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Relatos Ardientes

La noche en que decidí quedar embarazada

Hay cosas que una no le cuenta a nadie. Ni a las amigas de toda la vida, ni a la hermana con la que comparte todos los secretos, ni mucho menos al médico que te mira por encima de las gafas y anota tu historial como si fuera una lista de la compra. Esta es una de esas cosas. La escribo aquí porque necesito sacarla de dentro, y porque dentro de unos días dejaré de ser solo yo para convertirme en madre, y antes de eso quiero ser honesta al menos una vez.

Tengo treinta y cuatro años. He estado con noventa y ocho hombres a lo largo de mi vida. Lo sé porque, en una época, llevaba la cuenta como quien colecciona algo que le da vergüenza enseñar pero que tampoco es capaz de tirar. De esos noventa y ocho, solo uno fue blanco: Andrés, mi primer novio, el chico con el que perdí la virginidad a los dieciocho en el asiento trasero de un coche que olía a ambientador de pino. Fue torpe, rápido y olvidable: apenas me abrió las piernas, apenas metió la polla un par de veces con la torpeza de un cachorro, y se corrió sobre mi vientre antes de que yo tuviera tiempo de mojarme. Los otros noventa y siete fueron negros. Y con ninguno de ellos me protegí.

No lo escribo para escandalizar a nadie. Lo escribo porque es la verdad, y porque entender de dónde vengo es la única manera de entender la noche de la que quiero hablar.

***

Aprendí muy pronto a conocer mi propio cuerpo. Más que la mayoría de las mujeres que conozco, que viven su ciclo como una sorpresa mensual. Yo no. Yo sabía exactamente cuándo ovulaba: el ligero tirón en el costado, esa humedad distinta que me empapaba las bragas a media mañana sin motivo, ese deseo que se volvía casi insoportable durante tres o cuatro días al mes, en los que el coño me palpitaba solo con cruzar las piernas en el metro. Aprendí a leer las señales como otros leen el cielo antes de la lluvia. Y aprendí, sobre todo, a decidir. Cuándo dejar que el riesgo existiera y cuándo cortarlo con una pastilla a la mañana siguiente.

Esa fue siempre mi regla. Follar sin condón —porque así me gustaba, porque sentir una polla dura sin barreras, notar cada vena, cada palpitación, cada chorro caliente de semen soltándose dentro, era media parte del placer— pero gobernar el calendario con disciplina militar. Durante años funcionó. Me acosté con quien quise, como quise, y no hubo consecuencias que yo no eligiera.

Hasta que las hubo.

El primero que me dejó embarazada fue Émile. Un congoleño altísimo, de espalda ancha y manos enormes, que tenía una forma de follar que era más cercana a una batalla que a una caricia. Con él el sexo era agresivo, brusco, casi peligroso. Me arrancaba la ropa a tirones, me tiraba boca abajo en la cama y me abría las piernas de un manotazo antes de clavarme la verga entera de una sola embestida, sin preguntar, sin darme tiempo. Me follaba a cuatro patas hasta hacerme temblar los brazos, con una mano en la nuca hundiéndome la cara contra la almohada y la otra dejándome los dedos marcados en la cadera. Se corría dentro con un gruñido animal y se quedaba ahí, con la polla todavía dura, hasta que la sentía ablandarse dentro de mí. A mí me encantaba precisamente por eso. Me quedé embarazada dos veces de él, en menos de un año. Perdí los dos embarazos muy pronto, y siempre sospeché que tuvo que ver con la violencia de lo que hacíamos. No lo digo con culpa. Lo digo con la tristeza serena de quien ya hizo las paces con su pasado.

Hubo un tercero, una madrugada de carnaval, con un hombre disfrazado de rey mago al que conocí en una fiesta y cuyo nombre nunca supe. Me lo follé en un portal, con el disfraz a medio bajar, la corona todavía puesta y mis bragas colgando de un tobillo. Me levantó contra la pared, me clavó la polla de pie y me llenó el coño de leche en menos de cinco minutos, mordiéndome el cuello mientras yo le clavaba las uñas en el culo. Esa vez tomé la pastilla del día después a primera hora, con la cabeza todavía latiéndome por el alcohol, el semen resbalándome muslo abajo y una sensación rara en el estómago. No me arrepentí. No era el momento, no era el hombre.

