Contraté una asistenta y todo se salió de control
Voy a confesar algo que no le he contado a nadie, porque todavía me cuesta creer que me pasara a mí. Mi trabajo me comía las horas y la casa terminó hecha un desastre. Vivo en una urbanización tranquila, un chalet de dos plantas con un pequeño jardín al fondo, y la verdad es que apenas tenía tiempo de disfrutarlo. Cansado de volver a un caos cada noche, decidí buscar a alguien que me echara una mano con la limpieza.
No fue fácil encontrar a la persona adecuada. Hice una entrevista tras otra, más de veinte mujeres distintas, y ninguna me convencía. Hasta que apareció Marina. Tenía treinta y tantos, el pelo castaño con algunas mechas, era alta, delgada, y vino a la entrevista con una camiseta ajustada porque ese día apretaba el calor. No voy a mentir: me atrajo desde el primer momento. Pero, más allá de eso, parecía seria y capaz, alguien que de verdad iba a dejar mi casa como un palacio.
Acordamos el sueldo y el horario sin problemas. Le di una copia de las llaves y quedamos en empezar el lunes siguiente. Ella trabajaría por las mañanas mientras yo estaba fuera, así que apenas íbamos a coincidir. Limpieza, comida y plancha, entre otras cosas. Un trato cómodo para los dos.
La primera semana fue inmejorable. Marina era una profesional de verdad: la casa quedaba impecable y cocinaba como los ángeles. Yo llegaba reventado del trabajo y me encontraba con la mesa puesta y el olor a guiso recién hecho. Estaba encantado de haberla contratado.
Lo que cambió las cosas fue una decisión de la empresa. Me ofrecieron trabajar desde casa, enviando los informes por ordenador. Mi labor consistía en registrar documentación de distintos clientes, y a veces pasaban por mis manos cosas de lo más curiosas. Acepté sin dudar. Así podré conocerla mejor, pensé, aunque no me atreví ni a decírmelo en voz alta.
Marina llegaba a las nueve y se iba a las dos, de modo que le comenté el cambio. A ella no le afectaba en nada, salvo que ahora me tendría rondando por casa toda la mañana.
***
El primer día se alegró mucho de verme. Llevaba una bata corta y unos pantaloncitos debajo, e iba de un lado a otro con la fregona mientras yo tecleaba en el salón. De vez en cuando cruzábamos miradas cómplices y nos reíamos con sus ocurrencias. Había algo en el aire, una corriente que ninguno de los dos nombraba, pero que estaba ahí.
Una mañana, sobre las doce, decidí ducharme para despejarme un poco. Llevaba horas frente a la pantalla y necesitaba espabilarme. Estaba bajo el agua cuando ella entró al baño a dejarme una toalla limpia y volvió a salir sin decir nada. Terminé, me fui a la habitación a secarme y, justo en ese momento, Marina entró sin avisar. Me pilló completamente desnudo, sin nada que la dejara a la imaginación. Se disculpó, pero no apartó la vista enseguida. Se mordió el labio y, antes de marcharse, me dedicó una mirada que lo decía todo.
Volví al ordenador con el pulso acelerado. Y entonces noté algo: ella ya no llevaba los pantaloncitos bajo la bata. Se acercó a limpiar la mesa y, por el escote, comprobé que tampoco llevaba sujetador. Tenía unos pechos perfectos, medianos, con los pezones marcándose contra la tela. Pasó a mi lado, se agachó a recoger unas revistas del suelo y me regaló una visión que me dejó sin aire.
No sabía si quería provocarme o si se había encendido al verme salir de la ducha. Fuera lo que fuera, mi cuerpo respondió solo. Cuando se alejó hacia la cocina, abrí un vídeo en el ordenador para aliviarme un poco. Bajé la mano, empecé a tocarme, y no habían pasado ni dos minutos cuando sentí una presencia a mi espalda.
Giré la cabeza. Marina estaba ahí, de pie, acariciándose por encima de la bata, observándome sin ningún pudor. Y entonces, despacio, deshizo el nudo y la dejó caer.
—Llevo toda la mañana pensando en esto —dijo en voz baja.
Se quedó solo con un tanga diminuto. Se acercó, nos besamos, y mis manos buscaron sus pechos como si llevaran semanas esperando ese momento. Ella jadeaba mientras yo recorría su piel, su cuello, la curva de su espalda.
—Quería hacer esto desde que te vi salir de la ducha —me susurró al oído.
Me senté en el sofá y ella se arrodilló delante de mí. Me besó el pecho, el vientre, fue bajando con una calma que me volvía loco. Se quitó el tanga y me lo puso en la mano, empapado, con su olor impregnado en la tela. Luego inclinó la cabeza y me la metió en la boca, mirándome desde abajo con una cara de placer que no se me va a olvidar nunca. Se movía entera mientras lo hacía, gimiendo con la boca llena.
***
La tumbé sobre el sofá. Estaba mojadísima. La besé en la boca y fui bajando hasta sus pechos, jugando con sus pezones mientras ella se acariciaba sola. Le aparté la mano, quería ser yo. Le besé los muslos, la recorrí con la lengua, y entonces me acordé de un gel comestible con sabor a fresa que tenía guardado. Se lo extendí por el sexo y el aroma dulce inundó la habitación.
