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Relatos Ardientes

Mi alumno de yoga buscaba calma y yo lo deseaba a él

Me llamo Lucía y soy instructora de yoga y terapias naturales. Vivo en un pueblo de la costa, donde hace poco abrí mi propio centro. Una mañana me sonó el teléfono y, al otro lado, una voz tranquila me preguntó qué tratamientos ofrecía. Le expliqué un par de cosas por encima y lo invité a pasarse por el estudio.

Llegó un hombre de cuerpo trabajado. Imposible no fijarme: llevaba demasiado tiempo sola y la biología, a veces, manda más que el sentido común. Se presentó como Marcos. Me contó su vida en cinco minutos: trabajaba en una multinacional, en el área de marketing. Le confesé que yo también había estudiado esa carrera, pero que al final me había decidido por el baile y el yoga.

Lo invité a sentarse y le preparé un té. Su problema, dijo, era el estrés. Quería una terapia hecha a medida para recuperar algo de calma. Mientras hablaba, él me miraba el cuerpo con un descaro que no se molestaba en disimular. Esa mañana llevaba unos leggings que marcaban más de lo prudente, y yo, lejos de incomodarme, me los ajusté un poco para que la cosa quedara aún más clara. Si tenía ganas de mirar, que al menos tuviera un buen motivo.

—Te preparo un plan completo —le dije—, pero si quieres puedes quedarte un rato y te enseño algunas posturas básicas para soltar tensión.

Aceptó. Empezamos con posturas de pie, estáticas, simples. Marcos era un desastre encantador: no se lo tomaba en serio, se reía de sí mismo, pero hacía el esfuerzo de seguir mis indicaciones.

Luego pasamos a los ejercicios de respiración. Le pedí que se reclinara hacia delante y se incorporara inspirando despacio. Fue entonces cuando se tomó su primera libertad: me apoyó una mano en la cadera y otra en la espalda, supuestamente para guiarme. Al subir, su mano resbaló por mis glúteos. Y no la apartó. Fueron dos segundos eternos hasta que la retiró.

Si quería jugar, yo sabía jugar.

Propuse seguir en el suelo. Mi cuerpo ya empezaba a responder por su cuenta: él llevaba unos pantalones holgados que se le abrían en cada postura, y más de una vez le vi algo que no debía. Intentaba no mirar, pero a cada flexión su entrepierna asomaba un poco más. Marcos parecía no darse cuenta. Yo, en cambio, no perdía ocasión de rozarme contra él. Me habría dejado tomar allí mismo, sobre la esterilla, pero tenía clase en diez minutos y no me daba el tiempo.

Respiré hondo y le propuse vernos cuando le enviara el plan. Aceptó, y aceptó también el precio, que fijé casi sin pensar en quinientos euros.

***

Llegué a casa, me metí en la ducha y, al secarme, me senté a diseñar el dichoso plan. Intentaba ser profesional, de verdad, pero mi cuerpo pedía otra cosa. Se me ocurrió proponerle actividades al aire libre: ir a la playa, una excursión por los acantilados, algo de mar. Nada relaja más que buena compañía y aire salado.

Le escribí un mensaje sugiriéndole que nos viéramos en cuanto pudiera. Respondió casi al instante, proponiendo el día siguiente. Acepté. Y, en cuanto solté el teléfono, me llevé la mano entre las piernas. Ese hombre me ponía y no tenía sentido fingir lo contrario.

Busqué su nombre en internet por curiosidad. Tenía pocas fotos, pero todo lo que me había contado encajaba. En una imagen aparecía en bañador, en alguna playa lejana. La amplié sin pudor. Esa noche me toqué pensando en él hasta que llegó el orgasmo. Mañana, me prometí, dejaría de imaginar.

***

Nos citamos en el aparcamiento de la playa. Me había puesto un biquini negro, con un tanga mínimo, y, como quien no quiere la cosa, me metí uno de los bordes entre los labios para que la tela se ajustara de forma indecente. Luego me cubrí con un pareo: tampoco era plan de que me viera medio pueblo. Solo él.

