Volví de la fiesta y dejé de ser la mujer decente
Hola otra vez. Algunos ya me conocéis por aquí como Lunallena, pero en la vida real me llamo Renata y tengo treinta años. Mido un metro setenta, soy de curvas anchas y caderas que se balancean solas cuando camino, con tacones más todavía. Tengo el pelo castaño largo, la piel morena clara y unos labios que pinto de rojo cuando quiero que alguien me mire dos veces. Por fuera soy la mujer correcta: la que va a la oficina con blusas ajustadas pero nunca demasiado, la que sonríe en las cenas de familia y vuelve pronto a casa. Por dentro hay otra que llevaba años callada. La noche que os voy a contar fue la primera vez que la dejé salir.
A Adrián lo conocí en una fiesta de amigos comunes, hace ya un par de veranos. Era alto, moreno, con esa timidez de chico bueno que me desarmó al instante. Nos besamos en una terraza, un beso que empezó suave y terminó hondo, sus manos en mi cintura tirando de mí. Intercambiamos números esa misma noche y a las dos semanas no parábamos de escribirnos.
Dos meses después ya vivíamos juntos en un piso pequeño del centro. Fue rápido, lo sé, pero la química era innegable. Los primeros días fueron de película: cocinábamos juntos, veíamos series con mi cabeza en su regazo, nos duchábamos por las mañanas enjabonándonos sin que llegara a más. Lo que fallaba era lo otro. El sexo con Adrián era lo más recatado y previsible que os podáis imaginar.
Los dos veníamos de casas conservadoras, de esas donde el deseo se susurra y se hace a oscuras. Nuestras noches seguían siempre el mismo guion: luces apagadas, besos cuidadosos, él quitándome la ropa con delicadeza, lamiendo mis pechos un par de veces sin atreverse a más. Siempre la misma postura, él encima, embistiendo con un ritmo constante, sin variaciones, sin nada que se saliera de lo «normal». Yo gemía bajito, ahogando los sonidos en su hombro para que los vecinos no oyeran. Él terminaba con un suspiro y un «te quiero» murmurado, y a dormir.
Una noche intenté ponerme encima, moviendo las caderas despacio, y se tensó.
—No sé, Renata… me da no sé qué, como en las películas esas —dijo, y se apartó.
Y yo lo dejé pasar, mordiéndome la lengua, porque lo quería y pensaba que con el tiempo se soltaría. Pero por dentro me quemaba. Mis fantasías eran un torbellino de todo lo que no me atrevía a pedir, y cada noche tranquila me dejaba un poco más hambrienta.
***
Hasta ese viernes que lo cambió todo.
Mis amigas me convencieron para salir a un local de música latina en el casco viejo, uno de esos sitios donde el reguetón retumba en las paredes y el aire huele a sudor y perfume.
—Renata, que estás casada antes de tiempo. Sal, suéltate el pelo y descarga un poco —me dijo Marta.
Acepté porque lo necesitaba. Necesitaba sentirme viva más allá de la rutina. Me arreglé con ganas: un vestido negro ajustadísimo, de tela elástica que se pegaba a cada curva como una segunda piel, escote en uve que dejaba ver el encaje del sujetador. Tacones altos que alargaban mis piernas y levantaban todavía más mi culo. Ojos ahumados, labios rojos, el pelo suelto cayendo por la espalda. Me miré al espejo y por primera vez en meses me sentí peligrosa. Fiel, sí, pero con ganas de jugar.
Llegué al club sobre las once y la fiesta ya estaba en pleno apogeo. Empecé con mis amigas en la barra, un par de copas que me subieron el calor al pecho, risas tontas. Luego a la pista. Al principio bailamos en corro, perreando suave entre nosotras, riéndonos. El sudor empezó a perlar mi piel y el vestido se pegaba cada vez más.
Entonces llegaron los desconocidos. El primero, alto y moreno, se acercó por detrás. No dije nada; dejé que se pegara. Sentí su cuerpo duro contra mi culo al ritmo del dembow, sus manos en mis caderas tirando de mí. Me moví con él, girando despacio, frotándome con cada compás. Sus dedos subieron por la curva de mi cintura. Gemí bajito, inaudible bajo la música, sintiéndome deseada de una forma que había olvidado. Pero fui fiel: no me giré, no le di pie a nada más. Cuando cambió la canción me aparté con una sonrisa y volví con mis chicas.
El alcohol siguió subiendo. Un chupito que me quemó la garganta, otra copa. La pista se volvió un mar de cuerpos. Otro hombre se acercó de frente, más atrevido, con olor a colonia fuerte. Me cogió de la cintura con confianza y bailamos cara a cara, sus caderas contra las mías. Sus manos bajaron hasta el borde de mi vestido, apretando, subiéndolo un centímetro. Yo me dejé hacer, encendida, sintiendo cómo se me aceleraba todo. Pero cuando intentó besarme incliné la cabeza y me aparté, riéndome. Fiel, pero traviesa. Lo dejé con las ganas y eso me dio un poder que no conocía.
Seguí bailando casi toda la noche. Cada roce me hacía pensar en Adrián durmiendo en casa, inocente, y en todo lo que iba a hacerle con esa energía que se me acumulaba dentro como una mecha encendida. Bebí un poco más, bailé hasta que las piernas me temblaron, y para cuando pedí el taxi estaba caliente como no recordaba haber estado nunca.