El momento, y el hombre, llegaron más tarde. Y se llamaba Marius.

***

A Marius lo conocí en el lugar menos romántico del mundo: la cola de una farmacia de guardia, un domingo por la noche, los dos con cara de no haber dormido. Él iba a comprar algo para su madre. Yo iba a por ibuprofeno. Me sostuvo la puerta, me sonrió, y algo en esa sonrisa —ancha, sincera, sin un gramo de cálculo— me desarmó de una manera que no me había pasado nunca.

Era senegalés, llevaba doce años en el país y hablaba mi idioma con un acento suave que convertía cada frase en una caricia. Medía casi dos metros. Tenía la piel de un negro profundo, casi azulado bajo la luz blanca de la farmacia, y unos ojos que parecían reírse antes que la boca. Pero lo que me atrapó no fue nada de eso. Fue cómo me escuchó. Cómo me preguntó el nombre y lo repitió despacio, como si le importara recordarlo.

Salimos esa misma semana. Y por primera vez en mi vida, alguien me importó más allá de lo que podía darme en una cama.

No voy a mentir: el deseo estaba ahí desde el primer minuto. La primera vez que nos acostamos, en su piso pequeño y ordenado, descubrí que era exactamente lo que mi cuerpo llevaba años buscando sin saberlo. Me desnudó despacio, sin prisa, besándome cada centímetro de piel, y cuando por fin se bajó los calzoncillos y vi lo que tenía entre las piernas se me escapó un gemido antes de tocarlo. Una polla larga, gruesa, de un negro brillante, con la punta ya húmeda. Me arrodillé sin pensarlo y me la metí en la boca hasta donde pude, chupándosela con los ojos cerrados, saboreando la sal de su pre-semen, sintiendo cómo se le tensaba entera cada vez que le pasaba la lengua por debajo del glande. Él me sujetaba la cabeza con una mano, sin forzar, marcándome apenas el ritmo, y gemía en su idioma cosas que yo no entendía pero que me empapaban por dentro.

Cuando ya no aguantó, me levantó como si no pesara, me tumbó en la cama y me abrió las piernas con las dos manos. Se hundió despacio, muy despacio, para que me fuera acostumbrando a su tamaño, y aun así me dolió un segundo antes de que el dolor se transformara en un placer que me hizo arquear la espalda hasta despegar el culo del colchón. Me folló largo, hondo, mirándome a los ojos, sin apartar la vista ni un segundo. Y cuando se corrió, se corrió muy dentro, en oleadas largas que noté una por una, y no se retiró hasta mucho después. Pero con él había algo más. Después de cada vez, en lugar de mirar el techo pensando en la pastilla, me quedaba dormida con la cabeza apoyada en su pecho, escuchándole respirar, con su semen todavía resbalándome entre los muslos y por primera vez sin ganas de lavármelo.

Diez meses estuvimos así. Diez meses de descubrir que el sexo y el cariño no eran cosas enfrentadas, que podían vivir en la misma cama sin pelearse. Y en algún punto de esos diez meses, sin decírnoslo del todo, los dos empezamos a querer lo mismo.

***

La noche de la que quiero hablar fue una noche de verano. Habíamos cenado en la terraza, una cena sencilla que él había cocinado, con una botella de vino tinto que se nos terminó demasiado rápido. Hacía calor. La ciudad sonaba lejos, amortiguada. Y yo sabía —porque siempre lo sé— que estaba ovulando. Lo sabía por la humedad espesa que llevaba todo el día empapándome las bragas, por el modo en que se me habían puesto los pezones duros bajo el vestido apenas él me rozaba el brazo al servirme el vino, por ese latido sordo entre las piernas que no me dejaba estarme quieta en la silla.

Podría haber dicho algo. Podría haber sacado el tema con palabras, sentarnos, planificarlo como hacen las parejas sensatas. Pero no quise. Quise que fuera así: en silencio, decidido por mí, en mi cuerpo y en mi cabeza, como una última afirmación de todo lo que había sido hasta entonces.

