La tarde que me quedé a solas con el nuevo
Voy a contarlo tal cual pasó, sin adornos, porque todavía no me lo creo del todo. Llevaba más de un año sin que Andrés me tocara. Mi marido y yo dormíamos en la misma cama como dos desconocidos educados, cada uno en su orilla, dándonos las buenas noches sin rozarnos. Al principio lo entendí. El estrés, el trabajo, las pastillas que tomaba para la tensión. Pero los meses fueron pasando y yo empecé a sentirme como un mueble más de la casa.
Lo peor no era que él no pudiera. Lo peor era que ni lo intentaba. Yo me metía en la cama con un camisón que antes le volvía loco y él apagaba la lámpara y se daba la vuelta. Llegó un punto en que dejé de pedírselo. Me bastaba con cerrar la puerta del baño, sentarme en el borde de la bañera y meterme dos dedos en el coño mientras me pellizcaba un pezón con la otra mano, mordiéndome el labio para no gemir por encima del sonido del extractor. Me corría rápido, sola, apretando los muslos, y volvía a la cama sintiéndome más vacía que antes.
Tenía treinta y seis años y me sentía de setenta. Hasta que entró Mateo.
***
Mateo llegó a la empresa un lunes de septiembre, recién salido de la universidad, con veintidós años y una sonrisa que no sabía el daño que hacía. Yo coordinaba el departamento, así que me tocó enseñarle todo: los procesos, los informes, dónde estaba la dichosa impresora que siempre se atascaba. Y mientras le explicaba columnas de números, me descubría a mí misma mirándole los antebrazos cuando se arremangaba la camisa, y bajando la vista al bulto de su pantalón cuando se sentaba a mi lado.
Me daba vergüenza. De verdad que sí. Pensaba: ¿qué te pasa, eres su jefa, podría ser tu hermano pequeño. Pero el cuerpo no entiende de vergüenzas cuando lleva un año en ayunas, y el mío llevaba semanas empapándome las bragas cada vez que él se me acercaba a explicarme una hoja de cálculo.
Aquella tarde de octubre nos quedamos solos. El informe trimestral se nos echaba encima y los demás se fueron escapando a las cinco, uno detrás de otro, hasta que la planta entera quedó vacía. Solo nosotros, el zumbido del aire acondicionado y las luces de la ciudad encendiéndose al otro lado del ventanal.
Él estaba inclinado sobre mi escritorio, señalando una celda con el dedo, y yo no escuchaba ni una palabra. Olía a colonia barata y a algo más, a piel joven, y cada vez que se acercaba se me secaba la boca y se me apretaban los pezones contra el sujetador.
—Voy un momento al baño —dijo, y se levantó.
Le miré el culo mientras se alejaba por el pasillo. Tendría que haberme quedado en mi silla. Lo sé. Pero algo se me había roto por dentro hacía rato.
***
Esperé un par de minutos contando los latidos en las sienes. Luego me levanté y caminé por el pasillo en penumbra, con los tacones en la mano para no hacer ruido sobre el parqué. La puerta del baño de hombres estaba entornada, y de dentro salía un sonido que me paró en seco: una respiración entrecortada, rítmica, y el chasquido inconfundible de una mano moviéndose deprisa sobre una polla dura.
Me asomé por la rendija. Mateo estaba de espaldas, frente al lavabo, con una mano apoyada en la pared y la otra pajeándose despacio. Vi por el reflejo del espejo su verga, gruesa, roja en la punta, brillante, y cómo el puño le subía y le bajaba con un ritmo que ya se le empezaba a descontrolar. No me vio. Yo me quedé clavada al suelo, conteniendo el aliento, sintiendo cómo me ardía la cara y cómo, más abajo, se me empapaban las bragas de golpe.
Debí hacer algún ruido. Un suspiro, el roce de la blusa, no sé. Él se giró de golpe y nuestras miradas se cruzaron en el espejo, con la polla todavía en la mano. Me quedé helada, atrapada, sin una sola excusa que sirviera.
—Lo siento —murmuré—. Yo… escuché y…
No terminé la frase. Empujé la puerta y entré. Y él, en lugar de apartarse, se quedó quieto, con la mano aún alrededor de su polla, mirándome como si llevara semanas esperando exactamente eso.
—No te disculpes —dijo en voz baja—. Llevo desde el primer día pensando en ti.
Me acerqué. El corazón me iba a reventar. Le puse una mano en el pecho, noté el latido tan acelerado como el mío, y bajé la vista a su verga, gorda y palpitante, apuntándome. Le aparté la mano y se la agarré yo. Estaba caliente, dura como una piedra, mojada de saliva en la punta. Él dejó escapar un gemido ahogado en cuanto lo toqué, y eso me dio el valor que me faltaba.
***
Lo besé primero. Un beso torpe, urgente, de dientes y lengua, mientras él me apretaba contra el lavabo con las dos manos ya buscándome las tetas por encima de la blusa. Le abrí los botones uno a uno sin dejar de besarlo, le mordí el labio, le lamí el cuello. Llevaba un año esperando que alguien me deseara así, sin pensarlo, sin pedir permiso, y por fin lo tenía en mis manos, literalmente.
