Crucé la frontera para trabajar y me enamoré del casero
A mi marido Andrés le costó tres años perdonarme la última vez. No la primera infidelidad, no la segunda, sino la que ya no pude esconder. Volvimos a Quito con un juramento mutuo: yo no iba a buscar a nadie más, él iba a confiar de nuevo. Pasaron diez años así, con la fe y la rutina sostenidas a fuerza de costumbre.
Compramos una casa con el banco. Tres habitaciones, patio chico, un préstamo que nos comía la mitad del sueldo. Yo trabajaba en una óptica del centro y él manejaba un taxi por turnos. La verdad es que las deudas no eran solo del banco. Me gustaba comprarme cosas. Me gustaba entrar a una tienda y salir con una bolsa, una blusa, unos zapatos, un perfume. Sumadas todas, esas bolsas eran un agujero que no se cerraba nunca.
Mi vecina Rocío fue la que me metió la idea en la cabeza. Una tarde, parada en la puerta de su casa con un café en la mano, me dijo que se iba a Mendoza. Que su prima estaba allá y le había conseguido contrato en un geriátrico. Que se ganaba cuatro veces más, casi en dólares, y que había trabajo de sobra para mujeres con ganas.
—Vente —me dijo—. Aunque sea un año. Tapás las deudas y volvés con la cabeza tranquila.
Esa noche le repetí a Andrés cada palabra de Rocío, con los ajustes necesarios para que sonara una propuesta seria y no un capricho. Le mostré los números. Le hablé de los hijos, de la casa, del próximo aumento de la cuota. Le dije que volvía a la iglesia los domingos y que nunca lo dejaría solo más de un año. Él me miró con esa cara que pone cuando no quiere discutir y dijo que lo pensaríamos.
Lo pensamos seis semanas. Al final aceptó. No me lo dijo de golpe; lo dejó caer mientras lavaba los platos.
—Andate —murmuró sin mirarme—. Pero hacé las cosas bien esta vez.
***
Llegué a Mendoza un sábado a la mañana, con dos valijas y la dirección de Rocío en un papel arrugado. Su prima nos esperaba en la terminal. Tres meses dormí en el sillón del living de esa casa. Tres meses de tolerar el olor a comida ajena, los horarios cruzados, los baños compartidos. Rocío empezó a salir con un mendocino que se llamaba Gastón, y a veces me pedía el departamento para los dos. Yo agarraba mi cartera y caminaba hasta que se cansaba el cuerpo.
Una mañana, leyendo los avisos pegados en la verdulería de la cuadra, vi un anuncio escrito a mano: «Alquilo pieza con baño. Casa de familia. Tranquilidad y respeto». Llamé esa misma tarde.
Sebastián tenía cuarenta y pocos. Era flaco, alto, con los ojos claros y una barba descuidada que le quedaba bien. Vivía solo en una casa grande del barrio San José, con dos piezas que alquilaba para ayudarse con las expensas. Me hizo pasar a la cocina, me sirvió café y me preguntó por mí. Lo justo. Sin curiosear. Cuando le dije que recién había llegado y que todavía no cobraba el primer sueldo, me ofreció la pieza igual.
—Me pagás a fin de mes cuando te paguen —dijo—. Confío en la cara de las personas. Si me equivoco contigo, ya aprenderé.
Me mudé al otro día con mis dos valijas. La pieza era amplia, daba al patio, tenía una ventana grande por donde entraba el sol de la mañana. Por primera vez en tres meses dormí sola y en una cama de verdad.
***
Los primeros días apenas lo vi. Yo entraba y salía con el horario del geriátrico, él iba y venía del taller donde arreglaba autos. Nos cruzábamos en la cocina al amanecer, dos sombras moviéndose entre la cafetera y el tostador.
Después empezó a esperarme con la cena hecha. Decía que cocinar para uno o para dos daba lo mismo. Yo aceptaba, le daba las gracias, lavaba los platos. A veces nos quedábamos hablando hasta tarde, sentados a la mesa con la luz de la cocina apagada y solo el resplandor de la lámpara del patio entrando por la ventana. Él me contaba de su vida. Yo le contaba lo que se podía contar.
Una noche me invitó a comer afuera. Dijo que conocía un lugar bueno cerca del río. Le dije que sí sin pensarlo demasiado, y solo cuando me estaba arreglando frente al espejo entendí lo que estaba haciendo. Me había maquillado los ojos. Me había puesto la blusa que reservaba para los cumpleaños. Me había perfumado el cuello.
—Soy madre —le dije al sentarnos en el restaurante—. Tengo tres hijos en Ecuador.
Fue la verdad y fue una mentira a la vez. Lo dije como si fuera soltera. No mencioné a Andrés. Sebastián escuchó, asintió, y después de un silencio largo dijo:
—No tenés anillo.
Me miré la mano. Era cierto. Me lo había sacado el día que crucé la frontera y nunca me lo había vuelto a poner.
—No —contesté.
Y con esa palabra abrí la puerta.
***
De la cena pasamos al bar. Tomamos dos copas de vino, después un trago dulce que no recuerdo cómo se llamaba. La cabeza se me llenó de un calor que no era solo el alcohol. Cuando volvimos a la casa, los dos sabíamos lo que iba a pasar y los dos hicimos como que no.
Me acompañó hasta la puerta de mi pieza y se quedó parado en el marco. Me apoyé en él para no caerme. Sentí el olor a jabón en su cuello, la mano grande sosteniéndome la cintura, la barba contra mi sien.
—Te llevo a dormir —dijo, y me llevó a su cuarto, no al mío.
