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Relatos Ardientes

Me llevé al novio de mi rival de la facultad

Mariana iba un año por delante de mí en la facultad. Nunca fuimos amigas, pero tampoco enemigas declaradas; era más bien una desconfianza tibia que ella arrastraba cada vez que nos cruzábamos en el pasillo. Yo sabía por qué. Sabía que se moría de celos por la forma en que los hombres me miraban, y sobre todo por la forma en que la miraba a ella su propio novio cuando creía que nadie lo notaba.

Porque su novio, Mateo, me miraba a mí.

Mariana era menuda, delgada, de pelo negro liso y ojos color café. Bonita a su manera, pero discreta, casi invisible cuando entraba a un aula. Yo era todo lo contrario. A mis veintidós años tenía un cuerpo que llamaba la atención sin que yo hiciera el menor esfuerzo: caderas anchas, piernas largas, pecho generoso. Me había acostumbrado a las miradas desde hacía años, y aprendí pronto que esas miradas eran una forma de poder.

Mateo era alto, de ojos verdes y piel clara, con el pelo lacio tirando a rubio. La clase de hombre que entra a un sitio y baja la temperatura de la conversación. Estaba con Mariana, sí, pero todo el mundo sabía que la relación se sostenía con alfileres. Él la usaba para los apuntes, para los trabajos en grupo, para tener a alguien esperándolo. Y ella se aferraba a él como quien se aferra a algo que sabe que va a perder.

La primera vez que cruzamos algo más que una mirada fue en la cafetería de la universidad. Mariana se había ido a buscar un café y él aprovechó esos treinta segundos para acercarse a mi mesa.

—Sabes que me tienes loco, ¿no? —me dijo, sin rodeos, con una sonrisa de descarado que debería haberme molestado y no lo hizo.

—Lo sé —respondí, sosteniéndole la mirada—. El problema es tuyo, no mío.

Se rio. Mariana volvió y él se enderezó como si nada, pero el juego ya estaba en marcha y los dos lo sabíamos.

***

A mí siempre me gustó provocar, no lo voy a negar. Salía a correr y a andar en bicicleta los fines de semana, y elegía la ropa con la misma intención con la que se elige un arma. Un top de tirantes finos sin nada debajo, la tela delgada marcándome los pezones; unas mallas ceñidas que dibujaban cada curva. Me gustaba sentirme deseada, me gustaba notar las cabezas girando cuando pasaba. No era inocencia. Era estrategia.

Un sábado por la mañana salí a pedalear con Daniela, una amiga de toda la vida, y nos cruzamos de frente con Mariana y Mateo, que también andaban en bici por el parque. Él me vio y se quedó embobado, sin disimulo, con los ojos clavados en mi cuerpo mientras pasaba. Yo ni siquiera lo registré en ese momento, pero Daniela sí.

—Mira cómo te está comiendo con la mirada —me susurró, divertida, pedaleando a mi lado.

Lo que ninguna de las dos calculó fue que Mariana también lo había visto. Frené un segundo y alcancé a oír el escándalo: ella gritándole, golpeándole el brazo, la cara roja de rabia.

—¡¿Por qué le miras el culo a esa?! ¿Te gusta o qué?

Mateo se puso colorado y no supo qué decir. Mariana arrancó la bicicleta hacia donde yo estaba, dispuesta a encararme, pero él la detuvo y se la llevó casi a la fuerza. Yo me quedé quieta, con una calma que a ella debió de revolverle el estómago, y entendí algo en ese instante con una claridad absoluta: iba a llevármelo. No por Mateo en sí, sino por la forma en que ella me miraba, por ese desprecio que me dedicaba sin haberme dado nunca una sola razón.

Desde ese día le coqueteé sin tregua. Donde lo veía, le sonreía despacio, me mordía el labio, le rozaba el brazo al pasar. A veces lo hacía delante de Mariana, solo para verla hervir. Y como casi todos los hombres, Mateo cayó fácil. Me seguía el juego cada vez con menos pudor.

***

El encuentro que lo cambió todo fue una tarde de entre semana, en una calle del centro. Yo iba sola, vestida con un minivestido floreado de escote en uve, espalda descubierta, sin sujetador. Sandalias altas, el pelo suelto, maquillada como si la ocasión lo mereciera, aunque no iba a ninguna parte en particular. La verdad es que me gustaba sentirme así.

Lo vi venir de frente y supe que esa tarde no se iba a quedar en miradas.

—Hola, Mateo. ¿Cómo estás? —le dije con la voz más suave que tenía.

Se le iluminó la cara. Me recorrió entero, sin disimulo, deteniéndose un segundo de más en el escote.

