Lo que pasó en Mar Azul con mi mejor amigo
Me llamo Sebastián y esta es la confesión que llevo años queriendo poner por escrito. La historia de cómo terminé compartiendo a mi mujer con mi mejor amigo en una casa de Mar Azul, y de cómo ese fin de semana nos cambió para siempre.
La fantasía empezó mucho antes que la realidad. Cinco o seis años llevábamos casados cuando me animé a contárselo a Camila. Yo quería verla con otro hombre. No por desamor, ni por aburrimiento, ni porque me faltara algo. Era una calentura específica, primitiva, que me invadía cuando la veía dormir y pensaba en lo que otros hubieran dado por estar en mi lugar.
—¿Y si fuera en serio? —le pregunté una noche, después del sexo, con la luz apagada y la voz baja, como si las paredes pudieran escuchar.
Ella se rió primero. Después se quedó callada. Y después, despacio, empezó a preguntarme cosas.
Tardamos meses en hablar del tema sin pudor. Hubo discusiones, retiradas, noches en las que parecía que el asunto se moría solo. Pero la cama era el lugar donde la idea volvía a aparecer. Yo le susurraba escenarios mientras nos movíamos juntos, le inventaba situaciones, le ponía nombres reales. Y en uno de esos juegos, cuando le pregunté cuál de mis amigos elegiría si tuviera que elegir, ella se mordió el labio y me dijo, casi avergonzada:
—Lautaro.
Sentí el cuerpo entero recalentarse. Lautaro era mi mejor amigo desde la facultad. Más alto que yo, más callado, con esa pinta de no tener idea del efecto que hacía en las mujeres. Una vez, en un asado, lo había visto salir del baño en calzoncillos y nunca me olvidé de lo que había ahí adentro. Que Camila lo eligiera no me ofendió. Al contrario. Me hizo apretar los dientes y volver a empezar.
A partir de esa noche, Lautaro fue el nombre que pronunciábamos cuando estábamos en la cama. Camila lo decía con vergüenza al principio, después con culpa, después con un deseo que ya no se molestaba en esconder. Yo le contaba lo que él le haría, lo que ella le pediría, qué tan distinto sería todo. Y ella terminaba acabando pensando en él, lo cual a mí me arruinaba la cabeza de la mejor manera.
Pero una cosa era jugar con palabras. Otra cosa era cruzar la línea.
***
La oportunidad apareció sola, como aparecen las cosas que uno desea con demasiada fuerza. Mis viejos tenían una casa en Mar Azul, en pleno bosque, y nos la prestaban cada vez que pedíamos. Para el fin de semana largo de enero coordinamos dejar a los chicos con mi suegra y bajar los dos solos. La noche anterior al viaje, Camila estaba en la pieza eligiendo qué meter en la valija cuando me sonó el celular.
Era Lautaro.
—¿Adónde se van? —me preguntó, porque le había contado los planes en el grupo de la facultad.
—A Mar Azul. ¿Vos qué hacés el finde?
—Nada. Mariana me echó hace dos meses. Me la paso solo.
—Veníte.
Lo dije sin pensar, pero lo dije. Colgué con la mano temblando y caminé hasta la pieza. Camila me miró desde la valija, con una camisola corta y los ojos serios.
—Lo invitaste —dijo. No era una pregunta.
—Si no querés, lo cancelo.
Se quedó así un rato largo, con un bikini blanco en la mano y la mirada puesta en algún punto del placard. Después soltó el aire despacio.
—Que venga.
Esa noche no dormimos. Ella se metió las manos entre las piernas mientras yo le hablaba bajito al oído, y por primera vez ninguno de los dos pretendió que era solo un juego. Camila pidió cosas concretas. Yo le hice promesas concretas. Cuando me acabé, le dije al oído que iba a pasar, que no había vuelta atrás, y ella me apretó la mano sin contestar.
***
Lo pasamos a buscar a Lautaro a las seis de la mañana. Subió al auto con un bolso, una sonrisa de chico recién despierto y olor a champú. Camila se había puesto un vestido de algodón fino que dejaba ver las marcas del bikini debajo, y cuando lo saludó con un beso, vi que él demoró la mejilla un segundo más de lo necesario.
El viaje fueron cinco horas. Hablamos de todo y de nada: del trabajo, de la ruptura con Mariana, de la última vez que los tres habíamos compartido una cena. Por momentos, mientras manejaba, espiaba por el espejo retrovisor. Camila se había sacado las sandalias y tenía los pies apoyados en la guantera. Lautaro le miraba las piernas como si no se acordara de cómo dejar de mirarlas.
—Che, Lautaro —dije en una recta, con el corazón latiéndome en la garganta—. Cami me dijo el otro día que sos el más lindo de mis amigos.
Camila se giró y me clavó los ojos. Lautaro se rió, incómodo.
—Pará, qué decís.
—No, en serio. Le pregunté con cuál de mis amigos se acostaría si pudiera, y dijo tu nombre.
El silencio en el auto cambió de temperatura. Camila se mordió el labio y miró por la ventana. Lautaro carraspeó. Yo seguí manejando, con la verga dura debajo del jean, sabiendo que acababa de empujar la primera ficha del dominó.
—Bueno —dijo Lautaro al rato, en voz baja—. Es un piropo.
Camila no contestó. No hacía falta.
