Mi alumna me esperó en la plaza con todo planeado
Llevo tres años dando clases en una preparatoria del norte de la ciudad y todavía no me acostumbro al efecto que produce una camisa planchada y una credencial colgada del cuello. La autoridad atrae, eso lo descubrí pronto. No la autoridad gritada, sino la otra, la que se ejerce con un tono bajo, una sonrisa medida y un par de silencios bien colocados. Para algunas alumnas, ese paquete funciona como un imán que ni ellas mismas entienden del todo.
En mi grupo de cuarto semestre estaba Renata. Acababa de cumplir dieciocho años, era delgada, de piel muy clara, con el pelo castaño recogido casi siempre en una coleta floja. Tenía un pecho mediano, redondo, y una espalda estrecha que le marcaba cintura bajo el uniforme. Cuando se sentaba en la primera fila, cruzaba las piernas y la falda se le subía un par de centímetros sin que ella pareciera darse cuenta. O quizá sí se daba cuenta. Llevo tiempo intentando distinguir una cosa de la otra y nunca acierto del todo.
Renata hablaba poco en clase. Levantaba la mano solo cuando estaba muy segura, y al terminar la hora se quedaba el tiempo justo para preguntarme alguna duda que yo sospechaba inventada. Me miraba a los ojos un segundo más de lo razonable. A veces me rozaba el brazo al pasarme una hoja. Yo me hacía el desentendido, sonreía con esa sonrisa neutra de profesor cansado y seguía con lo mío.
Pero también vigilaba. Cuando algún compañero se le acercaba con demasiada confianza, yo intervenía con cualquier excusa: el reglamento, el celular guardado, el uniforme bien puesto. Lo hacía con todos, no solo con ella, para que nadie sospechara. Y aun así Renata se daba cuenta. Lo notaba en cómo me miraba al salir del salón, con una mezcla de gratitud y otra cosa que no era inocente.
Una tarde, después de un examen, se quedó al final esperando a que se vaciara el aula. Tenía los ojos rojos. Me contó que en su casa las cosas estaban mal: un padrastro que gritaba demasiado, una madre que no se atrevía a defenderla, una hermana menor a la que ella sentía la obligación de proteger. Hablaba mirando el suelo, jugando con el dobladillo de la falda.
—Estoy pensando en irme —dijo al final—. Tengo un amigo que dice que me presta su sillón unos días.
—Mala idea —le respondí con calma—. Esas cosas se ven temporales hasta que dejan de serlo. Y a veces uno se mete con quien le promete una salida y termina peor que antes.
Ella asintió en silencio. Después levantó la cara y me sostuvo la mirada más tiempo del que debía.
—¿Y usted, profe? —preguntó—. ¿Usted también tiene malas ideas?
Tardé en contestar. No por la pregunta, sino por la forma en que la hizo. La voz le tembló un poco, pero los ojos estaban firmes. Era una pregunta que ya tenía la respuesta en la cabeza, solo necesitaba escucharla desde mi boca.
—Media escuela tiene malas ideas contigo, Renata. Tú deberías saberlo.
—¿Y usted no quiere tomar una mala decisión conmigo? —dijo, y se llevó la mano al pecho sin disimular del todo el gesto. Se apretó una teta por encima de la blusa, dos dedos girando el pezón hasta marcarlo bajo la tela—. Porque yo pienso en usted todas las noches, profe. Meto la mano debajo del calzón y me toco pensando en su polla. Ni siquiera sé cómo es y ya me hago venir sola imaginándola.
***
Me quedé callado unos segundos. Después saqué la cartera, tomé un billete y lo dejé sobre el banco que estaba entre nosotros.
—Si esto va a pasar —le dije muy serio—, lo hacemos como yo diga. No te voy a dar mi número. No me vas a mandar mensajes. No vamos a hablar de esto dentro ni fuera de la escuela. Salgo a las tres. Nos vemos a las cuatro en la plaza nueva, la que está al lado del puente. Ese dinero es para el camión, por si lo necesitas. ¿Hoy o mañana?
—Hoy —contestó casi sin aire—. Hoy, profe. No puedo esperar más.
