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Relatos Ardientes

La abogada que me esperaba al salir de la fiesta

Hará cosa de un año, por Navidad, organizamos en el laboratorio uno de esos juegos en los que los compañeros se hacen regalos a ciegas. El amigo invisible tiene fanáticos y detractores, y también escépticos como yo, que nos dejamos arrastrar por la tontería colectiva solo para no quedar como unos amargados.

Los promotores eran siempre los mismos, Andrés y Tomás, los mismos que organizaban cada celebración extraoficial del laboratorio para el que yo trabajaba como representante de productos farmacéuticos. Yo me llamo Mateo, vivo en una ciudad del sur, hace poco que pasé los cuarenta y estoy felizmente divorciado. Hago deporte, visto con cuidado porque en mi oficio la imagen pesa, y me gustan las mujeres que leen, sobre todo si gritan en la cama.

Ese año lo tenía complicado: me había tocado Daniela. Era de esas mujeres a las que les gusta ser las mejores en todo. No sabía cuánto cobraba, pero por su ropa y por el coche que conducía, ganaba muchísimo más que yo, y eso que su puesto de asesora era apenas un extra dentro de su agenda.

Un par de meses antes, la empresa había tenido que enfrentar una demanda molesta por uno de nuestros medicamentos. El propio gerente, Esteban Cano, se había empeñado en contratarla a cualquier precio, entre todas las letradas de un bufete prestigioso. Tal vez porque había sido la primera de su promoción, tal vez porque era mujer y rondaba los cuarenta, seguramente por todo a la vez.

Llegué a la cena sin demasiadas expectativas. Lo bueno vendría después, cuando nos fuéramos de copas. Y, además, con el amigo invisible no había tenido suerte. Estuve a punto de pedirle a Andrés que me cambiara a Daniela por Lucía, una secretaria mucho más accesible, por decirlo de algún modo, pero al final pudo más la mala conciencia.

Seducir a Daniela tenía demasiados inconvenientes. El primero era el evidente: pertenecía a otra liga. Conducía un deportivo que costaba más que mi piso. El segundo era que se había convertido en la protegida del gerente, y el menor tropiezo con ella supondría mi despido fulminante. Y por si fuera poco, se rumoreaba que tenía pareja, aunque nadie lo había confirmado porque era extraordinariamente reservada y nadie se atrevía a preguntarle.

Durante toda la cena tuve que esforzarme para no mirarla. Lo curioso es que la primera vez que la vi me había parecido casi del montón. Esa impresión nunca dura. Hacía solo dos meses que había llegado a la oficina y ya me atraía de un modo irracional: la silueta demasiado delgada, el pelo demasiado abundante, los ojos demasiado oscuros, penetrantes y altivos.

Pasé varios días estrujándome el cerebro para encontrarle un regalo que sorprendiera a una mujer que lo tenía todo. Al final, cuando abrió el paquete, Daniela se rió al sacar unas medias de rayas de colores y una novela que yo había disfrutado el verano anterior. Por supuesto, ella no sabía que su amigo invisible era yo, igual que yo nunca supe quién me regaló a mí unas zapatillas azules. Pero verla emocionarse me dejó con una sonrisa de orgullo y de idiota romántico que no supe disimular.

Para animarme a abordarla seguí el consejo que tantas veces le había oído a Andrés: tomarme un par de cervezas, o cinco. Borracho, al menos tendría una excusa si hacía el ridículo.

Hasta esa noche, yo había pasado buena parte de mi vida cazando mujeres. Había una habilidad innata que la hija de una vecina me hizo descubrir a los quince años. Desde entonces, mi relación más larga apenas había sobrevivido dos años, y casi todas las demás estallaban antes de cumplir los dos meses. Sin embargo, Daniela me había dado la primera emoción con apariencia de amor en mucho tiempo, y la más intensa que recordaba.

***

Al salir a la puerta del auditorio la encontré a la derecha, con la espalda apoyada en la pared. Llevaba un vestido negro de algodón que le quedaba divinamente. La había visto salir antes y supuse que estaría fumando, pero no: Daniela miraba su teléfono.