***
Llegamos al mediodía. La casa estaba en una calle de arena, rodeada de pinos, sin vecinos a la vista. Le mostré a Lautaro la pieza de huéspedes, pegada a la nuestra. Camila desapareció en el baño y salió en bikini, con un pareo atado a la cintura. Cargué el cuatriciclo con las reposeras y los tres salimos al bosque.
En la playa había poca gente. Estiré las reposeras sobre la arena fría y me metí al mar antes que ellos. Desde el agua, con el sol pegándome de frente, los miré. Camila estaba boca abajo sobre la toalla y Lautaro, sentado al lado, le había aceptado el frasco de protector solar.
Lo aplicó primero en los hombros. Después bajó por la espalda con las dos manos. Llegó a la base de la columna y se quedó ahí un segundo, esperando una señal. Camila levantó apenas la cadera. Lautaro siguió bajando.
Yo flotaba con el agua al pecho. Tenía la verga dura, y por debajo del agua me apreté contra la palma de la mano sin moverme. Él le acariciaba la cola por encima de la bombacha del bikini, despacio, como un nene con miedo de romper algo. Camila giró la cabeza hacia mí. Me buscó con los ojos. Me vio mirando. Y se quedó así, sosteniéndome la mirada, mientras Lautaro le metía dos dedos por debajo de la tela.
No fui hacia ellos. No tenía que ir. Era exactamente lo que yo había pedido.
***
Volvimos a la casa al atardecer. Camila estaba en silencio, con la piel salada y los ojos brillantes. Lautaro me miraba como si me debiera una explicación que yo no le iba a pedir. Cocinamos los tres juntos en la cocina abierta: él cortaba tomates, ella enjuagaba la lechuga, yo descorchaba una botella de vino blanco frío.
Comimos afuera, bajo unas luces colgantes. El vino se terminó rápido. Abrí otra botella. Camila se sentó frente a mí, con Lautaro al lado. Por debajo de la mesa, en algún momento entre el segundo y el tercer plato, vi que sus rodillas se tocaban y no se separaban. Ella miraba el plato. Él hablaba conmigo de cualquier cosa, pero le faltaba el aire.
—Sebas —dijo Camila, sin levantar la vista—. ¿Vos estás bien?
—Estoy mejor que nunca.
Lautaro me miró. Yo le sostuve la mirada.
—Es ahora si es —dije.
Camila se levantó primero. Caminó hasta el living, se sirvió otra copa y se sentó en el sillón largo. Lautaro la siguió. Yo me quedé en la mesa, dos minutos eternos, escuchando los primeros sonidos: una risa baja, un cuchicheo, el roce de la tela del vestido contra el cuero del sillón. Cuando entré, ella ya tenía la mano de él entre las piernas y la boca de él contra el cuello.
Me senté en el sillón individual, enfrente, y los miré.
***
No voy a describir cada cosa porque sería traicionar la memoria. Voy a contar lo que importa.
Camila le sacó la remera primero. Le besó el pecho con una lentitud que yo nunca le había visto. Cuando le bajó el short, soltó un sonido corto, casi una risa nerviosa, y me miró por encima del hombro. Buscaba permiso. Yo asentí desde mi sillón sin decir nada.
Lo que vi después fue a mi mujer arrodillada en el piso de madera, tomándolo entero en la boca, con los ojos cerrados y la mano libre apoyada en el muslo de él como un punto de equilibrio. Lautaro la miraba a ella, no a mí. En algún momento giró la cabeza, me cruzó los ojos, y pidió permiso también. Yo le hice un gesto corto con la mano.
La levantó del piso. Le sacó el vestido por la cabeza. La sentó sobre él, de frente a mí, para que yo pudiera ver todo. Y la cogió ahí, en el sillón largo, con las manos en sus caderas y la cara hundida en su cuello. Camila se movía despacio al principio, después con menos vergüenza, después como si yo no estuviera en la pieza. Cuando se acabó, lo dijo. Dijo su nombre. Lo dijo dos veces.
Yo no me toqué. No hizo falta.
***
Esa noche no dormí en mi cama. Me quedé en el sillón hasta que el cielo de Mar Azul empezó a aclararse, escuchándolos a ellos al otro lado del pasillo. La puerta del cuarto de huéspedes se había quedado entreabierta. No fui a mirar. No quería verlo otra vez. Ya había visto lo que tenía que ver.
A la mañana siguiente, Camila bajó descalza, con una de mis camisas mal puesta y el pelo revuelto. Se sentó en mi falda, me agarró la cara con las dos manos y me besó como si tuviera miedo de que la dejara.
—¿Te arrepentís? —me preguntó.
—No.
—¿Lo querés de vuelta?
Pensé la respuesta. No mucho, pero la pensé.
—Quiero lo que vos quieras.
Lautaro apareció después, con cara de no saber qué pisar. Le servimos café. Nos miramos los tres por encima de las tazas. Y entendimos, sin decirlo, que el viaje recién empezaba.
Lo que pasó en los meses que siguieron es otra historia. Pero esa, la del primer fin de semana en Mar Azul, sigue siendo la noche más cargada de mi vida. La confieso ahora porque pasó suficiente tiempo, porque Camila lo sabe y le da risa que escriba, y porque hay deseos que uno solo entiende del todo cuando se atreve a vivirlos.