Lo que descubrí con Vera aquella madrugada
Estaba tumbado boca arriba, con las piernas tan abiertas y flexionadas que las rodillas casi me rozaban la cara. Debajo del trasero había un cojín firme, forrado en una tela suave que ya se me pegaba a la piel. Todo mi cuerpo estaba empapado. El suyo también.
Con una mano me sujetaba el tobillo derecho. Con la otra se guiaba para volver a entrar. Yo jadeaba. Me ardía por dentro, todavía me dolía, y sin embargo lo único que quería era sentir otra vez esa presión abriéndome paso, ese placer raro y esquivo que se mezclaba con la molestia y me dejaba el cuerpo en tensión y la respiración rota.
Porque era una mujer la que estaba a punto de seguir, aunque lo que me penetraba no fuese lo que un desconocido habría imaginado. Vera respiraba entrecortada, se soplaba el flequillo para apartárselo de la frente, se mordía el labio y arqueaba la espalda buscando el ángulo exacto. Tomé aire.
—Ahora… —dijo.
Y al oír su voz la sentí entrar hasta el fondo, ensancharme, llegar a algún punto interno que reaccionó con una sacudida tan inesperada que algo se me descompuso en la cara. Lo notó. Me miró a los ojos con una sonrisa ladeada y susurró con la voz ronca:
—Ahora sí.
***
No era la primera vez que estábamos juntos. La había conocido un par de meses antes, en una fiesta de gente del barrio de Lavapiés a la que fui casi por compromiso. Vera llevaba un vestido negro sencillo, el pelo corto y una manera de mirar que parecía adivinar lo que uno callaba. Hablamos en la cocina hasta que el resto de los invitados se volvió ruido de fondo. Me dijo lo que era con una naturalidad que me desarmó, como quien comenta el clima, y me preguntó si eso me cambiaba algo. Le dije que no. No mentía del todo.
Lo cierto es que llevaba toda la noche siguiéndola con la mirada sin entender por qué. Había algo en ella, en la mezcla de seguridad y desafío con la que ocupaba la habitación, que me tenía atrapado antes incluso de cruzar una palabra. Cuando se fueron quedando solos los últimos, me apuntó su dirección en el dorso de la mano con un bolígrafo y me dijo que pasara cuando quisiera, sin prometer nada. Tardé tres días en atreverme.
Las primeras veces nos quedamos en lo conocido. Ella me chupaba, me bajaba hasta el final con una facilidad que me dejaba sin palabras, recibía lo mío en la boca y en el pecho, me ofrecía su cuerpo y yo respondía como había respondido siempre. Era cómodo. Era seguro. Yo todavía me decía a mí mismo que aquello no me obligaba a replantearme nada.
Pero había una curiosidad que arrastraba desde hacía años y que nunca me había atrevido a poner en palabras. Una idea que volvía en la oscuridad, cuando estaba solo, y que de día apartaba con vergüenza. Vera, sin proponérselo, la había dejado al alcance de la mano.
Cada vez que me iba de su casa me prometía que no volvería a pensar en aquello, que ya estaba bien así, que no necesitaba más. Y cada vez, a los pocos días, me descubría dándole vueltas en el metro, en la oficina, en la cola del supermercado, imaginando lo que sentiría si por una vez dejaba de controlarlo todo. Esa noche llegué decidido, aunque no lo dije al entrar.
Aquella noche fue distinta desde el principio.
Empezó como otras veces, ella inclinándose sobre mí con esa avidez tranquila, lamiéndome despacio, soplándome la piel para verme reaccionar. Pero esta vez, cuando tuve su sexo cerca, no aparté la cara. La toqué. Recorrí con los dedos lo que nunca había tocado en otra persona, con una mezcla de curiosidad y nervios que me delataba. Ella se quedó quieta, sorprendida.
—¿Seguro? —preguntó, y la pregunta no era un reto, era un permiso.
No contesté con palabras. Me incliné y la tomé en la boca por primera vez en mi vida. Lo hice torpe, sin técnica, compensando la falta de experiencia con unas ganas que llevaba demasiado tiempo guardando. Ella gimió y me miró con la boca entreabierta.
—Qué bien… ya lo has hecho antes —murmuró.
—No —admití, y me ardió la cara al decirlo—. Es la primera vez.
Algo en su expresión se ablandó. Me besó en la boca, con lengua, dándome a probar una mezcla de sabores que un mes antes me habría parecido impensable y que ahora me encendía. Luego me hizo un gesto para que me colocara sobre ella, al revés, y nos buscamos a la vez.
