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Relatos Ardientes

Caminé sola por el cerro con un secreto entre las piernas

Nunca le conté esto a nadie. Ni a mi hermana, que cree que lo sabe todo de mí, ni a las amigas con las que tomo café los jueves y hablamos de maridos aburridos como si el aburrimiento fuera un destino. Lo escribo ahora porque necesito que exista en alguna parte fuera de mi cabeza, donde llevo dándole vueltas semanas. Aquella tarde de domingo subí al cerro que hay detrás de mi pueblo con un secreto metido en el cuerpo, y bajé convertida en una mujer que todavía estoy aprendiendo a reconocer.

Tengo treinta y cuatro años, una vida ordenada y una colección de cosas que jamás me había atrevido a decir en voz alta. La idea me había rondado durante días, desde que una conversación tonta en un grupo de mensajes me dejó con una pregunta clavada: ¿hasta dónde sería capaz de llegar yo, si nadie me veía? Esa mañana, antes de salir de casa, abrí el cajón donde guardo lo que no enseño y elegí el plug más grande que tengo. Talla grande, de silicona pesada, uno que compré por curiosidad y que casi nunca uso porque me intimida.

Me lo puse con calma, frente al espejo del baño, con la respiración entrecortada y una toalla mordida entre los dientes para no hacer ruido. Al principio fue una intrusión, casi un desafío físico, una sensación que reclamaba toda mi atención y me obligaba a quedarme quieta. Pensé en sacármelo. Esto es una locura, Marina, vas a salir a caminar, no a otra cosa. Pero precisamente esa voz que me ordenaba ser sensata fue la que me empujó a terminar de vestirme y agarrar las llaves.

Me puse unos pantalones holgados de lino, una camisa amplia, las botas de monte. Por fuera era una mujer cualquiera saliendo a estirar las piernas un domingo. Por dentro era un volcán a punto de aprender lo que significaba contenerse.

***

El sendero arranca en las afueras del pueblo y sube en zigzag entre pinos hasta una loma desde la que se ve todo el valle. Lo conozco de memoria; lo he subido cien veces con la cabeza en otra parte, pensando en la lista de la compra o en las facturas. Esa tarde no pensaba en nada de eso. Cada paso me recordaba lo que llevaba dentro.

El primer tramo fue el más difícil. Con cada apoyo del pie, el plug se movía apenas un milímetro, lo justo para que una corriente me subiera por la columna y se me cortara el aliento. Tuve que detenerme dos veces, agarrada a la corteza de un árbol, fingiendo que admiraba el paisaje por si pasaba alguien. No pasó nadie. El cerro estaba vacío, con ese silencio espeso de las primeras horas de la tarde en que el calor obliga a todo el mundo a quedarse en casa.

Y eso, el saberme sola, lo cambió todo. Empecé a caminar más despacio, no para descansar, sino para sentir mejor. Para administrarme el placer como quien racionea el agua en un día largo. Cada paso era una decisión, una pequeña entrega. Me descubrí sonriendo sola, con las mejillas ardiendo, escuchando el roce de mi propia ropa como si fuera la cosa más obscena del mundo.

A media subida saqué los auriculares. Tenía guardado un audio que una conocida me había pasado entre risas, uno de esos relatos narrados con voz grave que yo nunca había tenido el valor de escuchar entero. Le di a reproducir. La voz empezó a describir una escena de entrega total, una mujer que se abandonaba sin pudor, y algo se rompió dentro de mí. No fue solo excitación. Fue reconocimiento.

***

Llegué a un recodo donde el sendero se ensancha y hay unos matorrales altos que cortan la vista desde el camino. Me detuve. El sol estaba en su punto más alto y me caía a plomo sobre la nuca. La voz del audio seguía hablándome al oído, describiendo cosas que yo jamás me habría atrevido a pensar con palabras tan directas, y yo estaba allí de pie, empapada, sintiendo cómo la humedad se deslizaba y me delataba a través de la tela.

Miré alrededor. Nadie. Solo los pinos, la tierra seca y el zumbido de algún insecto. Y entonces hice algo que todavía me cuesta creer. Me metí entre los matorrales, me desabroché los pantalones y, con un gesto rápido, casi furtivo, me quité la ropa interior y la guardé en el bolsillo.

La sensación fue eléctrica. Sin esa última barrera, el aire del cerro me rozaba donde nunca me había rozado el aire, y el contraste entre lo prohibido y lo natural me dejó temblando. Volví a abrocharme los pantalones, pero ya sin nada debajo, y al dar el primer paso sentí la tela ligera moverse contra mi piel desnuda y el plug recordándome su presencia con cada movimiento.

Caminé así un buen rato. Era una mujer respetable paseando por el monte un domingo, y al mismo tiempo era otra cosa completamente distinta, una criatura que bajo las capas de lino escondía una naturaleza que llevaba toda la vida fingiendo no tener. No había vergüenza. Eso es lo que más me sorprendió. Esperaba sentirme sucia, ridícula, expuesta. Y en cambio lo que sentí fue una honestidad brutal conmigo misma, como si por primera vez en años no le estuviera mintiendo a nadie, ni siquiera a mí.

