Esa noche descubrí lo que ella escondía bajo el vestido
Tenía veintidós años aquella noche y el lugar al que entré con mis amigos no llegaba a ser una discoteca de verdad. Era más bien un pub con pista, en una esquina de la calle Reconquista, con luces rojas que pintaban las paredes y una música que vibraba en el suelo de madera. Ninguno de nosotros buscaba algo en particular: solo cerveza, alguna mirada cómplice y la promesa vaga de que la noche todavía podía sorprendernos.
La vi entrar cerca de la una. Era alta, delgada, con el pelo lacio cayéndole hasta la mitad de la espalda y un vestido negro que se ceñía a un cuerpo que no encajaba con el de nadie más en la pista. Lo que me dejó sin aire fueron los pechos, llamativos, casi insolentes bajo la tela oscura. Caminaba sin prisa, escoltada por dos amigas, como si supiera de antemano que iba a ser mirada.
Cuando pasó cerca de mí, giró apenas la cabeza y me sonrió. No fue una sonrisa amable: fue una afirmación. Después siguió de largo y se sentó con sus amigas en una mesa del rincón. Yo me quedé apoyado en la barra, fingiendo que escuchaba lo que me contaba mi amigo Federico, mientras la espiaba por encima del vaso.
Una hora más tarde fui al baño. Cuando salí, ella estaba ahí, parada contra la pared, jugando con una pulsera. Como si me hubiera estado esperando.
—Hola —dijo, y me alargó la mano con una formalidad casi divertida—. Soy Camila.
—Mateo —contesté, y al darle la mano sentí los dedos largos y fríos, como recién mojados.
Charlamos ahí mismo unos minutos, de pie. Después vinieron a buscarla sus amigas y me invitó a sentarme con ellas. La pasamos bien las horas siguientes. Camila se reía con la cabeza echada hacia atrás y hablaba en voz baja, como si todo lo que dijera fuera un secreto que solo a mí me confiaba. En algún momento puso la mano sobre mi muslo, debajo de la mesa, y la dejó ahí.
Cerca de las cuatro de la mañana se inclinó hacia mí.
—Me voy. ¿Me acompañás al auto? Está a un par de cuadras.
Salimos a la calle. El aire helado me pegó en la cara y me sirvió para despejarme un poco, aunque la cabeza me seguía dando vueltas por la cerveza y por ella. Caminamos en silencio. Cuando llegamos al auto, un Peugeot oscuro estacionado frente a una panadería cerrada, me acerqué para darle un beso de despedida en la mejilla. Mi gesto fue torpe, demasiado correcto.
Ella no me lo permitió. Me tomó del cuello con las dos manos, acercó su boca a la mía y me metió la lengua antes de que yo entendiera lo que estaba pasando. Fue un beso largo, sin preguntas, sin coqueteo. Cuando se separó, no me soltó del cuello.
—Subite. Estoy sola en casa. Mi marido se fue de viaje.
No lo pensé. Abrí la puerta del acompañante y me senté con el corazón golpeándome en la garganta. La idea del marido ausente me dio un cosquilleo en la nuca, mezcla de culpa ajena y excitación. Camila manejó hasta un edificio en una avenida arbolada que yo no había pisado nunca. En el ascensor me miró fijo, sin tocarme. Me sentí evaluado.
El departamento estaba en penumbra, apenas iluminado por una lámpara baja en el living. Olía a sándalo. No me dio tiempo a fijarme en nada más. Apenas cerró la puerta, me empujó contra ella, me sostuvo la cara con las dos manos y volvió a besarme. Esta vez con más hambre.
—Vení —murmuró cuando se separó.
Me llevó al medio del living y se arrodilló frente a mí, sin dejar de mirarme. Me desabrochó el cinturón con dedos rápidos, me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón. Lo que me hizo después no se parecía a nada de lo que había probado antes. Era una boca que sabía exactamente qué hacer, sin titubeos, sin pedir nada a cambio.