—Una cosa más. Cuando llegues, vas a darme tu celular apagado. Lo voy a tener yo hasta que terminemos. Y voy a revisar que no traigas otro. No te quiero asustar, solo quiero estar tranquilo.
—Está bien —dijo, y le brilló una sonrisa que ya no era la de antes. Tomó el billete con dos dedos, se lo guardó en el bolsillo de la falda y salió del salón caminando despacio, moviendo el culo bajo la tela a cuadros como si quisiera que la mirara.
La miré.
***
Salí de la escuela y manejé hasta una farmacia tres colonias más allá, donde nadie me conocía. Compré condones, lubricante y una caja de pastillas de emergencia, por si acaso. Después fui hasta la plaza nueva y estacioné en una esquina alejada, debajo de un árbol que daba sombra. A las cuatro y cinco vi bajar a una chica de un camión urbano. Mochila rosa, blusa morada sin mangas, pants gris claro, tenis blancos. Tardé unos segundos en reconocerla. Sin el uniforme, sin la coleta, con el pelo suelto sobre los hombros, parecía otra persona. Más grande. Más decidida.
Me buscó con la mirada un momento, hasta que vio el carro y la sonrisa se le abrió sola. Cruzó casi corriendo, abrió la puerta del copiloto y se subió sin saludar. Olía a champú barato y a perfume dulce.
—Lo trajiste apagado —dije, más como comprobación que como pregunta.
Me extendió el celular. Estaba apagado de verdad. Lo dejé en la guantera. Después le pedí que me pasara la mochila. La revisé despacio, sin prisa. Ropa interior limpia, un cargador, una bolsita de cosméticos, una botella de agua, un cepillo de dientes, y, doblado con cuidado, su uniforme escolar entero: blusa blanca, suéter, falda a cuadros.
La miré con una ceja levantada. Ella se rio, mordiéndose el labio.
—Después le explico —dijo.
Le pedí que abriera los brazos. Le pasé las manos por la cintura, por la espalda, por la cara interna de los muslos. Subí lento, apretando la carne blanda por encima de los pants, hasta que le rocé la entrepierna con el canto de la mano. Ella soltó el aire de golpe. Insistí ahí unos segundos, presionando con dos dedos por encima de la tela, y noté cómo se le humedecía el gris claro del pantalón en una manchita oscura del tamaño de una moneda. No buscaba un segundo celular, eso ya lo sabía. Buscaba marcar quién mandaba y quién no. Ella entendió el juego desde el primer segundo y dejó de reírse para empezar a respirar más hondo, con las tetas subiéndole y bajándole bajo la blusa morada. Cuando terminé, encendí el motor.
—Qué cooperativa —le dije sin mirarla.
—Es que ya quiero llegar, profe. Ya estoy toda mojada, ¿no lo sentiste?
—Lo sentí.
—Pues manéjale rápido, porque me voy a acabar el calzón antes de bajarme del carro.
***
El motel que elegí estaba a veinte minutos, en una avenida sin tránsito a esa hora. Pedí una habitación con cochera cerrada, pagué en efectivo y subimos por la escalera interior. En cuanto cerré la puerta, Renata tiró la mochila al suelo, me quitó la bolsa de la farmacia de la mano, la lanzó sobre una silla y se me echó encima con un brazo en el cuello.
Me besó como si llevara meses planeándolo, y probablemente así fuera. Metió la lengua hasta el fondo, se la chupó ella misma la punta a la mía, me mordió el labio y me lo estiró hacia atrás. La levanté del suelo agarrándole los muslos por debajo y ella me cerró las piernas alrededor de la cintura. Al hacerlo, el pubis le quedó apretado contra mi bragueta y empezó a mecerse encima, buscándose el clítoris sobre la tela de mi pantalón como una gata en celo. Caminé tres pasos y la solté sobre la cama. Antes de que pudiera reaccionar, ya se estaba quitando la blusa morada. Debajo traía un brasier liso del mismo color, sencillo, sin encaje, con las tetas pequeñas y firmes empujando la copa hacia arriba. Se bajó los pants con los talones y quedó en ropa interior, mirándome desde abajo, con las piernas un poco abiertas y una mancha húmeda muy clara en la entrepierna del calzón blanco.
