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Relatos Ardientes

Lo esperé desnuda después de su turno más largo

Supe desde la mañana que iba a llegar reventado. Me lo había dicho la noche anterior, medio dormido, con esa voz ronca que pone cuando ya no le quedan fuerzas ni para quejarse: doble turno, el compañero de baja, el jefe encima todo el día. Hugo no se queja casi nunca, y por eso, cuando lo hace, sé que la cosa va en serio.

Pasé la tarde dando vueltas por el piso sin terminar nada. Empecé a planchar y lo dejé a medias. Puse una lavadora que no hacía falta. Me senté a leer y releí tres veces el mismo párrafo sin enterarme de una palabra. No estaba leyendo. Estaba esperando.

Hay una diferencia enorme entre esperar a alguien y desear a alguien, y esa tarde las dos cosas se me mezclaron hasta que dejé de distinguirlas. Pensaba en cómo entraría por la puerta, en el cansancio dibujado en la cara, y al mismo tiempo pensaba en sus manos. En cómo me agarra cuando ya no piensa, cuando el día se le ha caído de los hombros y solo le queda el instinto.

Tenía una intuición clara, casi física: esa noche me iba a buscar. Lo conozco. Cuanto peor es el día, más me necesita después. Como si lo único capaz de borrarle doce horas de mierda fuera meterse dentro de mí y olvidarse de su propio nombre.

A las nueve menos cuarto miré el reloj por última vez y tomé la decisión.

Apagué casi todas las luces y dejé solo la de la cocina, la que apenas llega al recibidor. Me quedé de pie en el pasillo, atenta al hueco del ascensor que comparte pared con nuestro salón. Es un edificio viejo y los ruidos viajan: oigo cuándo arranca, cuándo se detiene, en qué planta para. Llevo años aprendiendo ese sonido sin darme cuenta.

Y entonces lo oí. El zumbido grave, el clac metálico, el ascensor subiendo.

Me bajé las medias y la ropa interior de un tirón y las dejé caer detrás del sofá, donde no se vieran. Me quedé solo con una camiseta ancha de él, una que huele a su colonia aunque esté recién lavada. Le encanta encontrarme así. Me lo ha dicho mil veces: que no hay nada que lo desarme tanto como abrir la puerta y descubrir que lo estaba esperando con el cuerpo, no con palabras.

El ascensor se detuvo en nuestra planta. Pasos lentos, arrastrados. El tintineo de las llaves buscando la cerradura a oscuras.

Mi corazón ya iba demasiado rápido para una mujer que solo estaba de pie en su propio pasillo.

La llave giró y la puerta se abrió. Y ahí estaba, recortado contra la luz del rellano, todavía con el pantalón del uniforme y una sudadera gris que se pone para el camino de vuelta. Olía a calle, a frío, a final de jornada. Me miró un segundo entero sin decir nada, y vi cómo el cansancio se le caía de la cara y lo sustituía otra cosa.

—Sabía que estarías así —dijo en voz baja, cerrando la puerta con el pie.

—Tenías un día duro —contesté—. Pensé que te vendría bien.

No me dejó añadir nada más.

Cruzó el recibidor en dos zancadas y me agarró por la cintura, sin brusquedad pero sin pedir permiso, como quien recupera algo que es suyo. Me giró hacia el salón y me guió hasta la pared, esa de al lado de la estantería que conoce mejor que yo. Me hizo apoyar las dos manos contra el papel pintado, frío bajo las palmas, y se colocó detrás.

Sentí todo su cuerpo pegándose al mío. El roce áspero de la sudadera en mi espalda, la hebilla del pantalón contra la parte baja de mi columna. Me rodeó con un brazo y me apretó contra él para que notara, sin lugar a dudas, lo que ya tenía entre las piernas.

Tan rápido. Siempre tan rápido conmigo.

Bajó la boca a mi cuello y respiró hondo, como si me oliera para reconocerme. Después vino el primer beso, justo debajo de la oreja, lento, húmedo, y un escalofrío me bajó por toda la espalda hasta las corvas. Su mano subió por debajo de la camiseta y encontró mi pecho. Tenía los pezones tan duros que su palma rozándolos me arrancó un sonido que no pensaba dejar salir.

—Llevas todo el día esperándome —murmuró contra mi piel. No era una pregunta.

—Más de lo que crees —admití.

Me pellizcó un pezón entre dos dedos, despacio, midiendo, y me dolió de esa forma que me gusta, justo en la frontera. Empujé las caderas hacia atrás buscándolo y él retrocedió un par de centímetros, jugando, alargando. Lo hace a propósito. Sabe que la espera me enloquece más que cualquier otra cosa.

Su otra mano empezó a recorrerme. Bajó por el costado, por la cadera, por el muslo, sin prisa, como si tuviera toda la noche por delante y no acabara de regresar de doce horas de trabajo. Cuando llegó entre mis piernas y comprobó que no llevaba nada debajo, lo oí soltar el aire de golpe.

—Estás empapada —dijo, y había algo casi de incredulidad en su voz.

