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Relatos Ardientes

La detesto, pero esa tarde terminamos sobre la mesa

Me llamo Martín, tengo treinta y cinco años y llevo casi una década como analista en una consultora mediana del centro. Tengo un escritorio grande en una esquina, vista a un estacionamiento gris y una máquina de café que hace un ruido infernal pero saca un cortado decente. Mi vida es predecible y, durante mucho tiempo, eso me gustó. Hasta que la contrataron a ella.

Lorena. Veintiséis años, recién egresada de una universidad cara, pelo oscuro hasta la mitad de la espalda y una manera de pararse en medio de la sala de juntas como si ya fuera socia del estudio. Desde el primer día corregía en voz alta los informes de los demás, interrumpía en las reuniones y contestaba con un tonito de «obvio que sí» cada vez que alguien le preguntaba algo. Brillante, no lo niego. Pero insoportable.

La detestaba. De verdad. Cada vez que abría la boca sentía que me robaba el aire de los pulmones. Y, sin embargo, también pasaba que, sin querer, se me iban los ojos al escote cuando se inclinaba sobre la impresora, o a las caderas cuando cruzaba el pasillo rápido con esos pantalones de vestir ajustados. Y eso me daba una rabia conmigo mismo que no sabía dónde meter.

¿En serio, Martín? ¿Te estás calentando con la persona que peor te cae de todo el edificio?

El director, que ya estaba harto de las quejas de medio piso, un día me llamó aparte y cerró la puerta de su oficina.

—Martín, vos que tenés paciencia de santo… enseñale a Lorena cómo se arma de verdad el cierre mensual de la cuenta grande. Cree que lo sabe todo, pero está metiendo la pata en cosas básicas y el cliente ya se quejó dos veces. No quiero un tercer reclamo.

Genial. Ahora, además de soportarla en las reuniones, tenía que sentarme con ella varias tardes seguidas, codo a codo, en la sala de juntas vacía.

Esa noche se lo conté a mi mujer mientras cenábamos. Le resté importancia, dije que era una pesada engreída y nada más. Ella se rió, comentó algo sobre los recién egresados que se creen dueños del mundo y cambiamos de tema. No mentí, pero tampoco dije toda la verdad: omití la parte en la que, cada vez que Lorena se inclinaba sobre la impresora, yo me quedaba sin saber dónde poner los ojos.

***

Las primeras sesiones fueron un suplicio. Llegaba con su laptop, se sentaba con las piernas cruzadas, el perfume caro inundándolo todo, y cada dos minutos soltaba un «eso ya lo sé», «eso es obvio», «en la facultad nos enseñaron que se hace al revés». Yo respiraba hondo, contaba hasta diez en silencio y seguía explicando. Pero cada vez que se inclinaba hacia la pantalla para señalar una celda, el cuello de la blusa se le abría un poco más y yo terminaba clavando la vista en el monitor como si en esa hoja de cálculo se decidiera mi futuro.

Una tarde nos quedamos solos después de las seis. El piso estaba vacío, las luces de los pasillos a media potencia, el zumbido de los aires acondicionados ya apagados. Quedaba una última conciliación que había que cuadrar antes de mandársela al cliente a primera hora. Ella seguía con su pose de sabelotodo, pero se le notaba el cansancio en los hombros caídos. Yo también estaba hasta la coronilla.

—Esto no cierra porque estás cargando mal la retención —le dije, por enésima vez esa semana.

—Obvio que no, Martín. Mirá bien. —Giró la pantalla hacia mí de un manotazo.

Me acerqué. Demasiado. Nuestros antebrazos se rozaron sobre la mesa. Ella no se apartó. Yo tampoco.

—Acá —señalé con el cursor—. Estás aplicando la tasa del dieciséis por ciento sobre una base que va al diez. Por eso te viene descuadrado desde hace tres días.

Silencio. Miró la pantalla, después me miró a mí. Por primera vez desde que la conocía no tenía una respuesta lista en la punta de la lengua.

—… Mierda —murmuró.

Y ahí pasó algo raro. En vez de disculparse o de seguir peleando, se quedó mirándome fijo. Los ojos le brillaban de una forma distinta. Había rabia, sí. Pero también otra cosa que no supe nombrar en ese momento.

—¿Sabés qué es lo que más me harta de vos? —dijo de repente, en voz baja.

—¿Qué?

—Que siempre tenés razón. Y que igual te miro y pienso que sos un soberbio que se cree el rey de su escritorio de esquina.

Me reí sin ganas, una risa corta y áspera.

—Y vos sos una nena creída que piensa que con un título nuevo y una sonrisa de suficiencia ya se las sabe todas.

Se le escapó una sonrisa chiquita, peligrosa, de las que anuncian un derrumbe.

—Al menos reconocés que me mirás —dijo, y bajó un segundo la vista hacia su propio escote, como evaluándose—. Llevás dos meses haciéndolo.

Ahí se rompió algo.