—Hola, Camila. Rica como siempre —contestó.

Le di un beso en la mejilla, dejando que el perfume y la cercanía hicieran su trabajo. Bajé apenas el escote al inclinarme, lo justo para que viera las tetas casi enteras, los pezones ya duros marcando la tela, y él tragó saliva con la boca abierta. Me invitó a tomar un café y acepté con una sonrisa que ya prometía el final.

Nos sentamos uno al lado del otro en un rincón de la cafetería. No tardó ni cinco minutos en empezar. Su mano se deslizó por debajo de la mesa, primero a mi rodilla, después subiendo despacio por el muslo, centímetro a centímetro, midiendo mi reacción. Cuando llegó al borde del vestido cerré las piernas atrapándole la mano, no para frenarlo, sino para sentir la presión, mirándolo fijo a los ojos con unas ganas que ya no me molestaba en esconder.

—Estás temblando —me dijo en voz baja.

No le respondí. Aflojé un poco las piernas, le di permiso, y sus dedos treparon los últimos centímetros hasta la tela empapada de mi tanga. La apartó con dos dedos y me tocó directo, deslizándose por el coño resbaladizo, jugando con el clítoris en círculos lentos que me hicieron morderle el hombro para no gemir en medio del local. Me metió primero uno y después dos dedos, hundiéndolos hasta el fondo, y yo apreté los muslos alrededor de su muñeca, cabalgándole la mano por debajo del mantel, sintiendo cómo se me contraía todo por dentro. Nos besamos ahí mismo, con la lengua, sin disimulo, mientras él seguía metiéndomelos, hasta que un camarero se acercó a pedirnos, con toda la incomodidad del mundo, que por favor nos fuéramos.

Salimos casi riéndonos, encendidos, y tomamos camino a mi casa. Mi madre trabajaba todo el día y yo tenía el lugar para mí. En el taxi le agarré el bulto por encima del pantalón y sentí la verga dura como una piedra; él me metió la mano bajo el vestido y me pellizcó un pezón hasta que se me escapó un jadeo que el conductor fingió no oír.

***

Subimos directo a mi cuarto. Nos sentamos en el borde de la cama y volvimos a besarnos como si nos lo hubieran prohibido toda la vida. Me metía la lengua en la boca hasta el fondo, mordiéndome los labios, mientras con las manos buscaba mis pechos por encima de la tela. Me bajó los tirantes del vestido de un tirón y las tetas se me salieron enteras; se inclinó y se metió un pezón entero en la boca, chupándolo fuerte, tirando con los dientes hasta que grité. Después pasó al otro, lamiéndolo en círculos, mordisqueándolo, mientras la mano ya me subía la falda y me acariciaba los muslos abiertos hasta encontrar el coño empapado por encima de la tanga.

—Estás chorreando —murmuró contra mi teta—. Me tienes empapado los dedos.

—Quiero verte —me dijo un momento después, ronco—. Quiero ver lo que te haces cuando estás sola. Quiero que te corras para mí antes de tocarte yo.

Me gustó la idea. Saqué del cajón de la mesilla un consolador grueso que guardaba para mis tardes a solas, me terminé de arrancar la tanga y me tiré de espaldas en la cama con las piernas bien abiertas, ofreciéndole todo. Me acaricié despacio, con dos dedos abriéndome los labios del coño para que viera bien lo mojada que estaba, la carne rosada brillando de flujo. Me metí un dedo, después dos, moviéndolos en curva, buscando ese punto que me hace perder la cabeza, mientras con la otra mano me pellizcaba el clítoris hinchado. Él estaba sentado en la silla del escritorio, con la mano en la bragueta, mirándome como si nunca hubiera visto un coño en su vida.

—Sácala —le ordené sin dejar de tocarme—. Quiero verte cascártela mientras me miras.

Se bajó los pantalones y sacó la verga, gorda y venosa, y empezó a menearla despacio, mirándome fijo. Encendí la vibración del consolador y me lo pasé por el clítoris hasta que se me arqueó la espalda entera. Después lo bajé, lo apoyé en la entrada del coño y me lo fui metiendo despacio, centímetro a centímetro, viendo cómo desaparecía dentro de mí. Cuando lo tuve entero, empecé a follármelo, hundiéndomelo con fuerza, sacándolo brillante de flujo, volviendo a meterlo hasta el fondo.

—Así, no pares —jadeó él, meneándosela más rápido—. Fóllatelo bien, puta, quiero verte correrte.