—Espera —dijo cuando me arrodillé en el borde de la cama—. Quiero pedirte algo.
—Dime.
—Va a ser mi primera vez. Y quiero que sea con mi uniforme puesto. Por eso lo traje.
La miré un momento. Tenía las mejillas encendidas y los ojos muy abiertos, como esperando que le dijera que no.
—Ponte el uniforme —contesté.
Saltó de la cama y se vistió frente a mí, despacio, sin dejar de mirarme. Blusa blanca metida en la falda a cuadros, suéter abierto sobre los hombros, calcetas hasta media pierna. Cuando se sentó otra vez al borde del colchón, no parecía una alumna disfrazada: parecía exactamente lo que había sido esa misma mañana, en la primera fila de mi salón.
—Desde el primer día quería esto —me dijo bajito, mientras yo me quitaba la camisa—. Me imaginaba con usted todo el tiempo. En clase de matemáticas me metía los dedos por debajo del pupitre mirándole la boca. Cuando alejaba a los demás chicos pensé que era porque ya había decidido que yo era suya. Y yo también lo decidí. Todo esto es suyo, profe —se abrió el suéter, se apretó las tetas por encima de la blusa—. Las tetas, el coño, el culo, la boca. Úsame como quiera.
No le contesté con palabras. Le puse una mano detrás de la nuca y la besé otra vez, mientras con la otra mano le subía la falda hasta la cintura. Le enganché el calzón blanco con dos dedos y se lo bajé hasta las rodillas. Estaba empapado. Se lo despegué de la carne despidiéndolo con un ruido húmedo, se lo pasé por las calcetas y lo tiré al suelo. Ella se abrió sola, avergonzada y descarada al mismo tiempo, y me mostró un coño rosado, sin un pelo, brillante de mojado hasta los muslos. La empujé con suavidad para que se acostara y le abrí las piernas todavía más. Le levanté la falda hasta el ombligo para verla entera. Empecé despacio, con la boca, sin tocar todavía el centro. Bajé por la cara interna de los muslos, subí por el otro lado, regresé al medio. Le pasé la lengua plana desde el agujero del culo hasta el clítoris, muy despacio, y sentí cómo se le contraía todo el cuerpo. Renata se agarraba a la sábana con las dos manos.
Le abrí los labios del coño con dos dedos y me quedé un rato ahí, chupándole el clítoris como si fuera un caramelo, alternando con lengüetazos largos por toda la raja. Le metí primero uno, después dos dedos, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto rugoso por dentro mientras seguía chupándole el botón. Cuando subí la intensidad, dejó de aguantarse. Hablaba en voz alta sin darse cuenta de lo que decía, repetía mi nombre, me pedía que no parara, decía "chúpame el coño, profe, chúpamelo entero, no pare, no pare". Tuve que sujetarle las caderas para mantenerla en su sitio, porque se me subía a la cara buscando más. La falda escolar arrugada bajo mis brazos, la blusa blanca todavía abrochada hasta el cuello, las calcetas blancas a la altura de mis hombros. Se corrió en mi boca con un temblor largo, apretándome la cabeza entre los muslos, gimiendo con la voz rota. Le sentí el líquido tibio bajarme por el mentón, mezclado con la saliva. Si había una imagen que iba a perseguirme durante meses, era esa.
***
Cuando se incorporó, todavía respirando entrecortada, fue ella la que tomó el control. Se sentó en el borde de la cama, me desabrochó el cinturón con una concentración casi escolar y me bajó los pantalones junto con el bóxer de un tirón. La verga me saltó dura y se le pegó en la mejilla. Cuando me tuvo enfrente, se rio bajito, como si no terminara de creérselo. Después se acercó, me miró a los ojos y sacó la lengua para pasármela por toda la base, desde los huevos hasta la punta. Empezó a besarme el glande con los labios cerrados, dándome piquitos, después abrió la boca y se metió la cabeza entera. Se notaba que no tenía experiencia: se atragantó la primera vez y se retiró con hilos de saliva colgándole del mentón. Pero lo compensaba con una mezcla rara de curiosidad y descaro que me dejó sin aire. Volvió a intentarlo, mirándome desde abajo con los ojos húmedos, se la metió hasta la garganta, aguantó todo lo que pudo y se la sacó tosiendo, riendo, con la boca llena de saliva.
