La estudiante extranjera que me enseñó a no temer
Al lado de su abuela, Bruno revolvía los fideos, tostándose despacio sobre una cama de aceite y ajo. Los dejó caer con cuidado en la olla hirviendo, pero el cuidado le venía de la costumbre y no de la atención: en realidad estaba en otra parte. Conforme avanzaba con la comida tenía que repartirse entre el guiso y la sopa, y mientras la abuela exprimía limones grandes y amarillos, algo hizo mal. La zanahoria resbaló de la tabla, o el sartén empezó a sonar como si todo se estuviera pegando.
—No estás aquí, m’hijito —le dijo doña Remedios a su nieto—. Aterriza, por favor, que las chicas van a llegar de la universidad y tenemos que tener la comida lista. Es la primera semana y necesitamos dar buena impresión.
Pero no había nada que pudiera distraerlo más que esa frase. De golpe se le juntaron en la cabeza todas las impresiones de los últimos días.
***
Primero recordó a una chica entrando en la casa de huéspedes. Se llamaba Camila, o al menos ese era el nombre con el que se había presentado. El cabello lacio, de un negro brillante como el plumaje de un zanate. La piel pálida, pero fresca y luminosa. La cara terminaba en una barbilla fina, en contraste con dos mejillas carnosas y unos hoyuelos que aparecían cuando sonreía. La boca rojísima por el frío, con el labio inferior hinchado. La nariz respingada, las orejas pequeñas. Dos ojos rasgados pero bien abiertos, profundos y resplandecientes.
Bruno tenía por norma no mirar el cuerpo de las mujeres, mucho menos el de las huéspedes que pasaban una temporada en casa de su abuela. No siempre era fácil, porque solían llegar mujeres altas de Europa del Este, rubias y de facciones fuertes, que parecían querer que sus cuerpos fueran tocados al menos una vez por el sol del trópico. Bruno sentía por ellas una mezcla de temor y reverencia, así que procuraba estar más o menos ausente cuando aparecían. Cuando tenía que servirles de comer o cobrarles la mensualidad, intentaba mirarlas a los ojos, pero terminaba mirando el piso.
Con Camila fue distinto desde el principio. Llegó con un pesado abrigo rojo, de botones dorados y opacos, y a Bruno le pareció que media nación entera estaba cruzando la puerta de su casa. El abrigo era intimidante y el color resultaba agresivo para los ojos, y eso, por algún motivo, potenciaba el naciente enamoramiento del chico: esa clase de atracción que lo hacía sentir un poco torpe y un poco triste. Además, así vestida era imposible saber cómo era el cuerpo de Camila, lo que le permitía mirarla con cierta frecuencia sin sentirse culpable.
El lunes, cuando doña Remedios la recibió, sirvió café y galletas en la sala. La chica paseó la vista a su alrededor. Al ver el piso de duela y los muebles pesados de madera, le pareció estar dentro de una enorme galleta de jengibre. Le gustaron los cuadros de lagos con nenúfares, la mesita de centro de piedra verde, el chirrido acogedor de los sillones viejos. Esto es muy de abuela, pensó. Sonreía con cierta condescendencia, y Bruno creyó estar entendiéndola.
Empezaron los tres a hablar como por pura fórmula. Sin saber muy bien cómo, la pasión de Bruno por aquel país lejano —su escritura, su historia, su economía, sus revoluciones— le soltó la lengua delante de Camila. La chica lo escuchaba con ternura, aunque también con un extrañamiento alegre. Su español estaba lejos de ser perfecto, pero entendía lo suficiente como para darse cuenta de que Bruno era un chico de casa, amable e inofensivo. Casi podía sentir cómo su interés intelectual se mezclaba con la atracción que no sabía disimular. De pronto se descubrió apoyando la mejilla en la mano, subiendo las cejas, fingiendo una atención que no tenía y haciéndole con los ojos pequeñas señales.
El martes en la noche, Camila terminaba de acomodar las pocas cosas que había traído. Como quería estar cómoda, llevaba solo un pantalón de pijama y una blusa barata de tonos grises, bastante ceñida. Adaptar el cuarto a su gusto no parecía haberle costado sudor, sino apenas haberle abierto los poros y enrojecido la piel de las mejillas y los hombros. Si alguien sudaba en esa casa, era más bien el cuarto.
Cuando Bruno tocó a su puerta para avisarle de la cena, ella abrió por reflejo. Él solo la había conocido con la formalidad del primer encuentro, y encontrarse de golpe con un cuerpo que no esperaba derribó todas sus defensas. El pantalón era discreto, como puede serlo una pijama —aunque a Bruno le hizo imaginarla de inmediato arropada en la cama—, pero la blusa ceñida le revelaba dos pechos enormes. Quizá eran, pensó sin querer, los pechos más grandes que había visto. El tono rojizo de sus hombros lo hizo preguntarse si también se habrían ruborizado. Los distintos grises de la tela hacían imposible saberlo, pero por un segundo, justo antes de recuperar la compostura, creyó distinguir la forma de sus pezones, rígidos por el frío.