Paseamos por la orilla. Después de un rato me senté en la arena y abrí ligeramente las piernas, justo de frente a él. Sentía la tela hundida en mi sexo y sabía perfectamente lo que estaba enseñando. Lo miré a la cara: sus ojos subían y bajaban como si no terminara de creer lo que veían. Mientras conversábamos en esa postura, yo le devolvía la atención fijándome en su entrepierna. Vi con toda claridad cómo se le formaba un bulto bajo el bañador. Sonreí por dentro.

Había demasiada gente para hacer nada serio, así que nos metimos a nadar. Me cogió de la mano para enseñarme algo en el fondo y lo seguí. Como no conseguía sumergirme del todo, me sujetó de la cintura y me llevó hasta tocar la arena para señalarme un pulpo escondido entre las rocas. Al subir no me soltó, demasiado pegado a mi espalda. Me giré y él seguía ahí, cerca, riéndose de cualquier tontería, supongo que para disimular. Entonces noté algo firme rozándome el muslo. No hizo falta mirar para saber qué era: se había bajado el bañador.

No pensaba desperdiciar la ocasión. Subí las piernas, las enredé en su cintura y dejé que su sexo quedara apoyado contra el mío. Le abracé el cuello. Bastaban las olas para mecerme suavemente sobre él. Esperaba que me besara, deseaba besarlo yo, pero ese juego de tocarnos «sin querer» me excitaba demasiado como para apresurarlo.

***

Salimos del agua con el sol cayendo a plomo. Me preguntó si tenía crema y me ofrecí a ponérsela. Le extendí protector por la espalda y las piernas, sentada a horcajadas sobre él. Cuando se dio la vuelta, seguí por los muslos. Notaba cómo temblaba cada vez que mis dedos se acercaban al borde del bañador. Lo busqué con la mano, lo encontré, y comprobé que ya estaba completamente duro.

Me tumbé y le pedí que me tocara a mí. Empezó por la espalda, con las dos manos, y poco a poco fue bajando hasta la cadera. Me puso crema en las nalgas, retiró el tanga apenas un poco, y de pronto sentí su miembro caliente deslizándose entre mis muslos. No me penetraba, solo subía y bajaba rozando mis labios, una y otra vez, hasta que el placer me hizo temblar las piernas como una adolescente. Me corrí así, casi sin moverme, con la cara hundida en la toalla para no llamar la atención.

Quería más. Le bajé yo misma el bañador, lo agarré con la mano y lo guié. Él apartó la tela y nuestros sexos quedaron pegados, piel con piel. Moví la cadera para frotar mi clítoris contra su glande, arriba y abajo, una masturbación compartida bajo el sol. Tenía las manos en mis pechos, jugando con los pezones. De pronto echó las caderas hacia atrás y me embistió de una sola vez. Ahí sí me la metió entera. Solté un gemido ahogado. Era más grande de lo que había imaginado, y nunca había sentido algo parecido con nadie. Se quedó dentro, me besó el labio inferior y le devolví el beso con la lengua. Me corrí otra vez. Esperaba que él acabara, pero después me confesó que se había contenido a propósito.

***

Esa noche fuimos a cenar al restaurante más caro de la zona. Yo me había puesto un vestido blanco, vaporoso, sin nada debajo. Hablamos de nuestras vidas. Le conté que me gustaría volver al marketing, y él mencionó que en su empresa tenían una vacante que quizá encajaba conmigo. Le recordé que no tenía dónde vivir en la capital, donde estaba su oficina, y me respondió que eso tenía fácil arreglo: podía quedarme en su casa o en un apartamento que alquilaba a estudiantes. Le subí el pie por la pierna, por debajo del mantel, hasta su entrepierna, para dejarle claro cuál de las dos opciones prefería. Se puso duro al instante. Tengo unos pies bonitos y sé usarlos.