—Enséñame, profe —me dijo con la voz rasposa—. Enséñame a mamársela bien. Quiero aprender con la tuya primero.
Le puse una mano en la nuca, le agarré la coleta que se había hecho a media tarde y empecé a marcarle el ritmo. Le mostré cómo cerrar los labios apretados, cómo usar la lengua por debajo, cómo bajar y subir sin sacarla. Ella aprendía rápido. En dos minutos ya me la chupaba entera, con un ruido húmedo y obsceno que rebotaba en las paredes del motel. Me agarraba los huevos con la otra mano, se me los metía en la boca uno por uno, volvía a la verga. Cuando alargué la mano hacia la bolsa de la farmacia, ella la detuvo.
—No —dijo, con la boca todavía brillante—. Compra una de esas pastillas si quieres, pero condones no. Vine para que no nos detengamos. Vine para sentírtela toda adentro. Y para que te corras en donde tú quieras.
—¿No nos detengamos cuándo?
—En toda la noche. Por eso traje ropa. Le dije a una amiga que iba a quedarme en su casa. Y ella va a decir lo mismo en la mía.
Me la quedé mirando. Tenía dieciocho años recién cumplidos, una falda escolar levantada hasta la cintura y una sonrisa demasiado tranquila para la situación.
—Aquí viene tu mala decisión, entonces —le dije, y la acerqué a mí.
—Soy tu alumna —contestó—. Soy lo que quieras que sea. Fóllame como te dé la gana, profe. Rómpeme.
La acosté otra vez, le abrí las piernas y le apoyé la punta de la verga en la entrada del coño. La froté arriba y abajo, mojándomela con lo suyo, y con la primera empujada la abrí un dedo apenas. Le subió un sonido a la garganta que no llegó a ser grito. Cerró los ojos un momento, los abrió otra vez y los clavó en los míos. Empujé más, despacio, sintiendo cómo cedía hacia adentro con una tirantez ardiente que me apretaba en cada centímetro. Cuando la tuvo entera adentro, se quedó quieta, con la boca abierta y una lágrima corriéndole por la sien.
—Estás rota —le dije al oído—. Ya eres mía.
—Ya soy tuya —repitió.
Le tomó un par de minutos acomodarse al ritmo, y cuando lo hizo no quiso bajarlo. Empecé lento, con embestidas largas hasta el fondo, mirándole la cara cambiar en cada golpe. Pedía más. Me clavaba los dedos en los hombros y se me pegaba con los talones a la espalda para que le llegara más adentro. Le desabroché la blusa de un tirón, hice saltar dos botones, le bajé la copa del brasier con la mano y le mordí un pezón. La otra teta se la agarraba entera con la mano, apretándosela hasta ponerla roja. Le lamí el pezón, se lo chupé, se lo mordisqueé mientras seguía metiéndosela.
La di vuelta sobre la cama, le levanté la falda por encima de la cintura y la puse en cuatro. Le empujé la nuca hacia abajo para que quedara con las tetas contra el colchón y el culo levantado. Le abrí las nalgas con las dos manos y se la volví a meter desde atrás, hasta la base, de un golpe. Renata gritó contra la almohada. Empecé a follarla duro, tomándola por la cadera con una mano y por la nuca con la otra, sacándosela hasta la punta y volviéndosela a meter entera. La falda a cuadros me golpeaba las ingles a cada embestida. Los cachetes del culo se le movían en olas cada vez que chocaba contra ella. Le escupí en el agujero del culo y le pasé el pulgar por encima, dando vueltas, sin meterlo del todo, solo apretándolo, y ella soltó un gemido más agudo.
—Ahí no, todavía no —dije—. Ahí guardo para más rato.
—Cuando quieras, profe. Todo tuyo.
