Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que el profesor de pintura despertó en ella

El viejo taller de la casa de cultura seguía oliendo a aguarrás y a café recalentado, pero ahora era noviembre y por las rendijas de los ventanales altos se colaba un frío que erizaba la piel. Camila había cumplido veinte años en septiembre. Ya no estaba en el secundario; cursaba el primer año de Ilustración en la universidad pública del otro extremo de la ciudad. Seguía siendo la misma de siempre: alta, de piel clara que parecía brillar bajo los tubos fluorescentes, el pelo negro y lacio con un flequillo torcido que ella misma se recortaba cuando se cansaba de sentirlo caer sobre los ojos.

Su cuerpo era delgado en algunas zonas y generoso en otras, imposible de disimular aunque ahora se escondiera bajo remeras anchas y pantalones holgados que igual le abrazaban los muslos y las caderas. En la facultad la ignoraban o, peor, la miraban de reojo para soltar risitas cuando pasaba. «La rara», le decían a sus espaldas. «La que se viste como hace quince años». Nadie le hablaba en serio. Nadie la veía.

Excepto Tomás.

Él seguía dando el taller los martes y jueves por la tarde. No por el dinero —el estudio de arquitectura le pagaba de sobra—, sino por el ritual: ver cómo la gente se concentraba en un lienzo y, durante un rato, dejaba de ser lo que era afuera. Camila se había anotado de nuevo, esta vez no para escapar de una casa rota, sino porque pintar era lo único que la hacía sentir que existía de verdad. Y porque él estaba ahí.

Las clases habían cambiado de a poco desde octubre. Las miradas ya no eran casuales. Cuando Tomás pasaba detrás de su caballete, se demoraba más de lo necesario. Le hablaba bajo, solo para ella, corrigiendo la presión del pincel o la mezcla de un tono. Ella lo escuchaba con los labios entreabiertos, los ojos clavados en su boca, como si las palabras fueran caricias. Él lo notaba. Sentía esa mirada espesa, hambrienta, y tenía que apretar los dientes para no girarse y besarla ahí mismo, delante de todos.

Esa tarde de jueves el salón se vació temprano. Quedaron solo ellos dos. Camila había pedido quedarse un rato más para «terminar un detalle». Tomás sabía que era mentira. Ella solo quería estirar el tiempo cerca de él.

Estaban frente a su caballete. El lienzo mostraba un retrato a medio hacer: una figura de mujer de espaldas, hombros redondos, el pelo cayendo en ondas negras. Tomás se inclinó sobre su hombro derecho, tan cerca que la barba le rozó el flequillo. Hablaba despacio, con esa voz grave y calma que a ella le ponía la piel de gallina.

—Mirá acá —dijo, señalando con el mango limpio del pincel—. El trazo de la clavícula está demasiado rígido. Tenés que soltar la muñeca… así.

Le tomó la mano con suavidad y le envolvió los dedos alrededor del pincel. Movió su brazo en un arco lento, guiándola para que el óleo se deslizara con más fluidez. El cuerpo de Camila se tensó entero. Sentía el calor de su pecho contra la espalda, el roce de la camisa de él sobre la tela fina de su remera. Olía a pintura, a madera y a él: un aroma limpio, masculino, que le daba vueltas en la cabeza.

Tomás seguía hablando, explicando la dirección de la luz, la sombra bajo el omóplato. Pero la voz se le fue volviendo más ronca. Sentía los ojos de ella fijos en su perfil, no en el lienzo. Sentía cómo se le aceleraba la respiración. Y lo peor: sentía cómo su propio cuerpo respondía. La cercanía era insoportable. Sin darse cuenta, se había acercado todavía más. Las narices casi se rozaron cuando giró la cabeza para mirarla.

Sus rostros quedaron a centímetros.

Peligrosamente cerca.

Tomás tragó saliva. Iba a apartarse. Iba a decir algo neutro, a retroceder, a recordarles a los dos que esto no debía pasar. Pero Camila no se movió. No bajó la vista. No dijo «no». Solo lo miró con esos ojos enormes y oscuros, llenos de algo que parecía miedo y deseo al mismo tiempo. Le temblaban un poco los labios.