Después del postre fuimos a pasear por el club de golf cercano. Nos besamos como dos críos. Se excitó al descubrir que no llevaba nada bajo el vestido. En un recodo del jardín me abrazó y sacó su sexo, buscando colarlo entre mis piernas, pero la tela era tan larga que no conseguimos arreglárnoslas. Nos reímos y decidimos terminar la noche en su casa.

Entramos directos al dormitorio. Me recostó sobre la cama, me levantó el vestido y me penetró sin más preámbulos. Después me pidió que me lo quitara. Nos desnudamos los dos. Me puso a cuatro patas y volvió a hundirse en mí, con las caderas chocando ruidosamente y las ventanas abiertas de par en par. Miré por si dábamos espectáculo al vecindario, pero la vegetación del jardín nos protegía. Luego me senté sobre él, dispuesta a cabalgarlo hasta el final. Me agoté antes que él. Yo ya llevaba tres orgasmos y apenas me quedaban fuerzas.

Cambiamos de postura. Busqué su sexo con la boca mientras él hundía la cara entre mis piernas. Tenía una lengua interminable. Me provocó un orgasmo tan intenso que las piernas me temblaban sin control. Cuando me calmé, se lo devolví con la boca hasta sentir que estaba al borde. Sabía que le gustaba el juego del roce, así que me coloqué de nuevo sobre él y dejé que mis labios resbalaran por toda su longitud. Me tomó de la cintura, me alzó y me penetró. Esta vez sí se dejó ir: noté cómo todo su cuerpo se tensaba y luego su calor resbalando por mis muslos.

Fueron varios días de pasión casi ininterrumpida. Mis compañeras del centro me llamaron preocupadas, creyendo que estaba enferma, porque falté cuatro días seguidos. La verdad es que andaba como drogada, con un mono insoportable por él.

***

El día en que se marchaba, Marcos me propuso aceptar el empleo. Suponía dejar el centro de yoga, pero mis compañeras podían apañarse sin mí, así que dije que sí. No era exactamente un puesto de marketing: sería su asistente personal. La única condición, medio en broma, medio en serio, era mantenerlo en tensión durante las horas de oficina. El sueldo no estaba nada mal y me permitía ahorrar para mi propio apartamento y para llenar el armario de vestidos, uno más provocador que el anterior.

El primer día me costó arrancar, pero él me lo puso fácil. Me pidió que leyera un texto en voz alta. Era el relato de nuestra tarde en la playa, escrito por él. Me puse cachonda solo de recordarlo. Sentada sobre su escritorio, le metí las piernas entre las suyas hasta notarlo erecto. Nos besamos mientras nos desnudábamos a tirones. Me recostó sobre la mesa y me folló hasta correrse, esta vez en un tiempo razonable. Recogí con los dedos lo que resbalaba por mis muslos y me lo llevé a la boca. Eso le encantó. Después me arrodillé y se lo limpié con la lengua.

Esa misma noche cenamos en otro restaurante caro: superar los objetivos con tanta soltura merecía su recompensa. Sé que iba oliendo a sexo, a él y a mí mezclados, porque todos los hombres con los que me cruzaba se giraban a mirarme. Sobre todo el camarero, al que se le escurrió la botella de vino al servirnos. Sonreí. Por fin había encontrado un trabajo en el que ser deseada formaba parte del contrato.

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Comentarios (5)

Jazmin22

Que relato!! me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. sigue escribiendo por favor!!

NocheNomade

hay continuacion? quede con ganas de saber como siguio todo... muy bien contado

SofiaLuna_34

Me recordó algo que me pasó hace tiempo, no igual pero con esa misma sensacion de saber que algo va a pasar antes de que pase. Muy autentico el relato.

Romina_1988

Lo lei dos veces. La tension que se arma antes de que pase algo es casi lo mejor del relato. excelente!!

GustaCuentos

jajaja lo de que el cuerpo decide antes que la cabeza es demasiado real, me mato

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