***
Llegué a casa pasadas las cuatro y media, tambaleándome entre el alcohol y la excitación, el vestido arrugado, el maquillaje corrido. Adrián dormía profundamente, destapado por el calor, su pecho subiendo y bajando despacio. Me quité los tacones en la puerta, me bajé la cremallera y dejé caer el vestido al suelo. Me quedé en ropa interior negra, empapada, y por un momento solo lo miré dormir. El alcohol me había quitado todos los filtros. Esa noche no iba a apagar la luz ni a quedarme callada.
Me acerqué a la cama con el corazón latiéndome fuerte. Levanté la sábana despacio y me arrodillé junto a él. Lo tomé con la mano, suave al principio, sintiendo cómo respondía casi al instante, endureciéndose en mi palma. Bajé la cabeza y lo lamí entero, despacio, saboreando esa piel tibia. Después me lo metí en la boca con un hambre que llevaba meses conteniendo, la lengua girando, mi mano siguiendo el ritmo. Hice ruidos que en otra noche me habrían dado vergüenza y esa madrugada me daban igual.
Él se removió, murmuró algo. Seguí más hondo, más rápido, sin soltarlo, hasta que abrió los ojos de golpe, desorientado.
—¿Renata? ¿Qué…?
—Calla, amor —susurré, separándome solo un segundo—. Déjame hacer lo que llevo meses queriendo. Esta noche soy yo de verdad.
Volví a lo mío, más salvaje, mientras sus manos se enredaban en mi pelo. No me empujaba, solo me guiaba, y empezó a moverse contra mi boca casi sin darse cuenta.
—Joder, Renata… nunca me habías… —jadeó, y no terminó la frase.
Pero yo quería más. El baile de la fiesta me había prendido por dentro y no había vuelta atrás. Lo empujé con cuidado para que se diera la vuelta, confuso pero entregado.
—Confía en mí —le dije al oído.
Le separé las nalgas y me incliné. Nunca habíamos hablado de esto; era terreno prohibido para los dos. Apoyé la lengua despacio, presionando, y él se tensó entero, agarrando las sábanas con las dos manos.
—¿Qué haces, Renata? Eso es…
—Te va a gustar. Relájate y déjame.
Seguí con calma, dibujando círculos, mientras mi mano se colaba por debajo y lo acariciaba a la vez. Poco a poco la tensión de su cuerpo se fue convirtiendo en otra cosa. Empezó a gemir ronco, las caderas moviéndose hacia mí, buscándome. Era la primera vez para los dos y lo hice como si supiera exactamente lo que él necesitaba, leyendo cada temblor, cada jadeo entrecortado.
—Joder, Renata… esto es una locura… no pares —decía, con la voz rota.
Yo tampoco aguantaba más. Lo giré otra vez boca arriba y me quité la última prenda de un tirón. Me senté a horcajadas sobre su cara sin avisar.
—Ahora tú. Cómemelo como si fuera lo último que vas a hacer.
Él, aturdido pero perdido de deseo, sacó la lengua y obedeció con un hambre que jamás le había visto. Yo me movía sobre su boca en círculos, gimiendo alto por primera vez en mi vida sin importarme nada, una mano apretándome un pecho y la otra agarrada al cabecero. Le decía al oído lo que me gustaba, le pedía más, y por fin él hacía justo lo que yo necesitaba.
Me corrí así, sentada en su cara, con un temblor que me recorrió de los pies a la cabeza, gritando su nombre sin acordarme de los vecinos.
Pero no había terminado. Bajé por su cuerpo y me dejé caer sobre él de un golpe, hundiéndolo entero. Esta vez no había guion. Cabalgué con todas mis ganas, las caderas girando, el sonido de la piel llenando la habitación. Le arañé el pecho, le mordí el cuello, le dije al oído cosas que nunca me había atrevido a pronunciar.
—Así, Adrián. Dame todo. Hazme gritar de una vez.
Y él obedeció, embistiendo hacia arriba con una fuerza nueva, las manos clavadas en mi culo, suelto por fin después de tanto tiempo. Lo guié, le enseñé, le mostré a la mujer que había vivido escondida detrás de la novia perfecta. Cambiamos de postura más veces en esa madrugada que en todos los meses anteriores juntos, y cada una fue como descubrirnos otra vez.
Cuando ya no pudimos más, terminó con un gemido ronco contra mi cuello, su cuerpo entero sacudiéndose debajo del mío, agarrándome como si tuviera miedo de que aquella versión mía se esfumara con el amanecer.
Me dejé caer a su lado, jadeando, sudada, las piernas todavía temblando. Lo miré a los ojos, aún nublados, y sonreí.
—Amor… esta sí soy yo.
Él se rio bajito, todavía sin aire, y me atrajo hacia su pecho.
—Pues no quiero que vuelvas a esconderla nunca más —dijo.
Y esa, queridos lectores, fue la noche en que dejé de fingir. No hubo engaño, no traicioné a nadie. Solo me permití, por primera vez, ser entera. Desde entonces la luz se queda encendida más a menudo, y ninguno de los dos echa de menos a la mujer correcta que yo creía tener que ser.