Y entonces, como si el aire mismo la empujara, se estiró.

Fue apenas un movimiento: se levantó un poco del banco, apoyándose en las puntas de los pies, buscando la boca de él con la suya. Un impulso inconsciente, casi animal, como si su cuerpo hubiera decidido antes que su cabeza.

Tomás no resistió.

Los labios se encontraron en un beso suave, tembloroso. Al principio fue solo contacto: piel contra piel, tibia, húmeda. Un roce que duró un segundo eterno. Después ella abrió un poco más la boca, invitándolo. Él respondió sin pensar. Su lengua rozó la de ella, tímida, exploratoria. Camila soltó un gemido bajito contra su boca, un sonido que le bajó directo a la entrepierna.

El beso se profundizó.

Tomás giró el cuerpo para enfrentarla del todo. Una mano subió a su nuca, enredándose en el pelo negro y lacio; la otra bajó a la cintura, atrayéndola contra él. Sintió la suavidad abundante de sus pechos aplastándose contra su torso, la curva de las caderas llenándole la palma. Ella se pegó más, arqueándose, como si quisiera fundirse con su cuerpo.

Y entonces lo sintió.

La erección de él, dura e inmediata, presionando contra su vientre a través de la tela del pantalón. Camila jadeó dentro de su boca. Algo se le encendió por dentro: una oleada caliente, líquida, que le empapó la entrepierna en segundos. Nunca nadie la había deseado así. Nunca nadie la había mirado como si fuera lo único que importaba en el mundo. Para sus compañeros era invisible o ridícula. Para ese hombre, en cambio, era deseo puro, exclusivo.

Gimió más fuerte contra sus labios. Sus manos subieron hasta la barba de él y tiraron despacio, pidiendo más. Él la besó con hambre ahora, lengua profunda, dientes rozándole el labio inferior. La mano de la cintura bajó un poco más y apretó la carne generosa de su trasero, sintiendo cómo ella se estremecía y se apretaba contra su dureza.

Se separaron solo para respirar. Las frentes pegadas, las bocas entreabiertas, jadeando.

—Camila… —susurró él, con la voz rota—. Esto…

—Sí —lo interrumpió ella en un hilo de voz—. Está bien.

Le brillaban los ojos. No había arrepentimiento en ellos. Solo una necesidad cruda, desesperada.

Tomás cerró los ojos un segundo, peleando contra la culpa que empezaba a arañarle el pecho. Pero el cuerpo de ella seguía pegado al suyo, temblando, y su propia erección latía dolorosa contra la tela. Volvió a besarla, esta vez sin freno, y ella lo recibió como si hubiera esperado ese beso toda la vida.

El silencio del salón se quebraba solo con el sonido de sus bocas. Tomás todavía tenía la mano en su cintura cuando un ruido seco llegó del pasillo: tacos contra el piso de mosaico.

Se separaron de golpe.

Tomás dio un paso atrás tan rápido que Camila perdió el equilibrio sobre el banco alto. Tuvo que agarrarse del borde del caballete para no caerse. Él la miró con los ojos muy abiertos, la culpa y el pánico dibujados en la cara.

La puerta se abrió.

—Ay, perdón… ¿está ocupado el salón? —preguntó Rebeca con esa voz cantarina y falsa que usaba cuando quería parecer inocente.

Rebeca era todo lo contrario a Camila: extrovertida, ruidosa, siempre con escotes profundos y risas que llenaban el espacio. Tenía el pelo teñido de rojo fuego y una sonrisa demasiado perfecta. Desde que Camila había llegado al taller, la había sorprendido varias veces mirando a Tomás con un hambre descarada. Y Rebeca también la había pillado a ella. Las dos lo sabían. Pero Tomás nunca le devolvía la mirada; era amable, pero esquivo, como si su presencia lo incomodara.

