Lo que pasó en Mar Azul con mi mejor amigo
Me llamo Sebastián y esta es la confesión que llevo años queriendo poner por escrito. La historia de cómo terminé compartiendo a mi mujer con mi mejor amigo en una casa de Mar Azul, y de cómo ese fin de semana nos cambió para siempre.
La fantasía empezó mucho antes que la realidad. Cinco o seis años llevábamos casados cuando me animé a contárselo a Camila. Yo quería verla con otro hombre. No por desamor, ni por aburrimiento, ni porque me faltara algo. Era una calentura específica, primitiva, que me invadía cuando la veía dormir y pensaba en lo que otros hubieran dado por estar en mi lugar.
—¿Y si fuera en serio? —le pregunté una noche, después del sexo, con la luz apagada y la voz baja, como si las paredes pudieran escuchar.
Ella se rió primero. Después se quedó callada. Y después, despacio, empezó a preguntarme cosas.
Tardamos meses en hablar del tema sin pudor. Hubo discusiones, retiradas, noches en las que parecía que el asunto se moría solo. Pero la cama era el lugar donde la idea volvía a aparecer. Yo le susurraba escenarios mientras la tenía abierta de piernas, con dos dedos metidos en el coño hasta los nudillos, sintiéndole el jugo espeso corriéndome por la palma. Le inventaba situaciones, le ponía nombres reales, y ella movía las caderas contra mi mano con una urgencia que no sabía disimular. Y en uno de esos juegos, cuando le pregunté cuál de mis amigos elegiría si tuviera que elegir, ella se mordió el labio, apretó el coño alrededor de mis dedos y me dijo, casi avergonzada:
—Lautaro.
Sentí el cuerpo entero recalentarse. La verga se me puso tan dura que me dolió contra el elástico del calzoncillo. Lautaro era mi mejor amigo desde la facultad. Más alto que yo, más callado, con esa pinta de no tener idea del efecto que hacía en las mujeres. Una vez, en un asado, lo había visto salir del baño en calzoncillos y nunca me olvidé del bulto que colgaba ahí adentro, más grueso que el mío, mucho más largo, marcado contra el algodón blanco como si la tela le quedara chica. Que Camila lo eligiera no me ofendió. Al contrario. Me hizo apretar los dientes, subírmele encima y metérsela de un saque, sin aviso, hasta el fondo.
—Decilo otra vez —le pedí, moviéndome despacio dentro de ella—. Decime a quién querés cogerte.
—A Lautaro —susurró, con la cara colorada, arqueándose para que le entrara toda—. Quiero la pija de Lautaro, Sebas. La quiero.
Me acabé ahí mismo, adentro, en cuatro embestidas cortas, mordiéndole el hombro para no gritar. Camila se corrió detrás de mí, con dos dedos en el clítoris y el nombre de él pegado a la boca.
A partir de esa noche, Lautaro fue el nombre que pronunciábamos cuando estábamos en la cama. Camila lo decía con vergüenza al principio, después con culpa, después con un deseo que ya no se molestaba en esconder. Yo le contaba lo que él le haría, cómo le abriría el culo con las manos grandes, cómo se la metería por atrás, cómo la haría chupársela hasta el fondo de la garganta. Ella terminaba acabando pensando en él, con mi verga adentro pero la cabeza en otra parte, lo cual a mí me arruinaba la cabeza de la mejor manera.
Pero una cosa era jugar con palabras. Otra cosa era cruzar la línea.
***
La oportunidad apareció sola, como aparecen las cosas que uno desea con demasiada fuerza. Mis viejos tenían una casa en Mar Azul, en pleno bosque, y nos la prestaban cada vez que pedíamos. Para el fin de semana largo de enero coordinamos dejar a los chicos con mi suegra y bajar los dos solos. La noche anterior al viaje, Camila estaba en la pieza eligiendo qué meter en la valija cuando me sonó el celular.
Era Lautaro.
—¿Adónde se van? —me preguntó, porque le había contado los planes en el grupo de la facultad.
—A Mar Azul. ¿Vos qué hacés el finde?
—Nada. Mariana me echó hace dos meses. Me la paso solo.
—Veníte.
Lo dije sin pensar, pero lo dije. Colgué con la mano temblando y caminé hasta la pieza. Camila me miró desde la valija, con una camisola corta y los ojos serios.
—Lo invitaste —dijo. No era una pregunta.
—Si no querés, lo cancelo.
