Mi amiga de la facultad reapareció recién divorciada
Me llamo Tomás, tengo cincuenta y cuatro años y sigo viviendo en el mismo piso desgastado de Lavapiés que alquilé hace más de dos décadas, en una calle estrecha que huele a especias por la tarde y a cerveza derramada los fines de semana. Trabajo en una correduría de seguros pequeña, de esas con fluorescentes que zumban, rellenando partes y atendiendo a gente que acaba de chocar y todavía tiembla. No es glamuroso, pero paga el alquiler y me deja las noches libres para leer novela negra. No presumo de nada. Soy de los que se toman una caña en la terraza de un bar cualquiera y hablan del tiempo con el camarero.
A Cristina la conozco desde hace más de treinta años. Coincidimos en la Complutense, a finales de los ochenta. Yo estudiaba Empresariales, ella Derecho. Éramos de los que se sentaban en la última fila, no por vagos, sino porque odiábamos las clases magistrales y preferíamos fumar un cigarro en el patio hablando de lo difícil que era encontrar curro. Ella, de Chamberí, familia de clase media con aires. Yo, hijo de un mecánico y una costurera que me repetían que estudiara para no acabar con las manos negras. Nos llevábamos bien porque los dos éramos realistas: sabíamos que el mundo premiaba a los que se arremangaban, no a los soñadores.
Nos perdimos de vista después de la graduación. Ella entró en un bufete grande, yo en la correduría, y la vida hizo lo suyo: ella se casó con un abogado mercantil de traje impecable, yo seguí soltero, con relaciones que duraban lo que un verano. Pero nos cruzábamos. En una cena de antiguos alumnos, cuando ya tenía una hija pequeña. En la cola del súper, años después. En un bar de tapas, por puro azar, donde me contó que su marido pasaba más tiempo en aviones que en casa. Cada vez intercambiábamos un par de frases y nos despedíamos con la promesa vaga de tomar algo.
El divorcio la pilló por sorpresa, o eso me dijo. Su ex había encontrado consuelo en una asociada veinte años más joven. La encontré por casualidad en la farmacia de mi calle, a finales de febrero. Llovía fino, de esa que cala hasta los huesos, y ella esperaba su turno con la cara de quien lleva todo el día negociando cosas que no le importan. Abrigo gris abierto sobre un traje negro que ya no le quedaba tan ceñido. Pelo corto, castaño con canas en las sienes, y unas ojeras que hablaban de noches en vela.
—Tomás, ¿verdad? El de los chistes malos —dijo antes de que yo abriera la boca.
—El mismo. ¿Y tú? ¿Sigues salvando multinacionales?
—Ahora mismo intento salvarme a mí misma —respondió, y no sonó a broma.
Pagó su caja de ansiolíticos y salimos juntos a la calle húmeda. La acompañé hasta el metro, esquivando charcos y turistas con paraguas. Hablamos como en los viejos tiempos: del precio de la luz, de cómo el barrio había cambiado pero seguía teniendo pulso. Le conté que mi padre había muerto el año anterior. Ella me habló del divorcio sin entrar en detalles sangrientos. Al llegar a la boca del metro, se paró bajo un toldo.
—Tomás… ¿te apetece quedar algún día? Algo sencillo. Un café. Como antes.
Le di mi número. «Por si necesitas consejo en seguros», bromeé, y ella soltó una risa genuina, de las que le arrugaban las comisuras de los ojos.
***
Los mensajes empezaron tímidos y se fueron alargando. Me contó del bufete, de cómo ser socia significaba horarios de sol a sol y un estrés que te comía las uñas. «Gano lo suficiente para no preocuparme por la hipoteca, pero pierdo las noches con mis hijas, que ya ni me llaman». Yo le hablaba de mi rutina, de los clientes que me describían sus accidentes como si fueran tragedias griegas. Compartíamos quejas y alguna foto absurda de gatos.
Quedamos por primera vez un jueves, en un bar de mi calle que conocía de toda la vida. Dos cañas, un plato de bravas, dos horas seguidas de conversación. De la facultad, de sus hijas —la mayor en Valencia, la pequeña de Erasmus—, de la soledad que arrastraba desde antes incluso de firmar los papeles.
—Me siento como una viuda en vida, Tomás. El divorcio duele menos que el vacío que venía antes.
No hubo coqueteo evidente, solo la comodidad de dos viejos conocidos que se reconocen en las grietas. Pero las quedadas se multiplicaron. Un café en una plaza un martes de resaca laboral. Una cena en una tasca donde me robó las gambas del plato. Empezamos a llamarnos por las noches, cuando el bufete la soltaba a las once.
