La confesión que nunca le hice a nadie hasta hoy
Nunca se lo conté a nadie. Ni a mi mejor amiga del colegio, con la que comparto todos los secretos, ni a mi novio de aquella época, ni mucho menos a alguien de mi familia. Llevo años cargando con esto, y la única forma que se me ocurrió de sacármelo de adentro fue escribirlo en un lugar donde nadie sepa quién soy. Así que acá va, sin filtros y sin maquillaje.
Tenía veinte años aquel verano. Mi prima Carolina era dos años mayor que yo, y siempre la había admirado por esa mezcla de descaro y dulzura que a mí me faltaba. Ella se movía por el mundo con una seguridad que me daba un poco de envidia y otro tanto de fascinación. Yo, en cambio, todavía me sonrojaba cuando un chico me miraba demasiado tiempo en el colectivo.
Aquel enero, mis tíos se fueron de viaje y me invitaron a pasar dos semanas con Carolina en la casa de campo que tenían en las afueras del pueblo. Acepté sin pensarlo. Quería sol, piscina, leer un par de libros y, sobre todo, despejarme de la facultad. Lo que no sabía era que mi prima ya tenía otros planes para mí.
El primer día fue normal. Piscina, mate en la galería, una siesta larga después del almuerzo. Pero el segundo día hizo un calor brutal. De esos en los que la ropa se pega a la piel y una termina caminando por la casa con lo mínimo. Yo me había puesto una remera vieja y una bombacha, nada más, y me tiré en la cama grande del cuarto principal a leer.
Carolina entró sin golpear. Venía recién salida de la ducha, envuelta en una toalla, con el pelo todavía mojado y oliendo a coco. Se acostó a mi lado como si nada y empezó a leer por encima de mi hombro.
—¿De qué se trata? —preguntó.
—De una chica que se enamora del marido de la hermana.
—Ah, mirá vos. —Sonrió de un modo que en ese momento no entendí.
Empezó a acariciarme el brazo, despacio, con la punta de los dedos. Yo no le dije nada. Pensé que era una de esas cosas que hacen las primas y nada más. Después la mano subió al cuello, después bajó por la espalda, después se detuvo en la cintura. Yo seguía con el libro abierto, pero ya no leía. Estaba pendiente de cada uno de sus dedos.
—¿Te molesta? —me preguntó al oído.
—No —contesté, y mi propia voz me sorprendió por lo baja que sonó.
Lo que pasó después no lo había planeado en mi cabeza ni una sola vez en mi vida. Carolina me giró sobre la cama, me besó en la boca y yo le devolví el beso. No fue un beso de prima, fue un beso de mujer. Largo, con lengua, con un hambre que yo no sabía que tenía y que ella, claramente, sí conocía.
Me sacó la remera con una facilidad que ahora, mirando para atrás, me hace pensar que lo había ensayado mil veces en su cabeza. Me besó los pechos, después el ombligo, después fue bajando. Cuando llegó entre mis piernas, yo ya estaba mojada de un modo que me daba vergüenza admitir. Ella se rio bajito, como festejándolo, y empezó a usar la lengua con una precisión que ningún chico, hasta entonces, me había dedicado.
Acabé rápido, demasiado rápido, y le pedí que parara. No paró. Me dijo que tenía toda la tarde y que no íbamos a salir de esa cama hasta que yo no aguantara más. Y así fue.
***
Lo que no sabía, lo que ella me confesó días después, era que todo lo que vino esa tarde fue parte de un plan. Mientras me lamía, mientras me besaba el cuello, mientras me iba enseñando lo que era estar con una mujer, Carolina me estaba preparando para otra cosa. Algo que se le había metido en la cabeza semanas atrás y que necesitaba que yo aceptara sin darme cuenta.
Después del primer orgasmo, se levantó, abrió el cajón de su mesa de luz y sacó un arnés. Yo nunca había visto uno de cerca. Era negro, con correas, y tenía una pieza que parecía sacada de una película. Lo agarró sin pudor, como si fuera un cepillo de pelo.
—¿Te animás? —me dijo.
—No sé… —dudé.
—Confiá en mí.
Y le confié. Esa fue la palabra clave de todo el verano: confiar. Cada vez que dudaba, Carolina me decía esa misma frase, y yo cedía.
