Mi confesión: el evento secreto al que me atreví a ir
Hace tiempo que quería sacarme esto de adentro, y este parece el lugar indicado para hacerlo. Nunca se lo conté a nadie salvo a la persona que me empujó a vivirlo, así que tómenlo como lo que es: una confesión que todavía me acelera el pulso cuando la recuerdo.
Después de varios años de relaciones que nunca terminaban de llenarme y de una amistad muy particular con Vanesa, una compañera de trabajo con la que de vez en cuando terminaba en la cama, empecé a sentir esa picazón de querer probar algo distinto. No me malinterpreten, con Vanesa el sexo era buenísimo. Pero había una curiosidad creciendo dentro de mí que el día a día no alcanzaba a calmar.
Todo arrancó una noche cualquiera, buscando vídeos para desahogarme antes de dormir. Caí en uno de esos clips de una productora amateur que organizaba eventos reales. En la pantalla, una chica recibía las corridas de una fila interminable de hombres, casi todas en la boca y algunas en la cara. Lo que más me llamó la atención no fue la cantidad, sino la actitud de ella: tranquila, dueña de la situación, disfrutando cada segundo.
Me quedé enganchado. Esa misma semana busqué más material de la misma página y encontré otro vídeo todavía más intenso, donde los participantes se corrían sobre la protagonista mientras se turnaban para penetrarla. No era solo el morbo de la escena. Era la idea de estar ahí, de ser uno más entre todos esos cuerpos anónimos.
La fantasía dejó de ser un vídeo y se volvió una obsesión. Empecé a perder la concentración en el trabajo, a pensar en eso en los momentos más absurdos. Investigué un poco en la web de la productora y descubrí que cualquiera podía postularse para participar en los próximos eventos. Había un formulario. Lo abrí tres veces. Las tres veces lo cerré sin enviar nada. Lo único que hice fue guardar la página en marcadores, como quien se reserva una puerta por si algún día junta el valor de cruzarla.
***
El tema me carcomía. Una tarde quedé con Vanesa en mi departamento y, después de revolcarnos como dos adolescentes, nos quedamos tirados en el sofá recuperando el aliento. No sé de dónde saqué el coraje, pero se lo solté de golpe.
—Hay algo que me ronda la cabeza desde hace semanas —dije, mirando el techo—. Y no me lo saco de encima.
Ella se giró sobre un codo, con esa media sonrisa que ponía cuando algo le interesaba de verdad.
—¿Y por qué no te animás y vas? —respondió cuando terminé de contarle—. Estás soltero, no le mentís a nadie, no engañás a nadie. Encima sumás una experiencia que te va a quedar para siempre. Seguro que lo disfrutás muchísimo.
—El problema es que todo eso se graba y termina en internet —contesté—. Me da pánico que alguien me reconozca. Imaginate que lo ve alguien del trabajo.
—¿Y no podés ir con la cara tapada? Una máscara, un antifaz, algo. Si la gracia es que sos uno más entre la multitud, qué importa tu cara.
Tenía razón. Por supuesto que tenía razón.
—Es una buena idea —admití—. Me lo voy a pensar.
—Nada de pensarlo. —Vanesa ya se estaba levantando, desnuda, caminando hacia la mesa donde tenía la notebook—. Vení, lo mandamos ahora mismo. Si te dejo pensarlo, en una semana vas a seguir igual de cobarde.
Me tomó de la mano y me arrastró hasta la silla. Ella tipeó casi todo, yo apenas miraba la pantalla por encima de su hombro, con el corazón golpeándome el pecho. Cuando apretó el botón de enviar, se giró hacia mí con los ojos brillantes.
—Listo. Ahora a esperar la respuesta. Quiero que me cuentes cada paso. Y cuando termines, nos juntamos y me contás todo con lujo de detalles. Todo.
—Así lo haré —prometí.
***
Pasó una semana entera antes de que llegara el correo. Estaba por salir de la oficina cuando lo vi entrar en la bandeja. El asunto era escueto y profesional, casi como el de cualquier empresa. Llamé a Vanesa de inmediato y quedamos en mi casa una hora más tarde para abrirlo juntos.
El mensaje agradecía mi interés y confirmaba la fecha del próximo evento. Para participar había que pasar por un control médico tres días antes, que ellos pagaban a cambio de comprometerme a asistir a ese encuentro y al siguiente. Recomendaban no eyacular durante los tres o cuatro días previos para asegurar una buena descarga. Si aceptaba las condiciones, debía responder con una confirmación; entonces me enviarían el lugar y el horario exactos.
Terminé de leerlo en voz alta y me quedé en silencio. Vanesa me apretó la rodilla.
—Bueno, ya está. Solo tenés que confirmar, hacerte el chequeo y, sobre todo, disfrutarlo.
—Estoy nervioso —confesé—. Pero también estoy más excitado de lo que estuve en mucho tiempo.
—Eso es exactamente lo que tenés que sentir.
Mandamos la confirmación juntos y, como las dos veces anteriores, terminamos arrancándonos la ropa ahí mismo. Era la última vez que me permitía correrme, lo sabía, y eso le dio un sabor distinto a todo.
