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Relatos Ardientes

El pacto silencioso con mi compañera de piso

Hace un año que comparto departamento con Camila y, desde entonces, mi vida se reordenó alrededor de un acuerdo que todavía me cuesta nombrar. Vivimos los dos en un piso pequeño de un barrio tranquilo, con los escritorios pegados a las ventanas y la cocina a tres pasos. Trabajamos en remoto los dos: yo soy desarrollador para una empresa europea; ella diseña interfaces para una agencia americana.

Nos conocimos en la universidad, perdimos contacto y nos reencontramos en un grupo de viejos compañeros. Cuando ella buscaba a alguien para dividir el alquiler y yo necesitaba salir de la casa de mis padres, la idea pareció obvia.

Pareció obvia, también, porque entre nosotros nunca hubo nada. Camila es, hay que decirlo, una mujer realmente hermosa. Pasa cinco días por semana en el gimnasio y se le nota en cada gesto. Yo, por mi parte, me cuido lo justo, tengo veintinueve años, panza y nunca creí merecer la atención de alguien como ella. Lo digo sin victimismo: es la verdad. Por eso, cuando lo nuestro empezó, sentí que entraba en un mundo paralelo donde las reglas del afuera no aplicaban.

***

Empezó con una conversación, una sola, una noche de jueves. Habíamos pedido sushi y abierto una botella de vino que tenía pinta de durarnos cuatro semanas. Ella se acomodó en el sillón con las piernas cruzadas y me miró con esa serenidad que aprendí a temer.

—Quiero contarte algo en lo que pienso desde hace tiempo —dijo.

Dejé el palillo sobre el plato y esperé.

Me explicó su teoría con la calma de quien la había rumiado mucho. Para ella, si una mujer ve a un hombre cargado, tensionado, deseante, y puede acompañarlo sin que nada se rompa, no hay motivo para complicarlo. «Lo llenamos de culpa, de drama, de cuentos», dijo. «Y a veces es solo eso: un cuerpo pidiendo alivio y otro cuerpo dispuesto a dárselo. No tiene que ser amor. No tiene que ser nada».

Escuché sin saber si me estaba proponiendo algo concreto o desarrollando una idea en voz alta. Después agregó: «Si alguna vez te veo así, no te ofendas: voy a ofrecerte. Y vos podés decir que no, claro. Pero quiero que sepas que no es complicado. Para mí no lo es».

No sé si lo dice en serio, pensé esa noche, mirando el techo de mi cuarto. Habíamos terminado el vino, visto un par de capítulos de una serie y cada uno se había ido a dormir como si nada. Me convencí de que se le iba a pasar, de que el vino exageraba.

***

Tres lunes después, ya nos habíamos olvidado del asunto, o eso creía yo. La pantalla parpadeaba con correos sin leer. Tenía una entrega para el viernes y los tiempos no me daban. Camila pasó por detrás de mí con el mate en la mano, se detuvo y, sin decir nada, apoyó la palma de la mano entre mis omóplatos.

—Estás duro como una pared —dijo—. Ven, tómate un rato para relajarte.

Lo dijo con esa voz suave pero firme que usa cuando está segura. Me levanté como un autómata. La seguí los cinco pasos que separan mi escritorio de mi cama. No hubo música, ni penumbra, ni ceremonia: la luz de la tarde entraba directa por la ventana. Ella se sentó al borde del colchón, levantó la cadera apenas, se bajó la ropa interior y subió la pollera hasta la cintura. Después se recostó y abrió las piernas.

—¿Estás cómodo? —preguntó.

—Sí.

—No tengo apuro. Tomate el tiempo que necesites.

Me bajé el pantalón y me acomodé entre sus muslos. La penetré despacio, casi como pidiendo permiso. Ella suspiró, no de teatro, sino con esa exhalación corta que tienen las personas que se acomodan en una silla cómoda. Empecé a moverme y el tiempo se diluyó. No sé cuánto duró. Veinte minutos, treinta, quizás más.