A Camila se le subió la sangre a la cara. Juntó sus pinceles, la mochila y el cuaderno en un solo movimiento torpe, sin decir una palabra. Salió casi corriendo, rozando a Rebeca en el marco de la puerta sin mirarla.

—Camila… —alcanzó a decir Tomás, pero ya era tarde. Ella había desaparecido por el pasillo.

Afuera, bajo la luz amarilla del farol, su padre la esperaba recostado contra el auto viejo, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—¿Por qué tardaste tanto? —gruñó con esa voz ronca, casi escupiendo cada palabra—. Son las diez y media.

—Estaba terminando un detalle del cuadro… —murmuró ella, bajando la mirada. Sus ojos buscaron desesperados la puerta del taller, esperando ver salir a Tomás. Pero la puerta siguió cerrada. Él no salió.

Todo el camino a casa fue un silencio pesado. Su padre manejaba con la radio a todo volumen, pero Camila no escuchaba nada. Solo sentía en la boca el sabor de Tomás: aguarrás y algo más dulce. Sentía su perfume en la ropa, el raspón de la barba en la mejilla, la dureza de su erección contra el vientre. Se apretó los muslos en el asiento de atrás, todavía húmeda, todavía latiendo.

Al llegar no esperó. Subió la escalera corriendo, ignorando el grito de su padre desde la cocina. Cerró la puerta de su cuarto con llave y trabó la manija con una silla. No quería que entrara nadie. No esa noche.

Se sacó el buzo y el pantalón con manos temblorosas. Quedó solo en ropa interior: un corpiño negro de algodón simple que apenas contenía sus pechos y una bombacha negra ya empapada. Se miró un segundo en el espejo chico del cuarto y sintió vergüenza y orgullo al mismo tiempo. Ese cuerpo que en la facultad llamaban «raro» era el mismo que Tomás había apretado contra él con deseo.

Entró al baño, encendió la luz tenue y abrió la ducha. El agua caliente cayó como una bendición. Se metió bajo el chorro todavía con la ropa interior puesta, dejando que se empapara. El corpiño se le pegó a la piel como una segunda capa, marcando cada curva. El agua le corría entre los pechos, formando hilos que bajaban por el vientre hasta el ombligo, donde brillaba un pequeño piercing plateado.

Se bajó despacio los breteles. Los pechos quedaron libres, pesados, balanceándose con su propio peso. Se los tomó con las dos manos y gimió bajito. Los apretó, los levantó, los soltó otra vez mientras el agua los golpeaba. Los pezones se le endurecieron, oscuros y sensibles. Los pellizcó con suavidad, imaginando que eran las manos de Tomás.

Se sacó la bombacha empapada y la dejó caer al piso de la ducha. Ahora estaba completamente desnuda. El agua caía sobre sus caderas anchas, sobre su trasero redondo que se movía con cada respiración agitada. Los muslos le brillaban, resbaladizos. Abrió un poco más las piernas y dejó que el chorro le diera directo entre ellas.

Una mano bajó despacio.

Sus dedos rozaron primero el pubis suave, después bajaron más. Estaba hinchada, caliente, resbaladiza por su propia excitación y por el agua. Separó los labios con dos dedos y dejó que el chorro de la ducha le golpeara directo el clítoris. El placer fue tan intenso que se le aflojaron las rodillas. Apoyó la espalda contra los azulejos fríos y gimió alto, sin miedo.

Empezó a tocarse despacio. Dos dedos rodeando el clítoris en círculos suaves, mientras la otra mano seguía apretando un pecho, tirando del pezón. Pensaba en Tomás. En su erección dura presionando contra ella. En cómo la había besado como si se muriera de hambre. En su barba raspándole la mejilla.

Aceleró el ritmo. Sus dedos entraron en ella, dos, después tres, moviéndose con fuerza mientras el pulgar seguía frotando el clítoris hinchado. El agua caía sin parar, mezclándose con su humedad. Los pechos le rebotaban con cada movimiento de la mano. El pelo negro y lacio se le pegaba a la espalda como una cortina mojada.