Le desabroché el sujetador de un tirón. Él me lo bajó y se me lanzó a los pezones como un hambriento, chupándomelos, mordisqueándomelos, tirando de ellos con los labios hasta que se me escapó un jadeo largo. Le agarré la cabeza y lo apreté contra mi pecho.
—Sigue así —le pedí—. No pares.
Bajé una mano y volví a masturbarlo, sintiendo cómo se le iba poniendo aún más dura, cómo se le hinchaban las venas bajo mis dedos. Después bajé poco a poco, dejándole un rastro de besos por el cuello, por el pecho, por el ombligo, hasta arrodillarme sobre las baldosas frías. Levanté la vista. Él me miraba con la boca entreabierta, sin creerse lo que estaba pasando. Yo tampoco me lo creía.
Le agarré la polla con las dos manos y me la acerqué a la cara. Le saqué la lengua y le lamí la punta, saboreando la gota salada que le brillaba ahí. Él pegó un respingo. Yo sonreí, se la lamí entera de abajo arriba, muy despacio, siguiéndole cada vena con la punta de la lengua, y luego me la metí en la boca hasta el fondo.
—Joder… —jadeó, y me clavó los dedos en el pelo.
Me la mamé sin prisa, saboreando cada reacción suya, cada gemido que intentaba tragarse. La sacaba, le pasaba la lengua por debajo, se la volvía a meter hasta que se me clavaba en el fondo de la garganta. Se me llenaba la boca de saliva y le chorreaba por los huevos, y yo se la restregaba con la mano mientras seguía chupándole la punta. Le lamí los cojones también, uno y otro, y él soltó un juramento entre dientes.
Me gustó el poder que sentí entonces: yo, la jefa formal de las reuniones, la mujer invisible en su propia cama, arrodillada en el baño de la oficina con una polla de veintidós años entrándome y saliéndome de la boca, haciéndolo temblar.
—Para —jadeó al cabo de un rato, tirándome del pelo hacia atrás—, para o me corro ya y esto se acaba antes de empezar.
Me levanté riéndome por lo bajo, con los labios hinchados y la barbilla mojada. Me di la vuelta, apoyé las palmas en el borde del lavabo y me subí la falda hasta la cintura. Me bajé las bragas hasta los tobillos y las dejé caer al suelo. Lo miré por encima del hombro, por el reflejo del espejo, con el coño ya abierto y goteando por los muslos.
—Entonces no me hagas esperar —le dije—. Métemela.
***
Lo que vino después no fue elegante ni romántico. Fue desesperado. Él se acercó, me pasó dos dedos por el coño de arriba abajo y soltó un gemido al notar lo empapada que estaba. Me metió esos dos dedos hasta el fondo y los curvó, y yo gemí contra el espejo como una perra.
—Estás chorreando —murmuró, incrédulo.
—Llevo un año así. Métemela ya, por favor.
Se colocó detrás. Sentí la punta de su polla resbalarme entre los labios del coño, buscando la entrada, y cuando por fin empujó y me la metió entera de una sola embestida me tuve que morder el brazo para no gritar. Me llenó de golpe, hasta el fondo, y sentí cómo se me estiraba todo por dentro después de tantos meses vacía. Hacía tanto que nadie me follaba que casi me corro solo con eso, con la primera embestida.
Me sujetó las caderas y empezó a moverse, primero con cuidado, luego dejándose llevar. La polla me entraba y me salía con un sonido húmedo, obsceno, que retumbaba en los azulejos. Yo veía nuestros reflejos en el espejo empañado: yo con la blusa abierta, las tetas bailándome con cada embestida, el rímel corrido; él con la mandíbula apretada, los ojos clavados en el punto donde nuestros cuerpos se juntaban.
—Más fuerte —le pedí—. Fóllame más fuerte.
Y obedeció. Me clavó los dedos en las caderas y empezó a embestirme con todo, pegándome contra el lavabo con cada empujón. El ruido de sus huevos chocándome contra el coño llenaba el baño. Me pasó una mano por delante y me buscó el clítoris, frotándomelo mientras me seguía follando por detrás, y con eso me deshizo.
El primer orgasmo me llegó de golpe, sin avisar, y tuve que apoyar la frente en el espejo frío mientras las piernas me fallaban. Sentí cómo se me contraía el coño alrededor de su polla, cómo lo apretaba en oleadas, cómo un chorro tibio me bajaba por dentro de los muslos. No recordaba la última vez que había sentido algo así con otra persona en la habitación. Se me escapó un sonido largo, ronco, que retumbó en los azulejos del baño vacío.
—Joder, cómo me aprietas —gimió él contra mi nuca, sin dejar de embestirme.
***
No quisimos terminar ahí. Él sacó la polla brillante, chorreando de mis jugos, y nos arreglamos la ropa a medias, entre risas nerviosas. Volvimos a mi despacho. Cerré la puerta con llave —ese gesto, el de girar la llave, me puso más nerviosa que todo lo anterior, porque significaba que era una decisión, no un accidente.