A los pocos días recibí la cita del control. Fui, me revisaron, y al día siguiente me confirmaron que estaba todo en orden, con la dirección exacta y la hora. Le avisé a Vanesa por mensaje, porque no me animaba a verla en persona: si la tenía cerca iba a ceder a las ganas, y necesitaba llegar al evento sin haberme tocado en días. Para cuando llegó la fecha, llevaba casi una semana de abstinencia. Sabía lo que eso significaba.
***
El día señalado salí de casa con un nudo en el estómago y un antifaz negro en el bolsillo. Antes de tocar el timbre del edificio, le escribí a Vanesa: «Ya estoy acá. Cuando termine te aviso y nos vemos en casa». Su respuesta llegó mientras subía las escaleras: «Disfrutalo. Y acordate de cada detalle».
Me abrió un tipo con cara de pocos amigos que me pidió el documento para verificar que yo era quien decía ser. Después me hizo pasar a una sala amplia, casi vacía de muebles, donde ya esperaban un montón de hombres. Conté rápido, por arriba: éramos cerca de cincuenta, todos con la misma mezcla de nerviosismo y excitación contenida. Algunos llevaban máscaras o antifaces como yo. Había también un puñado de chicas circulando entre nosotros.
A los pocos minutos entró el organizador. Se paró en el centro de la sala y habló con la naturalidad de quien ha hecho esto cien veces.
—Bien, vamos a empezar. Quítense la ropa con tranquilidad. Estas chicas van a ir pasando para ponerlos a tono. En un rato entra la protagonista y, cuando yo lo indique, se van corriendo en su boca o en su cara, según les vaya diciendo. Sin atropellarse. Hay tiempo para todos.
Nadie se hizo rogar. En cuestión de segundos todos estábamos desnudos, formando pequeños grupos alrededor de las chicas, que se arrodillaron y empezaron a recorrernos con la boca, una tras otro, sin prisa. La que se ocupó de mí tenía una destreza que me hizo apretar los dientes para no terminar antes de tiempo. Y justo cuando sentía que perdía el control, se abrió la puerta del fondo.
Entró la protagonista y la sala entera contuvo el aliento. Era impresionante: pelo oscuro, una sonrisa segura, un cuerpo que parecía hecho a propósito para ese papel. Se movía sin un gramo de vergüenza, saludando con la mano como si nos conociera de toda la vida. Se subió a una pequeña tarima en el fondo y las cámaras empezaron a rodar.
Primero se presentó, contó entre risas qué cosas le gustaban, qué la ponía. Después se arrodilló, alguien le acercó un recipiente, y el organizador llamó a los primeros, los que ya estaban a punto. Uno se acercó, colocó la punta a un par de centímetros de su boca abierta y se vació con un gemido ronco. Antes de que terminara, otros dos hicieron lo mismo. Ella recibía todo con los ojos entrecerrados, tranquila, casi disfrutando el espectáculo de provocar tanta urgencia.
Fue pasando uno tras otro. Cuando la boca se le llenó, el organizador le pidió que tragara. Le costó un segundo, pero lo hizo, y la sala estalló en un murmullo de aprobación. Después dieron la orden de pasar a la cara, y ahí me tocó a mí.
Me acerqué con las piernas temblando. Casi una semana de abstinencia se concentró en ese instante. La miré, ella me sostuvo la mirada por encima del antifaz, y fue suficiente. Solté todo sobre su mejilla, una descarga larga y espesa que me dejó las rodillas flojas. No fui el único: éramos más de diez haciendo lo mismo casi al mismo tiempo, y entre todos le dejamos la cara cubierta por completo. Ella ni se inmutó. Sonreía.
Los que quedaban terminaron de nuevo en su boca, y ella se lo tragó todo, hasta lo que había caído en el recipiente. Cuando el organizador anunció que habíamos terminado y nos agradeció la participación, me costó volver a la realidad. Me vestí en silencio, todavía con el corazón a mil, y salí a la calle como quien despierta de un sueño muy vívido.
***
En la vereda saqué el teléfono y le escribí a Vanesa: «Terminé. Te veo en casa en una hora». Cuando llegué, ella ya estaba esperándome con dos copas de vino y una curiosidad imposible de disimular.
Le conté todo, detalle por detalle, sin saltarme nada. Mientras hablaba, los dos nos fuimos poniendo cada vez más calientes, hasta que la copa quedó olvidada en la mesa. Esa noche lo hicimos tres veces, y entre una y otra le propuse algo que se me había metido en la cabeza al verla escuchar con esa cara.
—¿Y si la próxima venís conmigo? No como protagonista. Solo para estar entre los participantes, viviéndolo de cerca.
Vanesa se mordió el labio y se quedó pensando un segundo de más.
—Me da un morbo tremendo solo de imaginarlo —admitió, y noté cómo se le aceleraba la respiración—. Pero eso ya es demasiado para mí. Por ahora.
Ese «por ahora» se me quedó grabado. Y por eso, en parte, escribo esto: porque algo me dice que la historia todavía no terminó. Si llegan hasta acá, déjenme sus comentarios. Me encantaría saber si alguien más se animó a cruzar esa puerta que tanto miedo da y tanto se desea.