—Tomás… —susurró entre gemidos, los ojos cerrados—. Tomás… por favor…

Se imaginó que era la boca de él la que la lamía, que eran sus dedos los que la penetraban tan profundo. Las caderas empezaron a moverse solas, montando su propia mano. El sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo se mezclaba con el ruido del agua.

El orgasmo llegó como una ola violenta.

Los muslos le temblaron, las rodillas se le doblaron. Soltó un grito ahogado que se perdió bajo el chorro. Su sexo se contrajo alrededor de los dedos, pulsando. Los pechos le subían y bajaban agitados, los pezones duros como piedras. Todo el cuerpo se le sacudió mientras las olas de placer la recorrían una y otra vez.

Se quedó ahí, bajo el agua, respirando con dificultad, los dedos todavía dentro, sintiendo los últimos espasmos. El vapor llenaba el baño. Su piel brillaba, roja por el calor y por el placer.

Sonrió débilmente contra los azulejos.

Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió la rara del salón.

Se sintió deseada.

Se sintió suya.

***

El día siguiente fue un limbo interminable. Tomás se pasó las horas en el estudio mirando el reloj de pared cada cinco minutos, fingiendo revisar planos mientras su mente volvía una y otra vez al sabor de los labios de Camila, a la forma en que su cuerpo se había pegado al suyo como si estuviera hecho para encajar. En casa, Camila se sentó en el borde de la cama contando los segundos, tocándose los labios con la punta de los dedos como si pudiera revivir el beso. Se puso un poco de rubor —un rosa suave para disimular el sonrojo natural— y cambió el perfume: uno más dulce, con notas de vainilla y jazmín que se le pegaban a la piel como una promesa.

Llegó temprano al taller. Se sentó en su lugar de siempre, al fondo, pero esta vez levantó la vista cuando la puerta se abrió. Tomás entró y sus ojos la buscaron enseguida. La encontró. Ella le sostuvo la mirada, una sonrisa tímida curvándole los labios. Él le devolvió una sonrisa más abierta, más sincera, de esas que no se pueden fingir. El resto de la clase transcurrió en una especie de niebla. Tomás explicaba técnicas de sombreado, de perspectiva, pero la voz le salía más ronca de lo normal, las palabras solas mientras su cabeza estaba en otra parte. Cada vez que pasaba cerca de su caballete, las miradas se cruzaban. Camila se ponía colorada hasta las orejas, bajaba la vista al lienzo y volvía a mirarlo un segundo después, como si no pudiera evitarlo.

Las diez en punto. Los demás juntaron sus cosas con el ruido habitual de sillas arrastradas y mochilas cerradas. Uno a uno se fueron. El salón quedó en silencio, solo el zumbido lejano de los fluorescentes y el rumor de una tormenta que empezaba a formarse afuera.

Camila no se movió de su banco.

Tomás guardó los pinceles con movimientos rápidos, casi nerviosos. Apagó la luz del fondo, dejando solo la lámpara que iluminaba los dos caballetes. Se acercó despacio, como si temiera romper algo frágil.

—Camila… —dijo en voz baja, casi un susurro.

Ella levantó la mirada. El flequillo le caía sobre un ojo; lo apartó con dedos temblorosos. Las mejillas ya le ardían antes de que él dijera nada más.

Tomás dio un paso. Después otro. Hasta quedar tan cerca que pudo oler el leve aroma a vainilla de su pelo mezclado con el aguarrás.

—Quiero hacer algo —murmuró él— y sé que no debería. Pero si me decís que no, me detengo. Te lo prometo.

Camila tragó saliva. Sus pechos subían y bajaban con respiraciones rápidas que tensaban la tela de la blusa negra que había elegido esa mañana, más ajustada que de costumbre. Asintió apenas, un movimiento mínimo, pero suficiente.

Tomás levantó una mano y le acomodó el flequillo detrás de la oreja con una lentitud casi religiosa. Sus dedos se deslizaron por la piel de su mejilla, suaves, exploratorios. Ella cerró los ojos un instante, como si ese toque fuera demasiado.