Lo senté en mi propia silla, esa silla en la que firmaba contratos y regañaba a proveedores. Me arrodillé entre sus piernas primero, le saqué otra vez la polla de los pantalones y se la lamí de arriba abajo, saboreándome a mí misma en él. Le chupé la punta con los ojos clavados en los suyos hasta que le vi cerrar los puños en los brazos de la silla.
Entonces me subí encima. Me quité las bragas del todo, me arremangué la falda y me senté a horcajadas sobre él. Le agarré la verga y me la coloqué en la entrada, y lo miré a los ojos mientras bajaba despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me volvía a llenar. Cuando la tuve entera dentro me quedé quieta un momento, apretándolo con el coño, disfrutando la sensación.
Él me sacó la blusa del todo, me sacó las tetas del sujetador y se puso a chupármelas otra vez, tirando de los pezones con los dientes. Yo empecé a moverme, arriba y abajo, marcando yo el ritmo esta vez.
—No sé tu nombre completo siquiera —dijo entre jadeos, con un pezón mío en los labios, y los dos nos reímos como dos críos haciendo una travesura.
Me moví despacio, luego más rápido, apoyando las manos en sus hombros y cabalgándolo con todo el peso. La silla crujía cada vez que bajaba, la polla me entraba hasta el fondo, y sentía sus huevos chocarme contra el culo. Él me clavó los dedos en las nalgas y empezó a ayudarme, levantándome y bajándome, empujando desde abajo cada vez que yo bajaba.
Por el ventanal a oscuras se veían los edificios de enfrente, ventanas iluminadas, gente cenando, viviendo sus vidas normales sin saber que a unos metros yo estaba montando a un chaval de veintidós años con las tetas al aire. La idea de que cualquiera pudiera levantar la vista y vernos me empujó al borde otra vez.
—Mírame —le pedí—. No cierres los ojos. Quiero que me veas correrme encima de tu polla.
Y me miró. Me miró mientras me deshacía encima de él, mientras me corría por segunda vez agarrándome a su cuello, mientras le susurraba al oído guarradas que jamás me habría atrevido a decirle a Andrés: que me encantaba su polla, que llevaba semanas soñando con esto, que quería que me llenara entera.
—Me voy a correr —jadeó de repente, apretándome las caderas para frenarme.
—Dentro no —le susurré, y me bajé de él a toda prisa.
Me arrodillé otra vez entre sus piernas y me la metí en la boca justo a tiempo. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo la verga le palpitaba entre mis labios, y luego el primer chorro de semen caliente estrellándose contra el fondo de mi garganta. Me quedé quieta, tragando, mientras él me llenaba la boca con un gemido ahogado, agarrado a los brazos de la silla, temblando. Se corrió tanto que me chorreó por la comisura de los labios y me cayó sobre las tetas. Me lo tragué casi todo y lo que se me escapó me lo limpié con un dedo que después me chupé mirándole a los ojos.
Él me miró desde la silla, sin aliento, como si acabara de ver un fantasma. Me subí a su regazo otra vez y le besé despacio, dejándole probar su propio sabor en mi lengua.
***
Nos quedamos así un rato, sudados, pegados, sin decir nada, escuchando el zumbido del aire acondicionado y el latido que poco a poco se nos iba calmando a los dos. Él me acariciaba la espalda con la yema de los dedos, y yo notaba su polla, ya blanda, todavía apoyada contra mi muslo, mojada.
Me levanté, recogí mi ropa del suelo y me vestí despacio frente al ventanal. Él me observaba desde la silla, todavía con los pantalones por los tobillos y una sonrisa boba.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Me giré y le sonreí. No tenía respuesta. Solo sabía que llevaba un año sintiéndome muerta por dentro y que esa tarde, en una oficina vacía, había vuelto a sentirme viva.
—Ahora nos vamos a casa —dije—. Y mañana fingimos que no ha pasado nada.
Pero los dos sabíamos que era mentira.
***
Bajamos en el ascensor en silencio, guardando las distancias por si las cámaras, rozándonos solo los meñiques. Yo notaba su semen todavía tibio en la boca y el coño palpitándome dentro de las bragas mojadas. En el portal nos despedimos como dos compañeros cualquiera, un «hasta mañana» tan normal que daba risa, y cada uno se fue por su lado en la noche fresca de octubre.
Cuando llegué a casa, Andrés se había dormido en el sofá con la televisión encendida. Lo miré desde la puerta del salón y no sentí rabia ni pena, solo una calma extraña, como quien por fin entiende algo que llevaba mucho tiempo intuyendo. Me di una ducha larga, me metí dos dedos otra vez bajo el chorro del agua caliente pensando en Mateo, y me corrí una tercera vez apoyada en los azulejos. Después me metí en la cama y, por primera vez en meses, me dormí enseguida.
No voy a justificarme. Sé lo que hice y sé lo que significa. Pero también sé que esa tarde recuperé algo que creía perdido para siempre, y que al día siguiente, cuando crucé la puerta de la oficina y vi a Mateo levantar la vista de su escritorio con esa media sonrisa, supe que aquello no había sido el final de nada.
Era, apenas, el principio.