Lo besé en la terraza y lo arrastré hacia dentro. Le quité la camisa botón a botón, despacio, recorriendo con la boca cada centímetro de piel que iba quedando libre. Le mordí un pezón, le lamí el esternón, le bajé lengua abajo por el vientre hasta arrodillarme frente a él. Le desabroché el pantalón con los dientes, se lo bajé de un tirón junto con los calzoncillos, y su polla saltó, dura ya, gruesa, latiéndome delante de la cara. Me la metí en la boca entera, todo lo que pude, tragando saliva alrededor, chupándosela hasta que noté los muslos temblarle bajo mis manos. Él intentó tomar el control, como casi siempre, agarrarme del pelo, marcarme el ritmo, pero esa noche no se lo permití. Le aparté las manos, se las bajé, seguí yo. Esa noche mandaba yo.

—Túmbate —le dije, con la voz ronca, con los labios brillantes de saliva y de su pre-semen—. No te muevas.

Lo empujé sobre la cama y me subí encima. Me abrí el vestido y lo dejé caer al suelo, sin bragas debajo, con el coño ya empapado goteándome por la cara interna del muslo. Le agarré la polla con una mano, me la coloqué en la entrada, y me hundí sobre él muy lentamente, centímetro a centímetro, mirándolo a los ojos, viendo cómo se le entrecortaba la respiración y se le abría la boca sin sacar sonido. No había prisa. Marqué yo el ritmo, primero suave, bajando y subiendo apenas, apretándolo por dentro cada vez que llegaba al fondo, sintiendo cómo mi coño se abría alrededor de su verga hasta acostumbrarse a tenerla entera. Luego más profundo, apoyando las manos en su pecho, arqueándome hacia atrás para que me tocara donde yo quería. Sus manos enormes me sujetaban las caderas, guiándome, pero era yo quien decidía cuándo bajar y cuándo detenerme al borde.

Lo cabalgué así mucho rato. Le hice ver cómo mis tetas se sacudían encima de él con cada embestida, cómo me apretaba yo misma los pezones con los dedos, cómo me llevaba la mano al clítoris y me lo frotaba en círculos delante de sus ojos sin dejar de moverme sobre su polla. Me corrí una vez así, apretándolo por dentro con espasmos largos, mordiéndome el labio para no gritar demasiado, y él aguantó, con los dientes apretados y las venas del cuello marcadas, porque yo no le dejé correrse todavía.

Me bajé, le di la vuelta a la escena. Le puse un pie sobre el pecho, empujándolo contra el colchón, y luego me giré, de espaldas a él, y me volví a sentar encima. Me la clavó desde ese ángulo nuevo y me hizo gritar. Rebotaba yo sobre su verga, con las piernas abiertas, mirando cómo entraba y salía brillante de mis jugos, y él me miraba el culo desde abajo, respirando cada vez más rápido.

—Espera —le pedí, cuando noté que estaba cerca, cuando su polla empezó a hincharse dentro de mí de esa manera que yo ya conocía—. Todavía no.

Y esperó. Apretó los dientes y esperó, porque confiaba en mí. Se me clavaron sus dedos en el culo, hasta hacerme daño, aguantándose las ganas. Esa confianza, esa entrega de un hombre el doble de grande que yo dejándose gobernar, con la polla enterrada hasta el fondo y sin permiso para acabar, fue lo más erótico de toda la noche.

Volví a girarme, cara a cara. Quería mirarlo. Quería ver su cara cuando pasara. Cuando por fin lo sentí temblar, cuando supe que ya no podía contenerse, hice lo que llevaba toda la cena planeando. Bajé del todo sobre él, hasta notar sus huevos apretados contra mi culo, cerré las piernas alrededor de su cintura y apreté con toda la fuerza que tenía, clavándole los talones en la espalda para que no se moviera ni un milímetro.

—Quédate —le susurré al oído, mordiéndoselo—. Quédate dentro. Córrete dentro. Todo. No saques ni una gota.

Se corrió así, sujeto contra mí, sin posibilidad de retirarse aunque hubiera querido. Sentí el primer chorro golpearme muy adentro, caliente, espeso, y luego el segundo, y el tercero, y cómo su polla latía dentro de mí soltándolo todo, vaciándose entera contra el cuello de mi útero. Le apreté con el coño, ordeñándolo, sacándole hasta la última gota, sin dejarlo apartarse ni un centímetro. Y yo me corrí con él, con su semen inundándome por dentro, no solo por el placer físico sino por la certeza absoluta de lo que acababa de hacer. Lo había elegido. Lo había decidido. Aquello no era un descuido ni un accidente. Era exactamente lo que yo quería, conseguido exactamente como lo quería.