Así que esto es lo que hay debajo de todo.

***

Subí hasta la loma. Desde allí el valle se abría entero, con el pueblo abajo como una maqueta y la carretera comarcal cruzándolo como una línea de plata. Me senté sobre una roca tibia, todavía con la voz del audio en los oídos, y dejé que el cuerpo hiciera lo que llevaba toda la tarde pidiéndome.

No fue rápido. No quise que lo fuera. Me toqué por encima de la tela primero, con la palma entera, sintiendo el calor que subía de mí misma. El plug convertía cada caricia en algo doble, un placer que venía de dos sitios a la vez y se encontraba en alguna parte de mi vientre. Cerré los ojos. El sol me quemaba los párpados y el viento me levantaba el pelo, y yo estaba allí arriba, a la vista de un valle entero que dormía la siesta, haciéndome cosas que jamás había hecho a la luz del día.

Metí la mano dentro de los pantalones. Estaba empapada, más de lo que recordaba haber estado nunca, y el primer contacto directo de mis dedos me arrancó un sonido que se perdió en el aire del cerro. La voz del audio describía exactamente lo que yo estaba haciendo, como si me hubiera estado espiando, como si supiera. Me dejé llevar por esa coincidencia imposible y dejé de pensar.

Pensé, por un segundo, en lo que pasaría si alguien apareciera por el sendero. Un excursionista, un cazador, cualquiera. La idea, que debería haberme detenido, me empujó al borde. Imaginé unos ojos sobre mí, descubriéndome, y fue justo eso lo que me deshizo. Me corrí con la espalda arqueada contra la roca, mordiéndome la mano para no gritar, con el plug y mis dedos y el sol y el miedo a ser vista todo mezclado en una misma ola que me sacudió de arriba abajo.

Cuando abrí los ojos, el valle seguía igual de indiferente. No había aparecido nadie. Pero algo en mí ya no estaba donde había estado por la mañana.

***

Me quedé un rato larguísimo tendida sobre la roca, recuperando el aliento, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor y una sonrisa que no podía borrarme. Me sentía vaciada y llena al mismo tiempo, esa contradicción que solo entiende el cuerpo. Saqué la ropa interior del bolsillo y la miré como se mira una prueba de un delito que una no piensa confesar. Decidí no ponérmela. Quería bajar igual que había subido la última parte: sin barreras.

El descenso fue distinto. El plug ya no me intimidaba; se había vuelto parte de mí, una presencia familiar que me acompañaba con cada paso como un recordatorio de lo que acababa de descubrir. Crucé con una pareja de ancianos que subían despacio, apoyados el uno en el otro, y les di las buenas tardes con una naturalidad que me asombró. Ellos no sabían nada. Nadie en aquel cerro, nadie en mi pueblo, nadie en mi vida sabía lo que yo acababa de aprender de mí misma.

Y lo que aprendí fue esto: que la mujer ordenada y la mujer salvaje no son dos personas distintas. Son la misma, y los límites que yo me había impuesto durante años no eran muros, eran sombras. Bastaba caminar hacia ellos para atravesarlos.

***

Han pasado varias semanas desde aquel domingo. Mi vida sigue igual de ordenada por fuera: el café de los jueves, las facturas, los maridos aburridos de mis amigas. Pero por dentro algo se ha soltado para siempre. He vuelto al cerro dos veces más, cada una un poco más lejos, cada una un poco más atrevida. No sé hasta dónde llegaré. Esa es justo la parte que me mantiene despierta por las noches, con una sonrisa en la oscuridad.

La próxima vez, quizás, busque un sendero más largo. Uno menos seguro, más expuesto, donde la posibilidad de ser descubierta sea algo más que una fantasía sobre una roca. No sé si me atreveré. Lo que sí sé es que la mujer que bajó del cerro aquella tarde ya no le tiene miedo a sus propios deseos, y eso, después de toda una vida fingiendo, es lo más parecido a la libertad que he sentido nunca.

Por eso lo escribo. No para que nadie me juzgue ni para que nadie me entienda. Lo escribo porque por primera vez no me avergüenza ser quien soy, y necesitaba decirlo en alguna parte, aunque sea aquí, en este rincón donde nadie sabe mi nombre verdadero. El secreto que subí al cerro ya no pesa. Ahora camino con él a plena luz, y nadie lo nota, y esa es justamente la parte que más me gusta.

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Comentarios (4)

Nacho_BA

increible relato, quede sin palabras!!

CarlaFromRosario

Me encanto la forma en que lo contaste, se siente tan real. Sigue escribiendo asi!

DespertoSolo

Que fantasia tan bien narrada. Me recordó a una caminata que hice en verano, aunque sin ese secreto jaja

SoledadPB

Por favor mas relatos asi, quede con ganas de saber como termino esa tarde entera

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