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Relatos Ardientes

Mi ex quiso quedarse a dormir tras los fuegos

Hola otra vez, lectores. Hoy quiero contaros algo que me pasó hace cosa de un mes, durante las fiestas del pueblo donde vivo. Es de esas noches que uno repite en la cabeza una y otra vez, y todavía no sé muy bien cómo llegó a pasar.

Todo empezó de la forma más tonta. Había quedado con mi primo Dani porque tenía que devolverme unas cosas, y aprovechamos para vernos un rato por la tarde, tomar algo, ver los fuegos artificiales y luego cada uno para su casa. Nada del otro mundo, un plan tranquilo de verano.

Dani se lleva muy bien con mi ex, Carla. Como yo también mantengo buena relación con ella desde que lo dejamos, le comenté que mi primo venía por si le apetecía verlo. A Carla le pareció buena idea y quedamos los tres por la tarde para tomar unas cervezas.

A la hora acordada estábamos los tres en una terraza, riéndonos de tonterías y poniéndonos al día. Se acercaba la hora de cenar y me acordé de que habían abierto un sitio nuevo de hamburguesas. Se lo propuse a Dani porque sé que le encantan.

—Yo me apunto sin pensarlo —dijo él.

—Pues yo llevaba tiempo queriendo ir a ese sitio y al final nunca voy —saltó Carla—. ¿Os importa que me cuele en la cena?

La idea era que ella se fuera por su lado a la hora de comer, pero ninguno de los dos puso pegas. Le dijimos que sin problema, que cuantos más mejor.

Cenamos de maravilla, y entre risa y risa se nos echó encima la hora de los fuegos. Como tampoco tenía nada mejor que hacer, Carla decidió venirse también a verlos. De camino pasábamos muy cerca de su casa.

—Subid un momento —nos dijo—. Compré una botella de ron, os invito a una copa y ya la cojo para el botellón de luego.

Me extrañó muchísimo, porque Carla no bebe casi nada. Cuando lo hace, se toma una o dos como mucho. Y resulta que se había comprado la botella entera para ella sola. Pero no le di más vueltas.

Nos servimos las copas y, hablando, se nos fueron en un suspiro. Decidimos rellenar los vasos y salir hacia el sitio de los fuegos. Justo cuando llegamos, empezaron. Fue precioso, de esos espectáculos que te dejan mirando al cielo con la boca abierta.

Al terminar, teníamos otra vez los vasos vacíos. Y entonces se puso a llover. Dani y yo habíamos pensado en ir a casa de mi tío, que vivía a dos pasos, tomarnos algo y quedarnos a dormir allí, porque mi primo no pensaba coger el coche después de haber bebido.

—¿Y si me voy con vosotros hasta que pare de llover? —preguntó Carla otra vez—. Me tomo una copa y luego ya me escapo a la fiesta.

Llegamos a casa de mi tío, pusimos música, nos servimos y nos liamos a hablar. No paraba de llover, así que, esperando a que escampara, seguimos bebiendo sin darnos cuenta.

***

Como os he dicho, Carla casi nunca bebe. Para entonces llevábamos cuatro copas cada uno y se le notaba muchísimo que el alcohol le estaba haciendo efecto. Hablaba sin parar, se reía de cualquier cosa. Como la veía bastante perjudicada, le ofrecí que se quedara a dormir y no tuviera que volver sola a casa, porque para ir de fiesta ya no estaba precisamente en condiciones.

No me contestó. Solo se levantó, tambaleándose un poco, fue a la cocina, trajo hielo y preparó otras tres copas. Yo flipaba viendo cómo iba y aun así quería seguir. Nunca la había visto así.

Al rato fue al baño y, cuando terminó, me llamó desde la puerta. Me acerqué y me preguntó:

—¿Dónde voy a dormir yo, entonces?

Dani ya había dicho que se quedaba en el sofá. La casa tenía tres habitaciones. Yo iba a dormir en la cama de mi tío, que era de matrimonio. Le enseñé las otras dos: una estaba llena de ropa por todas partes, imposible. Fuimos a la otra, justo enfrente de la mía, con una cama individual bastante pequeña.

—Esa es minúscula —protestó—. Con el pedo que llevo me caigo seguro.

No dijo nada más. Salió de la habitación, encendió la luz de donde iba a dormir yo y, al ver la cama grande, sentenció:

—Pues yo duermo en esta.