No podía creer que una mujer así estuviera sola. ¿Dónde estaba la trampa? Me acerqué sin demasiada cautela, esforzándome por mantenerme vertical.

—¿Cansado de la fiesta? —preguntó a modo de saludo, guardando el móvil en el bolso.

Claro que estaba cansado. No entendía qué hacía yo todavía allí, aunque empezaba a sospecharlo. Esperar.

—Creo que ya he bebido suficiente —admití.

—Doy fe —sonrió, fijándose en mi forma de tambalearme.

—Apesto a cerveza, ¿verdad?

—Yo tampoco voy muy fina, no te creas —reconoció, mostrándome un vaso ya vacío.

—¿Cuántos te has tomado?

Daniela me miró con cierto desdén antes de incorporarse con un movimiento ambiguo y delicioso. Se me acercó más de lo prudente y, frunciendo los labios, me sopló en la cara un aliento suave y cálido con olor a ginebra.

—Puf… —parpadeé al recibir el golpe.

En ese momento la distancia entre nosotros era mínima, pero todavía nos separaban unos cuantos años, cientos de miles de euros y un vestido de alta costura, todo a su favor.

Reímos de buena gana y nos sentamos allí mismo, en el escalón de la entrada. Aunque fuera nuestra primera conversación de verdad, nos tuteamos y usamos nuestros nombres de pila como si nos conociéramos de siempre. No había en ella ninguna pose de señora rica charlando con su jardinero. Después de todo estaba bebida, y los antiguos decían que en el vino está la verdad.

Me sorprendía que una mujer tan educada y sofisticada estuviera charlando conmigo como si nada. No le encontraba ese halo de soberbia que delata a la gente con poder y dinero. Yo había crecido en la periferia y sabía reconocerlo de lejos. En su cara no estaba esa sonrisa de superioridad, esa condescendencia que conocemos tan bien los nietos de emigrantes.

Me habló un poco de sí misma, de una madre que se había pasado cuarenta años cosiendo en el sótano de una mercería, llevando los encargos a domicilio. De una tarde a la salida del colegio, cuando un coche enorme se detuvo a su lado y la madre de una compañera la invitó a subir «porque no era ninguna molestia». Daniela lo entendió a la primera. Esa frase fabricó a la más aplicada de las alumnas, a una mujer decidida a no darle poder a ninguna circunstancia adversa.

—Daniela, quería preguntarte una cosa… —farfullé—. Tengo entendido que te gusta mucho leer…

—Ay, Mateo, no me vengas con esas —me interrumpió, casi frustrada—. No me malinterpretes, me encanta saber que no eres un palurdo que no ha abierto un libro desde el posgrado, pero ahora mismo lo único que me interesa es pasarlo bien. Vivo sola en un ático precioso, en el trabajo estoy rodeada de cretinos y hace un año que rompí con el que creí que sería el hombre de mi vida. Llevo, déjame pensar… seis meses sin follar con nadie. Seis. Ni una polla, ni una lengua, ni un dedo ajeno. Nada.

—Creo que necesito otra copa —dije—. ¿Te estás insinuando?

—Si necesitas un trago, hay tequila en la sala de juntas.

—Excelente idea —respondí.

***

Daniela dejó su vaso y zigzagueó hasta la puerta del vestíbulo, que empujó con torpeza. La seguí escaleras arriba, inquieto, procurando no mirarle demasiado el trasero, aunque el vestido se le pegaba con cada escalón y adivinaba la línea del tanga marcándose bajo la tela. Frente a la sala de juntas se detuvo y apoyó la espalda en la pared.

—Mateo, estoy a punto de cumplir los cuarenta —mintió—. Te lo advierto: si intentas algo, no pienso resistirme.

Y de pronto, con un impulso irracional, se me acercó con tal vehemencia que estuve a punto de retroceder.

—Has bebido demasiado —le dije.

—Y tú no lo suficiente.