***

No sé quién se movió primero. Creo que fui yo. La agarré de la nuca y la besé con toda la bronca acumulada de esas semanas. Ella me devolvió el beso mordiendo, clavándome las uñas en el brazo, como si me estuviera castigando en lugar de besándome. Nos separamos un instante, los dos jadeando, las frentes casi pegadas.

—No te soporto —me dijo entre dientes.

—Y yo a vos menos —le contesté.

Y aun así la volví a besar, esta vez empujándola contra el borde de la mesa de juntas. Le subí la blusa con torpeza, le bajé una tira del corpiño de un tirón y por fin tuve sus pechos en las manos. Pesados, tibios, los pezones endurecidos contra mis palmas. Bajé la boca y los chupé con una furia que no me reconocía, como si quisiera dejarle una marca que después tuviera que esconder bajo la ropa. Ella gemía bajito, pero no era un gemido dulce: era de despecho, de rabia que no encontraba otra salida.

—Sos un imbécil —susurró mientras me desabrochaba el cinturón con dedos impacientes.

—Y vos una arrogante insoportable —le respondí, metiéndole la mano debajo de la falda, corriendo la tela fina a un lado y encontrándola empapada.

No hubo caricias suaves. No hubo «te deseé desde el primer día». Solo dos meses de bronca contenida convertidos de golpe en otra cosa que ninguno de los dos había planeado y que, en el fondo, los dos veníamos esperando sin admitirlo.

Le mordí el cuello, justo debajo de la oreja, y la sentí estremecerse de pies a cabeza. Por un instante dejó de ser la sabelotodo de las reuniones y fue solo una mujer respirando agitada contra mi hombro. Después se acordó de odiarme y me empujó hacia la mesa con las dos manos, como diciéndome que ella mandaba, que aquello también lo decidía ella.

La di vuelta y la incliné boca abajo sobre la mesa, con la mejilla apoyada contra los informes que tanto habíamos discutido. Le bajé la ropa interior hasta las rodillas y la penetré de un solo movimiento. Soltó un grito ahogado que terminó en insulto.

—Hijo de…

—Callate —le dije, agarrándola del pelo, empujando fuerte.

Cada embestida era un reproche que ninguno de los dos sabía decir con palabras. Cada gemido de ella era una bofetada verbal que se le quedaba atascada en la garganta. Nos movíamos como si siguiéramos peleando, solo que ahora la pelea iba ganando algo en lo que los dos perdíamos el control. La mesa crujía contra el piso. Un par de carpetas resbalaron y cayeron. Ella se aferró al borde con los nudillos blancos.

Se vino primero, apretándose alrededor de mí con tanta fuerza que estuve a punto de terminar ahí mismo. Aguanté unos segundos más, con los dientes apretados, antes de salir y acabar contra la curva baja de su espalda, viéndola temblar todavía, las dos respiraciones rotas en medio de la sala vacía.

***

Después, un silencio pesado, casi sólido.

Se incorporó despacio, se acomodó la blusa sin mirarme y se limpió con un par de servilletas que quedaban de algún café de la tarde. Yo me subí el cierre con el corazón todavía golpeándome las costillas, buscando algo inteligente que decir y sin encontrar nada.

—Esto no vuelve a pasar —dijo ella, la voz ronca, mientras juntaba las carpetas del piso.

—Obvio que no —contesté.

Nos miramos un segundo de más. Los dos sabíamos perfectamente que estábamos mintiendo.

Al día siguiente llegó con la misma cara de reina del universo, el mismo taco alto repiqueteando en el pasillo, la misma sonrisa de suficiencia en las reuniones. Yo seguí en mi escritorio de esquina, con mi cortado de la máquina ruidosa. Nos hablamos lo mínimo indispensable, lo justo para cerrar la cuenta grande sin un tercer reclamo del cliente.

Pero cada vez que pasa cerca de mi escritorio, me llega su perfume y, con él, el recuerdo exacto de cómo se le tensó el cuerpo cuando se vino contra mí sobre esa mesa.

No somos amantes. No nos mandamos mensajes a la noche. No hay nada romántico, ni una promesa, ni siquiera una conversación pendiente. Solo queda esta tensión incómoda, caliente y sin resolver que flota en el aire cada vez que coincidimos en el office del café o frente a la fotocopiadora.

Y lo peor de todo es que los dos lo sabemos.

Y los dos seguimos viniendo a trabajar todos los días.

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Comentarios (5)

MarcosRiv22

Increible, de verdad. Esa tension del odio que se convierte en otra cosa es muy dificil de escribir y aca esta perfectamente capturada.

Valentina_83

Dios mio!!! me quede sin palabras al final. Espero que haya continuacion

SergioCo

corto pero tremendo, quiero mas!!

NachoCaba

me recorde de una situacion parecida con una compañera de trabajo, nunca se dio pero la tension existia... esto lo entiendo demasiado bien jaja

TomiGba

la mesa de reuniones nunca mas va a ser lo mismo jajaja

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