Atrapó mi sexo con los labios y lo absorbió sin esfuerzo mientras yo, debajo y encima de ella a la vez, volvía a probarla. Sus manos me apretaban las nalgas, me empujaban hacia abajo, me pedían sin hablar que no me detuviera. Sus jadeos amortiguados me llegaban como una corriente y me animaban a seguir, a no pensar, a dejar que la vergüenza se disolviera en el calor del cuarto.
Entonces sentí uno de sus dedos. Apenas un roce al principio, una insistencia suave que entraba y salía con paciencia. Me dolió un poco. Me excitó mucho más de lo que esperaba. Pronto fueron dos, y luego tres, y un furor extraño empezó a apoderarse de mí, a comerse el miedo a bocados.
—Si vas a meterme los dedos —dije, con una voz que no reconocí del todo—, ¿por qué no me metes otra cosa?
Se quedó callada un segundo.
—¿De verdad? —preguntó.
—De verdad.
***
Me puso a cuatro patas sobre la cama. La oí abrir el envoltorio de un preservativo, sentí algo denso y frío en la piel, y después su mano firme en mi cadera. La primera embestida fue de golpe, sin avisar, y solté un quejido que llenó la habitación. No se detuvo. Yo tampoco habría querido que lo hiciera.
Lo que vino después fue un vaivén constante, rítmico, casi cruel en su precisión. Dolía, claro que dolía, y al mismo tiempo había debajo del dolor una sensación nueva, una especie de cosquilleo profundo que me hacía pedirle que siguiera, que me diera más fuerte, que no parara. Me empujaba hacia atrás yo solo, buscando que no quedara nada fuera.
En un espejo apoyado contra la pared vi mi reflejo. Vi mi cara, mi cuerpo entregado, la postura en la que estaba, y en lugar de avergonzarme me puse aún más caliente. Era yo, pero era una versión de mí que nunca había dejado salir.
Ella aceleró y el dolor volvió a ganarle terreno al placer. Le pedí que cambiáramos. Sin decir nada me hizo girarme, me tumbó boca arriba, me deslizó el cojín bajo el trasero y me levantó las piernas. Volvió a entrar mirándome a los ojos con una expresión a la vez dura y magnética, mientras yo le pedía más con una desesperación que ya no me molestaba reconocer.
Las primeras embestidas fueron a ciegas. Se le escapaba, tenía que volver a guiarse, buscaba el ángulo. Hasta que de pronto lo encontró. El acoplamiento exacto, el punto preciso.
—Ahora sí… —repitió, y esta vez la frase tenía sentido.
Porque cuando dio con ese ángulo, todo cambió. El dolor desapareció de golpe, barrido por oleadas de un placer que crecía sin techo, que subía a niveles que jamás me había atrevido a imaginar. Me retorcía debajo de ella sin control, y ella lo veía, y se relamía, y embestía con una intensidad rabiosa que hacía golpear el cabecero contra la pared con un ritmo sordo y terco.
—Ahora sí —susurró por tercera vez, mientras yo perdía la noción de dónde terminaba mi cuerpo y empezaba el suyo.
Entonces me tomó con la mano izquierda y empezó a acariciarme al mismo tiempo que seguía empujando, sin tregua, sincronizando las dos cosas con una habilidad que me dejó indefenso.
Y llegó el estallido.
Vino de un rincón de mí que no sabía que existía. Como una corriente que me atravesara de abajo arriba, como una luz que me cegara por dentro. Me sacudí en espasmos que no podía contener, perdí el hilo del tiempo, solté un sonido ronco y primario que apenas reconocí como mío, y terminé con una fuerza que no había sentido nunca, salpicándola a ella, salpicándome el pecho, el cuello, las sábanas revueltas a nuestro lado.
Por unos segundos creí que me desmayaba. Entré en una especie de calma absoluta, una paz tan honda que no sabría describirla, de la que me sacaron el eco de mi propia voz y el ardor que, pasada la tormenta, volvía a recordarme dónde había estado ella.
Así que era esto.
Cuando abrí los ojos la encontré mirándome con una sonrisa torcida, la cara encendida, los hombros brillantes de sudor.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Te ha gustado?
Asentí. No me salía la voz. No me hacía falta. Por fin había entendido lo que llevaba años esquivando, lo que me decía a mí mismo que no era para mí, lo que había necesitado a Vera para atreverme a mirar de frente.
Ahora sí.