Él se inclinó despacio. Esta vez no hicieron falta palabras.

El primer roce de labios fue tímido, apenas un contacto. Un beso de prueba. Camila soltó un sonido pequeño, mitad suspiro, mitad quejido. Las manos de él subieron a su nuca, enredándose en el pelo negro. Las manos vacilantes de ella fueron hasta sus brazos, aferrándose a la tela de la camisa como si necesitara anclarse.

Tomás profundizó el beso con cuidado al principio. Labios que se abrían despacio, lenguas que se buscaban con timidez. Pero cuando ella respondió —cuando abrió la boca y dejó escapar un gemido suave contra su lengua—, algo se rompió dentro de él.

La atrajo más cerca, ubicándose entre sus rodillas. Camila abrió las piernas por instinto sobre el banco alto, dejándole espacio. Sus muslos lo rodearon, cálidos y suaves incluso a través de la tela del pantalón. Él presionó su cuerpo contra el de ella, el bulto duro de su erección rozando justo el centro de su entrepierna. Camila soltó un gemido ahogado contra su boca.

Las manos de Tomás bajaron por su espalda y se colaron por debajo de la blusa. Tocó piel desnuda, caliente. Subió despacio hasta encontrar el corpiño. Sus palmas se llenaron con la abundancia de sus pechos, desbordando la tela de encaje negro. Los apretó con cuidado, sintiendo cómo los pezones se endurecían bajo los pulgares. Camila arqueó la espalda, empujándolos contra sus manos, gimiendo bajito mientras él los masajeaba.

Ella movió las caderas, frotándose contra la erección de él en un ritmo lento, desesperado. Tomás respondió igual: empujes suaves, circulares, como si estuvieran haciéndolo con la ropa puesta. El roce era tortuoso, delicioso. El calor entre las piernas de Camila se volvía insoportable; sentía la humedad empapando la bombacha, la tela pegándose a su sexo hinchado. Cada movimiento le rozaba el clítoris contra la dureza de él, mandándole chispas por todo el cuerpo.

Tomás bajó una mano hasta su cadera, apretando la carne generosa, guiándola para que se moviera más fuerte contra él. La otra seguía bajo la blusa, pellizcando un pezón a través del encaje, haciéndola jadear y arquearse más. Las bocas no se separaban: besos profundos, húmedos, con lenguas que se buscaban sin descanso. Los gemidos de ella se volvían más seguidos, más altos, ahogados contra los labios de él.

De pronto, un estruendo brutal partió el cielo.

Un rayo iluminó todo el salón por una fracción de segundo, seguido de un trueno que hizo vibrar los ventanales. La tormenta había llegado de golpe.

Se separaron sobresaltados, respirando agitados. Tomás todavía tenía las manos bajo la blusa, sintiendo el latido acelerado de su corazón a través de los pechos. Camila tenía las piernas abiertas alrededor de él, las mejillas ardiendo, los labios hinchados y brillantes.

El agua empezó a golpear los cristales con fuerza. Afuera, el mundo se había vuelto gris y furioso.

Adentro, la tormenta en el pecho de Camila era igual de violenta.

Tomás la miró a los ojos, la culpa y el deseo peleando en su expresión.

—Camila, no deberíamos… —empezó a decir, pero la voz se le quebró.

Ella negó con la cabeza, todavía jadeando, y tiró de su camisa para volver a besarlo.

Pero esta vez el beso fue más lento, más consciente. Como si los dos supieran que la tormenta de afuera les había dado una excusa para detenerse… aunque ninguno de los dos quisiera hacerlo de verdad.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

ConfesionesFan

excelente!!! segui subiendo mas

Lucia_pm

Hermoso relato, me llego de verdad. Se siente tan autentico...

SofiaM

Me recordo a un profe que tuve en la facu, esa manera de mirarte como si fueras la unica que existe... muy bien narrado

MarielaNoche

increible como describis esa tension sin decir nada de mas. Eso es escribir bien!

ClaraLectura

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como sigue!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.