—De eso nada —le contesté riéndome—. Ahí duermo yo.

Soltó una carcajada y volvió al salón sin más. Apagué las luces, aproveché para pasar por el baño y, cuando llegué al salón, ella ya me había preparado otra copa. Había salido al balcón a fumar un cigarro y tomar el aire. Dani estaba tumbado en el sofá, dormido como un tronco.

Nos bebimos la copa hablando y riéndonos en voz baja para no despertarlo. Carla estaba bastante mareada, así que decidimos irnos a dormir ya. Me cogió del brazo para no irse de un lado a otro y fuimos hacia las habitaciones. Al verla tan torpe, la tumbé en la cama grande y apagué la luz para irme yo a la pequeña.

Justo cuando iba a cerrar la puerta, me llamó.

***

Volví a encender la luz. Casi sin abrir los ojos, me pidió que le quitara la camiseta, los pantalones y los calcetines, que así no iba a dormir cómoda. Le hice caso. Empecé por los calcetines, luego los pantalones. Al bajárselos, con el tanga tan pequeño que llevaba, casi se le veía todo. Por último le saqué la camiseta y, al tirar hacia arriba, sus pechos dieron un pequeño salto.

Aquello me provocó una erección al instante. Esta chica siempre me había puesto muchísimo. La miré un segundo, ahí en ropa interior, y me di la vuelta para irme. Pero me volvió a llamar.

—Me da todo vueltas —murmuró—. Por favor, no me dejes sola.

Se apartó un poco hacia un lado para dejarme sitio y que me tumbara a su lado. Y eso hice. Pasó la cabeza por encima de mi brazo para que la abrazara. Empecé a recordar lo bien que nos lo pasábamos juntos en la cama y se me puso dura como una piedra.

—No me hagas esto —le dije.

Ella ni sabía de qué le hablaba. Así que le cogí una mano y la llevé hasta mi entrepierna. Ahora sí lo entendió. Sonrió un instante, retiró la mano y no dijo nada. Nos quedamos en esa posición un rato. Yo encendí la tele para distraerme y ver si así se dormía y se me bajaba la calentura.

Pasaron los minutos, ella seguía pegada a mí y la erección no aflojaba. Estaba a mil por hora, y eso me empujó a dar un paso más. Puse la mano libre sobre su vientre y empecé a moverla despacio, haciéndole cosquillas.

—¿Esto te relaja? —le pregunté.

—Sí —susurró—. Sigue.

Poco a poco los círculos de mi mano se hicieron más grandes y más atrevidos. Al subir rozaba el borde de sus pechos, al bajar el filo del tanga. Yo estaba muy excitado, pero ella tampoco se quedaba atrás: su respiración se aceleraba por momentos. Me animé y bajé también por su muslo. Al subir pasaba casi rozándola entre las piernas, seguía más arriba y acariciaba esos pechos que tanto me gustaban.

Repetí el recorrido un par de veces. Le estaba gustando tanto que separó las piernas para dejarme mejor acceso. Ya no pude controlarme. Bajé directo y la encontré completamente mojada, mientras al subir le acariciaba los pechos. Ella dejó de disimular y soltó unos gemidos suaves.

Eso me hizo incorporarla un poco para quitarle el sujetador y por fin tener delante lo que tantas ganas tenía de ver. Le masajeé los pechos un rato largo y luego la miré fijamente a la cara.

—Quiero comerte entera hasta que te corras —le dije sin pensarlo.

—¡Espera, no! —reaccionó—. He ido un montón de veces al baño, estoy sucia.

—Me da igual. Voy a hacerlo de todas formas.

La tumbé del todo, le bajé el tanga y empecé a besarle los pechos, bajando despacio por el vientre sin llegar nunca al destino, haciéndola sufrir. Porque, aunque hubiera dicho que no, sabía perfectamente que se moría de ganas. No la hice esperar mucho más. Con la lengua bajé hasta el final y me dediqué a ella con todas las ganas.

***

Estuve así unos minutos, hasta que la noté al borde. Paré, metí dos dedos y la miré para ver su cara.

—Estás cachondísima —le dije—. Voy a hacer que te corras como hace mucho que no lo haces.

—Estoy muy caliente —jadeó—, pero no creo que lo consigas. Voy muy pasada y cuando bebo nunca llego. Por eso casi no lo hago.

