La desconocida del grupo me invitó a su casa esa noche
Nunca pensé que terminaría aceptando una propuesta así. Llevaba semanas dando vueltas por una red social en la que un amigo me había metido casi de broma, una de esas donde la gente publica lo que jamás se atrevería a decir en voz alta. El grupo se llamaba algo como «Encuentros sin compromiso» y, después de leer media docena de publicaciones, me quedó claro que casi todos los perfiles eran falsos. Avatares de paisajes, nombres genéricos, fotos robadas de internet. Yo era de los pocos idiotas que estaba ahí con mi cara real y mi nombre verdadero.
No sé qué demonios hago aquí, pensé mientras bajaba con el pulgar. Y justo entonces apareció su publicación.
Era breve, directa, sin emojis ni rodeos. Buscaba un encuentro físico, una sola vez, sin charlas previas, sin promesas de nada. Especificaba que no quería conocer al tipo, ni saber su historia, ni intercambiar números fuera de lo estrictamente necesario. Solo sexo. Yo leía y pensaba que era la clase de publicación que cualquiera podía escribir, pero el detalle estaba en el último párrafo: describía con precisión el perfil que buscaba, y daba la casualidad de que ese perfil era el mío. Veintiocho años, alto, en forma, dominante, sin interés en relaciones largas. Demasiado preciso para ser casualidad.
Le escribí.
—Hola, leí tu publicación y me interesa. ¿Eres tú la chica de las fotos?
—No, las fotos son de internet. ¿Eres tú el del perfil que pregunta?
—Sí, soy yo. Mi nombre y mi foto son reales. Me uní al grupo hace unos días.
Me pasó su número de teléfono y la agregué. Le pedí algo que me asegurara que no era una broma de un amigo o, peor, una estafa. Lo que me llegó me dejó sin palabras: un video corto, de ella mirando a cámara, diciendo mi nombre y la fecha del día. No había manera de que eso fuera trucado. Era ella, real, en su habitación, con una lámpara amarilla detrás. Tenía el pelo castaño suelto y los labios muy llenos, y un acento que no pude ubicar del todo.
Se presentó como Mariela. Me dijo que tenía treinta y dos años, que acababa de salir de una relación de casi una década en la que el sexo se había vuelto un trámite, y que quería probar una sola vez algo que no fuera el misionero con la luz apagada. Puso sus condiciones de entrada: solo sexo oral y penetración tradicional, nada raro, y yo me iría apenas terminara. Le dije que me parecía bien. Le dije, también, que cuando dos personas se desnudan las reglas tienden a evaporarse, pero ella no respondió a eso.
Quedamos en que me avisaría si la cosa avanzaba.
***
Esa misma noche me junté con dos amigos en un bar de barrio. Pedimos cerveza, comimos mal y hablamos peor. Cerca de la una de la mañana, justo cuando estábamos pagando, sentí vibrar el teléfono dentro del bolsillo.
—Me tomé unos tragos. Estoy muy caliente. ¿Puedes venir? Solo quiero que me cojas y te vayas.
Leí el mensaje dos veces. Mis amigos me miraron y supieron, sin preguntar, que algo había pasado. Les dije que me iba sin dar detalles. En el taxi rumbo a su casa, mientras la ciudad pasaba borrosa por la ventana, no dejé de pensar en una cosa: lo que Mariela no sabía es que en la cama soy todo menos suave. Su plan de misionero correcto y despedida cordial iba a durar exactamente lo que tardaran sus rodillas en abrirse.
Llegué a su edificio en menos de una hora. Era un complejo de departamentos viejos, con un portero eléctrico que sonó tres veces antes de que ella contestara. La voz se le notaba distinta a la del video. Más densa, arrastrando un poco las palabras.
—Sube, séptimo C.
El ascensor olía a humedad. Cuando llegué al séptimo, ella ya tenía la puerta entreabierta. Me asomé y la vi de espaldas, caminando descalza hacia el salón. Llevaba un vestido de verano cortísimo, blanco, sin nada debajo que se transparentara cuando se movía. Sus piernas eran pálidas, largas, y en el modo en que se balanceaba se notaba que había bebido bastante.
—Pasa —dijo sin darse vuelta.
Cerré la puerta detrás de mí y eché la traba.
Cuando finalmente se giró, lo primero que pensé fue que el video no le hacía justicia. Tenía unos pechos enormes para su tamaño, dos copas más de lo que uno esperaría en una mujer así de delgada. La cara la traía maquillada apenas, con un brillo en los labios que le daba un aire de descaro premeditado. Una cara de algo que no termina de admitirse en voz alta.
—No sé qué estoy haciendo —me dijo.
—Estás haciendo exactamente lo que querías hacer. Solo te falta dejar de pensarlo.
Me senté en el sillón. Ella se quedó parada frente a mí, jugando con el ruedo del vestido entre los dedos. Le pedí que me trajera un vaso de agua y la vi alejarse hasta la cocina. Cuando volvió, me lo entregó sin sentarse. Le sujeté la muñeca, la atraje hacia mí y la senté a horcajadas sobre mis piernas.