Camila estaba encantada de haber desestabilizado al chico, pero no lo demostró. Hizo como si no notara nada y le pidió que entrara un momento. Se sentó en el escritorio, sacó una agenda con horarios y direcciones y le pidió ayuda para saber qué transportes tomar para llegar a un lado o a otro. Así pasaron diez minutos. Bruno había olvidado por completo la cena y empezó a hacerle preguntas sobre su idioma y su tierra, mientras hacía todo lo posible por mirarla a los ojos. Se notaba que estaba tan incómodo como fascinado. Ella le respondía con cierto cansancio, pero al mismo tiempo echaba los hombros y la cabeza hacia atrás, con coquetería, incitándolo a mirar el pequeño escote.
—¿Te puedo pedir algo que seguramente te han pedido mil veces? —dijo finalmente Bruno.
—Solo no vayas a decir que un beso —se burló ella.
El rubor le invadió todo el cuerpo y durante unos segundos no pudo hablar. Al fin soltó lo que tenía pensado:
—No, no. Claro que no. Que me escribas algo en tu idioma.
Camila tomó un bolígrafo del escritorio y le sujetó la muñeca izquierda.
—Este es mi nombre real —le dijo en voz baja, mientras dibujaba signos que cruzaron su muñeca y se metieron en el dorso de su mano.
Porque claro que Camila no era el nombre verdadero de la chica, sino el que había elegido cuando empezó a estudiar español. Su familia no tenía ningún vínculo con este lado del mundo, pero ella se había enamorado de las ruinas de Palenque al verlas en una enciclopedia de tapas rojas y doradas.
—Nos vamos para allá —sentenció un día la niña, en una lengua larga y muy nasal.
—La niña está loca —le dijo su padre a su madre, ignorándola.
Pero no estaba loca. Solo se le había metido esa idea entre ceja y ceja. Sus padres desaprobaron que tomara clases de español, pero igual las pagaron; desaprobaron que entrara a la carrera de Historia, pero igual lo permitieron; se horrorizaron cuando dijo que se iría de intercambio al otro lado del océano.
—¿Que no se acuerdan? Yo les avisé que me iba a ir —les dijo, sonriendo.
Así que sus padres la desaprobaron una vez más. Pero igual la fueron a despedir al aeropuerto, sonriendo. La madre lloró y el padre le dio un beso en la frente.
Yo creo que si hubieran conseguido llevarla de niña a aquellas ruinas, Camila nunca se habría obsesionado con cruzar el mundo. Porque tres cosas la distinguieron desde muy chica: su palidez, la negrura brillante de sus ojos y una delicada necesidad de desafiar siempre a la autoridad. Durante el viaje en avión notó cómo los hombres se quedaban mirando sus labios rojos. Ella los miraba de vuelta, a veces con rabia, a veces con burla, a veces con los ojos vacíos, como si pensara en algo más grande que ellos. Los hombres sentían que les leía el alma y desviaban la vista; entonces ella sonreía para sus adentros.
El día que escribió su verdadero nombre sobre la muñeca de Bruno, él la miró a los ojos y sintió exactamente eso: el vacío. Entonces Camila le guiñó un ojo y los dos bajaron a cenar.
El miércoles llegaron más estudiantes para el semestre que iba a comenzar, pero Bruno ni siquiera se quedó a recibirlas con café y galletas. Se encerró en su cuarto con la luz apagada y el brazo sobre los ojos, repitiendo en silencio el nombre verdadero de Camila.
***
El jueves, mientras Bruno cocinaba junto a su abuela, desde el cuarto de la chica se escuchó un grito agudo y furioso. El muchacho miró a doña Remedios con los ojos llenos de ansiedad.
—Ve a ver qué le pasa a la muchachita —le dijo la abuela—. Tocas la puerta y le preguntas si todo está bien. Si todo está bien, te quiero aquí mismo en treinta segundos.
No bien la oyó, Bruno salió corriendo, subió las escaleras, tomó aire y sintió vibrar el pecho por los nervios. Cerró los ojos para tranquilizarse y golpeó la puerta con los nudillos, cuatro veces suaves.
—Camila, soy Bruno. ¿Está todo bien?
—No bien —dijo ella.
—¿Qué pasó? —insistió él, notando que su voz sonaba más preocupada de lo que hubiera querido.