Me quedé encima de él sin moverme un largo rato, con su polla todavía dentro, ablandándose despacio, tapando la salida como un tapón para que no se me escapara nada. Cuando por fin me deslicé a un lado, me tumbé boca arriba con las piernas todavía juntas, las caderas ligeramente en alto sobre un cojín, notando su semen espeso quedándose donde yo lo quería. Él me acariciaba la espalda con la punta de los dedos, sin entender del todo lo que acababa de pasar. Ya está, pensé. Ya está hecho.

***

Tardé doce días en hacerme la prueba. Doce días de leer mi cuerpo como nunca, buscando la más mínima señal, el pecho más sensible, el cansancio raro, esa intuición sorda que se instala en el vientre. La mañana del día doce me encerré en el baño antes de que él despertara.

Dos rayas rosas. Nítidas, sin lugar a dudas.

Me senté en el borde de la bañera con la prueba temblándome en la mano y me eché a llorar, en silencio, para no despertarlo. No era tristeza. Era algo que no tenía nombre, una mezcla de victoria y de vértigo, la sensación de que toda mi vida —los noventa y ocho hombres, las cuentas obsesivas, los embarazos perdidos, las madrugadas de pastilla— había sido un largo camino que conducía exactamente a ese baño, a esa mañana, a esas dos rayas.

***

Fuimos juntos al ginecólogo privado, unos días después. Todavía recuerdo las miradas en la sala de espera: una mujer joven y muy blanca entrando de la mano de un hombre negro de dos metros, los dos sin poder borrar la sonrisa de la cara. Que miraran. A mí me daba igual. Yo nunca había sentido vergüenza de mis elecciones, y no iba a empezar el día más feliz de mi vida.

—Embarazo confirmado —dijo la doctora, girando la pantalla hacia nosotros—. Todo perfectamente implantado. Aquí está.

Un puntito. Un saquito diminuto, bien agarrado, bien plantado en su sitio. Marius me apretó la mano tan fuerte que me hizo daño, y cuando lo miré tenía los ojos llenos de lágrimas. Ese hombre enorme, ese hombre al que había gobernado en la cama unas noches atrás, lloraba como un niño por un puntito en una pantalla.

***

Ahora faltan días. Cuestión de una semana, quizá menos. La maleta está hecha desde hace un mes, junto a la puerta, como una promesa impaciente. Marius le habla a mi barriga todas las noches en su idioma, palabras que yo no entiendo pero que el bebé, estoy segura, ya reconoce.

A veces, cuando él duerme y yo no puedo, me quedo mirando el techo en la oscuridad y pienso en todo esto. En la chica que llevaba la cuenta. En la mujer que decidía con una pastilla. En la que una noche de verano apretó las piernas y eligió, por fin, no decidir en contra sino a favor.

No me arrepiento de nada. Ni de los noventa y ocho, ni de las cuentas, ni de los que perdí, ni de la pastilla de aquella madrugada de carnaval. Cada uno de esos pasos me trajo hasta aquí, hasta esta cama, hasta este hombre que me hace sentir deseada y querida a la vez, algo que durante años creí que no podían existir juntos.

Seré madre por primera vez dentro de unos días. Y aunque nadie me lo pregunte, lo confieso aquí, donde nadie me reconoce: lo elegí. Cada parte. Y si volviera atrás, lo volvería a elegir exactamente igual.

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Comentarios(7)

Daniela_Cba

Que atrevida!!! me encanto la manera en que lo contaste, sin vueltas. Sigue escribiendo así.

LorenaS_78

Pocas veces me quedo pensando tanto después de leer algo. Este relato me generó cosas. Gracias por la honestidad.

Ignacio_noche

Increible, espero que haya una segunda parte!!!

Kira_noche

Me quedo con una pregunta enorme... ¿el lo sabe? Tengo demasiada curiosidad jajaja

FelixReader_mx

El titulo ya te dice todo y aun asi te agarra desprevenido cuando lo lees. Muy bueno.

ElenaRosario

Me recordo a una charla que tuve con una amiga hace años sobre exactamente eso. Nunca imagine leerlo tan bien escrito y con tanta franqueza. Muy valiente compartirlo.

Gabi_ros

Se hizo cortisimo, quede con ganas de mucho mas :)

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