Se puso el arnés y se acostó boca arriba. Me hizo subirme encima. La primera vez que sentí algo así dentro de mí, con ella mirándome desde abajo, me pareció una de esas escenas que una ve por casualidad en internet y piensa que jamás va a vivir. Pero ahí estaba. Me movía despacio, después más fuerte, después al ritmo que ella me marcaba con las manos en mi cadera. Acabé de nuevo, esta vez con un grito ahogado que rebotó contra las paredes de cemento de la casa.
Lo que vino después fue lo que ella, en realidad, había estado buscando. Me hizo darme vuelta. Me puso en cuatro. Y empezó a tocarme un lugar donde nadie había estado nunca. Le dije que no. Me dijo que confiara. Buscó un pomo de lubricante en el cajón, y con paciencia, con muchísima paciencia, me fue acostumbrando. Al principio dolió. Me quejé. Le pedí que parara dos veces. Pero algo, en algún momento, cambió. El dolor dejó de ser dolor y se transformó en otra cosa, una sensación rara, intensa, distinta a todo lo que conocía. Cuando me di cuenta, le estaba pidiendo que no parara.
—Buena nena —me dijo al oído, y a mí esa frase me hizo acabar otra vez.
***
Esa noche cenamos juntas, en silencio, una ensalada que ninguna de las dos terminó. Yo no podía mirarla a los ojos sin sonrojarme. Ella se reía cada tanto, como si supiera algo que yo todavía no terminaba de entender.
Al día siguiente, después del desayuno, me hizo lo mismo. Otra vez la cama, otra vez el arnés, otra vez la paciencia. Pensé que era porque le había gustado, porque a ella también la calentaba repetirlo. Después supe que me estaba entrenando.
—Mañana vienen unos amigos —me dijo mientras me peinaba el pelo, ya tarde, en la galería—. Diego y Tomás. ¿Te acordás de Diego?
—Sí, lo vi una vez en lo de tu vieja.
—Tomás es nuevo, te va a gustar. Es flaco, alto, callado. Tiene unos ojos verdes que matan.
—¿Y qué venimos a hacer?
—Lo que tengamos ganas. Yo me quedo con Diego. Vos hacé lo que se te cante con Tomás.
Lo dijo así, como quien planea ir al supermercado. Me reí, nerviosa, y le dije que ni loca. Que recién lo conocía, que yo no era de esas. Carolina me apretó la mano y me contestó:
—Vos sos lo que querés ser. Una noche, nada más. Y si no te gusta, te volvés a tu pieza y listo.
Confié otra vez. Y, ahora que lo escribo, me doy cuenta de lo fácil que era para ella convencerme.
***
Diego y Tomás llegaron pasadas las once. Trajeron dos botellas de vino tinto y una bandeja de empanadas que sobraban de algún cumpleaños. Nos sentamos en el living, que tenía un sillón largo y un sofá enfrente. La luz era amarilla, cálida, y la música que puso Carolina iba bajando de a poco, de una banda alegre a algo más lento y pegajoso.
Las dos teníamos puestas pollerita corta y remera. Yo, además, una bombacha que había elegido con más cuidado del que estoy dispuesta a admitir. Carolina, en algún momento entre el segundo y el tercer vaso, se sentó arriba de Diego y le empezó a dar besos en el cuello. Yo me quedé en el sofá con Tomás, sin saber qué hacer con mis manos.
—¿Estás incómoda? —me preguntó él, en voz baja.
—Un poco —admití.
—Si querés, me voy.
Esa frase me desarmó. No esperaba que un chico, a esa altura de la noche, me ofreciera retirarse. Lo miré, y entonces sí me animé. Lo besé yo a él. Tomás se sorprendió un segundo y después me devolvió el beso con una calma que no había sentido nunca en un primer encuentro.
Mientras nos besábamos, escuchaba los gemidos de mi prima del otro lado de la habitación. No la veía, pero la oía, y eso me prendía algo en la cabeza que no sabía que existía. Tomás me acariciaba el muslo, despacio, sin apuro, y yo le abría las piernas un poco más sin querer admitir que lo estaba haciendo a propósito.
Me besó el cuello. Bajó. Me sacó la remera. Me sacó la pollera. Cuando se arrodilló en el piso y me besó por encima de la bombacha, yo me agarré del respaldo del sofá y miré al techo. Pensé: esta noche soy otra persona. Y la idea, en lugar de asustarme, me liberó.
