Aquellos veinte minutos que mi marido aún imagina
Esta historia es de las que cuento solo en la intimidad, cuando alguien me pregunta cuántos amantes tuve antes de Ricardo. Algunos se decían mi novio. Otros, simples paréntesis. Lo que voy a contar pasó hace años, pero cada vez que lo recuerdo me vuelve el calor a las mejillas.
Fue en una cena en un hotel a las afueras de la ciudad. Uno de esos lugares con jardines amplios, lámparas tenues y demasiada gente vestida demasiado bien para una noche de viernes. Ricardo había hecho la reserva semanas antes. Apenas llegamos nos sentamos en una mesa reservada, compartida con un par de conocidos suyos que yo apenas había cruzado en algún coctel anterior.
El espectáculo incluía un monólogo bien escrito y un grupo de música que después se quedó tocando para los que quisieran bailar. La noche transcurría con esa lentitud cómoda de las conversaciones que no llevan a ningún sitio. Hasta que Ricardo decidió que aquello era demasiado tranquilo.
—Dime, Mariana —empezó, inclinándose sobre la mesa—. De todos los hombres que hay en este salón, ¿hay alguno que te provoque?
—Vaya pregunta —contesté, sosteniéndole la mirada—. No me había fijado.
—Entonces fíjate. Y muéstrame cuál te llevarías a la cama si fuera gratis.
Lejos de eludirlo, dejé que mis ojos pasearan por el salón como un radar. Los desconocidos se vuelven más interesantes cuando alguien te empuja a mirarlos. Había unos cuantos que valían la pena, pero terminé eligiendo a uno solo.
—El de la mesa de la izquierda. El de la chaqueta azul claro. Pelo largo, eso me gusta. Cara de saber lo que hace. Y, no sé por qué, tengo el presentimiento de que tiene una buena polla.
Lo dije sonriendo, sin bajar la voz. Lo conocía de vista. Habíamos hablado por teléfono dos o tres veces y nos habíamos cruzado en algún evento. Nada más que eso.
—¿Y te lo follarías? —preguntó Ricardo, todavía con esa media sonrisa que ponía cuando creía que controlaba la partida.
—Si me excita, ahora mismo. Si tuviera ocasión.
Lo miré sin pestañear. Lo dije como una promesa, no como una broma. Me incliné un poco más hacia él, lo suficiente para que viera el escote, lo suficiente para que entendiera que no estaba jugando del todo. Después le tomé la mano y lo llevé a la pista.
—No sabes lo seductora que puedo ser cuando quiero —le susurré bailando—. Y para una aventura, ningún hombre se resiste.
Ricardo se rió, pero ya tenía esa mirada que ponía cuando la situación se le estaba escapando. Decidió subir la apuesta, supongo que para recuperar el control.
—¿Sabes qué imagino? —dijo al oído—. Llevarlo a algún rincón. Hacerle una mamada hasta que esté a punto. Después pedirle que te folle como se le antoje, duro, por delante y por detrás.
Sus palabras me mojaron como si fuera adolescente otra vez. No dejábamos de mirarnos. Yo apretaba el cuerpo contra el suyo y sentía cómo se le endurecía contra mi cadera.
—Puedo seguir el juego todo lo que quieras —le dije—. No tienes idea de lo ruda que puedo ponerme.
Hasta ese momento estoy segura de que él se creía el dueño de la escena. Pero algo le había cambiado la cara. Esa seguridad de hombre dominante que le conocía se estaba resquebrajando, y a mí me empezaba a gustar verlo así.
***
Podíamos haberlo dejado ahí. Subir a la habitación que tenía pagada, follarnos a fondo y olvidarnos del juego. Pero quise saber hasta dónde podía llegar.
—Todo lo que tú te atrevas —respondió, con una voz que ya no era la misma.
El corazón empezó a latirme tan fuerte que lo escuchaba en las sienes. No sabía si me iba a arrepentir. Sabía que ya no había marcha atrás. Le sonreí, lo besé en la comisura y le dije, despacio:
—Voy al baño a quitarme la tanga. En un rato no me va a hacer falta.
Me levanté antes de que pudiera responder. Caminé sin mirar atrás, sintiendo cómo se me iba pegando la tela del vestido al moverme. En el baño me bajé la tanga con una mano, la guardé doblada en la palma y me miré al espejo. Tenía las mejillas encendidas y los ojos un poco fuera de foco. Sonreí. Esa noche estaba lista para mucho más de lo que él imaginaba.
Volví al salón con paso tranquilo. Pasé por nuestra mesa, le dejé la tanga en la mano cerrada, le di un beso en la sien y seguí de largo. No le di tiempo a hablar. Caminé directo hacia el grupo donde estaba el hombre de la chaqueta azul. Se había levantado y conversaba con otros dos.
Lo saludé con dos besos como si fuéramos viejos conocidos. Me miró sorprendido y tardó un par de segundos en ubicarme. Dijo que no me había visto entrar. Me sirvió una copa, los otros se fueron alejando solos y, en pocos minutos, ya estábamos los dos charlando junto a la columna del fondo.