—Estoy en el sofá con un informe de doscientas páginas —me decía—. Cuéntame un chiste malo para no tirarlo por la ventana.
***
Una noche de mayo me invitó a su piso de Chamberí. «Nada raro. Una copa y charla. Mi ex se lleva a las chicas el fin de semana y la casa está demasiado vacía». Fui con una botella de Rioja, nervioso como un crío aunque no lo admitiría ni muerto. Su piso era todo luz y madera clara, con estanterías llenas de códigos civiles y novelas policíacas. Me sirvió la copa con las luces tenues y un disco de jazz sonando bajito.
Hablamos hasta la una. Ella se quitó los zapatos a mitad de la charla, cruzó las piernas en el sofá y se pasó la mano por el pelo. Llevaba un jersey negro holgado sobre vaqueros, sin maquillaje, y olía a un perfume suave mezclado con el cansancio del día.
—Tomás, ¿sabes qué es lo peor? —dijo de repente, mirando el fondo de su copa—. Que en el matrimonio el sexo se convirtió en un trámite. Dos veces al mes, con la luz apagada, como firmar un contrato. Y yo echo de menos sentirme deseada. No como una socia, no como una madre. Como una mujer.
El silencio se estiró. La miré a los ojos, oscuros, con esas arrugas finas que hablaban de risas y preocupaciones. No dije nada grandilocuente.
—Cristina, desde la facultad me pareces la mujer más real que conozco. Con curvas, con canas, con todo. Si me dejas, te deseo como se desea algo que no se espera.
Se acercó despacio, midiendo cada centímetro. Me besó suave al principio, labios tibios con sabor a vino. Yo respondí con calma, la mano en su nuca, los dedos enredados en su pelo corto. El beso se profundizó sin prisa, como si tuviéramos toda la noche.
—No sé si estoy lista para esto —murmuró, apartándose un poco—. Pero no quiero parar. Quiero sentir.
Le quité el jersey por la cabeza. Debajo, un sujetador negro de algodón que no intentaba disimular nada. Los pechos grandes, pesados, con estrías finas, los pezones ya endurecidos rozando la tela. Se bajó los vaqueros ella misma, despacio, revelando un vientre suave con la cicatriz tenue de una cesárea. Muslos gruesos, caderas anchas, un cuerpo que había vivido y no pedía perdón por ello.
Se quedó de pie un momento, expuesta, respirando fuerte. No se cubrió.
—Mírame bien, Tomás. Esto es lo que hay. Cincuenta y un años, dos hijas y un cuerpo que ya no entra en los trajes de hace una década. Si no te gusta, la puerta está ahí. Pero si te quedas… hazme sentir viva.
Me acerqué sin palabras. Le puse las manos en la cintura, carne tibia y blanda bajo los dedos. Le besé el cuello, despacio, saboreando el pulso acelerado. Ella suspiró largo, como si se le escapara un peso de años. La llevé al dormitorio caminando despacio para no romper el hechizo. La cama era grande, de sábanas blancas que olían a lavanda y a soledad reciente. La tumbé boca arriba y me quité la ropa sin ceremonia.
Se arrodilló en el suelo junto a la cama, mirándome con una mezcla de curiosidad y hambre contenida. Me cogió con la mano primero, masturbándome lento mientras me sostenía la mirada. Luego me la metió en la boca despacio, saboreando, trazando círculos con la lengua. No era una mamada apresurada; era una exploración, subiendo y bajando con calma, como si redescubriera un idioma olvidado. Le acaricié el pelo corto, no para guiar, solo para sentirla cerca.
—Joder, Cristina —jadeé—. Para un segundo o esto acaba antes de empezar.
Se apartó con los labios hinchados y brillantes.
—Quiero más. Quiero que me folles ya. Pero despacio al principio. Hazme recordar por qué esto vale la pena.
La puse a cuatro patas sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Le separé las nalgas con cuidado y me incliné a lamerla, la lengua plana desde abajo hasta arriba, separando cada pliegue. Ella gimió bajo, la cabeza hundida en la almohada, las caderas moviéndose sutilmente.
—Cuánto tiempo… sigue, por favor… así…
Metí dos dedos, sintiendo el interior caliente, y los curvé hacia arriba buscando el punto que la hizo arquear la espalda. La masturbé con ritmo constante mientras lamía el clítoris, alternando succiones suaves con lamidas largas. Tardó en llegar, como si su cuerpo recordara el placer con lentitud, pero cuando se corrió fue una ola profunda: los muslos apretándome la cabeza, un gemido largo que terminó ahogado contra la almohada.