La palabra en su boca me prendió más. Aceleré, moviendo las caderas contra el juguete, con el vibrador contra el clítoris al mismo tiempo, hasta que el cuerpo entero se me tensó como una cuerda y me corrí con un temblor largo que me hizo gritar sin importarme nada. Saqué el consolador chorreando, me pasé los dedos empapados por los labios y él vino hasta la cama, se arrodilló entre mis piernas y me lamió el coño entero de abajo hacia arriba, chupándome el flujo, metiéndome la lengua hasta donde llegaba, sin dejarme respirar. Me hizo correr otra vez con la boca, con dos dedos adentro y la lengua trabajándome el clítoris, hasta que le cerré los muslos alrededor de la cabeza y le rogué que parara.

Después me arrodillé frente a él en la alfombra. Le agarré la verga con las dos manos, dura, caliente, con la punta ya mojada de líquido. Le pasé la lengua por la base, por los huevos, chupándoselos uno por uno, mientras con la mano se la meneaba despacio. Subí por el tronco lamiendo la vena gorda de abajo, y cuando llegué a la punta me la metí entera en la boca. Se la mamé despacio al principio, bajando hasta que se me atragantaba, sintiéndola golpearme la garganta. Después más rápido, con las dos manos rodeándole la base, subiendo y bajando la cabeza, chupando fuerte, sacándola con un ruido obsceno para volver a tragarla entera. Le miré hacia arriba con la verga hundida hasta el fondo y él tuvo que apoyarse contra la pared para no perder el equilibrio.

—Me voy a correr —gimió, con la mano en mi nuca—. Camila, mierda, me corro…

Lo saqué de mi boca justo a tiempo y le apreté la base con fuerza, cortándole la corrida. Lo dejé al borde y me detuve; quería que esa tarde la recordara durante semanas. Le sonreí con los labios brillantes de saliva, y él soltó un gruñido de frustración.

Lo empujé a la cama y me subí encima. La verdad sin adornos: Mateo no era el amante más experto que había pasado por ese cuarto, pero esa tarde no importaba, porque la que llevaba el ritmo era yo. Le agarré la verga y me la fui metiendo despacio, sentándome centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría por dentro. Cuando la tuve entera, me quedé quieta un momento, apretándolo con los músculos del coño, viendo cómo se le ponían los ojos en blanco. Después empecé a moverme, meneando las caderas en círculos, jugando con el vaivén, subiendo hasta dejarle solo la punta adentro y bajando de golpe hasta clavármela hasta el fondo. Lo cabalgué mirándolo a los ojos, con las tetas rebotándole en la cara, y él me las agarraba, me las apretaba, se metía los pezones en la boca uno tras otro.

—¿Así se la das a Mariana? —le solté entre jadeos, sin dejar de rebotarle encima—. ¿Le das tan rico? ¿Le montas la verga así?

—A Mariana casi ni la toco —contestó, sin aliento, agarrándome del culo con las dos manos—. Tú estás en otra cosa. Tú me tienes loco, joder, no follo así con nadie.

Me reí por dentro. Esa frase valía más que todo lo demás. Aceleré, clavándomela con más fuerza, sintiendo el sonido húmedo del choque cada vez que caía sobre él, hasta que me corrí otra vez, apretándolo tan fuerte con el coño que casi lo arrastro conmigo.

Cambiamos de postura. Me tendí de espaldas, abrí las piernas de par en par y me las llevé al pecho, ofreciéndole el coño abierto. Él se puso de rodillas y me la metió de una estocada, hasta los huevos, y empezó a follarme fuerte, apoyándose en la cama, mirándome cómo desaparecía la verga entera dentro de mí una y otra vez. Me agarró de las caderas, se hundió profundo, dándome con un ritmo que fue subiendo hasta que las sábanas terminaron empapadas de sudor y de mi flujo. Me lamió los pezones, me mordió el cuello, me tapó la boca con la mano cuando empecé a gritar demasiado fuerte.

—Date la vuelta —me ordenó, sacándomela de golpe—. Ponte en cuatro.

Le obedecí. Me arrodillé con el culo en alto, la cara contra la almohada, arqueando la espalda para ofrecerle todo. Él me agarró de las caderas y me clavó la verga de un solo empujón, hasta el fondo, y empezó a darme sin tregua, con las nalgas rebotándome contra su pelvis, el ruido de los golpes llenando la habitación. Me agarró del pelo, tirando hacia atrás, haciéndome arquear más.

—Dime que eres mi puta —me gruñó al oído, sin dejar de embestirme—. Dilo.