Se quedó así un rato largo, con un bikini blanco en la mano y la mirada puesta en algún punto del placard. Después soltó el aire despacio.
—Que venga.
Esa noche no dormimos. La desnudé entera en la oscuridad, le abrí las piernas y le hundí la cara entre los muslos. Le chupé el coño con hambre, con la lengua entera contra el clítoris, dos dedos entrando y saliendo mientras le hablaba bajito contra la carne mojada.
—Mañana lo tenés en esta casa —le dije, con los labios pegados a los suyos de abajo—. Mañana te lo cogés.
—Sí —dijo ella, agarrándome del pelo, empujándome más adentro—. Sí, sí, sí.
—Contame qué le vas a hacer.
—Se la voy a chupar toda, Sebas. Toda entera. Le voy a mamar la pija hasta que se acabe en mi boca.
Me subí encima y se la metí de golpe. Camila gritó contra la almohada. La cogí duro, con las manos en sus tetas, apretándole los pezones entre los dedos, mientras ella pedía cosas concretas: que él la agarrara del pelo, que se la metiera por atrás, que la llenara de leche mientras yo miraba. Yo le hice promesas concretas. Cuando me acabé, adentro, en chorros calientes que le corrieron por los muslos, le dije al oído que iba a pasar, que no había vuelta atrás, y ella me apretó la mano sin contestar, con el coño todavía latiéndole alrededor de mi verga blanda.
***
Lo pasamos a buscar a Lautaro a las seis de la mañana. Subió al auto con un bolso, una sonrisa de chico recién despierto y olor a champú. Camila se había puesto un vestido de algodón fino que dejaba ver las marcas del bikini debajo, y cuando lo saludó con un beso, vi que él demoró la mejilla un segundo más de lo necesario.
El viaje fueron cinco horas. Hablamos de todo y de nada: del trabajo, de la ruptura con Mariana, de la última vez que los tres habíamos compartido una cena. Por momentos, mientras manejaba, espiaba por el espejo retrovisor. Camila se había sacado las sandalias y tenía los pies apoyados en la guantera. El vestido se le había subido hasta la mitad del muslo. Lautaro le miraba las piernas como si no se acordara de cómo dejar de mirarlas, con la mandíbula tensa y una mano apoyada de manera sospechosa sobre el jean.
—Che, Lautaro —dije en una recta, con el corazón latiéndome en la garganta—. Cami me dijo el otro día que sos el más lindo de mis amigos.
Camila se giró y me clavó los ojos. Lautaro se rió, incómodo.
—Pará, qué decís.
—No, en serio. Le pregunté con cuál de mis amigos se acostaría si pudiera, y dijo tu nombre.
El silencio en el auto cambió de temperatura. Camila se mordió el labio y miró por la ventana. Lautaro carraspeó. Yo seguí manejando, con la verga dura debajo del jean, sabiendo que acababa de empujar la primera ficha del dominó.
—Bueno —dijo Lautaro al rato, en voz baja—. Es un piropo.
Camila no contestó. No hacía falta.
***
Llegamos al mediodía. La casa estaba en una calle de arena, rodeada de pinos, sin vecinos a la vista. Le mostré a Lautaro la pieza de huéspedes, pegada a la nuestra. Camila desapareció en el baño y salió en bikini, con un pareo atado a la cintura. Cargué el cuatriciclo con las reposeras y los tres salimos al bosque.
En la playa había poca gente. Estiré las reposeras sobre la arena fría y me metí al mar antes que ellos. Desde el agua, con el sol pegándome de frente, los miré. Camila estaba boca abajo sobre la toalla y Lautaro, sentado al lado, le había aceptado el frasco de protector solar.
Lo aplicó primero en los hombros. Después bajó por la espalda con las dos manos. Llegó a la base de la columna y se quedó ahí un segundo, esperando una señal. Camila levantó apenas la cadera. Lautaro siguió bajando.
Yo flotaba con el agua al pecho. Tenía la verga dura, y por debajo del agua me la agarré con la mano y me la sacudí despacio, sin dejar de mirarlos. Él le acariciaba la cola por encima de la bombacha del bikini, apretándole las nalgas, pasándole el pulgar por la línea del medio. Camila giró la cabeza hacia mí. Me buscó con los ojos. Me vio mirando, me vio con el brazo moviéndose debajo del agua, y entendió. Se quedó así, sosteniéndome la mirada, mientras Lautaro le corría la tela del bikini hacia un costado y le metía dos dedos en el coño hasta el fondo.