Me desperté a la mañana siguiente desnuda, en una cama que no era la mía, con el sol entrando por una persiana ajena. Sebastián dormía bocarriba, con un brazo cruzado sobre la frente. Quise levantarme y no pude. Me quedé mirando el techo, midiendo el tamaño de lo que había hecho, calculando cómo se notaría desde afuera.
Me vestí en silencio, fui a mi pieza, me cambié para el trabajo y salí sin desayunar. Todo el día me temblaron las manos. Recé en el baño del geriátrico, recé en el colectivo de vuelta, le mandé un mensaje a Andrés diciéndole que lo extrañaba. Cuando volví a la casa, sobre la cama de mi pieza había un ramo de rosas rojas. Doce. Atadas con una cinta blanca.
Sebastián golpeó la puerta y me pidió permiso para entrar. Me besó suave, sin apuro, como pidiendo perdón y a la vez prometiendo más. Yo me puse a llorar contra su pecho.
—Tengo miedo de quedar embarazada —le mentí, porque era el único miedo que podía decir en voz alta.
Él me abrazó más fuerte.
—No te preocupes. Anoche me cuidé. Y de acá en adelante también.
Esa noche dormí en su cuarto. Y la siguiente. Y la siguiente.
***
A las dos semanas no había vuelto a entrar en mi pieza más que a buscar ropa. A las tres semanas, Sebastián me pidió que dejáramos de simular que pagaba un alquiler. A las cuatro semanas me llevó al registro civil a averiguar los papeles del casamiento. Aceptamos un turno para tres meses después.
Andrés me llamaba cada noche a las nueve, hora de Mendoza. Yo salía al patio para hablar tranquila. A Sebastián le dije que era mi primo hermano, el que cuidaba a los chicos. Que vivía en mi casa porque a mi madre se le hacía mucho con los tres y él me ayudaba a cambio de techo. Le mostré una foto vieja de un primo real, por si acaso. Sebastián no preguntó más.
Cada quincena Andrés me preguntaba cuánto había mandado y yo le inventaba números. La mitad de mi sueldo se me iba en cosas que antes no me compraba: ropa interior nueva, un perfume distinto, un corte de pelo más caro del que necesitaba. La otra mitad la depositaba a nombre de Andrés, como prueba. Me había vuelto experta en repartir mentiras pequeñas que de lejos parecían una sola verdad.
Lo más extraño es que estaba enamorada. No del todo, no como en la novela, pero sí lo suficiente como para imaginarme una vida entera con Sebastián. Lo imaginaba esperándome con la cena, llevándome a la sierra los domingos, recibiendo a mis hijos en el aeropuerto. Le creí cuando me dijo que los traería. Le creí cuando me dijo que él tampoco había sido feliz antes. Le creí casi todo.
***
El error fue dormirme con el celular sobre la mesa de luz. Una madrugada, Sebastián se levantó al baño, vio el aparato, lo agarró. Me dijo después que solo quería poner la alarma. Que vio una llamada perdida y el contacto guardado como «Andrés esposo». Que se quedó un rato sentado en la cocina con el teléfono apretado en la mano. Que tomó un trago largo de agua y marcó el número que aparecía en la pantalla.
No sé exactamente lo que se dijeron. Sé que Andrés escuchó la frase «mi futura esposa» y entendió todo de golpe. Sé que después llamó a mi madre llorando. Sé que mi madre llamó a mi padre y mi padre llamó a mis hermanas. Sé que en menos de seis horas la familia entera de Quito sabía lo que yo había hecho.
Yo seguí durmiendo. Me desperté con el sonido del teléfono vibrando contra la madera. Era mi madre.
—Vení para acá ahora mismo —me dijo con la voz quebrada—. Te compramos el pasaje. O volvés a tu casa con tus hijos, o te olvidás de que tenés familia. Elegí.
Salí descalza al patio y me senté en el escalón. Recién entonces vi a Sebastián parado en la puerta de la cocina, mirándome. Tenía los ojos rojos y la mandíbula apretada.
—Decime que no es verdad —pidió.
Y no pude.
***
Lloramos los dos hasta el amanecer. Le pedí perdón por cosas para las que no había perdón posible. Le dije que nunca había querido a Andrés como lo quería a él. Le dije que cada noche con él había sido la verdad de mi vida. Le dije que los hijos eran lo único que no podía dejar. Sebastián me escuchó sin interrumpirme y al final solo me preguntó por qué le había mentido desde el primer día.
—Porque tenía miedo de que no me alquilaras la pieza —contesté.
Era la verdad más chica de todas.
Hice las valijas esa misma tarde. Me llevó a la casa de Rocío en su auto, sin hablar. En la puerta me bajó el bolso, me miró por última vez, y me dijo algo que todavía hoy me repito en voz baja cuando estoy sola: «No vuelvas a hacerle esto a nadie». Después arrancó y se fue.
Al día siguiente subí a un avión rumbo a Quito. Volé las cinco horas con el sueño cortado, mirando por la ventana cómo la cordillera se rompía debajo. Pensé en mis hijos. Pensé en Andrés. Pensé en Sebastián, que en ese mismo momento estaría desarmando la cama, lavando las sábanas, devolviendo la pieza a su forma anterior, como si nunca nadie hubiera dormido ahí.
Cuando aterricé, en la sala de llegadas no me esperaba nadie. Ni mi madre, ni mis hermanas, ni Andrés. Tomé un taxi y le di la dirección de mi casa. El chofer puso la radio. Sonaba una canción vieja, una de las que ponía Andrés los sábados a la mañana cuando todavía éramos felices.
Bajé del taxi con las dos valijas y me quedé parada un rato frente a la puerta. Adentro había una vida que ya no era mía y otra que iba a tener que reconstruir desde el piso. Toqué el timbre y esperé.
No sabía lo que me iba a esperar del otro lado.