Mientras me movía dentro de ella, sentí cómo se aflojaba todo lo que llevaba apretado desde la mañana. Cuando llegué al final, no me retiré. Ella me apretó las costillas con las pantorrillas, sin urgencia, y esperó a que terminara.

—Listo —dijo después—. Volvé al trabajo cuando puedas.

Se levantó, se acomodó la ropa, se lavó las manos y salió del cuarto. Me quedé sentado en la cama un par de minutos, sintiendo cómo el cuerpo regresaba al mundo. Cuando me senté otra vez frente a la pantalla, los correos seguían ahí, igual de urgentes. Pero algo dentro de mí estaba en otro lugar.

***

A partir de entonces, lo nuestro se acomodó solo. No teníamos una agenda, no teníamos códigos especiales: Camila simplemente leía mi cuerpo. Sabía cuándo tenía los hombros encajados en las orejas, cuándo movía la pierna como un metrónomo, cuándo respiraba corto. Yo nunca le pedí nada. Era ella la que ofrecía, y yo solo decidía si decir que sí.

Un mediodía, en mitad de un sándwich apurado entre dos reuniones, vino y se sentó en el apoyabrazos del sillón donde yo comía.

—¿Cuánto tenés? —preguntó.

—Quince minutos.

—Alcanza.

No hubo más palabras. Se acomodó en el sofá, se acostó, repitió el gesto de la ropa interior y la pollera. Dejé el sándwich en la mesa baja y la penetré sin desvestirme. Esta vez había prisa, una prisa diferente, casi divertida, como cuando dos personas hacen una broma cómplice contra el reloj. Ella sintió que el tiempo se nos venía encima y me apuró sin perder ternura.

—Si tenés que ir más rápido, andá más rápido —dijo—. No me voy a romper.

Aceleré. El placer fue corto y filoso, distinto al del lunes. Cuando terminé, me limpié rápido con la toalla pequeña que ella había dejado sobre el sillón, me subí el pantalón y volví a sentarme frente a la pantalla. Mi reunión empezó dos minutos después. Era una reunión sin cámara, por suerte. Ella, del otro lado del living, ya estaba escribiendo en su teclado como si los últimos doce minutos no hubieran existido.

***

En los días peores, los de entregas dobles o discusiones largas con clientes, todo se reducía aún más. A veces yo estaba escribiendo, hundido en la silla, y ella aparecía a mi espalda. Sin decir nada, se sacaba la ropa interior, se ponía en cuatro en mi cama y esperaba. Diez minutos. A veces ocho. Yo me levantaba sin pensar, la penetraba con la urgencia del que necesita respirar, y cuando terminaba, volvía al escritorio con los ojos enrojecidos y la mente al fin en silencio.

—Gracias —decía cada vez.

—De nada —contestaba siempre.

No había drama en su respuesta. Tampoco satisfacción ni triunfo. Era una respuesta corta, neutra, como si me hubiera pasado el cargador del celular.

Hubo semanas en que nos vimos así dos veces, otras en que pasaba un mes entero sin que el cuerpo me pidiera nada. Camila nunca insistió. Tampoco se ofendió nunca. Su filosofía, según entendí con el tiempo, no era la del sacrificio: era la de no ponerle obstáculos morales a lo que para ella era una transacción honesta entre dos amigos.

***

Los sábados eran distintos. Los sábados no había reuniones, no había escritorio, no había reloj que se nos viniera encima. Si pasaba algo, pasaba lento.

Una mañana, después del desayuno, nos quedamos en mi cuarto. Ella me preguntó si quería relajarme y le dije que sí. Esta vez no fue solo el gesto rápido de la ropa interior. Esta vez nos desnudamos los dos. Era la primera vez en meses, y me sorprendió cómo me afectaba ver su piel completa, los pechos pequeños y firmes, la forma en que la luz se le acomodaba en la cintura.

—Podés tocarme —dijo, y se acostó boca arriba.