La besé.
Tardó dos segundos en responder y, cuando lo hizo, abrió la boca con una urgencia que no tenía nada que ver con el plan inicial. Mientras nos besábamos, le agarré la mano y la guié entre sus propias piernas, por debajo del vestido. No llevaba ropa interior.
—Me depilé —murmuró contra mi boca—. Por el chat me dijiste que te gustaba así.
—No me lo digas. Muéstramelo.
Se levantó, dio un paso atrás y se subió el vestido hasta la cintura. La luz de la cocina caía oblicua y la dejaba expuesta del ombligo para abajo. Estaba mojada. Tan mojada que se notaba a esa distancia.
—Ven aquí —le ordené.
***
Le dije que iba al baño. Cuando volví ya no estaba en el salón. La encontré en su habitación, sin vestido, completamente desnuda, recostada en el centro de la cama con las piernas separadas y un brazo cruzado por encima de la cabeza. Una pose que no era espontánea. La había ensayado en su cabeza, probablemente cien veces antes de que yo tocara el timbre.
—Quítate todo —me dijo—. Quiero verte.
Me desnudé sin prisa. Quería que esperara. Cuando me acerqué a la cama, ella estiró la mano para tocarme y le dije que no, que todavía no. Le indiqué que se moviera al borde del colchón y que abriera más las piernas. Después puse las mías a los lados de su cara.
—Antes de que yo te coja, muéstrame cómo chupas.
Me obedeció. Lo hizo bien, mejor de lo que su charla en el chat sugería. Tenía una técnica que no se improvisa, una manera de mirar hacia arriba que decía mucho más sobre su última década que cualquier explicación. Yo me incliné, le abrí las piernas con las dos manos y empecé a darle oral mientras ella seguía conmigo. Cada vez que mi lengua le tocaba donde tenía que tocar, ella perdía el ritmo y dejaba escapar un quejido amortiguado por mi propia carne dentro de su boca.
Cuando le faltaba poco, la frené. La quería para mí, no para ella sola.
Le di la vuelta. La acomodé boca abajo, con las caderas levantadas y la cara hundida contra la almohada. Entré despacio, hasta el fondo. Ella soltó un grito ahogado y tuvo que morder la tela para no despertar a media planta del edificio. Le hablé al oído mientras me movía. Cosas que no se repiten fuera de una cama. Cosas que ella creyó que no le iban a gustar y que terminó pidiéndome que repitiera. Le agarré el pelo con una mano y, con la otra, le apreté el cuello sin cortarle el aire, solo lo suficiente para que entendiera quién manejaba el ritmo de esa noche.
—¿Esto era lo que querías? —le pregunté.
—Sí —dijo con la voz rota.
—Pídemelo bien.
Lo pidió bien.
Pidió, además, otras cosas. Pidió que la girara, que la mordiera, que le dijera al oído todo lo que en diez años nadie le había dicho. A medida que el alcohol se le iba diluyendo en el sudor, la mujer que me había escrito con timidez por chat se convirtió en otra. Una que sabía exactamente lo que quería pero que necesitaba que alguien le diera permiso para pedirlo.
***
Terminé encima de ella, terminé dentro, y cuando me retiré me di una ducha rápida en su baño minúsculo. Salí con la toalla atada en la cintura y la encontré todavía boca abajo, abrazada a la almohada, mirándome con una sonrisa boba que no le había visto antes.
—Era para irte después de esto —me dijo.
—Era. Pero todavía me estás mirando como si quisieras otra ronda.
Se mordió el labio. Caminé hasta la cama, le bajé el brazo de la almohada y la giré boca arriba. Le besé el cuello. Le besé los pechos, esos pechos absurdos que parecían diseñados para dormir sobre ellos. Sentí cómo la respiración se le volvía a entrecortar y, en menos de un minuto, estaba otra vez dura, ella otra vez mojada, y los dos otra vez en el mismo lugar.
—Quédate a dormir —me dijo en algún momento, cuando ya las dos primeras veces eran historia y el reloj marcaba las cuatro y media.
La miré largo rato. No era el plan. Tampoco el suyo.
—Me quedo —le contesté—. Pero con una condición.
—La que quieras.
—Mañana, antes de que me vaya, te cojo otra vez. Y esta vez decides todo tú. Lo que se te ocurra, sin filtros, sin vergüenza. Lo que jamás te atreviste a pedir en diez años.
Asintió en silencio, como si por fin entendiera que el guion no le pertenecía desde hacía rato.
Esa parte la voy a contar en otra confesión. Lo que pasó al amanecer en la cocina de Mariela, con el café enfriándose sobre la encimera y ella arrodillada con el camisón a medio bajar, merece su propio espacio. Lo que sí puedo decir es que volví a mi casa, una semana después de aquella noche, con la sensación de haber cruzado una puerta de la que ya no sé volver. Y que el grupo de la red social, esa misma madrugada, antes de quedarme dormido a su lado, lo eliminé del teléfono.
No por arrepentimiento.
Por instinto de supervivencia.