La vi fruncir el ceño. Había tanta impaciencia en la oscuridad de sus ojos que me di cuenta de que apretaba los puños. La besaría ahora mismo, pensé, sorprendiéndome a mí mismo. Pero recordé al gerente, encaprichado con ella a pesar de los años que les separaban, y el rumor de la pareja.

—¿Dónde está el tequila? —pregunté, buscando una salida.

—En el armario, detrás de los rotuladores. Aunque no sé si deberías… —suspiró—. Disculpa mi falta de decoro, Mateo. No te imaginas lo desesperada que estoy. Tengo el coño mojado desde que te vi tambalearte en el auditorio, y no pienso disimularlo más.

La observé desconcertado ante semejante ataque de sinceridad alcohólica. Si estuviéramos en cualquier otro sitio, la besaría ahora mismo, volví a pensar. Le tomaría la cara entre las manos y le rozaría esos labios grandes que tanto me gustaban.

—Venga, Mateo. Bésame de una vez. Te estás muriendo de ganas y, sinceramente, a estas alturas me da igual si besas peor que mi último ex.

—Daniela —pugné por dar con las palabras—, te juro que me gustas, pero creo que estás borracha.

—Claro que estoy borracha. Qué poco romántico, pero qué más da, dentro de unos años nos reiremos contándoselo a nuestros hijos —dijo, soltando una carcajada—. Bésame o me pongo a gritar.

—Daniela, por favor, no hagas eso —le rogué, estupefacto.

—Ja, ja, ja. Qué bobo eres. No solo tú, todos. ¿Por qué demonios os tiemblan las piernas cuando una mujer os pide lo que quiere? Fóllame en esa mesa, Mateo. Métemela hasta el fondo. ¿Es tan difícil de entender?

La vi debatirse entre el deseo y el miedo a las represalias. Estaba a un paso de romper todas las reglas, de jugárselo todo. Y yo sabía que, si daba el paso, iba a responderle sin medirme.

De pronto me agarró de la camisa y me plantó un beso en la boca. Fue un beso torpe, fuerte, con sabor a ginebra, la boca abierta y los ojos cerrados. Nos abrazamos con una desesperación absurda, devorándonos durante un instante en el que el tiempo se detuvo para nosotros. Su lengua entró rabiosa buscando la mía, y yo le mordí el labio inferior hasta que soltó un gemido ronco que me subió directo a la entrepierna.

Le metí la mano por debajo del vestido de un tirón. La tela cedió y encontré el muslo desnudo, caliente, y más arriba el borde de un tanga empapado. Se lo aparté con dos dedos y la toqué sin preámbulos. El coño de Daniela chorreaba, resbaladizo, hinchado. Le hundí un dedo, luego dos, y ella abrió las piernas apoyándose contra la pared para dejarme sitio.

—Joder —jadeó contra mi cuello—, no pares, sigue así, métemelos hasta el fondo…

Le movía los dedos dentro con firmeza, entrando y saliendo despacio primero, notando cómo se le contraía por dentro, apretándome. Con el pulgar le busqué el clítoris hinchado y empecé a girar en círculos. Daniela mordía el aire, se retorcía, y me clavaba las uñas en la nuca. Cerré la mano libre alrededor de una teta por encima del vestido y le pellizqué el pezón hasta que soltó un gruñido de rabia.

—Adentro, imbécil, adentro —me suplicó, agarrándome de la muñeca para que fuera más profundo.

Un momento después, casi sin saber cómo, la tenía de rodillas frente a mí, dentro de aquella sala apenas iluminada por las luces de la calle. Daniela estaba verdaderamente desesperada, y la altanera asesora de Don Esteban quedó reducida a alguien que solo quería una cosa: mamármela ahí, en el suelo de moqueta, con las medias corridas y el vestido subido hasta la cintura.

Me abrió el cinturón con manos torpes, me bajó los pantalones y el calzoncillo de un tirón. Mi polla saltó dura, apuntándole a la cara, y ella se rió por lo bajo, satisfecha, antes de agarrármela por la base con las dos manos.

—Vaya, vaya —murmuró—, mira lo que me estabas escondiendo.

—Por Dios… —jadeé cuando empezó.