La vi morderse el labio. La vi apretar los ojos un segundo y volver a abrirlos, clavándomelos. Vi cómo Lautaro le movía los dedos adentro, con la mano casi entera desaparecida entre las nalgas, y cómo ella empezaba a mover la cadera contra esa mano, despacio, disimulada. Se corrió ahí, sobre la toalla, mordiendo la tela para no gritar, con dos dedos ajenos adentro y el marido mirándola desde el mar mientras se la cascaba bajo el agua.
No fui hacia ellos. No tenía que ir. Era exactamente lo que yo había pedido.
***
Volvimos a la casa al atardecer. Camila estaba en silencio, con la piel salada y los ojos brillantes. Lautaro me miraba como si me debiera una explicación que yo no le iba a pedir. Cocinamos los tres juntos en la cocina abierta: él cortaba tomates, ella enjuagaba la lechuga, yo descorchaba una botella de vino blanco frío.
Comimos afuera, bajo unas luces colgantes. El vino se terminó rápido. Abrí otra botella. Camila se sentó frente a mí, con Lautaro al lado. Por debajo de la mesa, en algún momento entre el segundo y el tercer plato, vi que sus rodillas se tocaban y no se separaban. Después vi que la mano de él desaparecía debajo del mantel. Camila abrió apenas las piernas, sin levantar la vista del plato. Él hablaba conmigo de cualquier cosa, pero le faltaba el aire, y a ella se le puso la cara roja de una forma que yo conocía bien.
—Sebas —dijo Camila, con la voz un poco rota—. ¿Vos estás bien?
—Estoy mejor que nunca.
Lautaro me miró. Yo le sostuve la mirada.
—Es ahora si es —dije.
Camila se levantó primero. Caminó hasta el living, se sirvió otra copa y se sentó en el sillón largo. Lautaro la siguió. Yo me quedé en la mesa, dos minutos eternos, escuchando los primeros sonidos: una risa baja, un cuchicheo, el roce de la tela del vestido contra el cuero del sillón, un gemido cortado. Cuando entré, ella ya tenía la mano de él metida por debajo de la bombacha y la boca de él contra el cuello.
Me senté en el sillón individual, enfrente, y los miré.
***
Camila le sacó la remera primero. Le besó el pecho con una lentitud que yo nunca le había visto, bajando con la lengua por la línea del ombligo, mordiéndole apenas la piel del vientre. Cuando le bajó el short, soltó un sonido corto, casi una risa nerviosa, y me miró por encima del hombro. Buscaba permiso. Yo asentí desde mi sillón sin decir nada.
Le tiró el calzoncillo hacia abajo y ahí estaba: la pija que yo había visto marcada en el algodón hacía años, ahora al aire, gruesa, larga, la cabeza colorada y brillante, apuntando al techo. Camila se quedó un segundo mirándola. Después la agarró con las dos manos, la sopesó, la acarició, se la pasó por la mejilla como si estuviera midiendo lo que tenía enfrente.
—Sebas —dijo, girando la cabeza hacia mí, con la verga de mi mejor amigo agarrada contra la cara—. Sebas, mirá.
—Te miro —le dije, con la voz áspera—. Chupála.
Abrió la boca y se la metió entera. No de a poco, no despacito: entera, hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta y ella hizo un ruido húmedo, ahogado. Lautaro echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, agarrándose del respaldo del sillón con las dos manos. Camila empezó a moverle la cabeza sobre la verga, con una mano en la base y la otra apoyada en el muslo de él como un punto de equilibrio. La saliva le corría por el mentón, le caía en gotas gruesas sobre las tetas que se le habían salido del vestido. Cada tanto la sacaba, respiraba, la miraba, y volvía a metérsela toda.
—Qué rica es —murmuraba entre chupada y chupada—. Qué rica es, Sebas.
Lautaro la miraba a ella, no a mí. En algún momento giró la cabeza, me cruzó los ojos, y pidió permiso también. Yo le hice un gesto corto con la mano.
La levantó del piso de un tirón. Le sacó el vestido por la cabeza. Le arrancó la bombacha con dos dedos, sin cuidado, y le abrió las nalgas con las dos manos grandes mientras la sentaba sobre él, de frente a mí, para que yo pudiera ver todo. Camila se agarró de sus hombros, se acomodó la verga contra la entrada del coño, y bajó las caderas de a poco, con la boca abierta y los ojos clavados en los míos.