No le hice ni caso. Volví a la carga, moviendo los dedos por dentro mientras la lengua trabajaba sin descanso. Ella gemía bajito, y es verdad que parecía que su excitación no terminaba de subir: los gemidos eran siempre iguales. Pero yo no pensaba rendirme sin verla terminar.

Me esforcé al máximo, y al final dio resultado. Carla empezó a mover las caderas y los gemidos fueron subiendo de tono. Eso me animó a darlo todo, y a los pocos minutos soltó un grito largo y se dejó ir contra mi boca.

Seguí un rato más, con movimientos cada vez más lentos, hasta que la noté completamente relajada.

—Pues te equivocabas —le dije, subiendo a su altura—. Te has corrido, aunque me ha costado lo mío.

—Ya te digo que me he corrido —respondió sin aliento—. Hacía muchísimo que no tenía un orgasmo así.

—Todavía me acuerdo de cómo te gusta. Eso no se olvida.

—Pues sí que te acuerdas —rió—. Coge mi bolso, está en el salón. Llevo condones.

—No hace falta, tranquila.

—Ni se te ocurra metérmela sin condón.

Me coloqué con la cara a la altura de la suya, hice el amago de besarla y pasé despacio por encima sin llegar a entrar. Me moví así unas cuantas veces, hasta que en una se metió un poco la punta. Apenas un par de movimientos y volví a salir.

—Tranquila, que no vamos a follar —le dije.

—Tú no te has corrido todavía. Quiero que me la metas.

—No vamos a hacerlo, los dos vamos demasiado cargados y seguro que al poner el condón lo rompemos. Tú ya has terminado, ahora me toca a mí. Quiero que me la chupes.

***

La senté en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero. Yo me puse de rodillas y acerqué la entrepierna a su cara. Abrió la boca y empezó, pero de forma muy torpe. Carla solía hacerlo de maravilla, y aquello no era su mejor momento.

—¿Qué pasa, no te apetece? —le pregunté—. Lo haces como sin ganas.

—No es eso —contestó—. Me da vueltas todo mientras lo hago y no puedo concentrarme. Lo siento.

—¿Probamos de otra manera? ¿Cambiamos de postura?

—Podemos, pero no puedo moverme mucho o se me va la cabeza. Aun así vamos a intentarlo, no quiero que te quedes a medias. Quiero verte terminar. Seguro que hace tiempo que no descargas.

—La verdad es que bastante —admití—. Va a salir de todo. Venga, túmbate aquí en el borde y yo me encargo, así no tienes que moverte tú.

No dijo nada y se tumbó como le pedí, dejando la cabeza colgando un poco por fuera del colchón. Le acaricié un rato el pecho, intentando relajarme para no terminar enseguida. Quería disfrutarlo todo lo posible, porque no sabía si tendría otra oportunidad como esa.

Me acerqué a su boca y, al verme, la abrió todo lo que pudo. Fui despacio, con cuidado, dejándola respirar entre cada movimiento. Poco a poco cogí ritmo, más rápido, parando de vez en cuando para que tomara aire. Carla, lejos de incomodarse, parecía cada vez más metida. Le bajé la mano entre las piernas y la encontré otra vez completamente mojada. No me lo podía creer: le estaba poniendo así.

Ya no aguantaba más. Le avisé de que estaba a punto y me aparté. Empecé a terminar yo mismo, rozando sus labios, hasta que el primer momento me pilló casi encima de su boca.

Y entonces ella me sorprendió. Antes de que terminara, me agarró con las manos y me empujó hacia su boca, sin soltarme. Se lo tragó todo, hasta la última gota, algo que en todo el tiempo que estuvimos juntos nunca había querido hacer. Siempre lo evitaba e iba directa al baño. Aquella noche fue distinta.

Cuando por fin paré, tenía los ojos vidriosos, pero también una expresión de morbo increíble por todo lo que había pasado. Me miró, puso una sonrisa pícara, se dio la vuelta y, en menos de cinco minutos, estaba dormida con cara de felicidad. Yo me fui al balcón a fumar un cigarro mientras la dejaba descansar tranquila.

Y hasta aquí la historia de hoy. Espero que la hayáis disfrutado tanto como yo cada vez que la recuerdo. Os agradezco un montón los comentarios. Hasta la próxima.

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Comentarios(1)

Carlos84

Buenisimo!!! que manera de escribir, espero ansioso la continuacion

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