Empezó lamiéndomela de arriba abajo, muy despacio, siguiendo la vena con la punta de la lengua, deteniéndose bajo el glande. Después me metió toda la punta en la boca y la envolvió con los labios, chupando con una succión lenta y constante que me hizo doblar las rodillas. La sacaba, le daba un beso húmedo en la cabeza, escupía un hilo de saliva que veía caer sobre mi polla, y volvía a metérsela, esta vez más adentro, hasta la garganta.

Lo hacía con un entusiasmo que no se molestaba en disimular, mirándome a los ojos de vez en cuando, comprobando el efecto que tenía sobre mí. Le brillaba la barbilla mojada, y de las comisuras le colgaban hilos de saliva que caían sobre el escote. Me costaba sostenerme en pie. Reprimí las ganas de tomarla de la nuca, porque no quería interrumpir nada de lo que ella misma estaba dictando a su antojo.

—Fóllame la boca —susurró soltándome un segundo, apretándose ella misma la polla contra los labios—. Sin miedo, Mateo. Fóllamela.

Le agarré el pelo con una mano y empujé. La sentí atragantarse, tragar, resistir. Le entraba hasta el fondo y ella no apartaba la cara, respirando por la nariz, dejando que la usara. Cada embestida le arrancaba un gorgoteo húmedo. Cuando salía, escupía un chorro grueso sobre la punta y volvía a comérmela entera.

Contrariando aquella decepcionante primera impresión, en ese instante no había para mí mujer más hermosa. No era solo su piel, ni los ojos almendrados, ni la melena ondulada: eran esos labios carnosos que iban y venían llenos de saliva alrededor de mi verga, esa sonrisa que se le escapaba entre medias, satisfecha de tenerme a su merced.

Me chupó también los huevos, uno por uno, metiéndoselos en la boca con cuidado mientras me la seguía masturbando con la mano. Después subía otra vez, lamiendo, y me tragaba entero. Sentí que se me acumulaba todo en la base y le avisé.

—Para… por favor —le rogué, casi sin aire—, me voy a correr.

—Córrete, entonces —dijo, y siguió, más rápido, apretando los labios y girando la lengua en la cabeza.

Pero Daniela fue imposible de convencer. Aquella mujer segura de sí misma se creía la única con autoridad en la sala. Cómo se equivocaba, y cómo me gustaba que se equivocara. Me chupaba con una técnica exacta, subiendo y bajando la mano en contra de la boca, hundiéndome en la garganta cada tres o cuatro embestidas hasta que noté que ya no aguantaba.

Cuando ya no pude más, exploté con un espasmo que me dobló hacia adelante. Le llené la boca de semen, chorros calientes que ella recibió sin apartarse, con los labios cerrados alrededor de la base, dejándome vaciar cada gota. Cuando terminé, abrió la boca para enseñarme el semen espeso sobre la lengua y, sin dejar de mirarme, tragó despacio. Después me pasó la lengua por la punta para limpiarme, chupando los últimos restos, y fue ella la que sonrió, francamente divertida, lamiéndose la comisura de los labios con una calma insolente.

—Te toca —dije, tomándola por la cintura y levantándola en vilo.

La senté sobre la mesa de reuniones, le arranqué el tanga de un tirón —oí crujir el elástico— y me lo guardé en el bolsillo. Le abrí el vestido por delante hasta que las tetas le saltaron, redondas, con los pezones morenos y muy erectos. Le chupé uno mientras le pellizcaba el otro entre los dedos, girándolo, tirando hasta que ella se arqueó gruñendo. Le mordí la piel del pecho, marcándola, y bajé por el vientre lamiendo hasta el pubis afeitado.

Le separé las rodillas y me arrodillé entre sus piernas. Al principio fui torpe, demasiado ansioso, hundí la lengua entera de golpe y ella se removió incómoda hasta que moderé el ritmo. Le pellizqué los labios del coño con los míos, despacio, uno primero y después el otro, y la hice sollozar. Lamí de abajo hacia arriba, siguiendo el surco brillante, esquivando el clítoris a propósito para desesperarla. Lento, rápido, lento.