Le entró toda. La vi tragarla entera, la vi cerrar los ojos y arquearse, la vi soltar un gemido gutural que le salió del fondo del pecho. Se quedó así, empalada, ajustándose. Después empezó a moverse.
—Ay, Sebas —decía, mirándome—. Ay, mi amor, mirá cómo me la meto.
—Te la estoy mirando —contesté yo, sin tocarme, con las manos apoyadas en las rodillas—. Cogétela. Cogétela toda.
Empezó despacio, subiendo y bajando sobre la verga con la boca abierta. Después con menos vergüenza, apoyando las manos en las rodillas de él, arqueando la espalda, dejando que las tetas le rebotaran. Después como si yo no estuviera en la pieza: se movía con una furia que yo no le conocía, con los muslos abiertos hasta el límite, con el clítoris golpeándole contra el pubis de él en cada bajada. Lautaro la agarró de las caderas y empezó a levantar la pelvis contra ella, metiéndosela desde abajo, y el sillón hacía un ruido rítmico que llenó la casa entera.
—Dame vuelta —le pidió Camila, jadeando—. Dame vuelta, quiero que me la metas por atrás.
La bajó del regazo, la puso en cuatro sobre el sillón, con la cara girada hacia mí, con los ojos en los míos. Se puso de pie detrás, se agarró la pija, se la pasó por el coño mojado para embadurnarla, y se la metió de un empujón. Camila gritó. Un grito de puta, largo, sin vergüenza. Y ahí, en cuatro, con la cabeza apoyada en el cuero del sillón y las tetas colgando, se la dejó coger a mi mejor amigo mientras yo la miraba desde tres metros.
—Más fuerte —pidió—. Más fuerte, dame más fuerte.
Lautaro la agarró del pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y le empezó a dar como se pide en esos casos: con la pelvis chocándole contra las nalgas, con un ruido de piel contra piel que se oía en toda la casa, con la respiración cortada. Camila abría y cerraba la boca sin poder hablar. Los ojos se le llenaron de lágrimas del esfuerzo, o del placer, o de las dos cosas.
Cuando se acabó, lo dijo. Dijo su nombre. Lo dijo dos veces.
—Lautaro, Lautaro, me corro, me corro —repetía, y el coño se le apretó alrededor de la verga con una fuerza que le hizo perder el ritmo a él.
Él la siguió a los pocos empujones. Le preguntó, jadeando, dónde. Camila giró la cabeza y me miró a mí. Yo le contesté por ella.
—Adentro —dije—. Acabále adentro.
Lautaro apretó los dientes, la agarró de las caderas con las dos manos, la empaló entera y se vació ahí, en el coño de mi mujer, con un gemido largo que le salió del pecho. Camila se quedó quieta, con la cara apoyada en el cuero, sintiendo cada chorro. Cuando él salió, un hilo espeso de leche le corrió por el interior del muslo hasta la rodilla.
Yo no me toqué. No hizo falta. Tenía el calzoncillo empapado.
***
Esa noche no dormí en mi cama. Me quedé en el sillón hasta que el cielo de Mar Azul empezó a aclararse, escuchándolos a ellos al otro lado del pasillo. La puerta del cuarto de huéspedes se había quedado entreabierta. Los oí una segunda vez, cerca de las tres de la mañana: el crujido de la cama, la voz de ella pidiendo, la voz grave de él contestando. Después una tercera, ya de madrugada, más lenta, más callada. No fui a mirar. No quería verlo otra vez. Ya había visto lo que tenía que ver.
A la mañana siguiente, Camila bajó descalza, con una de mis camisas mal puesta y el pelo revuelto. Se sentó en mi falda, me agarró la cara con las dos manos y me besó como si tuviera miedo de que la dejara. Le sentí el olor de él en el cuello.
—¿Te arrepentís? —me preguntó.
—No.
—¿Lo querés de vuelta?
Pensé la respuesta. No mucho, pero la pensé.
—Quiero lo que vos quieras.
Lautaro apareció después, con cara de no saber qué pisar. Le servimos café. Nos miramos los tres por encima de las tazas. Y entendimos, sin decirlo, que el viaje recién empezaba.
Lo que pasó en los meses que siguieron es otra historia. Pero esa, la del primer fin de semana en Mar Azul, sigue siendo la noche más cargada de mi vida. La confieso ahora porque pasó suficiente tiempo, porque Camila lo sabe y le da risa que escriba, y porque hay deseos que uno solo entiende del todo cuando se atreve a vivirlos.