualizó Adela con cautela.
El supervisor sonrió, amable de pronto. Sacó algunos billetes del fajo y se los devolvió.
—Setenta y cinco. La niña no paga.
Tras un segundo de duda, ella aceptó el dinero con un leve gesto de cabeza y se lo guardó en la blusa.
—Grazie mille —repitió, esta vez de verdad agradecida.
Abrió la puerta y salió del despacho con la cabeza muy alta, ignorando los cuchicheos de quienes, un minuto antes, la habían oído gozar.
***
El vapor hizo escala en Génova, Nápoles y Gibraltar antes de afrontar diez días de travesía contra el viento. Llegaron a Nueva York una mañana luminosa y desembarcaron por la tarde, en la marea de gente que se arrastraba hacia el centro de recepción de la isla. A Irina la cautivó la mujer gigante que sostenía una antorcha en alto, con la piel cobriza salpicada de verde pálido.
El trámite fue rápido. Una inspección médica somera: ni piojos, ni tos, ni ojos llorosos. Luego cotejaron los nombres con el registro del barco.
—¿Documentos? —preguntó el oficial. Y, ante la mirada en blanco, repitió—: ¿Passaporti?
—Claro, claro —Tudor le tendió los papeles.
—Tudor Albu —leyó el oficial despacio, y anotó «Theodore Albe» en su libro con una risita—. Le hago un favor, amigo. Veamos… Adela Albu. Ah, sí. Usted —dijo, alzando una ceja—. Recibimos hace unos días un telegrama desde el puerto, sobre usted. ¿Sería tan amable de acompañarme un momento?
—Será un placer —respondió ella, remangándose ya la blusa mientras echaba a andar.
—Bienvenida a Estados Unidos, señora Albe —la felicitó el funcionario, apoyándole la mano justo donde la espalda pierde el nombre—. ¿Sabe? Tengo un amigo que…