Tomás se sacó la ropa. Yo lo miraba sin disimular. Le agarré la mano, lo subí al sofá, me senté arriba de él. Lo busqué, lo guie y bajé despacio. Cuando lo tuve adentro, miré hacia el sillón. Carolina estaba sobre Diego, moviéndose, con la cabeza hacia atrás y una sonrisa de oreja a oreja. Me cruzó la mirada y me guiñó el ojo.
***
Lo que vino después, todavía hoy, me cuesta contarlo.
Yo seguía arriba de Tomás, cabalgándolo despacio, cuando Carolina se levantó del sillón y se acercó. Vino desnuda, con la piel brillando por el calor y el sudor, y se arrodilló a un costado del sofá. Empezó a besarme la espalda, los hombros, la nuca. Me tocaba los pechos por detrás mientras yo seguía encima de Tomás. Era una situación rarísima y, al mismo tiempo, la cosa más natural del mundo. Mi prima, un desconocido y yo. Y no me quería detener.
Después sentí otras manos. Las de Diego. Y ahí entendí todo.
Me quise bajar, por reflejo, pero Carolina me agarró la cara y me besó. Me besó fuerte, profundo, con una intensidad que me cortó el impulso de huir. Mientras me besaba, escuché a Diego abrir un envoltorio. Sentí sus manos en mi cintura. Sentí el frío del lubricante en un lugar que mi prima, durante dos días, se había encargado de preparar.
—Confiá —me dijo Carolina al oído.
Y confié otra vez.
No voy a entrar en detalles de cada movimiento, porque hay cosas que prefiero guardarme para mí. Pero sí puedo decir esto: jamás en mi vida sentí algo parecido. Estar entre dos cuerpos al mismo tiempo, con mi prima besándome la boca, con la voz de Tomás abajo, con Diego atrás, fue una experiencia que me partió en dos. No sé cuánto tiempo estuvimos así. No sé cuántas veces acabé. Sé que en algún momento dejé de pensar y solo existí. Que mis gritos se escucharon, seguramente, hasta la otra punta del pueblo. Que sentí a los dos, casi al mismo tiempo, terminar. Que cuando todo se detuvo, me quedé tirada sobre el pecho de Tomás, sin poder hablar, con Carolina acariciándome el pelo como si yo fuera una nena recién dormida.
***
Los chicos se fueron a eso de las cinco de la mañana, sin escándalo. Tomás me dio un beso en la frente antes de irse, como si fuéramos novios de toda la vida. Diego le dejó la dirección a Carolina escrita en un papel doblado. Ninguno de los dos volvió a pisar la casa.
Carolina y yo nos acostamos juntas en la cama grande, abrazadas, sin hablar, hasta que el sol empezó a entrar por la persiana. A la mañana siguiente, mientras tomábamos café en la cocina, me confesó todo. Que lo había planeado desde el primer día de mis vacaciones. Que se había puesto a entrenarme a propósito para que el cuerpo no me jugara en contra esa noche. Que les había avisado a Diego y a Tomás cuál iba a ser el rol de cada uno. Que era una fantasía vieja suya y que conmigo, por algún motivo, había sentido que podía proponerla en serio.
Me enojé. Le grité. Le dije que era una desubicada, que cómo se le ocurría, que yo no era un experimento. Carolina me dejó hablar sin interrumpirme. Cuando terminé, me preguntó solamente una cosa.
—¿Te arrepentís?
Y yo, después de pensarlo durante varios segundos, le tuve que decir la verdad. No me arrepentía. Estaba enojada por la manipulación, sí. Pero esa noche había sido una de las más intensas de mi vida, y mentirme a mí misma no iba a cambiar el hecho de que, en cierto modo, había disfrutado cada minuto.
De aquello pasaron varios años. Carolina y yo seguimos siendo cercanas, aunque nunca volvimos a hablar del tema en serio. A veces, en alguna cena familiar, me cruza la mirada y sonríe de ese modo que solo yo entiendo. Y yo le sonrío también, con la certeza de que llevamos un secreto que ningún otro pariente, ninguna pareja, ninguna amiga, va a conocer jamás.
Hasta hoy, claro. Que decidí escribirlo acá.