Me empezó a temblar la rodilla. Ella se dio cuenta y se paró.
—Mejor vamos a la cama.
En el cuarto, la luz era todavía más tenue. Camila me terminó de desnudar entre besos y mordiscos en los pezones. Me empujó con suavidad y me sentó al borde del colchón, mientras ella se ponía de rodillas otra vez sobre la alfombra. Me la chupó con una pasión que no encajaba con cómo se había comportado en el pub, donde todo había sido frío y calculado.
Después se incorporó y, despacio, empezó a desnudarse ella. Primero el vestido, que dejó caer sin teatralidad. Después el corpiño negro, soltando esos pechos que me habían dejado mudo en la pista. Cuando quedó solo en una tanga rosa, se acercó y me la puso a la altura de los ojos.
—Date vuelta. Antes me dijiste que te dolía la espalda. Te voy a hacer un masaje.
Era mentira: yo no le había dicho nada de la espalda. Pero entendí que el masaje era el pretexto y obedecí. Me acosté boca abajo. Sus manos eran tibias y firmes, y empezaron a bajar desde los hombros hasta la cintura. Después siguieron por las piernas, hasta los pies. Volvió a subir despacio, deteniéndose en los muslos. Cuando llegó a las nalgas, me las amasó como si fueran arcilla, abriéndolas y cerrándolas. Yo seguía boca abajo, con la cara hundida en la almohada, sintiendo cómo se me endurecía la pija aplastada contra el colchón.
—¿Te gusta? —me preguntó.
No contesté. No sabía cómo contestar. Nunca antes nadie me había tocado así.
—Arrodillate.
Lo hice. Quedé en cuatro patas, con la cara hacia la cabecera. Ella se acomodó detrás de mí. Sentí las dos manos abriéndome despacio, y después algo cálido y húmedo, blando, recorriéndome el ano. Era su lengua. Me estremecí entero y mordí la almohada. La lengua se endurecía y se ablandaba, entraba y salía con una lentitud que me hacía cerrar los puños contra las sábanas.
***
Después de un rato, la lengua bajó a los testículos, los chupó uno por uno y volvió al ano. Para entonces yo estaba en otro estado. La cabeza no me funcionaba como siempre. Mi pija había alcanzado una dureza que casi dolía, y empecé a desear, por primera vez en mi vida, algo más grueso ahí adentro. La idea me llegó sola, sin que yo la buscara.
Como si me leyera, Camila reemplazó la lengua por un dedo. Después por dos. Yo me empujaba sin querer hacia atrás, contra su mano, jadeando.
—Metelo más, dale —pedí, con la voz quebrada.
—Tenés tres dedos adentro ya, bebé —contestó, riéndose bajito.
De pronto se detuvo. Se incorporó detrás de mí, y la sentí muy cerca, respirando contra mi cuello.
—¿Querés algo más grande?
—Sí —dije, sin pensar.
Lo que pasó a continuación no lo entendí del todo en el momento. Me agarró fuerte de las caderas con una mano y con la otra apoyó algo grueso y tibio contra el ano. Algo que no era un consolador ni un juguete: tenía piel. Empujó despacio al principio, después con decisión. Me tomó del pelo y me lo metió hasta el fondo de una sola vez. El grito me salió sin que pudiera frenarlo. Era dolor, claro, pero también algo más, algo que no tenía nombre y que me hizo aferrarme a las sábanas para no caerme.
—Cómo te entra, ¿eh? Cómo te la comés —me decía al oído, sin sacármela.
Recién entonces entendí. Camila no era lo que yo había imaginado en la pista. Camila tenía un pene. Y lo tenía dentro de mí. La primera reacción fue de pánico, una contracción del cuerpo entero. Después vino otra cosa, una claridad rara: ya estaba ahí, ya había pedido «algo más grande», ya estaba disfrutando. No tenía sentido escapar de algo que mi propio cuerpo había estado pidiendo durante la última media hora.