Le abrí las piernas y empecé a lamerla despacio. La mezcla de la fresa con su sabor era adictiva, y estuve un buen rato saboreándola, succionándole el clítoris, dándole pequeños mordiscos hasta que se corrió contra mi boca más de una vez. Cuando ya no podía más, se incorporó, me empujó contra el respaldo del sofá y se subió encima.
Bajó despacio sobre mí, encajándome dentro de ella, y empezó a moverse. Me cabalgaba mientras mis manos le apretaban los pechos, y yo sentía cómo me apretaba por dentro con cada vaivén. Luego se dio la vuelta, apoyó las rodillas y las manos sobre el sofá y me pidió algo más.
—Por detrás —murmuró, mirándome por encima del hombro.
Usé el mismo gel para prepararla con cuidado. La fui dilatando con los dedos, sin prisa, hasta que ella misma empujó hacia atrás. La penetré despacio, atento a cada gesto suyo, hasta que su cuerpo se amoldó al mío. Aguanté lo que pude, pero estaba al límite. Al final salí, ella me terminó con la boca, y me corrí entre sus labios. Tragó casi todo y me dedicó una sonrisa pícara.
Nos metimos juntos en la ducha para refrescarnos, y allí, bajo el agua, me pidió una vez más. Se agachó, volvió a ponerme duro con la boca, y luego se abrió de piernas apoyada contra los azulejos. La penetré con fuerza, y cuando me lo pidió, terminé dentro de ella. Después seguimos cada uno a lo nuestro como si nada, aunque los dos sabíamos que nada volvería a ser igual. Al marcharse, me dio un beso de película en la puerta.
***
Al día siguiente me levanté temprano e hice café. Ella llegó, me besó al entrar, tomamos el café juntos y se fue a cambiar para empezar la jornada. Me insinuó que tenía una sorpresa para mí debajo de la bata. Cuando volvió, casi me caigo de la silla: llevaba un conjunto de lencería, un corpiño y unas braguitas mínimas que apenas le tapaban nada.
—Hoy me toca el jardín —dijo, guiñándome un ojo.
Mi jardín está rodeado por un seto de unos dos metros para evitar curiosos, aunque desde la casa de al lado se ve una parte. Aun así, nunca me he cortado a la hora de tomar el sol como vine al mundo. Mi vecina es una chica joven que vive con sus padres mayores y que casi siempre está sola en la terraza.
Marina salió al jardín con aquel conjunto. Hacía calor, era pleno verano. Se puso a recoger un poco, se apoyó en la hamaca y, sin más, se quitó las braguitas. Desde la puerta la observaba, y ella me hizo un gesto para que me acercara. Fui hasta la hamaca y me arrodillé entre sus piernas. Empezó a gemir en cuanto la rocé con la lengua, y se sacó los pechos para acariciárselos al sol.
Estábamos a la vista de la casa vecina. En cualquier momento alguien podía asomarse y descubrirnos. Eso, lejos de frenarnos, nos encendía más. Marina se incorporó, me bajó el bañador y me la metió en la boca, dándome una mamada con todo el descaro del mundo. Y entonces la vi: mi vecina había salido a la terracita, supongo que atraída por los gemidos, a ver qué pasaba.
Marina seguía sin parar, y mi vecina no apartaba la mirada. Estaba en bikini y, al cabo de un rato, se soltó la parte de arriba y empezó a acariciarse los pechos sin disimulo. Le susurré a Marina que nos estaban mirando, y eso la puso todavía más. Chupó con más ganas, se levantó y me pidió que la penetrara.
***
La hundí hasta el fondo mientras los dos disfrutábamos del espectáculo: la vecina, al otro lado del seto, masturbándose con la vista clavada en nosotros. Marina se tumbó en la hamaca, abrió las piernas y me invitó a seguir. La embestí mientras mis manos jugaban con sus pezones duros, y de pronto escuchamos un gemido largo que no era el nuestro.
Era ella. Nuestra vecina se estaba corriendo con la mano metida entre las piernas. Apenas le veíamos el torso por encima de la baranda, pero no había ninguna duda de lo que estaba haciendo. Esa imagen fue la gota que colmó el vaso. Marina ardía, su cuerpo entero temblaba, y yo ya no aguantaba más.
Salí de ella en el último segundo y dejé que me terminara con los pechos, apretándomela entre ellos hasta que me derramé sobre su piel caliente. Nos quedamos los dos sin aliento en la hamaca, riéndonos por lo bajo, mientras al otro lado del seto se cerraba despacio la puerta de la terraza.
Todavía hoy, cuando paso por delante de esa casa, me pregunto si la vecina recuerda aquella mañana tan bien como yo. Marina siguió viniendo a limpiar varias semanas más, y digamos que el jardín se convirtió en nuestro rincón favorito. Esto es lo que confieso, sin adornos: la mejor temporada de mi vida empezó porque un día no tuve tiempo de ordenar mi propia casa.