Hablamos de tonterías. De su trabajo, del clima, de un viaje que había hecho hacía poco. Todo eso mientras lo miraba con una intensidad que no admite confusión. Cuando dejamos las copas y le sugerí ir a la pista, no dudó un instante.
Bailamos. Bailamos con las distancias justas para que sus manos me rozaran la espalda, mis manos se le apoyaran en la nuca, mi cadera se acomodara contra la suya como si llevara mucho tiempo buscándole el calce. Me movía buscando que la falda se abriera un poco. Sabía que Ricardo seguía cada uno de mis movimientos desde la mesa, y me aseguré de que viera cómo me apretaba mi acompañante. De que viera el largo del vestido por detrás. De que adivinara, por la caída de la tela, que debajo no llevaba nada.
Todo lo que tú te atrevas, me había dicho. Mientras bailaba estaba averiguando lo que esa frase significaba en realidad.
Mi compañero me hablaba al oído. Decía las cosas que se dicen en esas circunstancias. Yo le contestaba lo suficiente para no cortar la corriente, pero sin cerrar nada todavía. Le notaba la respiración cambiada. Le notaba la otra cosa, también, contra el muslo. Su mirada bajaba sin disimulo hacia el escote.
Después de un par de canciones me acerqué a su oreja.
—¿Salimos a tomar aire? Aquí dentro está sofocante.
Asintió sin pensarlo. Salimos por la puerta lateral que daba al patio interior, un jardín pequeño con bancos de hierro, antorchas eléctricas y la música filtrándose desde el salón. Estaba casi vacío. Una pareja se besaba al fondo, sin reparar en nada más.
***
Lo que pasó en esos veinte minutos es lo único que no voy a contar.
Lo que sí puedo decir es que cuando Ricardo cruzó la puerta del jardín, acalorado, despeinado, con los ojos buscándome desde el primer paso, nosotros dos estábamos sentados en un banco lateral, hablando. Yo con las piernas cruzadas y una copa vacía en la mano. Él riéndose por algo que yo acababa de decir. Nada más.
—¿Do… dónde estabas? —tartamudeó Ricardo cuando me reconoció—. Te estuve buscando por todas partes.
—Bailando, primero. Después aquí. No me digas que no me viste, porque te pasaste un buen rato sin quitarme los ojos de encima.
—Pero eso fue hace tiempo —protestó con torpeza.
—Hace unos veinte minutos. Salimos a tomar aire. ¿Algún problema?
—No me avisaste. Y saliste con él.
—¿No habíamos quedado en eso? ¿En que sedujera al que me diera morbo?
—Entendía el juego. No suponía que ibas a desaparecer.
Lo miré con calma. Le sostuve la mirada lo suficiente para que la duda se le instalara en serio. Después me levanté, me despedí del otro con dos besos rápidos y volvimos al salón. No nos quedamos mucho más. Ricardo no quería bailar, no quería hablar con nadie, no quería nada. Quería irse. Salimos casi sin despedirnos del resto de la mesa.
***
En el taxi de regreso le metí la mano en el bolsillo del saco y le saqué la tanga que le había dejado horas antes. La sostuve en alto frente a su cara.
—¿Viste que no me hizo falta? Me la quité en el baño porque no era cuestión de llevarla en la mano. Y tenías razón: no me quitó los ojos del culo desde el primer momento.
No me contestó. Lo veía apretar la mandíbula a la luz intermitente de las farolas. Cuando entramos al departamento ni siquiera me dejó cerrar la puerta. Me empujó contra la pared del pasillo, me besó el cuello como si quisiera marcarme, me bajó el vestido de un tirón. Los pezones ya estaban duros antes de que su boca los encontrara.
Se desabrochó el pantalón con prisa, me agarró por los muslos, me levantó contra la pared y me la metió ahí mismo, de pie, con todo el peso del cuerpo. Yo le hundí las uñas en la espalda y me dejé follar como hacía meses no me follaba. No fue ternura. Fueron celos, deseo, rabia, ganas de recuperar lo que no estaba seguro de no haber perdido. Acabamos casi al mismo tiempo, con esa explosión que dejan las horas de tensión acumulada.
Nos duchamos juntos, jugando todavía con las manos bajo el agua. Cuando nos metimos en la cama, ya en silencio, con las luces apagadas, sentí que me iba a hacer la pregunta. Tardó un poco, pero llegó.
—¿Te lo follaste? ¿O solo se la chupaste?
Me giré hacia él en la oscuridad. Le acaricié la barba incipiente.
—¿Quieres que te conteste? —dije—. Piénsalo bien. ¿Estás seguro de que quieres saberlo? ¿Lo necesitas?
Dudó. Pasaron unos segundos largos.
—No —dijo al fin—. No me importa. Prefiero seguir jugando.
Le di un beso en la sien y nos dormimos.
***
Hoy Ricardo es mi marido. Llevamos juntos los años suficientes para no contarlos. Y, cada tanto, en alguna sobremesa larga, después del vino, vuelve a preguntarme qué pasó en aquellos veinte minutos del patio del hotel.
Mi respuesta es siempre la misma.
—¿Tú qué te imaginas que pasó?
Y nos reímos los dos. Yo, porque sé exactamente qué pasó. Él, porque después de tantos años todavía no se atreve a saberlo.