Me dejé. Bajé la cabeza, apoyé la frente en la almohada y dejé que se moviera. Cada empuje me sacudía y me obligaba a respirar de a poco, como cuando uno corre. Mi pija seguía dura, golpeándome el vientre con cada vaivén. En algún momento, sin tocarme, terminé. Acabé sobre las sábanas en una serie de espasmos largos, mientras ella seguía adentro mío, sin detenerse.
—Date vuelta —me dijo cuando entendió que yo había terminado.
***
Me costó. Me la sacó con cuidado y me ayudó a darme vuelta. Cuando quedé boca arriba, me subió las piernas a los hombros y volvió a metérmela. Ahí la calentura se me empezó a ir, y el dolor que la excitación había estado tapando salió a flote. Empecé a quejarme, a pedirle que parara. Camila no me escuchaba. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, y se movía como si lo único que existiera en el mundo fuera el ritmo de sus caderas.
Cuando estaba por suplicarle de verdad, se inclinó sobre mí. Sus pechos quedaron colgando frente a mi cara. Esos mismos pechos que me habían arrastrado hasta su auto y hasta su cama. Los miré, y algo en mí cedió. Volví a excitarme. Le agarré la nuca y la atraje para besarla. Ella aceleró.
Sentí un calor distinto adentro, un líquido espeso que se mezclaba con todo lo demás. Camila terminó dentro de mí con un gemido largo y agudo. Después se quedó quieta unos segundos, recuperando el aliento, y empezó a masturbarme despacio. Yo no podía acabar otra vez, pero me dejé hacer. Me gustaba sentir su mano ahí, sin urgencia.
Se desplomó a mi lado. Por un rato nadie habló. Después ladeó la cabeza y me miró con una media sonrisa.
—Limpiame.
Alargué la mano para buscar mi calzoncillo, pensando en usarlo de trapo. Ella me detuvo.
—No, bebé. Con la lengua.
Con la otra mano me empujó la nuca hacia abajo. En ese momento, mientras me llevaba la cara hasta su pija todavía húmeda, me acordé de un par de chicos del trabajo que se hacían enemas antes de coger, y creí entender que esto formaba parte del rito, que después de que te penetraban había que devolver el favor de cierta manera. No supe si era verdad o si ella me estaba poniendo a prueba.
La empecé a lamer desde la punta hasta los testículos. Despacio, intentando que no se me notara la inexperiencia. De a poco se le volvió a poner dura. Le pasé la lengua por toda la longitud y después me la metí entera en la boca. Camila me agarró la cabeza con las dos manos y dejó escapar un sonido grave.
Sin sacármela, se movió y se acostó. Me hizo girar y quedamos en sesenta y nueve. Su boca volvió a tragarme entero. Mientras yo se la chupaba a ella, ella me lo hacía a mí, con la mano libre acariciándome los testículos. Pocos minutos después acabé en su boca, con una intensidad que no recordaba haber sentido nunca, ni con mis novias ni en mis fantasías.
Me quedé quieto, boca abajo, con la frente apoyada en su muslo. Ella me acarició el pelo en silencio. No volvimos a hablar esa noche. Me dormí ahí.
***
Al día siguiente, cuando me desperté, el departamento estaba vacío. Sobre la almohada había una llave plateada y un papel doblado. El papel decía: «Si volvés alguna vez, sabés dónde estoy». La llave era para la cerradura de abajo.
Nunca le conté a nadie lo que pasó esa noche con Camila. Ni a Federico, ni a la chica con la que me puse de novio dos meses después, ni a mi terapeuta. Pero llevé esa llave en el llavero durante años, sin usarla, como un secreto que reconocía cada vez que metía la mano en el bolsillo. La idea de subir a buscarla otra vez nunca me abandonó del todo. Solo que nunca tuve el valor —o quizá nunca lo necesité— de comprobar si lo de aquella noche había sido un golpe de suerte o el descubrimiento más honesto que había hecho sobre mí mismo.