—Sí… así —me indicó, hundiendo los dedos en mi pelo.

—Las manos quietas —me advirtió cuando quise usar las mías—, o tendré que atarte.

Y como un esclavo obediente llevé los brazos a la espalda y seguí entre sus piernas. La besé ahí abajo igual que la habría besado en la boca, con los labios abiertos, chupándole el clítoris hinchado entre los míos, moviendo la lengua sin descanso, y eso la desesperó tanto que se aferró al borde de la mesa. Le succioné el capullo entre los dientes, con cuidado, y noté cómo se le encogía el vientre en oleadas.

Se me metió sola sobre la cara, empujando la pelvis, follándome la boca desde arriba con una obscenidad que me puso otra vez la polla dura. Cuando ya la sentí a punto rompí mi propia norma: solté los brazos, le hundí dos dedos dentro y curvé la yema buscándole el punto rugoso del fondo, mientras seguía chupándole el clítoris.

—Ahí, ahí, no pares, no pares, hijo de puta, no pares —jadeó, con la voz descompuesta.

Era yo el responsable de llevarla al límite, y cumplí con determinación. Daniela se puso tan frenética que estuvo a punto de arrancarme un mechón, sin dejar de apretar su cuerpo contra mi cara. Quería mirarme, no perderse nada, pero al final fue ella la que perdió. Estalló con un temblor que la recorrió de la cabeza a los pies, una convulsión larga, y sentí el chorro tibio de sus jugos empapándome la barbilla y el cuello. Se corrió apoyándose en la mesa como si fuera a caerse, y me apretaba tanto los dedos por dentro que casi no los podía mover.

Estoy seguro de que gritó. Tan seguro como de que después nos quedamos mirándonos, jadeando, sin saber muy bien qué decir. Pero antes de que decidiera nada, la tumbé de espaldas sobre la mesa, le enganché las corvas de las rodillas con los brazos y le abrí las piernas de par en par. Ya estaba dura otra vez, y ella se lamió los labios al verme.

—Métemela ya —ordenó—, no me hagas esperar más.

La punta de mi polla resbaló contra el coño hinchado. La froté arriba y abajo, embarrándola en su humedad, y después empujé de una sola vez hasta el fondo. Daniela soltó un aullido ronco, agudo, y arqueó la espalda contra la superficie fría de la mesa. Estaba tan estrecha y tan mojada al mismo tiempo que tuve que quedarme un segundo quieto para no correrme al primer envite.

Empecé a follármela despacio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta la base, dejando que sintiera cada centímetro. La mesa crujía bajo su culo. Le agarré las tetas con las dos manos, apretándolas, apoyándome sobre ella, y aceleré. El sonido de mis huevos golpeando contra su culo llenó la sala vacía, un chapoteo húmedo, obsceno, mezclado con sus gruñidos.

—Más fuerte —me exigió mordiéndose el labio—, más fuerte, Mateo, rómpeme.

La cogí de las caderas y la embestí con toda la fuerza que tenía, hundiéndola contra la mesa, sacándole el aire con cada golpe. Se le sacudían las tetas al ritmo, y ella se llevó una mano al clítoris, frotándose sin dejar de mirarme, mientras yo la penetraba. La otra mano la usaba para pellizcarse un pezón, torturándose ella misma, entregada.

—Date la vuelta —le dije, saliendo de golpe.

Obedeció sin protestar. Se bajó de la mesa, se giró y se dobló sobre ella, apoyando los codos en la madera y separando las piernas. El vestido negro arrugado sobre la cintura, el culo respingón hacia mí, brillando en la penumbra. Le di un azote con la mano abierta, seco, que retumbó, y ella soltó una carcajada ronca antes de menear las nalgas pidiendo más. Le pegué otro, y otro, hasta que la piel se le puso caliente y roja bajo mi palma.

Me guie con la mano y volví a metérsela por detrás, de una embestida, hasta los huevos. Desde ese ángulo entraba más profundo, y notaba cómo el fondo del coño le cedía a cada empujón. La agarré del pelo, tirándole hacia atrás, y ella arqueó el cuello ofreciéndomelo. Le mordí la nuca mientras la follaba a un ritmo constante, brutal, escuchando el eco de nuestras carnes chocando en aquella sala donde por las mañanas se discutían balances trimestrales.