—Soy tu puta —jadeé, con la voz quebrada—. Fóllame más fuerte, dame más, no pares…

Me chupó un dedo y me lo metió en el culo mientras seguía dándome por el coño, y yo perdí la cabeza, corriéndome otra vez, mordiendo la almohada para ahogar el grito. Él aguantó un poco más, embistiéndome cada vez más rápido, hasta que sacó la verga de golpe, me tiró del hombro para que me diera la vuelta y se corrió a chorros sobre mis tetas y mi cara, con una corrida larga y espesa que me cayó en la boca abierta, en el mentón, entre los pechos. Me pasé un dedo por la cara, recogí el semen y me lo chupé mirándolo, y él se dejó caer a mi lado casi sin respiración.

Pasamos la tarde entera así: descansando, empezando otra vez, probando, riéndonos. Le mamé otra vez la verga hasta ponérsela dura, me la volvió a meter en el sillón, contra la pared, en el suelo. Una tarde larga, sudada, sin reloj, con el cuarto oliendo a sexo y las sábanas hechas un desastre.

***

Con Mateo lo repetimos muchas veces más. No era el único hombre en mi vida por esos días, pero para él se convirtió en una obsesión: me buscaba con cualquier excusa, inventaba huecos en su horario, mentía en su casa. Y como pasa siempre con estas cosas, terminó descubriéndose.

Una tarde Mariana lo siguió. Esperó afuera mientras nosotros estábamos arriba —yo con la boca llena de su verga, para ser exactos, arrodillada entre sus piernas en mi cama— y empezó a golpear la puerta con una insistencia que no auguraba nada bueno. Bajé a abrir con lo primero que encontré, una camiseta de Mateo que apenas me cubría, con los muslos manchados de flujo y los labios todavía brillantes de saliva, y la cara de Mariana se descompuso al reconocer la prenda.

—¿Dónde está mi novio? —escupió.

—¿Cuál novio? —le respondí, con una calma que la enfureció todavía más.

—¡Esa es su camiseta! ¡Mateo! ¡Mateo! —empezó a gritar, y se metió a la casa a empujones antes de que pudiera detenerla.

Subió directo a mi cuarto y ahí estaba él, todavía desnudo, sentado en mi cama con la verga a medio bajar y las sábanas revueltas. Se le fue encima a reclamarle, a llamarme de todo —perra, zorra, fácil—, mientras Mateo intentaba calmarla sin demasiado éxito. En medio del forcejeo, la camiseta con la que yo me había cubierto se subió y quedé completamente desnuda frente a los dos, con las tetas al aire, marcada de mordiscos, con el semen todavía secándome entre los pechos. Él me sujetó por un brazo para que no me acercara a ella.

—Sí, me acosté con tu novio —le dije, sin bajar la voz, sin taparme—. Me lo follé toda la tarde. Se corrió en mi boca y en mis tetas y me pidió más. Y lo seguiré viendo si me da la gana. Tal vez deberías preguntarte por qué prefiere venir hasta acá en lugar de quedarse contigo.

Mariana se quedó muda, con los ojos llenos de lágrimas. Después se dio la vuelta y se fue. Mateo se vistió a las apuradas y la siguió, supongo que para sostener un poco más esa relación que ya no tenía sentido.

***

Durante semanas Mariana se encargó de regar el chisme entre todas sus amigas. Cada vez que me la cruzaba me dedicaba alguna mirada de odio, algún insulto a media voz. Yo la dejaba hacer; entendía que era lo único que le quedaba. Ella lo perdonó, claro, pero la relación se terminó de todos modos cuando él se mudó a otra ciudad por el trabajo.

A Mateo no volví a verlo, y la verdad es que tampoco me hizo falta. Lo nuestro nunca fue sobre él. Fue sobre esa sensación de tomar lo que el otro presumía como suyo y demostrarle que no lo tenía tan firme como creía. No me siento orgullosa de cómo lo manejé, pero tampoco voy a fingir que me arrepiento. A veces el deseo es la mitad de la historia. La otra mitad, en mi caso, siempre fue ganar.

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Comentarios(9)

CuriosaLectora22

Dios mio que historia!!! no pude dejar de leer hasta el final

Beto_RA

Quedé con ganas de mas, por favor una segunda parte!!

StellaK_22

Me encanto como lo contaste, tiene ese toque real que los inventados no tienen. Seguí subiendo!

Nocturna_K

tremenda, de lo mejor que leí esta semana

juanmarcos

buenisimo!! sin rodeos y directo, asi me gustan las confesiones

Silvana_GBA

Las confesiones son mi categoría favorita y esta no decepciona para nada. Se nota que viviste cada momento, muy buena narracion. Espero más relatos tuyos

RocioM_ok

la tension desde el primer parrafo es increible, no pude soltar el celular. Muy bueno!!!

LectorSensible

Por fin una confesión que se siente autentica y no armada. Excelente

FiestaLoca_99

jaja qué descaro, me mató. Tremendo relato

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