Renata se reía y gemía al mismo tiempo. Cada tanto giraba la cabeza para mirarme con esa expresión que ya empezaba a ser nuestra: mitad triunfo, mitad súplica. La solté un momento, le tiré del pelo hacia atrás y le hice arquear la espalda. Le pegué en un cachete con la mano abierta y le quedó la marca roja marcada sobre el blanco de la piel. Ella dio un grito y apretó el coño alrededor de la verga, chupándomela por dentro. Le pegué en el otro. Volvió a apretar.
—Otra vez —pidió.
Le pegué tres veces más, seguidas, hasta que las dos nalgas quedaron encendidas. Después la agarré de la cintura con las dos manos y me la clavé al fondo, embistiéndola sin misericordia. Sentía cómo se le acumulaba el temblor por dentro. Cuando se corrió, se corrió gritando, apretando la sábana con los dientes, con el coño exprimiéndome tanto que casi me arrastra.
Yo aguanté. La saqué a tiempo, la giré otra vez bocarriba, me la puse en la mano y le acabé encima de las tetas, del cuello, de la barbilla, de la boca abierta. Grueso, blanco, en cuatro chorros largos que le quedaron pegados en la blusa blanca desabrochada y en el suéter arrugado. Ella se pasó dos dedos por el pecho, los recogió, se los metió en la boca y se los chupó mirándome.
—Rico, profe —dijo—. Así me imaginaba que sabía.
Cuando terminé la primera vez, ella se quedó tumbada bocarriba, todavía con la blusa blanca arrugada, manchada, y la falda hecha un cinturón en la cintura, con el coño hinchado y rojo entre las piernas abiertas. Respiraba con la boca abierta, sonriendo al techo.
—¿Podemos otra vez en un rato? —preguntó.
—Cuando quieras.
—Y mañana también.
—Y mañana también —repetí, porque a esa altura ya no tenía sentido fingir que iba a echarme atrás.
***
Pedimos algo de comer al cuarto, vimos televisión sin verla y volvimos a empezar dos veces más antes de que saliera el sol. La segunda vez la senté encima de mí, con la falda todavía arrumbada en la cintura, y la hice cabalgarme mirándome a los ojos, con las manos en sus tetas y sus manos en las mías. Se movía sola, adelante y atrás, aprendiendo el ritmo que le gustaba, gimiendo bajito cada vez que la punta le tocaba adentro donde debía. Me lamía el sudor del cuello y me pedía al oído cosas que a esa edad no debería ni conocer.
La tercera vez la subí a la mesa del cuarto, boca abajo, con las tetas aplastadas contra la madera fría, y le comí el culo primero, con la lengua metida hasta el fondo, hasta que se lo dejé abierto y brillante. Le puse lubricante y le metí primero un dedo, después dos, hasta que dejó de quejarse. Cuando la penetré por el culo, entró con dificultad los primeros segundos, y después se abrió alrededor de mí como un guante. La agarré del pelo y se la clavé despacio, hasta el fondo, cuidando de no romperla, mientras ella se metía dos dedos en el coño para tocarse el clítoris. Cuando me corrí adentro, sentí cómo se le contraía el culo alrededor, ordeñándome hasta la última gota. Se quedó tumbada sobre la mesa, con mi semen escurriéndole por los muslos, riéndose sin fuerzas.
En algún momento de la madrugada ella se quedó dormida con la cabeza sobre mi pecho y los dedos enredados en mi mano, como si tuviera miedo de que me fuera. Yo tardé en cerrar los ojos. Pensaba en la clase del lunes, en los pasillos, en cómo iba a sostener su mirada delante de treinta compañeros sin que se me notara. Pensaba que esto no podía repetirse, y al mismo tiempo sabía que sí iba a repetirse.
Por la mañana la llevé en silencio a la parada del camión, dos colonias antes de su casa. Antes de bajarse del carro, se inclinó, me besó en la comisura de la boca y me dijo, muy bajito, lo que ya sabía:
—El lunes nos vemos, profe. Y traigo el uniforme puesto debajo, por si acaso.
Cerró la puerta y la vi alejarse con la mochila rosa al hombro, como cualquier otra adolescente volviendo de la casa de una amiga. Encendí el motor y manejé despacio hasta el primer semáforo, donde me quedé mirando el rojo sin verlo, sabiendo que ya no había marcha atrás y que esa era exactamente la parte que más me gustaba.