—Así, así, así —repetía Daniela contra la madera—, no te vayas a correr todavía, no te atrevas.

Le acerqué el dedo pulgar mojado a la saliva y se lo apoyé en el culo, apretando apenas. Ella dejó escapar un gemido largo y separó más las piernas, permitiéndomelo. Se lo hundí hasta el nudillo, despacio, mientras seguía embistiéndola por el coño, y noté que se ponía tensa como una cuerda, temblando.

—Cerdo, sucio, así… —jadeó apretándose contra mi mano—, sigue así, no salgas.

Volví a sacarla, la giré otra vez, y la senté sobre la mesa, esta vez de cara a mí. Le puse las piernas alrededor de mi cintura, la agarré por debajo del culo y la levanté con ella clavada en la polla. Daniela se rió sorprendida, cruzó los tobillos en mi espalda y se dejó caer con todo su peso, ensartándose entera. Empezó ella a moverse, cabalgándome en el aire, contrayendo por dentro cada vez que subía y bajaba.

—Me voy a correr otra vez —avisó, aferrándose a mis hombros—. No pares, no pares…

Le clavé los dedos en las nalgas, apretándolas, ayudándola a rebotar. Se me deshizo entre los brazos con un espasmo que sentí atravesarla desde el coño, envolviéndome, exprimiéndome. Fue entonces cuando yo ya no aguanté más.

—Dónde —conseguí decir—, dónde te la…

—Dentro —dijo, apretándome la cara con las dos manos—, córrete dentro, quiero sentirlo, hazlo ya.

Y estallé. Empujé hasta el fondo, la aplasté contra mi cuerpo, y me vacié en oleadas mientras ella me apretaba las piernas contra la cintura para que no me moviera. Se me escurría todo por dentro, y yo la sostenía, con los muslos temblándome, sin querer soltarla.

La bajé despacio y ella se dejó caer sentada en la mesa, todavía con las piernas abiertas y un hilo blanco resbalándole por el muslo hasta la moqueta. Se miró entre las piernas, después me miró a mí, y se rió.

—Mateo, esto ha sido, con diferencia, la mejor idea que he tenido en seis meses.

***

Tras la cena de Navidad, Daniela estuvo dos semanas sin dirigirme la palabra, rehuyéndome por los pasillos. Cuando por fin insistí en que me explicara qué demonios pasaba, me dijo que estaba convencida de que me había aprovechado de que iba bebida. Yo dudaba de la sinceridad de aquella indignación tardía, pero le pedí disculpas e hicimos las paces.

Poco a poco fue bajando el ritmo de trabajo, porque finalmente no hubo juicio. Gracias a su estrategia, la empresa cerró un acuerdo con los demandantes y el gerente, magnánimo, le regaló a Daniela un viaje al otro lado del mundo.

Por mi parte, nunca supe qué me resultaba más gratificante: ver a mi jefe babear tras ella cada mañana, o recordar la cara que había puesto aquella noche, cuando la mujer que todos temían se rió de mí en la sala de juntas y me dejó claro quién mandaba de verdad.

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Comentarios(8)

Martincho87

Tremendo relato!!! me lo leí todo de un tirón sin parar

JuandeNoche

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio la noche

Valeria_86

Me encanto como esta narrado, se siente que paso de verdad. Esas situaciones inesperadas son las mejores

DiegoBA_90

Me recordó a una noche que salí de un casamiento y algo parecido casi me pasa jaja. Muy bueno el relato

SerenaK

El detalle del vestido negro me ganó desde la primera linea jaja, muy buenisimo

Esteban_Lector

Al principio me parecio un poco lento pero despues no pude parar de leer. Seguí así!

PaolaM_ok

Ay las abogadas... siempre tan misteriosas jajaja. Excelente, gracias por compartirlo

RaulMerlo

muy buen relato, esperamos mas asi

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