—¡Frío! —gritó Camila del otro lado.
Se la oyó buscar palabras más precisas, balbuceando algo. Luego abrió la puerta y lo jaló hacia adentro.
Camila llevaba solamente una toalla amarrada por encima del pecho. Como era delgada, se notaba cuán prominentes eran sus senos por la manera en que la toalla caía holgada, bamboleándose alrededor de su cuerpo como un fantasma.
Bruno necesitó un enorme aplomo para no quedarse boquiabierto. En un golpe de sensatez decidió que debía mirar solo un segundo, que debía verla muy fugazmente para no olvidarla jamás. Durante ese instante se esforzó por memorizar sus hombros desnudos, abiertos y casi puntiagudos; la piel pálida y perlada, como una hoja de papel al sol; los ojos negros, rasgados pero grandes; los muslos delgados que se adivinaban bajo la toalla; y esos pechos ocultos que, sin embargo, eran sin lugar a dudas los más grandes que había visto en toda su vida.
—¿El agua de tu baño salió fría? Debe ser un problema con la caldera… Em… No es un día de viento, así que seguramente se acabó el gas. ¿Qué hacemos? Podríamos pedir un tanque, pero quizá, si tienes prisa, mejor te caliento agua para que te bañes con una palangana.
En ese momento Bruno tragó saliva. Durante todo su discurso entrecortado se había esforzado por no pensar en el cuerpo de Camila, pero en esa última frase no pudo evitar imaginarla como una escultura de Afrodita, agachándose para tomar agua de una palangana y dejándola correr sobre su espalda desnuda. Recién entonces se ruborizó del todo.
Durante el medio minuto que él habló, Camila siguió pensando en su baño. Trataba de seguir, en su mente, las soluciones que le ofrecía en español. Ahora por fin entendía lo que estaba pasando. No entendía muy bien por qué la idea de la palangana lo excitaba —de hecho, no estaba del todo segura de saber qué era una palangana—, pero estaba claro que Bruno estaba pensando en ella. En su toalla.
—Bruno, Bruno —pronunció ella, atropellando las sílabas—. Yo ya sé qué tienes. Está bien. No tienes por qué estar nervioso todo el tiempo conmigo. Solo soy una persona.
Mientras lo decía, le tomó la mano con fuerza, más como un político que como una amiga. Luego se la soltó y llevó la suya al dobladillo que ajustaba la toalla.
—Creo que, si me ves, te vas a dar cuenta de que no hay nada que temer.
Entonces se soltó la toalla. Bruno desvió la vista por instinto, pero ella le tomó la barbilla con firmeza. Como él todavía tenía los ojos fuertemente cerrados, Camila siguió hablando:
—No sé si es una diferencia cultural —mintió—. Yo creo que los cuerpos solo son cuerpos. No es nada sexual. Míralo como algo didáctico, chico. Ya no eres un niño y no puedes pasarte la vida teniéndoles miedo a las mujeres.
Bruno era una persona tímida, pero sobre todo era una persona razonable. Y lo que decía Camila le parecía razonable. Era verdad que su miedo a las mujeres que le atraían no era normal. Lo sensato era combatirlo, ¿no? Y ahí había una chica lo bastante noble y abierta como para ayudarlo.
Abrió los ojos. Tuvo apenas unos segundos para mirar, pero le bastaron. La cintura de Camila era pequeña y esbelta; sus muslos, en cambio, eran fuertes. Quizá el trasero también lo fuera. Pero ese pecho. Levantado, redondo y pálido, enrojecido por el frío en la parte donde los senos empezaban a confundirse con el esternón, con un pezón enorme, alzado como un monte, de un color moreno cargado e hipnótico.
Bruno ya era consciente de que su entrepierna empezaba a estorbarle. Ahora tenía una erección visible e imposible de disimular. Camila se rió, juguetona. Recogió a toda prisa la toalla del suelo y le dijo:
—¡Qué pervertido resultaste! ¿Qué va a decir tu abuela?
Bruno puso cara de tristeza e intentó irse. Camila, culpable, lo llamó y hasta tuvo que tomarlo de la mano para evitar que saliera.
—Estaba jugando. No es contra ti —le confesó, con ojos tiernos.
Luego se acercó hasta quedar muy cerca de su cara. Sacó la lengua y lo lamió, desde la barbilla hasta los labios, una sola vez. Después sonrió y lo dejó marcharse, completamente confundido.
Camila se bañó con palangana, y de paso averiguó qué era eso. Por supuesto, no le contó nada a doña Remedios sobre la perversión de su nieto. Esa noche, encerrado en su cuarto y todavía repitiendo el nombre verdadero de la chica, Bruno se masturbó como si quisiera vaciarse de toda la semana.