Estaba ardiendo. Llevaba ardiendo desde antes de que el ascensor se pusiera en marcha. Sus dedos me abrieron despacio y se deslizaron por en medio, resbalando, y tuve que apretar la frente contra la pared para no perder el equilibrio.

—Desnúdame —le pedí, con la voz rota—. Quiero sentirte de verdad.

Oí el ruido del cinturón, el roce de la tela cayendo. Me apartó la camiseta hacia arriba, hasta dejármela enredada en los brazos, y volvió a pegarse a mí, ahora piel contra piel, sin nada en medio. Su erección quedó atrapada entre mi espalda baja y su vientre, dura, caliente, latiendo de un modo que sentí en todo el cuerpo.

Empecé a mover las caderas, lenta, frotándome contra él, ofreciéndome. Quería que lo notara. Quería que perdiera la paciencia. Pero Hugo, incluso muerto de cansancio, tiene más aguante que yo, y le encanta hacerme sufrir un poco antes de darme lo que pido.

Bajó una mano a su miembro y empezó a deslizarlo entre mis piernas, de delante hacia atrás, rozando todo a su paso sin entrar. Cada pasada me cortaba la respiración un poco más. Mi corazón iba a un ritmo absurdo, las piernas me temblaban, y él seguía con ese vaivén lento y cruel, mojándose en mí sin terminar de decidirse.

—Para ya —le supliqué—. Méteme. Por favor.

—Dilo otra vez —respondió contra mi nuca.

—Fóllame, Hugo.

No hizo falta más. Apoyó la punta donde yo lo necesitaba y empujó de una sola vez, hasta el fondo, sin pausa. Se me escapó un grito que seguramente oyó medio edificio y no me importó lo más mínimo. Lo sentía entero, durísimo, llenándome de un modo que me dejó sin aire durante un segundo larguísimo.

Se quedó quieto un instante, hundido del todo, con la frente apoyada en mi hombro y la respiración rota. Esto es lo que necesitaba todo el día. Yo también. Llevaba la tarde entera necesitándolo.

Entonces empezó a moverse. Salía casi del todo y volvía a entrar con fuerza, cada embestida arrancándome un sonido distinto. Me sujetaba de la cadera con una mano y con la otra me había rodeado el pecho, y yo solo podía aferrarme a la pared y aguantar el embate.

Pero no quería solo aguantar. Empecé a empujar hacia atrás, a salir a su encuentro, a marcar yo el ritmo. Quería follarlo tanto como él a mí. Cada vez que él entraba, yo me clavaba contra su cuerpo, y el choque de los dos sonaba en el salón a oscuras como una confesión que nadie debería oír.

—Así —jadeé—. No pares.

No paró. Aceleró. Lo noté en cómo le cambió la respiración, en cómo sus dedos se me hundieron más en la carne. Estaba cerca, lo conozco demasiado bien, y saberlo me empujó a mí también hacia el borde. Un calor me subió desde el vientre, denso, imposible de contener, y supe que no iba a aguantar mucho más.

—Córrete —le susurré, girando apenas la cara hacia él—. Quiero notarlo.

Dos embestidas más, profundas, casi salvajes, y lo sentí estallar dentro de mí. Un gemido grave contra mi cuello, sus caderas apretándose contra las mías hasta el límite, y el calor de su semen derramándose en lo más hondo. Eso bastó para arrastrarme con él. Me deshice contra la pared, temblando de la cabeza a los pies, con las piernas convertidas en algo que ya no me sostenía.

Nos quedamos así un rato largo, él todavía dentro, los dos doblados sobre la pared, jadeando como si hubiéramos corrido. Notaba su semen resbalándome despacio por la cara interna del muslo y ni siquiera me molesté en moverme. No quería moverme. Quería quedarme exactamente ahí, anestesiada de placer, escuchándolo respirar pegado a mi espalda.

—Joder —dijo al fin, con una risa cansada—. Vaya manera de quitarme el día de encima.

Me di la vuelta despacio y me dejé caer contra su pecho. Olía a sudor, a colonia gastada, a él. Me rodeó con los dos brazos y me besó la coronilla, y por primera vez en todo el día lo noté de verdad relajado.

—Para eso te espero —le dije.

No volvimos a hablar. Lo llevé de la mano hasta la ducha, dejamos el uniforme tirado en el suelo del salón y el resto de la noche fue solo nuestra. Pero esa imagen, la de él entrando por la puerta y encontrándome esperándolo, es la que repito en la cabeza cada vez que oigo el ascensor subir.

Lucía

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Comentarios (5)

SandraRos

que relato tan lindo!!! me encanto, se siente muy real

Curioso_lector

me quede con ganas de saber como reacciono el exactamente. esperando la continuacion!!

Fabio_Cba

jajaja me recordo a algo que hize una vez, esa tension de la espera es unica. muy bien narrado

martina_lee

Ay que bonito, se nota que es una confesion de verdad. Me gusto mucho como describis la espera, esa anticipacion que sentis vos se le transmite al lector. Seguí así!

NicoMdq_lee

y como reacciono el al encontrarte??? me dejo con curiosidad jaja

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