Le pasé la boca por el cuello sin besarla en los labios. Esa era una regla que nunca habíamos hablado pero que los dos respetábamos. Le besé los pechos, los sostuve con las manos, los chupé suavemente. Ella me miró con una sonrisa que no era seductora ni romántica, sino curiosa, como si estuviera observando a alguien aprender algo nuevo. Después abrió las piernas y la penetré con una calma que no me reconocía.

Me corrí despacio, salí, descansé un minuto sobre su cadera, volví a empezar. Esa mañana entré y salí de ella tres o cuatro veces. No estaba seguro de querer terminar; quería extender ese sábado todo lo posible.

En medio de todo eso hubo un momento gracioso. Me había salido sin querer y, al intentar volver a entrar, mi miembro resbaló contra el muslo de ella, después contra la sábana. Una vez. Dos. Tres. Camila se largó a reír. Una risa franca, fuerte, que se le escapó del pecho.

—¡No me quiere! —dijo entre carcajadas—. ¡Está rebelde, no quiere encontrar el camino!

Yo también me reí. Reírse con alguien dentro de una situación tan íntima me pareció, en ese momento, lo más cercano al cariño que habíamos compartido en meses. Cuando se nos pasó la risa, ella me agarró suave, me guió, y volvimos a empezar.

***

Hubo otra vez, en plena noche, después de haber pasado un día horrible. Mi padre había tenido un susto de salud y yo no podía pensar en otra cosa. Camila me vio pasar tres veces por el pasillo, con la mirada perdida. No dijo nada. Cuando me crucé con ella en la cocina, me apretó el brazo, despacio, una sola vez. Yo entendí, y le hice un gesto con la cabeza.

Esa noche no fue rápida ni recreativa. Estuvimos casi una hora en mi cama. Me hundí en ella sin saber bien qué buscaba; ella me dejó moverme con una paciencia que aún recuerdo. No hablamos. Cuando terminé, no me retiré enseguida. Me quedé sobre ella, con la cabeza contra su cuello, respirando hondo.

—Gracias —dije, muy bajo.

—Quedate todo lo que necesites —respondió.

Me apoyó la mano en la nuca, una vez, y me corrió un mechón de pelo de la frente. Después se levantó, se vistió y se fue a su cuarto. Esa noche no hubo bromas.

***

A veces pienso en cómo describiría todo esto si alguien me preguntara. No tengo respuesta. No somos pareja. No tenemos planes de serlo. Camila tiene novios cada tanto, hombres que vienen, que se quedan dos meses, que se van; en esos períodos nosotros no nos tocamos, y la dinámica vuelve cuando ella vuelve a estar sola. Yo, por mi parte, he intentado salir con otras mujeres. No me ha ido mal. Pero hay algo en cómo se construye lo nuestro —en ese acuerdo limpio, sin negociaciones, sin manipulaciones, sin promesas— que no he encontrado en ningún otro lado.

Si alguien escucha esta confesión y piensa que es una fantasía, lo entiendo. Si alguien piensa que ella se aprovecha, o que yo me aprovecho, también lo entiendo. La verdad es más simple y más rara: llevamos un año conviviendo así. Compartimos los gastos, las cenas, las series, una rutina de gimnasio que ella mantiene y a la que yo ahora empiezo a sumarme. Y, en el medio, este acuerdo silencioso, esta puerta abierta entre dos cuerpos amigos.

A veces, cuando termino una jornada larga y la veo de espaldas frente a su pantalla, con la pollera arrugada y el pelo recogido, siento que tengo que apartar la mirada. No por deseo, sino por gratitud. Hay personas que aparecen en la vida para enseñarte que el cuerpo puede ser muchas cosas a la vez. Camila es, para mí, una de ellas.

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Comentarios (4)

Lucho_BA

Excelente!!! de los mejores que lei en este sitio. Esperando mas relatos tuyos

NocheLectora22

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues jaja

AndresMdq

Me recordo a algo muy parecido que me paso con mi compañera de departamento hace un par de años. Esas tensiones silenciosas que de repente estallan... muy bien narrado, se siente real.

Santi_87

Me gusto mucho como fuiste construyendo el momento antes de que pase algo. Le falta eso a muchos relatos de aca. Bien!!

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