Se quedó jadeando. Luego abrió los ojos y me miró con una intensidad que me dejó clavado.
—Ahora fóllame. Quiero sentirte entera.
Se la metí despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. El interior me envolvió, caliente y húmedo, con esa presión suave que tienen las mujeres que han vivido. Ella empujó hacia atrás, gimiendo.
—Fuerte ahora… no tengas miedo. Quiero sentir que alguien me desea de verdad.
Embestí profundo, el ritmo creciendo poco a poco contra sus nalgas blandas. Los pechos se balanceaban con cada empujón. Ella gemía sin contenerse, con una voz grave que no fingía nada, mientras se llevaba la mano al clítoris. La giré boca arriba, las piernas sobre mis hombros para entrar más hondo y poder verle la cara: los ojos abiertos, el labio mordido, el sudor perlándole la frente.
—Tócame… quiero correrme otra vez, contigo dentro.
Le froté el clítoris con el pulgar mientras embestía. Se corrió contrayéndose alrededor de mí en oleadas largas, las uñas clavadas en mis brazos, un grito ronco ahogado contra mi hombro.
Sin salir del todo, la giré de nuevo. Le humedecí el otro orificio con sus propios jugos, masajeándolo despacio con el dedo.
—¿Quieres aquí también? —pregunté en voz baja, deteniéndome.
Dudó un segundo, todavía vibrando del orgasmo anterior.
—Hace mucho que no. Mi ex nunca lo pedía. Pero contigo sí. Despacio, por favor.
Entré muy despacio, solo la punta al principio. Apretado, caliente. Ella gimió largo, mordiendo la almohada, el cuerpo tenso pero empujando hacia atrás poco a poco.
—Despacio… respira conmigo… así…
Aceleré poco a poco, primero embestidas cortas, luego más largas. Ella se masturbaba el clítoris con dedos furiosos hasta que se corrió de nuevo, el cuerpo convulsionando como con una descarga. No aguanté más y terminé dentro, con embestidas finales lentas, mientras ella susurraba entre jadeos que no parara, que sintiera que todavía podía volverse loca.
***
Nos quedamos abrazados en la cama, sudorosos, el jazz sonando lejano. Ella me acarició la cara, trazando la línea de mi mandíbula con el dedo.
—No sé cuánto va a durar esto —dijo con la cabeza en mi pecho—. El bufete me come viva, las chicas vuelven en verano, y tengo miedo de que sea solo un paréntesis. Pero mientras dure, quiero que sea real. Nada de promesas. Solo… más momentos como este.
Le besé la frente.
—Cuando quieras, Cristina. Lavapiés no está tan lejos. Y yo no tengo prisa. Somos viejos conocidos; podemos tomarnos el tiempo que haga falta.
Y lo hicimos. Las semanas siguientes fueron un ritual silencioso y adictivo. Ella llegaba a mi piso después de un día de juicios, con olor a papel y café, se quitaba la ropa sin ceremonia y me dejaba explorar cada centímetro de su cuerpo. Follamos en la cocina estrecha, ella inclinada sobre la encimera mientras yo embestía por detrás. En el salón, sobre el sofá hundido, ella encima cabalgándome lento, los pechos en mi cara, gimiendo bajito para no despertar a los vecinos.
Aprendimos a conocernos sin filtros. Ella me enseñó paciencia, a disfrutar del preludio más que del final. Yo le enseñé que el deseo no caduca con los años, que las estrías son medallas, no defectos. Hablábamos después, desnudos entre las sábanas, de tonterías y de verdades: de cómo el bufete la hacía rica pero no feliz, de mis relatos a medio escribir, de lo difícil que era envejecer sin arrepentimientos.
Una noche de julio, después de una sesión larga, se quedó abrazada a mí con el ventilador zumbando contra el calor pegajoso.
—No sé si esto es amor, Tomás —dijo en voz baja—. O solo alivio. Pero es lo más cerca que he estado en años de sentirme completa. Gracias por no hacerme sentir rota.
Le besé la nuca, oliendo su sudor y su perfume gastado.
—Entonces seguiremos completándonos, Cristina. Cada vez que tú quieras. Sin prisas, como siempre.
Y seguimos. Dos cincuentones con vidas imperfectas y ganas de quemar lo que queda. Porque las mejores historias no empiezan con cuerpos perfectos ni con flechazos, sino con dos viejos conocidos que se miran un día y deciden, simplemente: «¿Y por qué no?».